| Sobre semiosis y esclerosis
La poesía y el lenguaje religioso
Carmiña Navia Velasco
Editorial Facultad de Humanidades/Universidad del Valle-Ediciones Xavier, Cali, 1995, 142
págs.
Para saber algo del misterioso propósito de este libro, hay que ir
adentrándose, con ejemplar perseverancia, entre un matorral de erratas e incorrecciones
de toda índole, amén de un chambonísimo trabajo de edición del texto y de unas
apabullantes falta de claridad, obviedad e ingenuidad en el discurso de la autora. Tal
adecuación entre edición y producción intelectual deja una triste sensación y una
pésima imagen de lo que puede ser a veces el medio editorial universitario (valga
también como advertencia en el campo de las revistas de ciencias humanas) cuando no se
impone un criterio bibliográfico y literario claro y exigente.
La adecuación a que aludo también suscita la visión de la única unidad que
hace presentable el libro, una unidad negativa, por supuesto, y que es la de su nunca
escatimado despelote. Anotarlo no cumple otra función, en esta reseña, que la de hacer
ver cómo un deficiente trabajo intelectual puede pasar casi inadvertido cuando se vierte
en un recipiente editorial indolente. El lector imprudente se quedará con algunos
fragmentos, mencionando que la autora habló de tal cosa o de tal otra; y el lector
facilista, tras no haber entendido nada desde el comienzo, picoteará en los lugares que
le suministren alguna información general. Los buenos lectores leerán o no leerán el
libro, según les toque.
Para no hacer un engorroso inventario de yerbas y espinas del matorral, y siempre
pensando en que estos elementos definen el "carácter" de La poesía y el
lenguaje religioso, menciono solamente algunos de los más visibles obstáculos a la
lectura: una inverosímil puntuación, un casi increíble número de errores de
digitación, frecuentes errores de ortografía (y el plural de "canon" no es
"canons"-pág. 28-), inconsistente uso de mayúsculas, pésima redacción
general, faltas de sindéresis, montones de lugares comunes, montones de frases huecas sin
explicación, esmerada redacción de obviedades, ausencia de rigor en la inclusión de
referencias bibliográficas, falta de una concepción metodológica clara, un nunca
comentado ni justificado recurso a prolijas citas textuales de muchos autores (esto es,
candidez en el manejo del aparato crítico), incorrecta copia de las citas textuales,
incorrecciones en escritura de nombres propios, ausencia de argumentaciones o ilación y
acrítico recurso al tecnicismo.
Todo lo anterior forma parte del "fondo" del libro, pero maticemos
ahora con algunos aspectos relativos al presunto tema. En realidad, bastaría con haber
desarrollado, con un enfoque unívoco y una introducción, la tercera parte, denominada
"Análisis de los textos". Pues lo que importa -y finalmente puede ser el aporte
del libro-es ver cómo trabajan específicamente el tema religioso algunos poetas
latinoamericanos, para lo cual, en la introducción, se resumiría sin tanta cháchara
seudolingüística una visión determinada de lo religioso (pues es claro -pero la autora
parece olvidar a veces que ella misma lo dijo-que no existe un "lenguaje
religioso" sino un habla religiosa, unos usos lingüísticos religiosos, que
provienen, para ella, más que de la vivencia individual, de las condiciones de ciertas
comunidades. Este asunto de lo colectivo es bien problemático y está en la base de la
propia confusión teórica, como veremos). Planteado así, el libro terminaría ensayando
algunas generalizaciones, siempre peligrosas pero siempre posibles.
Me tomo el atrevimiento de tal ejercicio imaginativo (soñar un libro que no fue)
para soportar en él mi comentario sobre el libro real. Una primera parte de éste apunta
a definir lo que es "lenguaje religioso", presidida por una muy válida
preocupación: el supuesto sinsentido del mismo. Pero, ¿qué es lo que se ha dicho que no
tiene sentido? ¿A qué lenguaje se refiere? Todo lo relativo al lenguaje teológico es
pérdida de tiempo (y aquí hay que aclarar que la autora se restringe, en materia
religiosa, al cristianismo, aunque esto puede resultar impugnado en algunos de los textos
poéticos que analiza): es claro que un lenguaje no es religioso porque hable sobre tal o
cual religión o sobre sus dogmas sino porque expresa una religiosidad, de la misma
manera que un lenguaje no es poético porque hable sobre poesía. A estas alturas del
partido, esto es una obviedad, y las veinte páginas dedicadas por la autora a tan
intrincado tema sólo ayudan a plantear la confusión de base: oponer un discurso
institucional (digamos el de los teólogos y las jerarquías eclesiásticas) a un discurso
popular o comunitario. De hecho, si pensamos en expresión poética (cuyas semejanzas con
la expresión religiosa son ya un tópico, especialmente desde Maritain), es obvio que
todo discurso institucional queda superado o modificado, pues no existe poesía
institucional. Que las definiciones de santo Tomás de Aquino no sean creíbles, intensas
o sentidas para muchas personas, es apenas normal, pues en sí mismas carecen de sentido,
salvo que en su formulación se hiciera expresa una relación entre el concepto y la vida
particular que lo produce. Pero lo que produce el "Angélico" son conceptos, no
poemas. Por lo demás, un poema tan connotadamente religioso como la Divina comedia se
escribe sobre la base de ese discurso institucional cristiano, y muy particularmente en el
aspecto teológico. Ello no quiere decir que no exista una vivencia profunda de lo
religioso.
