| La guerra es estúpida
La paz en la doctrina del derecho de Kant
Luis Villar Borda
Universidad Externado de Colombia,
Universidad Nacional de Colombia,
Santafé de Bogotá, 1996, 113 págs.
En estos tiempos, cuando las confrontaciones entre pueblos están a la orden del
día, resulta de especial interés encontrar reflexiones como la que hace el doctor Luis
Villar Borda, recordando una de las obras de aquel gran filósofo del siglo XVIII:
Immanuel Kant.
Más allá de lo que tradicionalmente conocemos del pensamiento kantiano, el
libro nos trae un Kant jurista, político, práctico y humanista, que ante todo se
preocupa por la racionalidad y posibilidad de la concreción de su propuesta.
El autor, recordando el núcleo del pensamiento kantiano -la razón-, nos muestra
cómo Kant diseña el principio jurídico racional de la paz como finalidad primigenia del
Estado, el fin último de la doctrina del derecho. La premisa fundamental de esta teoría
de la paz perpetua es más sencilla de lo que parece. Ella consiste simplemente en afirmar
que "no es racional hacer la guerra". El Kant realista aquí presentado no
ignora los conflictos entre los hombres y las naciones; por el contrario, los reconoce;
por ello su aporte está en indicar las fórmulas y principios, los pasos para dirimir y
evitar esos conflictos y alcanzar la meta de la paz. El profesor Villar encuentra en ese
realismo la diferencia entre Kant y quienes lo antecedieron en el estudio del tema; Kant
mezcla idealismo y realismo en una propuesta con claro contenido jurídico.
El profesor Villar establece una relación entre la teoría kantiana, sus
propuestas de organización de los Estados en una federación de naciones, los principios
que deben regir las relaciones entre éstos, y los enunciados filosóficos de la paz y de
la guerra, con los intentos de creación en nuestro siglo de una Organización de Naciones
y los principios que en la actualidad rigen el derecho internacional.
La cronología hecha por el autor muestra que ciento cincuenta años después del
escrito de Kant se consolida su idea de una organización mundial que congregue a la
comunidad internacional. Doscientos años después de que la obra kantiana viera la luz,
celebramos los cincuenta años de fundación de la Organización de las Naciones Unidas,
que no es otra cosa que aquella asamblea o "congreso permanente de los Estados"
que tiempo atrás imaginó Kant como elemento fundamental para lograr la paz. El derecho
de gentes, antes como ahora, debe fundarse en una federación de Estados libres.
El autor es generoso al atribuir a la ONU el haber evitado una nueva
confrontación mundial, y considero que es generoso porque pasa por alto el hecho de que
son en realidad las grandes potencias las que, en aras de preservar su dominio y posición
en el orden mundial, han llegado a toda clase de "arreglos" para evitar o
simplemente desconocer los conflictos que han surgido, sobre todo en estos últimos tres
decenios, según ellos puedan o no afectar su status.
Si bien es cierto que no ha habido guerras generales en la segunda mitad de este
siglo, no podemos ocultar la proliferación de conflictos internos en todos los
continentes, que nos dan una idea de un mundo en permanente confrontación, cada vez más
lejano de lograr el objetivo de la paz mundial. Ahora bien: esa generosidad a que
hacíamos referencia antes no alcanza a afectar un juicio objetivo sobre la situación del
orden internacional. Muestra de ello es que el profesor Villar da cuenta de lo lejos que
nos encontramos del objetivo de lograr la paz en un mundo donde son los intereses
económicos los llamados a primar en las relaciones entre los Estados, y son, así mismo,
el recio motivo de inspiración que los conduce a preservar tan solo una aparente
tranquilidad.
Es de subrayar la perspicacia con que el profesor Villar da actualidad a la obra
kantiana; esa actualidad la encontramos en el traslado del pensamiento y postulados de la
obra a la situación mundial de nuestra época. Kant, por ejemplo, rechaza la hegemonía
mundial ejercida por un solo Estado: "Él no es partidario de un Estado mundial en
donde una nación se devore a las demás, sino de una federación o comunidad de
naciones". Luis Villar nota como, ya desde Kant, este fenómeno se vislumbraba como
una posibilidad no muy recomendable y nos plantea, aunque de manera somera, los
inconvenientes de este posicionamiento.
