Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 43. Volumen XXXIII.   1996. Editado en 1997
 

Defensa extensa y minuciosa


Itinerario del Museo Nacional de Colombia 1823-1994
Martha Segura
Publicaciones Cultural, Santafé de Bogotá, 1995, 2 vols., ilus.


Recoger con gran rigor investigativo todo lo humano y lo divino que de un modo u otro tenga relación con el hoy denominado Museo Nacional de Colombia, es una tarea dispendiosa, pero que puede ser del interés interno del propio museo y de algunos especialistas. Disponerlo en orden cronológico y publicar, casi crudo todo el material obtenido, en dos tomos que superan las ochocientas páginas, parece por momentos una exageración erudita, que a primera vista deja la sensación de querer rendirle culto idólatra a la institución como tal y no a lo que guarda, que es en donde reside su valor social fundamental.

Museos de mayor importancia en el mundo cuentan con historias más condensadas, y tal vez más interesantes y legibles. Por ello desconcierta de entrada la magnitud de los volúmenes, sobriamente diseñados por Camilo Umaña. Una suerte de paradoja asalta rápidamente al lector, quien termina por entender que, en sentido estricto, hasta hace unos pocos decenios no existía un verdadero museo nacional; a cambio, tiene en sus manos dos volúmenes que recogen un tortuoso itinerario de lo que, por más de un siglo, sirvió apenas como depósito de curiosidades y objetos amontonados de muy variada índole.

El primer tomo está dedicado a la cronología de la institución. Se inicia con unos "antecedentes" en que se menciona la época de la Ilustración, el Museo del Prado, tres museos americanos, el sabio Mutis, el sabio Caldas, las colecciones de Nariño y de Manuela Santamaría, sin que quede suficientemente claro por qué estos elementos, tratados como enumeración episódica, tienen mérito como antecedentes del Museo Nacional. Luego se da paso al período 1819-1824 bajo el título de "preliminares y fundación". A partir de esta sección, el lector comprueba, no sin desencanto, que no encontrará una historia propiamente dicha que pueda leer con cierto placer, sino que tendrá que enfrentarse con una cuidadosa, paciente, excesiva y poco sorprendente acumulación cronológica de documentos, propia para la consulta y la investigación.

Falta una buena narración que cuente la evolución de la entidad, identifique con claridad sus etapas, destaque los logros y las amenazas que se superaron, sus principales adquisiciones o donaciones. Todo el trabajo de síntesis, comprensión e interpretación queda relegado al lector (si consigue llegar al final) o a hipotéticos autores futuros. Un escolar en el trance de contar para mañana la historia del Museo Nacional, no tiene nada que hacer con esta publicación. El investigador encontrará material de consulta entre el pajar; el lector medio interesado tendrá que poner gran empeño y reconstruir, a partir de la documentación, la historia que no cuenta el libro. Por eso se trata de un material crudo: es como si a alguien que desea adquirir un automóvil se le entregan todas las partes desarmadas para que proceda por su cuenta. De ello parece ser consciente, en vano, la autora cuando afirma: "A partir de esta recopilación, se hace urgente que las múltiples lecturas hechas por los investigadores de todas las disciplinas, conduzcan a la realización de estudios críticos que revelen concretamente la importancia histórica del Museo y su influencia en la vida cultural y científica del país" (pág. XI).

En esta primera parte no se entiende claramente, de una buena primera vez, por qué pueden considerarse "preliminares" en la historia del Museo hechos como la expedición de la ley de 1819 que une la Nueva Granada con Venezuela, el nombramiento de Zea en misión diplomática y cultural a Europa, las cartas de Humboldt a Bolívar o los testimonios sobre la existencia de minerales meteóricos en Santa Rosa, y así sucesivamente. Al cabo de ir y volver sobre las páginas, de algún modo se logra parcialmente recomponer el rompecabezas: Zea hizo contactos en Europa no sólo para conseguir armas y dinero; contrató al primer litógrafo que llegó a Colombia y consiguió que vinieran importantes científicos a estudiar principalmente la mineralogía del país, quienes buscarían de paso establecer "el museo y la escuela de mineralogía" (pág. 36). Así pues, en la prehistoria del Museo Nacional está un museo de ciencias naturales, el cual quedó oficialmente constituido en 1822 (y abierto en 1824, lo cual deja el interrogante de por qué en el título de la obra dice "1823-1994"); allí se dieron clases de botánica, mineralogía y geología. Si se desea saber quién fue el primer director, debe buscarse en el segundo tomo. Éste se dedica a una cronología de las sedes que ocupó la entidad y a buenas reseñas biográficas de todos sus directores. Las interesantes láminas de dibujos, pinturas, grabados, planos y fotografías resultan un buen descanso al final de esta selva documental. Cabe mencionar que ambos tomos cuentan con indispensables índices onomásticos.

