Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 43. Volumen XXXIII.   1996. Editado en 1997
 

La guerra es estúpida


La paz en la doctrina del derecho de Kant
Luis Villar Borda
Universidad Externado de Colombia,
Universidad Nacional de Colombia,
Santafé de Bogotá, 1996, 113 págs.


En estos tiempos, cuando las confrontaciones entre pueblos están a la orden del día, resulta de especial interés encontrar reflexiones como la que hace el doctor Luis Villar Borda, recordando una de las obras de aquel gran filósofo del siglo XVIII: Immanuel Kant.

Más allá de lo que tradicionalmente conocemos del pensamiento kantiano, el libro nos trae un Kant jurista, político, práctico y humanista, que ante todo se preocupa por la racionalidad y posibilidad de la concreción de su propuesta.

El autor, recordando el núcleo del pensamiento kantiano -la razón-, nos muestra cómo Kant diseña el principio jurídico racional de la paz como finalidad primigenia del Estado, el fin último de la doctrina del derecho. La premisa fundamental de esta teoría de la paz perpetua es más sencilla de lo que parece. Ella consiste simplemente en afirmar que "no es racional hacer la guerra". El Kant realista aquí presentado no ignora los conflictos entre los hombres y las naciones; por el contrario, los reconoce; por ello su aporte está en indicar las fórmulas y principios, los pasos para dirimir y evitar esos conflictos y alcanzar la meta de la paz. El profesor Villar encuentra en ese realismo la diferencia entre Kant y quienes lo antecedieron en el estudio del tema; Kant mezcla idealismo y realismo en una propuesta con claro contenido jurídico.

El profesor Villar establece una relación entre la teoría kantiana, sus propuestas de organización de los Estados en una federación de naciones, los principios que deben regir las relaciones entre éstos, y los enunciados filosóficos de la paz y de la guerra, con los intentos de creación en nuestro siglo de una Organización de Naciones y los principios que en la actualidad rigen el derecho internacional.

La cronología hecha por el autor muestra que ciento cincuenta años después del escrito de Kant se consolida su idea de una organización mundial que congregue a la comunidad internacional. Doscientos años después de que la obra kantiana viera la luz, celebramos los cincuenta años de fundación de la Organización de las Naciones Unidas, que no es otra cosa que aquella asamblea o "congreso permanente de los Estados" que tiempo atrás imaginó Kant como elemento fundamental para lograr la paz. El derecho de gentes, antes como ahora, debe fundarse en una federación de Estados libres.

El autor es generoso al atribuir a la ONU el haber evitado una nueva confrontación mundial, y considero que es generoso porque pasa por alto el hecho de que son en realidad las grandes potencias las que, en aras de preservar su dominio y posición en el orden mundial, han llegado a toda clase de "arreglos" para evitar o simplemente desconocer los conflictos que han surgido, sobre todo en estos últimos tres decenios, según ellos puedan o no afectar su status.

Si bien es cierto que no ha habido guerras generales en la segunda mitad de este siglo, no podemos ocultar la proliferación de conflictos internos en todos los continentes, que nos dan una idea de un mundo en permanente confrontación, cada vez más lejano de lograr el objetivo de la paz mundial. Ahora bien: esa generosidad a que hacíamos referencia antes no alcanza a afectar un juicio objetivo sobre la situación del orden internacional. Muestra de ello es que el profesor Villar da cuenta de lo lejos que nos encontramos del objetivo de lograr la paz en un mundo donde son los intereses económicos los llamados a primar en las relaciones entre los Estados, y son, así mismo, el recio motivo de inspiración que los conduce a preservar tan solo una aparente tranquilidad.

Es de subrayar la perspicacia con que el profesor Villar da actualidad a la obra kantiana; esa actualidad la encontramos en el traslado del pensamiento y postulados de la obra a la situación mundial de nuestra época. Kant, por ejemplo, rechaza la hegemonía mundial ejercida por un solo Estado: "Él no es partidario de un Estado mundial en donde una nación se devore a las demás, sino de una federación o comunidad de naciones". Luis Villar nota como, ya desde Kant, este fenómeno se vislumbraba como una posibilidad no muy recomendable y nos plantea, aunque de manera somera, los inconvenientes de este posicionamiento.

