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El triste mérito de ser un lugar donde más se irrespetan los
derechos del hombre
Culturas para la paz
Suzy Bermúdez Q. (compiladora)
Fundación Alejandro Ángel Escobar, Santafé de Bogotá, 1995, 314 pág.
Este libro reúne la mayor parte de las
contribuciones que fueron presentadas al simposio "Culturas para la paz" en el
VI Congreso Nacional de Antropología que se llevó a cabo en Bogotá en el mes de julio
de 1992. Afortunadamente, en esta ocasión fue publicado el material fundamental del
simposio, aunque con algún retardo. Mencionamos la cuestión del retardo en publicar el
libro, puesto que hoy en Colombia, donde aceleración de la historia es increíble, se
comienza a diluir el superoptimismo constitucional, que pretendía que la adopción de una
nueva carta magna y el reconocimiento jurídico de ciertas realidades eran suficientes
para lograr los tan proclamados cambios hacia un nuevo país. La profunda crisis
político-institucional y económico-social que conoce Colombia en los actuales momentos
pone en cuestión el optimismo que, de manera unánime y acrítica, contaminó a todo el
mundo: intelectuales, políticos y medios de comunicación. En la práctica, muchas de las
formulaciones que alegremente se hacían en 1992, hoy no solamente deben ser repensadas
sino cuestionadas. Tal es el caso, por ejemplo, de la postura optimista sobre los derechos
humanos que, a partir de la reforma constitucional, suponía -o por lo menos solían decir
desde los organismos gubernamentales, empezando por la Consejería de Derechos Humanos-
que en Colombia ahora sí serían respetados los derechos fundamentales de toda la
población. Mucha agua ha corrido en tan poco tiempo, lo que permite dudar de esas
interpretaciones juridiqueras, como la que aparece en la primera parte del libro (págs.
6-74), sobre todo en el primer artículo de Magdala Velásquez, donde se exaltan las
bondades de los derechos humanos vistos principalmente desde el punto de vista jurídico y
se hace un llamado abstracto a la convivencia. Allí no se hacen referencias directas al
problema fundamental de los derechos humanos en Colombia, que no es sólo el
reconocimiento del derecho a la vida sino su protección real y efectiva y el castigo a la
impunidad generalizada que es agenciada por muy variados poderes institucionales y
parainstitucionales. Sin combatir efectivamente esas fuerzas, hablar de derechos humanos
no deja de ser una afirmación retórica de moda, que poco contribuye en la práctica
cotidiana a la protección de los derechos fundamentales de los seres humanos. La reciente
actitud del parlamento europeo, que condenó al gobierno colombiano en materia de derechos
humanos, evidencia la magnitud de su violación en nuestro país -que tiene el tristemente
célebre mérito de ser uno de los lugares del mundo en donde se irrespetan con más
frecuencia todos los derechos del hombre-, y pone de presente la idea elemental, pero
cardinal en el caso de Colombia, de que el solo reconocimiento formal y jurídico de los
derechos humanos no basta, si al mismo tiempo no existe una real voluntad política de
tocar a fondo los intereses del poder y de la riqueza, que son la fuente original y
nutricia de la violación de esos derechos. A este respecto, la compiladora del libro
debería haber hecho una reactualización contextual del problema tanto de los derechos
humanos como de la paz, teniendo en cuenta los acontecimientos de los tres años que
siguieron a la realización del simposio sobre "Culturas para la paz", que ponen
en duda el fundado optimismo posconstitucional que inundó al país y sobre el cual se
gastaron no sólo miles de frascos de tinta y toneladas de papel sino también miles de
millones de pesos, que bien se hubieran podido invertir de verdad en luchar por la
protección de los derechos humanos de los habitantes de este maltratado país.
