Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 42. Volumen XXXIII - 1996- editado en 1997
 

Verdades de la ficción


Ellos lo llaman amanecer y otros relatos
René Rebetez
Tercer Mundo Editores, Santafé de Bogotá, 1996, 174 págs.


No resulta fácil para un mediano lector en Colombia acomodarse al término ciencia-ficción como género literario, probablemente por lo que de espurio encuentre en dicho género o, simplemente, por el desconocimiento que de él tenga, gracias a la escasísima tradición verificada en la también lánguida edición de textos en tal sentido, tanto en la narrativa propiamente dicha, como en ideas y ensayos esclarecedores de una literatura que en otros países, aun latinoamericanos, tiene ya un lugar y un peso específicos.

Además de Ray Bradbury, que hemos encontrado casi siempre por casualidad en lecturas dispersas con el rótulo de "ciencia-ficción", y que nos atrapa por su innegable poesía, casi nunca aceptamos ir un poco más allá en este tema, por la sospecha de caer en manos de embaucadores, algo así como los salvadores de nuevo tipo y nuevas religiones que cada vez con más frecuencia encontramos en nuestro camino.

De esta manera nos hemos perdido de una placentera incursión en los mundos de esta literatura fantástica, de anticipación o de ciencia-ficción, y de la cual han sacado magnífico provecho y han enriquecido autores de la talla de Italo Calvino, Jorge Luis Borges y Edgar Allan Poe. El que no sabe es como el que no ve.

De muy reciente aparición, circula Ellos lo llaman amanecer y otros relatos del colombiano René Rebetez (Bogotá, 1933), libro de relatos fantásticos, publicado por Elektra Editores (sello de Tercer Mundo Editores), Santafé de Bogotá.

En un ensayo introductorio, el propio Rebetez nos ofrece un rico panorama mundial de esta literatura y hace de ella una limpia defensa que, sin ninguna soberbia, nos deja muy mal parados como lectores, pero nos propina una lección inolvidable, porque, además de su erudición en el tema, es lúcida su manera de discurrir y adentrarse en detalles y recovecos.

Para un profano lector de ciencia-ficción como yo, el ensayo del comienzo de Rebetez en este libro es el primer relato de ese carácter. De allí me fui a libros como Obras maestras de la ciencia-ficción, de Sam Moskowitz, y ¿Qué es la ciencia-ficción?, de Yuli Kagarlitski, y encontré ya definitivamente un nuevo y delicioso plato en el menú de mis lecturas.

Moskowitz anota en la introducción de su libro que "la ciencia-ficción es algo tan típico de este país [Estados Unidos] como el mismo jazz, y ha contribuido a la formación de clubes culturales, allende las fronteras, hasta lugares tan apartados como Japón". A manera de atenuante, en Colombia se puede explicar un poco la falta de gusto y curiosidad por este género por el atraso que vivimos en materia de ciencia y tecnología, tanto en las comunicaciones como en la industria, la medicina, la cultura, etc. Pero, en fin, la falta de curiosidad es algo que no se perdona, casi bajo ninguna circunstancia.

Los relatos de Ellos lo llaman amanecer nos introducen en espacios y personajes asombrosos, fantásticos a nuestros sentidos acostumbrados a mundos previsibles. Nada gratuita, y haciendo gala de un vasto dominio en las técnicas y lenguajes de la ciencia y la ficción, su fantasía, sin embargo, no desborda cierta "lógica" en la cual nuestra mirada logra adivinar el trasfondo que nos señala esta formidable imaginación. En un autor como Rebetez se descubre aquello que él mismo anota y está inmerso como la joya más apreciable en todo este género: "La ciencia-ficción es bíblica, popolvuhista, leviatánica, gilgameshiana. Pero no es solamente literatura, es una necesidad de abrir los ojos y hacerlos grandes, mucho más grandes, hasta abarcar una información revelada, convertirse en un radar, como el que decía Ezra Pound eran los verdaderos poetas, una síntesis, un fogonazo enceguecedor que nos permita apreciar el milagro constante en que vivimos".

Heredera de Julio Verne y Edgar Allan Poe, innegables adivinadores de nuestro tiempo, la literatura fantástica no sólo aporta sus conocimientos científicos, sino que establece, a través de su particular prisma, una permanente crítica al adocenamiento y los atavismos en que incurren seres humanos agobiados por la vertiginosa marcha de los acontecimientos y que, antes que cualificar su existencia, casi la reducen a estorbo reciclable.

