Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 42. Volumen XXXIII - 1996- editado en 1997
 

El triste mérito de ser un lugar donde más se irrespetan los derechos del hombre


Culturas para la paz
Suzy Bermúdez Q. (compiladora)
Fundación Alejandro Ángel Escobar, Santafé de Bogotá, 1995, 314 pág.


Este libro reúne la mayor parte de las contribuciones que fueron presentadas al simposio "Culturas para la paz" en el VI Congreso Nacional de Antropología que se llevó a cabo en Bogotá en el mes de julio de 1992. Afortunadamente, en esta ocasión fue publicado el material fundamental del simposio, aunque con algún retardo. Mencionamos la cuestión del retardo en publicar el libro, puesto que hoy en Colombia, donde aceleración de la historia es increíble, se comienza a diluir el superoptimismo constitucional, que pretendía que la adopción de una nueva carta magna y el reconocimiento jurídico de ciertas realidades eran suficientes para lograr los tan proclamados cambios hacia un nuevo país. La profunda crisis político-institucional y económico-social que conoce Colombia en los actuales momentos pone en cuestión el optimismo que, de manera unánime y acrítica, contaminó a todo el mundo: intelectuales, políticos y medios de comunicación. En la práctica, muchas de las formulaciones que alegremente se hacían en 1992, hoy no solamente deben ser repensadas sino cuestionadas. Tal es el caso, por ejemplo, de la postura optimista sobre los derechos humanos que, a partir de la reforma constitucional, suponía -o por lo menos solían decir desde los organismos gubernamentales, empezando por la Consejería de Derechos Humanos- que en Colombia ahora sí serían respetados los derechos fundamentales de toda la población. Mucha agua ha corrido en tan poco tiempo, lo que permite dudar de esas interpretaciones juridiqueras, como la que aparece en la primera parte del libro (págs. 6-74), sobre todo en el primer artículo de Magdala Velásquez, donde se exaltan las bondades de los derechos humanos vistos principalmente desde el punto de vista jurídico y se hace un llamado abstracto a la convivencia. Allí no se hacen referencias directas al problema fundamental de los derechos humanos en Colombia, que no es sólo el reconocimiento del derecho a la vida sino su protección real y efectiva y el castigo a la impunidad generalizada que es agenciada por muy variados poderes institucionales y parainstitucionales. Sin combatir efectivamente esas fuerzas, hablar de derechos humanos no deja de ser una afirmación retórica de moda, que poco contribuye en la práctica cotidiana a la protección de los derechos fundamentales de los seres humanos. La reciente actitud del parlamento europeo, que condenó al gobierno colombiano en materia de derechos humanos, evidencia la magnitud de su violación en nuestro país -que tiene el tristemente célebre mérito de ser uno de los lugares del mundo en donde se irrespetan con más frecuencia todos los derechos del hombre-, y pone de presente la idea elemental, pero cardinal en el caso de Colombia, de que el solo reconocimiento formal y jurídico de los derechos humanos no basta, si al mismo tiempo no existe una real voluntad política de tocar a fondo los intereses del poder y de la riqueza, que son la fuente original y nutricia de la violación de esos derechos. A este respecto, la compiladora del libro debería haber hecho una reactualización contextual del problema tanto de los derechos humanos como de la paz, teniendo en cuenta los acontecimientos de los tres años que siguieron a la realización del simposio sobre "Culturas para la paz", que ponen en duda el fundado optimismo posconstitucional que inundó al país y sobre el cual se gastaron no sólo miles de frascos de tinta y toneladas de papel sino también miles de millones de pesos, que bien se hubieran podido invertir de verdad en luchar por la protección de los derechos humanos de los habitantes de este maltratado país.

Al margen de esta aclaración inicial, se debe indicar que, como todo libro colectivo, el que ahora reseñamos es bastante desigual en calidad y coherencia. Esto se puede apreciar mirando los 24 artículos que componen el libro, que están agrupados en cuatro partes. Como es imposible presentar una visión global de un material tan heterogéneo, nos referimos a las contribuciones que nos han parecido más interesantes. De la primera parte, titulada "Propuestas generales a partir del marco legal del gobierno", se destaca el artículo "Por un país más allá de la sobrevivencia" de César Augusto Grajales. En éste se realza la idea, que hoy tiene tanta fuerza como cuando fue enunciada, de que Colombia es un "país de sobrevivientes". No de otra forma puede entenderse que mientras se proclama formalmente el respeto y el derecho a la diferencia, a la dignidad humana y mil bellezas por el estilo, en la práctica cotidiana cada vez se viva peor desde el punto de vista económico y social y se sofistique la violación de los derechos humanos (pág. 24). El autor ahonda con cifras en la catastrófica situación del país en los dos aspectos mencionados y señala, contra la opinión dominante en ese momento, las consecuencias profundamente negativas de la implementación del modelo neoliberal, modelo que en sí mismo es una violación de los más elementales derechos de la humanidad. También se destaca, en esta primera parte, la contribución de Pablo Tatay, del movimiento indígena Quintín Lame, sobre el nordeste caucano. Se recalca el problema de la concentración de la tierra, como obstáculo esencial para obtener una paz justa y duradera en los campos colombianos; también muestra cómo la intolerancia se ha convertido en uno de los mayores lastres de la cultura política colombiana, que impide la construcción de una sociedad democrática.