Hace un recuento -aunque muy breve- de los antecedentes ideológicos de la doctrina del derecho internacional, remontándose a Grocio y Vitoria, además de hacer múltiples referencias a los analistas y estudiosos de la filosofía y el pensamiento kantiano, que ilustran y respaldan las reflexiones hechas por el autor.

El autor califica a Kant como un "filósofo de la política y no un político práctico", y llega a esta conclusión cuando anota que Kant buscaba, al escribir su obra a manera de tratado público, que la idea de una paz mundial no fuera simplemente un sueño, algo utópico, sino un principio político con carácter jurídico, racional, que no dejara, sin embargo, el rango de concepto filosófico básico. Sostiene que Kant no hace otra cosa que formular principios políticos a partir de su filosofía, principios que se constituyeron en su mayor aporte a la política y al derecho internacional de nuestros días. Partiendo del concepto de paz, encuentra en Kant una teoría del derecho público donde identifica un derecho estatal, uno internacional y una teoría de la ciudadanía mundial.

El autor resuelve dos dudas o inconvenientes al planteamiento filosófico kantiano. La primera de ellas hace referencia al calificativo de eterno que se agrega a la noción de paz, con el que algunos han tratado de restar mérito a su teoría, por lo que al resolver esta primera inquietud logra acercar aún más a la realidad los postulados del pensamiento kantiano.

En segundo lugar, logra dilucidar la aparente oscuridad que existe sobre cuál de las dos nociones de libertad es la utilizada por Kant en su teoría. Ya Bobbio las había hecho coincidentes en el concepto de autodeterminación; sin embargo, con ello no logró determinar con éxito el alcance o utilización de cada uno de ellos en el pensamiento kantiano. La clave para resolver este interrogante la encuentra el autor en el concepto de consentimiento, y logra sustentar esta posición gracias al sólido manejo que posee de la obra Kantiana. En desarrollo de este punto, evidencia la preferencia que muestra Kant por un régimen republicano; nos muestra un Kant que considera dicho régimen como el más adecuado para garantizar la paz mundial, por lo cual debe observarse no sólo en el interior de los Estados, sino también en las relaciones entre éstos; contrario sensu, su inobservancia implicaría la anexión de todos los Estados a una potencia vencedora, lo que llevaría a una monarquía universal.

Más aún: adicionalmente a las consideraciones sobre lo que para Kant significa el gobierno republicano, el autor explica que en la concepción liberal de Kant no hay oposición entre libertad y coacción, y de igual forma establece que en ella se esbozan los límites del Estado y del derecho; retomando entre otros a Monhaupt, con quien comparte la idea de que en Kant puede hallarse el primer germen del Estado de derecho.

Regresando a la actualidad que imprime el profesor Villar a los postulados kantianos, y que consideramos precisamente uno de los aspectos más importantes de la obra, haremos mención a los artículos básicos que deben regir la paz perpetua entre las naciones. De ellos merecen especial referencia los relativos a la necesidad de que los países controlen su endeudamiento externo, y de esta manera eviten comprometer su política exterior, así como también la inconveniencia de las intervenciones armadas para dirimir conflictos internos donde no estén de por medio motivos de lesa humanidad. Hubiera sido interesante apreciar una profunda reflexión del autor sobre este punto, aunque entendemos que su análisis se centraba en la obra de Kant, y no en la situación económica internacional y las disputas regionales.

Pero, además de los artículos de la paz perpetua que el mismo Kant esboza, el autor encuentra posiciones no tan evidentes en la doctrina kantiana. Descubre, por ejemplo, cómo Kant, a través del principio de la publicidad de las negociaciones internacionales, defiende la libertad de expresión frente a los poderes públicos, identificando el lugar que ocupa el filósofo y el juez frente al gobernante encargado de dirigir las relaciones diplomáticas del Estado.

Finalmente, nos presenta un Kant humanista, que como parte final de su plan ve la necesidad de una ciudadanía mundial como complemento necesario para lograr la paz mundial, propuesta que, como bien lo anota el autor, está hecha con la prudencia que caracteriza a Kant como filósofo.