Otro asunto es hallar la relación -o coincidencia-entre la expresión poética y
las expresiones comunitarias. La autora no aborda este tema, que aclararía en mucho la
pretendida relación entre lo religioso (según ella lo entiende) y cierto "tipo"
de poemas, que no sabemos cuál es, pues la autora tampoco nos habla del criterio de
selección de los poemas analizados.
Preocupada por el sentido, la autora le dedica una segunda parte de su libro:
"El decir, el sentido", en la que luce agobiada por el peso de una multitud de
citas. Gracias a ellas -o forzando las mismas-, puede corroborar su anterior dicotomía de
lo institucional y lo popular, afirmando que el sentido es siempre inconsciente y social.
Este es el marco teórico -en su caso, insostenible-que le permite abordar los poemas
escogidos en el aparte siguiente; esto es, acudiendo al manido, esclerótico e inofensivo
procedimiento de explayar campos semánticos que por arte de magia muestran cómo cada
poeta se aparta de una significación convencional (tradicional, institucional) para
enriquecerla con una significación simbólica. Con ello, no se consigue mostrar la
especificidad del tema religioso en cada poeta (o en cada poema), pues de hecho eso es lo
que hace cualquier poeta: desinstitucionalizar o desconvencionalizar la realidad,
cualquiera que sea. Ahora bien; que tales "nuevas significaciones" (la
redundante, tautológica y pobre teoría de la resemantización) procedan de lo
inconsciente y estén cargadas de la vitalidad popular o social (la autora ha
contrapuesto, ejemplarmente, el credo de la misa nicaragüense al credo
constantinopolitano que aún se reza en las liturgias católicas), es algo bastante dudoso
en algunos de los poemas escogidos, como Cristo en la cruz, de Borges, El
ausente, de Octavio Paz, o Dios, de Vallejo. ¿No es lo social una nueva
convencionalización de toda experiencia? (como, por lo demás, lo demuestran los ejemplos
de estas comunidades católicas "de base" que, inspiradas en la teología de la
liberación, adaptan el mensaje evangélico a sus propias condiciones sociohistóricas).
La pregunta, entonces, es cómo aplicar indistintamente un marco teórico de lo simbólico
y colectivo a un texto poético. Pues la señora Navia Velasco lo hace, pero nunca se
ocupa de la cuestión de la procedencia del sentido religioso en cada uno de los
poemas que analiza. Si no hay "discurso institucional" en estos poemas, ¿de
dónde proviene su sentido religioso, de qué comunidad, de qué uso social? Volvemos,
entonces, a nuestro libro imaginario: la pregunta sobra: la poesía misma -hay que leerla
sin moldes -ofrece ese sentido, pero justamente porque es vivencia personal, íntima, de
algo que vive perdiendo su sentido en medio de los usos sociales. Sobra, pues, toda
disquisición sobre el utópico "lenguaje religioso" y sobre cómo el lenguaje
vehicula un sentido. El análisis de los poemas nos permite, en cambio, ver cómo las
palabras tienen distintas significaciones, no porque existen "lenguajes
poéticos" distintos sino por la heterogeneidad de los contextos. ¿De cuál
"lenguaje religioso" termina hablando la autora? ¿De cuál poesía? De unos
poemas de Gabriela Mistral, Carlos Castro Saavedra, César Vallejo, Octavio Paz, Guadalupe
Amor, Rosario Castellanos, Jorge Debravo, Pedro Casaldaliga y Jorge Luis Borges
(heterogéneo grupo) que hablan de materia religiosa (lo cual no quiere decir que empleen
un "lenguaje religioso"; a lo sumo, que lo crean); y de un tema (que no es el
del lenguaje) que puede emparentar a un grupo de poetas que presuntamente alguna vez
quisieron representar, con su propio lenguaje, esta relación particular del hombre con Lo
Otro (y en este caso con Lo Otro cristiano) que Rudolf Otto llama "religión".
ÓSCAR TORRES DUQUE |