Volviendo al primer libro, a continuación se encuentran dos capítulos que cobijan los períodos 1825-1993 y 1993-1994. Allí pueden constatarse los cambios de mentalidad respecto a las funciones del Museo; es a finales del siglo XIX cuando parece consolidarse una colección de objetos varios de la Independencia; en particular, armas y vestuarios de los héroes. A partir de 1914, gracias al estudioso Ernesto Restrepo Tirado, se obtienen diversas donaciones que aumentan la sección de historia patria y de historia natural; al mismo tiempo, el arte gana poco a poco importancia en la institución, así como el pasado precolombino, en cuyo estudio Restrepo Tirado fue uno de los pioneros. Teresa Cuervo Borda, quien dedicó 28 años de su vida a la dirección de la entidad, logró establecerla definitivamente en el Panóptico, su actual sede, enfatizó en las obras de arte y consiguió catalogar, convenientemente para la época, las distintas colecciones.

Reconocida por sus excelentes cronologías y recopilaciones documentales para diversas exposiciones artísticas, la autora aplica el mismo método para este caso. Pero 170 años de sucesos milimétricamente referenciados, no pocos de los cuales son generalmente menores e intrascendentes, terminan por sugerir que se sobrevalora el itinerario de un castillo que por momentos parece de naipes. Puesto que no siempre el material publicado es relevante, por simple compasión con el lector la selección debería haber sido más estricta. En todo caso, sorprende gratamente el amplio dominio de fuentes documentales y el rigor aplicado de manera constante a lo largo de la obra.

En un país donde los recursos para la cultura son escasos, donde las personas capaces lo son más, y las necesidades innumerables, tal vez no es impertinente detenerse a pensar en prioridades y en el beneficio social de una publicación, antes que sea un hecho cumplido. Si la pintora Beatriz González proclamaba en una pancarta, a propósito de una Bienal de Arte de Medellín, que ésta era "un lujo que un país subdesarrollado no debía darse", la misma González, tutora de la investigación y curadora del Museo, podría notar que éste es un libro para un número demasiado pequeño de interesados, quienes bien podrían consultar las fichas o las fotocopias en una sala de la entidad. Sin restarle méritos a la ingente investigación, creo que habría sido preferible, a partir de ella, publicar un excelente catálogo contemporáneo del Museo y sus colecciones, suficientemente informado e ilustrativo para visitantes y estudiosos.

Tal es el libro que el Museo Nacional le debe a Colombia. Un libro donde se resuma su historia en páginas claras y coherentes, que no le dejen el trabajo al lector, y donde se difundan sus principales piezas, adecuadamente insertadas en el contexto de la historia nacional. Tal vez así demostrara mucho mejor, a políticos y burócratas que periódicamente lo amenazan, a propios y extraños, a curiosos y especialistas, que la institución es un patrimonio de la cultura colombiana, que requiere ser manejada por profesionales conocedores y que merece un sustento económico decente. Y con ello también pondría al alcance de estudiantes e investigadores obras que, como en el caso de la mayoría de los museos, permanecen guardadas por limitaciones de espacio.

A cambio, se prefirió tejer y publicar un rosario de episodios y tribulaciones de una empresa muy difusa en sus comienzos, con múltiples impedimentos, y que al parecer sólo después de los primeros 150 años de vida logró de algún modo cumplir con sus propósitos de indudable importancia. Un efecto inadecuado del Itinerario es el de magnificar el papel y el valor que tuvo en el pasado la entidad. Se llega, por ejemplo, al extremo de afirmar en la solapa que su influencia ha sido "determinante" en la cultura colombiana. Conviene no olvidar que un museo vale para la cultura por las obras que conserva y sabe mostrar al público, y no tanto por las características de extensión y grado de dificultad de su historia interna.

Con todo, este minucioso y voluminoso proyecto conviene entenderlo, en último término, como una afirmación del valor del esfuerzo por conservar fragmentos del pasado colombiano y como una necesaria muralla de defensa de la entidad, en momentos en que, por desgracia, todavía ciertos funcionarios trataron de disponer de ella como si fuera el almacén de decorados del palacio presidencial.

SANTIAGO LONDOÑO VÉLEZ