Al margen de esta aclaración inicial, se
debe indicar que, como todo libro colectivo, el que ahora reseñamos es bastante desigual
en calidad y coherencia. Esto se puede apreciar mirando los 24 artículos que componen el
libro, que están agrupados en cuatro partes. Como es imposible presentar una visión
global de un material tan heterogéneo, nos referimos a las contribuciones que nos han
parecido más interesantes. De la primera parte, titulada "Propuestas generales a
partir del marco legal del gobierno", se destaca el artículo "Por un país más
allá de la sobrevivencia" de César Augusto Grajales. En éste se realza la idea,
que hoy tiene tanta fuerza como cuando fue enunciada, de que Colombia es un "país de
sobrevivientes". No de otra forma puede entenderse que mientras se proclama
formalmente el respeto y el derecho a la diferencia, a la dignidad humana y mil bellezas
por el estilo, en la práctica cotidiana cada vez se viva peor desde el punto de vista
económico y social y se sofistique la violación de los derechos humanos (pág. 24). El
autor ahonda con cifras en la catastrófica situación del país en los dos aspectos
mencionados y señala, contra la opinión dominante en ese momento, las consecuencias
profundamente negativas de la implementación del modelo neoliberal, modelo que en sí
mismo es una violación de los más elementales derechos de la humanidad. También se
destaca, en esta primera parte, la contribución de Pablo Tatay, del movimiento indígena
Quintín Lame, sobre el nordeste caucano. Se recalca el problema de la concentración de
la tierra, como obstáculo esencial para obtener una paz justa y duradera en los campos
colombianos; también muestra cómo la intolerancia se ha convertido en uno de los mayores
lastres de la cultura política colombiana, que impide la construcción de una sociedad
democrática.
En la segunda parte, "La relación
con el otro y con el entorno", se publica un artículo de Pierre Sauvage, sobre la
América española vista por los europeos que no aporta nada de novedoso al asunto, pues
simplemente es una reiteración de cosas ya archisabidas sobre el racismo europeo frente a
los indígenas y los negros. Verdaderamente interesantes son los tres testimonios de
experiencias reales de convivencia en el Chocó (págs. 98-111), en los cuales, de una
manera sencilla pero profunda, se recuentan las formas de cotidianidad en esta empobrecida
región colombiana, en la que, en medio de la más pavorosa adversidad, se desarrollan
formas de convivencia y se muestra al mismo tiempo a los agentes sociales que son
responsables de la pobreza y de la miseria de la región. Nuevamente se insiste sobre el
problema de la tierra como generador de violencia. También se destaca el capítulo
"Aportes indígenas para una ética contemporánea" del antropólogo Silvio
Aristizábal Giraldo. En este breve pero sustancioso escrito, se destacan las
contribuciones del pensamiento y de la cosmovisión indígena a una ética de la
convivencia, real y no retórica, sobre las relaciones entre los seres humanos y de éstos
con la naturaleza. Ahora que se ha puesto tan de moda la cuestión ecológica -que compite
codo a codo con la moda de los derechos humanos-, el autor nos recuerda que entre los
grupos indígenas hay desde tiempos inmemoriales una concepción de perenne vigencia:
"A la luz del pensamiento indígena es inaceptable que un país o un grupo de
personas explote los recursos de una región, pensando sólo en los beneficios
económicos, sin tener en cuenta el daño que puede causar a la naturaleza y las
consecuencias que de ello se derivan para otros pueblos o para las futuras
generaciones". El artículo de Suzy Bermúdez (págs. 142-157), es una muy oportuna
reflexión autobiográfica que teje una serie de reflexiones que cuestionan el mito de la
ciencia como algo frío, objetivo y desapasionado.