Hace un recuento -aunque muy breve- de los antecedentes ideológicos de la
doctrina del derecho internacional, remontándose a Grocio y Vitoria, además de hacer
múltiples referencias a los analistas y estudiosos de la filosofía y el pensamiento
kantiano, que ilustran y respaldan las reflexiones hechas por el autor.
El autor califica a Kant como un "filósofo de la política y no un
político práctico", y llega a esta conclusión cuando anota que Kant buscaba, al
escribir su obra a manera de tratado público, que la idea de una paz mundial no fuera
simplemente un sueño, algo utópico, sino un principio político con carácter jurídico,
racional, que no dejara, sin embargo, el rango de concepto filosófico básico. Sostiene
que Kant no hace otra cosa que formular principios políticos a partir de su filosofía,
principios que se constituyeron en su mayor aporte a la política y al derecho
internacional de nuestros días. Partiendo del concepto de paz, encuentra en Kant una
teoría del derecho público donde identifica un derecho estatal, uno internacional y una
teoría de la ciudadanía mundial.
El autor resuelve dos dudas o inconvenientes al planteamiento filosófico
kantiano. La primera de ellas hace referencia al calificativo de eterno que se
agrega a la noción de paz, con el que algunos han tratado de restar mérito a su teoría,
por lo que al resolver esta primera inquietud logra acercar aún más a la realidad los
postulados del pensamiento kantiano.
En segundo lugar, logra dilucidar la aparente oscuridad que existe sobre cuál de
las dos nociones de libertad es la utilizada por Kant en su teoría. Ya Bobbio las había
hecho coincidentes en el concepto de autodeterminación; sin embargo, con ello no logró
determinar con éxito el alcance o utilización de cada uno de ellos en el pensamiento
kantiano. La clave para resolver este interrogante la encuentra el autor en el concepto de
consentimiento, y logra sustentar esta posición gracias al sólido manejo que posee de la
obra Kantiana. En desarrollo de este punto, evidencia la preferencia que muestra Kant por
un régimen republicano; nos muestra un Kant que considera dicho régimen como el más
adecuado para garantizar la paz mundial, por lo cual debe observarse no sólo en el
interior de los Estados, sino también en las relaciones entre éstos; contrario sensu,
su inobservancia implicaría la anexión de todos los Estados a una potencia vencedora, lo
que llevaría a una monarquía universal.
Más aún: adicionalmente a las consideraciones sobre lo que para Kant significa
el gobierno republicano, el autor explica que en la concepción liberal de Kant no hay
oposición entre libertad y coacción, y de igual forma establece que en ella se esbozan
los límites del Estado y del derecho; retomando entre otros a Monhaupt, con quien
comparte la idea de que en Kant puede hallarse el primer germen del Estado de derecho.
Regresando a la actualidad que imprime el profesor Villar a los postulados
kantianos, y que consideramos precisamente uno de los aspectos más importantes de la
obra, haremos mención a los artículos básicos que deben regir la paz perpetua entre las
naciones. De ellos merecen especial referencia los relativos a la necesidad de que los
países controlen su endeudamiento externo, y de esta manera eviten comprometer su
política exterior, así como también la inconveniencia de las intervenciones armadas
para dirimir conflictos internos donde no estén de por medio motivos de lesa humanidad.
Hubiera sido interesante apreciar una profunda reflexión del autor sobre este punto,
aunque entendemos que su análisis se centraba en la obra de Kant, y no en la situación
económica internacional y las disputas regionales.
Pero, además de los artículos de la paz perpetua que el mismo Kant esboza, el
autor encuentra posiciones no tan evidentes en la doctrina kantiana. Descubre, por
ejemplo, cómo Kant, a través del principio de la publicidad de las negociaciones
internacionales, defiende la libertad de expresión frente a los poderes públicos,
identificando el lugar que ocupa el filósofo y el juez frente al gobernante encargado de
dirigir las relaciones diplomáticas del Estado.
Finalmente, nos presenta un Kant humanista, que como parte final de su plan ve la
necesidad de una ciudadanía mundial como complemento necesario para lograr la paz
mundial, propuesta que, como bien lo anota el autor, está hecha con la prudencia que
caracteriza a Kant como filósofo.
