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Verdades
de la ficción
Ellos lo llaman amanecer y otros
relatos
René Rebetez
Tercer Mundo Editores, Santafé de Bogotá, 1996, 174 págs.
No resulta fácil para un mediano lector
en Colombia acomodarse al término ciencia-ficción como género literario,
probablemente por lo que de espurio encuentre en dicho género o, simplemente, por el
desconocimiento que de él tenga, gracias a la escasísima tradición verificada en la
también lánguida edición de textos en tal sentido, tanto en la narrativa propiamente
dicha, como en ideas y ensayos esclarecedores de una literatura que en otros países, aun
latinoamericanos, tiene ya un lugar y un peso específicos.
Además de Ray Bradbury, que hemos
encontrado casi siempre por casualidad en lecturas dispersas con el rótulo de
"ciencia-ficción", y que nos atrapa por su innegable poesía, casi nunca
aceptamos ir un poco más allá en este tema, por la sospecha de caer en manos de
embaucadores, algo así como los salvadores de nuevo tipo y nuevas religiones que cada vez
con más frecuencia encontramos en nuestro camino.
De esta manera nos hemos perdido de una
placentera incursión en los mundos de esta literatura fantástica, de anticipación o de
ciencia-ficción, y de la cual han sacado magnífico provecho y han enriquecido autores de
la talla de Italo Calvino, Jorge Luis Borges y Edgar Allan Poe. El que no sabe es como el
que no ve.
De muy reciente aparición, circula Ellos
lo llaman amanecer y otros relatos del colombiano René Rebetez (Bogotá, 1933), libro
de relatos fantásticos, publicado por Elektra Editores (sello de Tercer Mundo Editores),
Santafé de Bogotá.
En un ensayo introductorio, el propio
Rebetez nos ofrece un rico panorama mundial de esta literatura y hace de ella una limpia
defensa que, sin ninguna soberbia, nos deja muy mal parados como lectores, pero nos
propina una lección inolvidable, porque, además de su erudición en el tema, es lúcida
su manera de discurrir y adentrarse en detalles y recovecos.
Para un profano lector de
ciencia-ficción como yo, el ensayo del comienzo de Rebetez en este libro es el primer
relato de ese carácter. De allí me fui a libros como Obras
maestras de la
ciencia-ficción, de Sam Moskowitz, y ¿Qué es la ciencia-ficción?, de Yuli
Kagarlitski, y encontré ya definitivamente un nuevo y delicioso plato en el menú de mis
lecturas.
Moskowitz anota en la introducción de su
libro que "la ciencia-ficción es algo tan típico de este país [Estados Unidos]
como el mismo jazz, y ha contribuido a la formación de clubes culturales, allende
las fronteras, hasta lugares tan apartados como Japón". A manera de atenuante, en
Colombia se puede explicar un poco la falta de gusto y curiosidad por este género por el
atraso que vivimos en materia de ciencia y tecnología, tanto en las comunicaciones como
en la industria, la medicina, la cultura, etc. Pero, en fin, la falta de curiosidad es
algo que no se perdona, casi bajo ninguna circunstancia.
Los relatos de Ellos lo llaman
amanecer nos introducen en espacios y personajes asombrosos, fantásticos a nuestros
sentidos acostumbrados a mundos previsibles. Nada gratuita, y haciendo gala de un vasto
dominio en las técnicas y lenguajes de la ciencia y la ficción, su fantasía, sin
embargo, no desborda cierta "lógica" en la cual nuestra mirada logra adivinar
el trasfondo que nos señala esta formidable imaginación. En un autor como Rebetez se
descubre aquello que él mismo anota y está inmerso como la joya más apreciable en todo
este género: "La ciencia-ficción es bíblica, popolvuhista, leviatánica,
gilgameshiana. Pero no es solamente literatura, es una necesidad de abrir los ojos y
hacerlos grandes, mucho más grandes, hasta abarcar una información revelada, convertirse
en un radar, como el que decía Ezra Pound eran los verdaderos poetas, una síntesis, un
fogonazo enceguecedor que nos permita apreciar el milagro constante en que vivimos".
Heredera de Julio Verne y Edgar Allan
Poe, innegables adivinadores de nuestro tiempo, la literatura fantástica no sólo aporta
sus conocimientos científicos, sino que establece, a través de su particular prisma, una
permanente crítica al adocenamiento y los atavismos en que incurren seres humanos
agobiados por la vertiginosa marcha de los acontecimientos y que, antes que cualificar su
existencia, casi la reducen a estorbo reciclable.
Veintidós relatos componen este libro de
precisa narración, alta tensión y depurado lenguaje que para nada abusa de los términos
y situaciones. Es decir, no requiere de rebuscamientos, que es quizá otro factor
influyente en la tradicional desconfianza de lectores, a veces repelidos por la ineficacia
de escritores que, no conociendo en profundidad el tema, naufragan en especulaciones.