La tercera parte, tal vez la más
interesante del libro, se ocupa del tema "Jóvenes y centros urbanos", cuestión
vital en un mundo de acelerada y al parecer irreversible urbanización. La importancia de
esta parte radica en que los diversos trabajos proponen una reflexión desde múltiples
ángulos y espacios: Medellín, Estados Unidos, Brasil. El artículo de más calidad,
tanto por el rigor como por la problemática abordada, es sin duda el de Caroline Higgins,
"Hacia el cambio de sujeto". La autora, que se centra en estudiar el caso de la
ciudad de Los Ángeles, analiza la problemática acuciante de los "niños de la
calle", teniendo en cuenta las características del capitalismo tardío y el impacto
de la mundialización en los Estados Unidos, particularmente sobre los adolescentes y los
niños. En un metarrelato convincente y de una gran calidad, partiendo de los estudios del
reconocido y confeso marxista estadounidense Frederic Jamenson, analiza la
"cartografía cognitiva del capitalismo internacional" en el presente decenio y
sus repercusiones sobre el mundo de la calle en Estados Unidos. Sobresale también el
artículo de Manuel Restrepo, titulado "Señores y carrangas", en el que se
reconstruye con gran calidad literaria el lenguaje de las bandas de Medellín para
describir sus características de funcionamiento interno y sus relaciones con el
narcotráfico. Hay aquí un muy interesante esfuerzo por comprender la trama interior de
la vida cotidiana de una importante franja de la población urbana del país, no sólo de
Medellín sino de todas las grandes ciudades, de la que han surgido las bandas y señores
del narcotráfico.
La cuarta parte, consagrada a la
educación, es la más floja del texto. En los primeros artículos, sobre todo en el
primero ("Cultura, interculturalidad y relaciones de poder en la educación
colombiana") de Yolanda Bodnar, se hace un confuso y esquemático planteamiento que
finalmente no es sino una lista de definiciones que no apuntan ni a analizar ni a
clarificar absolutamente nada sobre el tema propuesto. El artículo que realmente salva
esta deslucida parte del libro es el de Alejandro Sanz de Santamaría "Ciencia versus
conciencia en la docencia", en el que de manera viva se recuenta la experiencia del
autor en la enseñanza. Lo aleccionador del caso es que quien nos habla no es ningún
profesor de escuela o bachillerato, que son los que se atreven a contar sus experiencias
docentes, sino un reconocido profesor e investigador universitario, que además enseña en
una temática tan árida como la economía. Esta autorreflexión crítica y sin
concesiones muestra los límites de la escuela como un poder en el que se compra y se
vende una mercancía especial: el saber. El autor cuestiona, a partir de su propia
práctica, los límites del saber convencional que se basa en la transferencia de
conocimientos desde el profesor al alumno. Muestra cómo, sin necesidad de pensar en
transformaciones de la estructura educativa en su conjunto, libremente y con voluntad de
trabajo se pueden emprender acciones educativas que cuestionan el orden establecido,
mostrando las posibilidades de una labor creativa en el aula de clase.
En fin, este libro es desigual, como casi
toda recopilación, y en él se encuentran desde los discursos "cientifistas"
sobre diversos temas y las experiencias personales, vivas y dinámicas, que muestran que
el saber de los letrados es muy limitado y no es sino una forma más de conocimiento.
Aparecen las voces de una multitud de actores sociales, hombres, mujeres, jóvenes y
niños, habitantes urbanos y rurales, seres humanos sedentarios y niños de la calle, que
resultan mucho más importantes, para entender el problema de la paz y la ausencia de
derechos humanos, que los discursos burocráticos y jurídicos -que también se encuentran
en el libro, y que desentonan con la riqueza vivencial que se observa en varios de los
artículos comentados anteriormente-. Lo más significativo del libro, aunque no aparezca
explícito, es el hecho de cuestionar el lenguaje y los límites de la ciencia y el saber,
relacionados directamente con el poder y que son copartícipes y garantes de la
dominación y de la explotación. Como contrapartida, en los mejores ensayos del libro se
propone un acercamiento crítico del saber académico y del quehacer cotidiano de todos
aquellos a quienes no se quiere ver ni escuchar, no porque no tengan ni presencia ni voz
propia, sino porque a nombre de la "ciencia" no se les considera
"objetos" dignos de ser estudiados.
RENÁN VEGA CANTOR
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