Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 42. Volumen XXXIII - 1996- editado en 1997
 

"Reinscripción crítica de elementos anteriores a una nueva totalidad"


Modernidad y posmodernidad
en Latinoamérica
Jaime Eduardo Jaramillo Jiménez
Centro de Escritores de Manizales, Imprenta Departamental de Caldas, Manizales, 1995, 192 págs.


El ensayo de Jaime Eduardo Jaramillo (Manizales, departamento de sociología de la Universidad Nacional, 1949) se propone indagar por lo específico de la posmodernidad latinoamericana a partir de su propia y peculiar modernidad. Una modernidad "periférica" -como la llama- que por ello mismo presenta "asincronías, contradicciones, desequilibrios e hibridaciones propios de su incorporación asimétrica al sistema capitalista mundial", de la misma manera que "registra la huella indeleble de las matrices histórico-culturales de las sociedades en donde se desarrolla" (pág. 18).

En razón de una inexorable necesidad histórica, a través de un proceso de "transculturación" (Ángel Rama) que aún no ha concluido, la América Latina "ha construido su propia versión de la modernidad", un desarrollo "que ha parecido ser histórico-universal desde el punto de vista de sus tendencias básicas de evolución" (pág. 19).

No se trata para el autor de aceptar acríticamente el discurso de la posmodernidad "funcional" -inherente a los efectos globalizantes del capitalismo transnacional y el consumismo, al neoliberalismo económico y a la "colonización del ‘mundo de la vida’ " (Habermas)-, dentro del cual la crítica de los "metarrelatos" en ciertos casos "degenera en su sustitución por un discurso tecnocrático, regido por la eficacia, adecuado a la racionalidad instrumental" (pág. 23) y que, al negar la posibilidad de cualquier criterio universal referente a la verdad, la moralidad y la justicia, puede "incurrir en un extremo relativismo" que a su vez conduciría a la indiferencia y la inacción, al asumir la "muerte del sujeto" -"que presupone el dominio pleno de las estructuras reificadas sobre los hombres"- y de nociones como las de ‘proyecto’ y ‘praxis’ para evolucionar en dirección a "una visión unilateralmente sistémica de la sociedad" (pág. 24).

Debe considerarse por el contrario -agrega el autor- que la posmodernidad "no se agota, ni mucho menos, en estas manifestaciones". Puesto que existe también otra versión, es posible otra interpretación: "Hay también una corriente posmoderna, crítica de muchos aspectos de la modernización social y que pretende la deconstrucción (entendida como reinscripción crítica de elementos anteriores en una nueva totalidad) frente al Modernismo, esa gran corriente cultural que domina en muchas partes del mundo (incluida la América Latina, aunque con otro ritmo temporal) en la primera mitad del presente siglo" (pág. 25).

Considerado en este contexto, el posmodernismo, concebido como una "condición histórico-cultural", aparecería como "el desarrollo de los elementos críticos y autorreflexivos insertos en la Modernidad" (pág. 26). Sería posible constatar una "relación dialéctica" entre modernidad y posmodernidad, en el interior de la cual la segunda sería la "negación determinada" (Hegel) de la primera.

Así, por ejemplo, la conciencia ante la problemática ecológica, la preocupación por el medio ambiente, el feminismo, la búsqueda de tecnologías "blandas" o "adecuadas", "no contaminantes" y "compatibles también con un tipo de relaciones de trabajo menos centralizadas y alienantes", se corresponderían con una "contracultura" bien característica de nuestro tiempo, expresión de "una diversa sensibilidad, una nueva noción de la representación, un nuevo modo de concebir las relaciones entre el hombre y la naturaleza", así como las del ser humano en sociedad y hacia la técnica (pág. 28-29).

De lo que se trata es, en realidad, del fin de una época y del nacimiento de otra: "La posmodernidad evidencia un período de transición, cuya duración no es incierta, en el cual percibimos el comienzo del agotamiento de una época, la moderna, y los fenómenos que expresan el lento surgimiento de una nueva época en la historia de la humanidad" (pág. 30). Como lo sostiene Giles Lipovetsky, a quien remite el autor, ella es "una ola profunda y general a la escala del todo social [...] que describe el paso lento y complejo a un nuevo tipo de sociedad, de cultura y de individuo que nace del propio seno y en la prolongación de la era moderna" (pág. 31).