En Rebetez el lector navega en aguas a
veces desconocidas, pero a medida que avanza y va más adentro, ya no quiere salir, va
sintiendo propio ese territorio de ficción y personajes adelantados.
Sin ser ideologizantes ni ostentar
mediocres moralismos, algunos de estos relatos comportan una dura crítica al conformismo
cada vez más reinante en sociedades adormecidas por la omnipotencia de las tecnologías y
la ciencia. Allí radica una de las claves de la buena literatura de ciencia-ficción.
En El monje y la galaxia (pág.
125), el hermano Doménico, sabio elegido entre los elegidos para salvaguardar las
doctrinas del Santo Señor de los Cielos y la Tierra, se vio puyado por la duda, que no le
era permitida. Ante el Santus Celeberum, gran oráculo que todo lo sabía, indagó por
quién entregó a Moisés las Tablas de la Ley, descomponiendo el sagrado y perfecto
mecanismo electrónico. Cumplió por ello un largo y resignado castigo. Perdonado y vuelto
ante el Celeberum, volvió a indagar, picado por una creciente rebeldía, "dónde
demonios se encuentra ahora el Santo Grial", con lo cual fue definitivamente
condenado a volver al estado mortal, desprovisto de santidad y sabiduría. Se vio un niño
monaguillo y feliz regresando a la iglesia de su antiguo pueblo.
La nueva prehistoria (pág. 145)
es una dolorosísima ironía, en la cual el autor establece dura crítica a la sociedad
moderna. La en principio inocente fila de gente para entrar a un cine se convierte, en el
transcurso de la historia, en una sinsalida del hombre actual, acorralado en la estupidez
del "hombre-montón" de las ciudades: autobuses, filas para todo,
atolondramiento. El personaje, observador a salvo de esa mezquina condición gracias a su
asco y su pericia para moverse sin caer en la trampa (allí está la ficción), ve cómo
esa ameba gigantesca que es la masa logra incluso avances como el trabajo, refugiarse en
edificios y casas y "a veces entonan extrañas canciones guturales con sus coros de
mil voces". Llega a pensar que un día construirán automóviles y aviones y hasta
jugarán al golf. En ese clima anterior a la "civilización" el autor ve la
prehistoria: el adocenamiento, la imbecilidad y la violencia. La conclusión es terrible,
por patética: la historia es esta que vivimos y es producto de aquella otra: el
sinsentido.
Que sean narraciones verdaderamente
fantásticas y que aparezcan con la naturalidad que les dona la verosimilitud y la
territorialidad de lo propio, se debe a un conocimiento indudable de estos mundos
artificiales pero vivos de nuestra modernidad.
Bien lo dice John W. Campbell en la
introducción de su The Best of Science Fiction (comentado por Moskowitz):
"Los mejores escritores modernos de ciencia-ficción han desarrollado algunas
técnicas, verdaderamente notables, para presentar una gran cantidad de material de fondo
auxiliar sin inmiscuirse en el curso de la historia de ese tipo".
Sin un humor a toda prueba no puede
escribirse buena ciencia-ficción, es casi una obvia conclusión. Humor lacerante que no
concede nada a la enorme admiración que produce toda la actual (y futura) catapulta de
tecnologías que abruman al "hijo del vecino" y con la cual, qué duda cabe,
hace rato se gobierna al mundo.
De cómo un pirata y su loro con
falacias y argucias, me hicieron naufragar en esta isla (pág. 153) es no sólo el
más extenso de estos relatos, sino también el de más pródiga risa. Termina uno
creyéndose el cuento de un loro loco, lenguaraz, beodo, anciano y sabio, que gobierna a
su antojo la vida del protagonista (Rebetez), quien rinde aquí un hermosísimo homenaje
al Caribe y, sobre todo, a la paradisíaca Providencia. Hilarante autobiografía que se
vale de dos cómplices inmejorables: el pirata Morgan y Paco, el loro chamán.
Ellos lo llaman amanecer y otros
relatos es un libro que convence al lector de las bondades de la ciencia-ficción, de
la manera como lo hace la buena literatura: con la irrebatible verdad de una (muchas)
mentira bien contada. Literatura de anticipación es un término que me gusta para
ese género (aunque parezca pleonástico) porque más que nunca queda demostrado que es la
realidad la que imita al arte y se desvive por darle alcance, aunque nunca lo logre de
verdad sino en apariencia. El autónomo mundo de la literatura no es tocado más que por
los sueños del lector. En esa fusión sueño-sueño (autor-lector) hay vida para siempre.
LUIS GERMÁN SIERRA J.
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