Veintidós relatos componen este libro de precisa narración, alta tensión y depurado lenguaje que para nada abusa de los términos y situaciones. Es decir, no requiere de rebuscamientos, que es quizá otro factor influyente en la tradicional desconfianza de lectores, a veces repelidos por la ineficacia de escritores que, no conociendo en profundidad el tema, naufragan en especulaciones.

En Rebetez el lector navega en aguas a veces desconocidas, pero a medida que avanza y va más adentro, ya no quiere salir, va sintiendo propio ese territorio de ficción y personajes adelantados.

Sin ser ideologizantes ni ostentar mediocres moralismos, algunos de estos relatos comportan una dura crítica al conformismo cada vez más reinante en sociedades adormecidas por la omnipotencia de las tecnologías y la ciencia. Allí radica una de las claves de la buena literatura de ciencia-ficción.

En El monje y la galaxia (pág. 125), el hermano Doménico, sabio elegido entre los elegidos para salvaguardar las doctrinas del Santo Señor de los Cielos y la Tierra, se vio puyado por la duda, que no le era permitida. Ante el Santus Celeberum, gran oráculo que todo lo sabía, indagó por quién entregó a Moisés las Tablas de la Ley, descomponiendo el sagrado y perfecto mecanismo electrónico. Cumplió por ello un largo y resignado castigo. Perdonado y vuelto ante el Celeberum, volvió a indagar, picado por una creciente rebeldía, "dónde demonios se encuentra ahora el Santo Grial", con lo cual fue definitivamente condenado a volver al estado mortal, desprovisto de santidad y sabiduría. Se vio un niño monaguillo y feliz regresando a la iglesia de su antiguo pueblo.

La nueva prehistoria (pág. 145) es una dolorosísima ironía, en la cual el autor establece dura crítica a la sociedad moderna. La en principio inocente fila de gente para entrar a un cine se convierte, en el transcurso de la historia, en una sinsalida del hombre actual, acorralado en la estupidez del "hombre-montón" de las ciudades: autobuses, filas para todo, atolondramiento. El personaje, observador a salvo de esa mezquina condición gracias a su asco y su pericia para moverse sin caer en la trampa (allí está la ficción), ve cómo esa ameba gigantesca que es la masa logra incluso avances como el trabajo, refugiarse en edificios y casas y "a veces entonan extrañas canciones guturales con sus coros de mil voces". Llega a pensar que un día construirán automóviles y aviones y hasta jugarán al golf. En ese clima anterior a la "civilización" el autor ve la prehistoria: el adocenamiento, la imbecilidad y la violencia. La conclusión es terrible, por patética: la historia es esta que vivimos y es producto de aquella otra: el sinsentido.

Que sean narraciones verdaderamente fantásticas y que aparezcan con la naturalidad que les dona la verosimilitud y la territorialidad de lo propio, se debe a un conocimiento indudable de estos mundos artificiales pero vivos de nuestra modernidad.

Bien lo dice John W. Campbell en la introducción de su The Best of Science Fiction (comentado por Moskowitz): "Los mejores escritores modernos de ciencia-ficción han desarrollado algunas técnicas, verdaderamente notables, para presentar una gran cantidad de material de fondo auxiliar sin inmiscuirse en el curso de la historia de ese tipo".

Sin un humor a toda prueba no puede escribirse buena ciencia-ficción, es casi una obvia conclusión. Humor lacerante que no concede nada a la enorme admiración que produce toda la actual (y futura) catapulta de tecnologías que abruman al "hijo del vecino" y con la cual, qué duda cabe, hace rato se gobierna al mundo.

De cómo un pirata y su loro con falacias y argucias, me hicieron naufragar en esta isla (pág. 153) es no sólo el más extenso de estos relatos, sino también el de más pródiga risa. Termina uno creyéndose el cuento de un loro loco, lenguaraz, beodo, anciano y sabio, que gobierna a su antojo la vida del protagonista (Rebetez), quien rinde aquí un hermosísimo homenaje al Caribe y, sobre todo, a la paradisíaca Providencia. Hilarante autobiografía que se vale de dos cómplices inmejorables: el pirata Morgan y Paco, el loro chamán.

Ellos lo llaman amanecer y otros relatos es un libro que convence al lector de las bondades de la ciencia-ficción, de la manera como lo hace la buena literatura: con la irrebatible verdad de una (muchas) mentira bien contada. Literatura de anticipación es un término que me gusta para ese género (aunque parezca pleonástico) porque más que nunca queda demostrado que es la realidad la que imita al arte y se desvive por darle alcance, aunque nunca lo logre de verdad sino en apariencia. El autónomo mundo de la literatura no es tocado más que por los sueños del lector. En esa fusión sueño-sueño (autor-lector) hay vida para siempre.

LUIS GERMÁN SIERRA J.