El autor alude al proceso de la racionalización progresiva de todos los contenidos de la vida, característico del desarrollo de la civilización occidental y que tan prolijamente estudiara un Max Weber, proceso que a través del "desencantamiento" y la "secularización" ha terminado por imponer la hegemonía universal de la racionalidad instrumental, que se encuentra en la base de la empresa capitalista, la dominación burocrática y la ciencia experimental. Considera, igualmente, como una consecuencia -o un desarrollo paralelo a tal proceso- la inexorable disolución de los vínculos inmediatos entre los hombres, los nexos de tipo comunitario, el tránsito de la "comunidad" a la "sociedad" (F. Tönnies).

Frente a estos desarrollos recuerda el autor de qué manera el pensamiento posmoderno plantea "la emergencia de múltiples racionalidades vinculadas fundamentalmente a la expresión de nuevos actores sociales, marginales, postergados o sometidos, que poseen sus voces peculiares y expresan lógicas de acción y lógicas discursivas diferentes a la razón monológica expresada en el ‘logocentrismo’ occidental" (pág. 42).

Cita en este contexto a Gianni Vattimo, a quien no vacila en calificar como uno de los principales teóricos posmodernos: "Una vez desaparecida la idea de una racionalidad central en la historia, el mundo de la comunicación generalizada estalla como una multiplicidad de racionalidades locales -minorías sexuales, religiosas, culturales o estéticas (como los punk, por ejemplo) que toman la palabra y dejan finalmente de ser acallados y reprimidos por la idea de que sólo existe una forma de humanidad verdadera digna de realizarse, con menoscabo de todas las peculiaridades, de todas las individualidades limitadas, efímeras, contingentes" (pág. 43).

En concordancia con lo que se ha dicho y teniendo en cuenta la esencial pluralidad -geopolítica, geográfica, étnica y cultural- del subcontinente americano, piensa el autor en la posibilidad de un aporte peculiar de la región a la cultura posmoderna: "La gran apuesta de la América Latina es, entonces, permitir el desarrollo de la racionalidad cognitivo-instrumental en donde ello se hace ineludible, sin ahogar otras racionalidades que tienden a ser penetradas y subordinadas por aquel tipo de Razón monológica, que algunos aceptan como destino ineluctable y deseable" (pág. 54).

Lo que, por otra parte, implica también una crítica de la noción eurocéntrica de "progreso": "Desde la perspectiva latinoamericana hemos vivido bajo diferentes ropajes el mito de la idea del progreso, concebida como el necesario paso por determinadas etapas, para llegar a un momento, considerado culminación de la historia humana, que coincide en la mayoría de los casos con el estadio de desarrollo, idealizado, de los países del Norte" (pág. 60).

En esta misma dirección, ha sido desde los paradigmas de la Ilustración y del positivismo o, más recientemente, desde los que encuadran la ideología del desarrollismo a ultranza (en cuya perspectiva el subdesarrollo es visto como "etapa de infancia o adolescencia") que las elites latinoamericanas han buscado adecuarse al espíritu de la modernidad europeo-occidental.

Sin embargo, el autor considera que, aunque debemos asumir -"no como sino trágico, sino como posibilidad histórica"- nuestra pertenencia a Occidente (pág. 70), esto no excluye el que constituya una posibilidad de América Latina la de plantear su propia versión del desarrollo y el progreso, en la cual "sean asimilados los imperativos de la racionalidad formal, al tiempo que otras racionalidades, otras cosmovisiones, otras opciones de vida, encuentren su puesto, fecundando sus sociedades y haciendo de la experiencia de la vida un proceso mucho más rico, contradictorio y abierto de lo que ciertas visiones en exceso pesimistas dejan entrever" (pág. 72).