La actualidad de este último aparte lleva al profesor Villar a realizar un acertado comentario respecto de los intereses económicos, que, como ya habíamos mencionado, son los que provocan el acercamiento entre los Estados, haciendo resaltar, además, que dicho acercamiento sólo se produce entre las grandes potencias, sin extenderse a las relaciones de éstas con los países menos desarrollados, por no utilizar el odioso adjetivo de tercermundistas, respecto de los cuales la postura adoptada por dichas potencias no es otra que la de poner cada vez más barreras para el desplazamiento de sus nacionales hacia los territorios de aquéllas. El tema de la ciudadanía mundial es ampliamente tratado, y en él cabe destacar la mención que se hace sobre la polémica entre Hegel y Kant y el impacto que sobre esta discusión tiene el cambio del contenido del concepto de soberanía; sin embargo, tengo que decirlo, es una lástima que no se detenga un poco más en dicho aspecto.

La segunda parte de la obra que nos presenta el doctor Luis Villar se relaciona con la situación alemana y las vivencias que como embajador le permitieron ser testigo de excepción de la caída de la "cortina de hierro". Un panorama breve pero objetivo y completo de la evolución de un sistema y del surgimiento de un pueblo es lo que encuentro en esta parte del libro del profesor Villar.

Las guerras, al menos las generales, han terminado, no por un motivo que pudiéramos llamar "ideal", sino por uno lógico pero poco esperanzador, precisamente por su fragilidad; dicho motivo no es otro que el miedo a una autodestrucción, producto de la carrera armamentista de los últimos años y que, al menos sobre el papel, ha empezado a dar marcha atrás.

Aquí el profesor Villar defiende nuevamente el papel de la ONU, que en su concepto es constantemente criticada, pero respecto de la cual muy habitualmente se desconoce su labor de ayuda, olvidando que ese estado casi letárgico de la Organización, si bien no ha propiciado conflictos, sí ha dejado de evitarlos, sobre todo en el continente africano. En el caso alemán, las potencias occidentales no estuvieron dispuestas a arriesgarse para lograr antes la unificación; frente a una URSS estalinista nada hizo la ONU como órgano representante de la comunidad internacional durante más de tres decenios; ello tal vez por falta de iniciativa de las grandes potencias, claras dominadoras de los procesos decisionales que dentro de la organización se toman, en razón del factor económico que conllevan este tipo de acciones, y que sólo ellas están en condiciones de financiar.

No son el aislamiento, ni las sanciones, ni el reparto de territorios, como se vio con Alemania, la solución a los conflictos que, antes como ahora, aquejan el panorama mundial; tampoco lo es la atomización de un pueblo que, aunque con diferencias, forma una nación, aspecto este último que ha caracterizado no sólo al territorio alemán sino al europeo, como una región multiétnica y pluricultural. Después de la segunda guerra mundial, algunos optaron por posiciones que eran del todo contrarias a las propuestas kantianas. Lejos de perseguir el objetivo de la ciudadanía mundial, se optó por dividir un pueblo, una nación. El símbolo de ello era conocido por todos: el muro de Berlín. Desafortunadamente, esta experiencia tampoco se aprovechó en el caso de la antigua Yugoslavia, donde no hay muro pero sí fronteras.

Es interesante ver el análisis de la situación alemana luego de recordar la ideología de Kant que buscaba la paz entre las naciones; la historia de la división y el tránsito a la reunificación, el proceso de reconstrucción de la nueva Alemania, una reconstrucción que va de lo político a lo económico; y aunque esta relación no es establecida por el profesor Villar, el lector inquieto podrá hacerla y se encontrará con importantes y enriquecedoras conclusiones.

El balance final que hace el profesor Villar es positivo. Considera, entre otros aspectos, que los brotes de racismo y xenofobia no constituyen un fenómeno significativo; no obstante la proliferación de conflictos locales, por lo menos no se ha producido una guerra mundial que, según su diagnóstico, no significaría otra cosa que el "naufragio de la especie humana".

NORMA CONSTANZA OSPINA M.