En la segunda parte, "La relación con el otro y con el entorno", se publica un artículo de Pierre Sauvage, sobre la América española vista por los europeos que no aporta nada de novedoso al asunto, pues simplemente es una reiteración de cosas ya archisabidas sobre el racismo europeo frente a los indígenas y los negros. Verdaderamente interesantes son los tres testimonios de experiencias reales de convivencia en el Chocó (págs. 98-111), en los cuales, de una manera sencilla pero profunda, se recuentan las formas de cotidianidad en esta empobrecida región colombiana, en la que, en medio de la más pavorosa adversidad, se desarrollan formas de convivencia y se muestra al mismo tiempo a los agentes sociales que son responsables de la pobreza y de la miseria de la región. Nuevamente se insiste sobre el problema de la tierra como generador de violencia. También se destaca el capítulo "Aportes indígenas para una ética contemporánea" del antropólogo Silvio Aristizábal Giraldo. En este breve pero sustancioso escrito, se destacan las contribuciones del pensamiento y de la cosmovisión indígena a una ética de la convivencia, real y no retórica, sobre las relaciones entre los seres humanos y de éstos con la naturaleza. Ahora que se ha puesto tan de moda la cuestión ecológica -que compite codo a codo con la moda de los derechos humanos-, el autor nos recuerda que entre los grupos indígenas hay desde tiempos inmemoriales una concepción de perenne vigencia: "A la luz del pensamiento indígena es inaceptable que un país o un grupo de personas explote los recursos de una región, pensando sólo en los beneficios económicos, sin tener en cuenta el daño que puede causar a la naturaleza y las consecuencias que de ello se derivan para otros pueblos o para las futuras generaciones". El artículo de Suzy Bermúdez (págs. 142-157), es una muy oportuna reflexión autobiográfica que teje una serie de reflexiones que cuestionan el mito de la ciencia como algo frío, objetivo y desapasionado.

La tercera parte, tal vez la más interesante del libro, se ocupa del tema "Jóvenes y centros urbanos", cuestión vital en un mundo de acelerada y al parecer irreversible urbanización. La importancia de esta parte radica en que los diversos trabajos proponen una reflexión desde múltiples ángulos y espacios: Medellín, Estados Unidos, Brasil. El artículo de más calidad, tanto por el rigor como por la problemática abordada, es sin duda el de Caroline Higgins, "Hacia el cambio de sujeto". La autora, que se centra en estudiar el caso de la ciudad de Los Ángeles, analiza la problemática acuciante de los "niños de la calle", teniendo en cuenta las características del capitalismo tardío y el impacto de la mundialización en los Estados Unidos, particularmente sobre los adolescentes y los niños. En un metarrelato convincente y de una gran calidad, partiendo de los estudios del reconocido y confeso marxista estadounidense Frederic Jamenson, analiza la "cartografía cognitiva del capitalismo internacional" en el presente decenio y sus repercusiones sobre el mundo de la calle en Estados Unidos. Sobresale también el artículo de Manuel Restrepo, titulado "Señores y carrangas", en el que se reconstruye con gran calidad literaria el lenguaje de las bandas de Medellín para describir sus características de funcionamiento interno y sus relaciones con el narcotráfico. Hay aquí un muy interesante esfuerzo por comprender la trama interior de la vida cotidiana de una importante franja de la población urbana del país, no sólo de Medellín sino de todas las grandes ciudades, de la que han surgido las bandas y señores del narcotráfico.

La cuarta parte, consagrada a la educación, es la más floja del texto. En los primeros artículos, sobre todo en el primero ("Cultura, interculturalidad y relaciones de poder en la educación colombiana") de Yolanda Bodnar, se hace un confuso y esquemático planteamiento que finalmente no es sino una lista de definiciones que no apuntan ni a analizar ni a clarificar absolutamente nada sobre el tema propuesto. El artículo que realmente salva esta deslucida parte del libro es el de Alejandro Sanz de Santamaría "Ciencia versus conciencia en la docencia", en el que de manera viva se recuenta la experiencia del autor en la enseñanza. Lo aleccionador del caso es que quien nos habla no es ningún profesor de escuela o bachillerato, que son los que se atreven a contar sus experiencias docentes, sino un reconocido profesor e investigador universitario, que además enseña en una temática tan árida como la economía. Esta autorreflexión crítica y sin concesiones muestra los límites de la escuela como un poder en el que se compra y se vende una mercancía especial: el saber. El autor cuestiona, a partir de su propia práctica, los límites del saber convencional que se basa en la transferencia de conocimientos desde el profesor al alumno. Muestra cómo, sin necesidad de pensar en transformaciones de la estructura educativa en su conjunto, libremente y con voluntad de trabajo se pueden emprender acciones educativas que cuestionan el orden establecido, mostrando las posibilidades de una labor creativa en el aula de clase.

En fin, este libro es desigual, como casi toda recopilación, y en él se encuentran desde los discursos "cientifistas" sobre diversos temas y las experiencias personales, vivas y dinámicas, que muestran que el saber de los letrados es muy limitado y no es sino una forma más de conocimiento. Aparecen las voces de una multitud de actores sociales, hombres, mujeres, jóvenes y niños, habitantes urbanos y rurales, seres humanos sedentarios y niños de la calle, que resultan mucho más importantes, para entender el problema de la paz y la ausencia de derechos humanos, que los discursos burocráticos y jurídicos -que también se encuentran en el libro, y que desentonan con la riqueza vivencial que se observa en varios de los artículos comentados anteriormente-. Lo más significativo del libro, aunque no aparezca explícito, es el hecho de cuestionar el lenguaje y los límites de la ciencia y el saber, relacionados directamente con el poder y que son copartícipes y garantes de la dominación y de la explotación. Como contrapartida, en los mejores ensayos del libro se propone un acercamiento crítico del saber académico y del quehacer cotidiano de todos aquellos a quienes no se quiere ver ni escuchar, no porque no tengan ni presencia ni voz propia, sino porque a nombre de la "ciencia" no se les considera "objetos" dignos de ser estudiados.

RENÁN VEGA CANTOR