La actualidad de este último aparte lleva al profesor Villar a realizar un
acertado comentario respecto de los intereses económicos, que, como ya habíamos
mencionado, son los que provocan el acercamiento entre los Estados, haciendo resaltar,
además, que dicho acercamiento sólo se produce entre las grandes potencias, sin
extenderse a las relaciones de éstas con los países menos desarrollados, por no utilizar
el odioso adjetivo de tercermundistas, respecto de los cuales la postura adoptada por
dichas potencias no es otra que la de poner cada vez más barreras para el desplazamiento
de sus nacionales hacia los territorios de aquéllas. El tema de la ciudadanía mundial es
ampliamente tratado, y en él cabe destacar la mención que se hace sobre la polémica
entre Hegel y Kant y el impacto que sobre esta discusión tiene el cambio del contenido
del concepto de soberanía; sin embargo, tengo que decirlo, es una lástima que no se
detenga un poco más en dicho aspecto.
La segunda parte de la obra que nos presenta el doctor Luis Villar se relaciona
con la situación alemana y las vivencias que como embajador le permitieron ser testigo de
excepción de la caída de la "cortina de hierro". Un panorama breve pero
objetivo y completo de la evolución de un sistema y del surgimiento de un pueblo es lo
que encuentro en esta parte del libro del profesor Villar.
Las guerras, al menos las generales, han terminado, no por un motivo que
pudiéramos llamar "ideal", sino por uno lógico pero poco esperanzador,
precisamente por su fragilidad; dicho motivo no es otro que el miedo a una
autodestrucción, producto de la carrera armamentista de los últimos años y que, al
menos sobre el papel, ha empezado a dar marcha atrás.
Aquí el profesor Villar defiende nuevamente el papel de la ONU, que en su
concepto es constantemente criticada, pero respecto de la cual muy habitualmente se
desconoce su labor de ayuda, olvidando que ese estado casi letárgico de la Organización,
si bien no ha propiciado conflictos, sí ha dejado de evitarlos, sobre todo en el
continente africano. En el caso alemán, las potencias occidentales no estuvieron
dispuestas a arriesgarse para lograr antes la unificación; frente a una URSS estalinista
nada hizo la ONU como órgano representante de la comunidad internacional durante más de
tres decenios; ello tal vez por falta de iniciativa de las grandes potencias, claras
dominadoras de los procesos decisionales que dentro de la organización se toman, en
razón del factor económico que conllevan este tipo de acciones, y que sólo ellas están
en condiciones de financiar.
No son el aislamiento, ni las sanciones, ni el reparto de territorios, como se
vio con Alemania, la solución a los conflictos que, antes como ahora, aquejan el panorama
mundial; tampoco lo es la atomización de un pueblo que, aunque con diferencias, forma una
nación, aspecto este último que ha caracterizado no sólo al territorio alemán sino al
europeo, como una región multiétnica y pluricultural. Después de la segunda guerra
mundial, algunos optaron por posiciones que eran del todo contrarias a las propuestas
kantianas. Lejos de perseguir el objetivo de la ciudadanía mundial, se optó por dividir
un pueblo, una nación. El símbolo de ello era conocido por todos: el muro de Berlín.
Desafortunadamente, esta experiencia tampoco se aprovechó en el caso de la antigua
Yugoslavia, donde no hay muro pero sí fronteras.
Es interesante ver el análisis de la situación alemana luego de recordar la
ideología de Kant que buscaba la paz entre las naciones; la historia de la división y el
tránsito a la reunificación, el proceso de reconstrucción de la nueva Alemania, una
reconstrucción que va de lo político a lo económico; y aunque esta relación no es
establecida por el profesor Villar, el lector inquieto podrá hacerla y se encontrará con
importantes y enriquecedoras conclusiones.
El balance final que hace el profesor Villar es positivo. Considera, entre otros
aspectos, que los brotes de racismo y xenofobia no constituyen un fenómeno significativo;
no obstante la proliferación de conflictos locales, por lo menos no se ha producido una
guerra mundial que, según su diagnóstico, no significaría otra cosa que el
"naufragio de la especie humana".
NORMA CONSTANZA OSPINA M. |