En el plano político, todo lo que hemos considerado afecta también la validez de algunos "metarrelatos" vinculados a los procesos revolucionarios, en particular el del "marxismo-leninismo". Aunque el autor no deja de advertir que muchos aspectos relevantes de la concepción de Marx "se encuentran en la raíz de ciertas posiciones afines al posmodernismo" (pág. 76), recuerda también que "en general, a los pensadores posmodernos, incluso a los de ‘izquierda’, les es profundamente ajena la idea de un sujeto histórico-universal que tendría como designio la liberación de la humanidad" (pág. 82). Con mayor razón se critica la noción leninista de un partido único, "expresión mesiánica de la clase obrera, sujeto histórico universal, motor de la historia futura y depositario de la forma más avanzada de autoconciencia" (pág. 83).

Consecuentemente con esta crítica, la idea tradicional de la revolución resulta problemática. Es cuestionada y se abre a nuevas posibilidades del actuar político, como las que Norbert Lechner llama "rupturas pactadas", que excluyen tanto la guerra a ultranza (que busca la aniquilación del adversario) como la concepción afín al neoliberalismo, en la cual la generación de un nuevo orden social se identifica con un consenso y la constitución se convierte en una cuestión técnica -"organización racional de los medios en relación con los fines"- característica de toda tecnocracia, "sea de Chicago o de Pekín" (pág. 86).

De este modo, en la perspectiva posmoderna la democracia se considera como "un orden intrínsicamente conflictivo" determinado por "intereses diversos y fluctuantes, que presuponen un orden normativo que sea el marco para permanentes negociaciones" en las cuales se alcanzan "consensos cambiantes, nunca definitivos" y en cuyo interior "no hay conquistas irreversibles, verdades oficiales, leyes inmutables de la historia [...] una apuesta siempre renovada entre opciones alternativas" (pág. 87).

Cierto "realismo" parece reemplazar la expectativa de redención mesiánica y el voluntarismo vanguardista. Con ello, igualmente, parece imponerse una "revalorización de la secularización": "Por oposición al mesianismo introducido por la perspectiva revolucionaria de los sesenta y exacerbado por el autoritarismo, la secularización tiene hoy una connotación exclusivamente positiva, sin mayor reflexión sobre su potencial desestabilizador. Para la consolidación democrática aparece imperativo desvincular la legitimidad de la verdad y restablecer el ámbito de la política como espacio de la negociación" (pág. 89).

Sin embargo -concluye el autor-, es necesario reconocer que el proceso de secularización y desencantamiento "puede llevar a una concepción cínica e inmediatista de la política, despojada de toda noción y todo contenido utópico, calcada en sus mecanismos de los procesos ciegos del mercado" (pág. 90).

Como alternativa a tal "Realpolitik" -que en última instancia manifiesta el conformismo- siempre será posible replantear el contenido utópico: "en algunos teóricos y en varios partidos políticos latinoamericanos lo que se ha dado es una resignificación de la utopía, considerada antes que como meta factible como idea regulativa y movilizadora que permite valorar lo existente" (pág. 91).

Por otra parte y para terminar, plantea el autor que, ante la crisis de los modelos totalitarios, la que él llama "sensibilidad posmoderna" puede servirnos para desarrollar una concepción de la política que "revalorice el consenso, antes que como meta absoluta como principio regulador que reconozca la pluralidad de los sujetos que participan en la política" y que de esta manera pueda promover la democracia "como reino de la polifonía y la diferencia" (pág. 91).

La cuarta y última parte del ensayo lleva por título El agotamiento de la vanguardia y aborda una temática bien específica dentro del conjunto, constituyéndose por su peculiaridad en una especie de "apéndice". Este le permite al autor, que se muestra muy enterado y sensible a las manifestaciones de la cultura contemporánea y de su crisis, iniciar -con una alusión a Baudelaire- una muy sucinta y concisa reflexión sobre el asunto, en el interior de la cual destaca de nuevo la particularidad de tales desarrollos entre nosotros: el problema es tan complejo que considerarlo aquí desbordaría los límites de una reseña.

RUBÉN JARAMILLO VÉLEZ
Departamento de Filosofía
Universidad Nacional