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"Reinscripción
crítica de elementos anteriores a una nueva totalidad"
Modernidad y posmodernidad
en Latinoamérica
Jaime Eduardo Jaramillo Jiménez
Centro de Escritores de Manizales, Imprenta Departamental de Caldas, Manizales, 1995, 192
págs.
El ensayo de Jaime Eduardo Jaramillo
(Manizales, departamento de sociología de la Universidad Nacional, 1949) se propone
indagar por lo específico de la posmodernidad latinoamericana a partir de su propia y
peculiar modernidad. Una modernidad "periférica" -como la llama- que por ello
mismo presenta "asincronías, contradicciones, desequilibrios e hibridaciones propios
de su incorporación asimétrica al sistema capitalista mundial", de la misma manera
que "registra la huella indeleble de las matrices histórico-culturales de las
sociedades en donde se desarrolla" (pág. 18).
En razón de una inexorable necesidad
histórica, a través de un proceso de "transculturación" (Ángel Rama) que
aún no ha concluido, la América Latina "ha construido su propia versión de la
modernidad", un desarrollo "que ha parecido ser histórico-universal desde el
punto de vista de sus tendencias básicas de evolución" (pág. 19).
No se trata para el autor de aceptar
acríticamente el discurso de la posmodernidad "funcional" -inherente a los
efectos globalizantes del capitalismo transnacional y el consumismo, al neoliberalismo
económico y a la "colonización del mundo de la vida " (Habermas)-,
dentro del cual la crítica de los "metarrelatos" en ciertos casos
"degenera en su sustitución por un discurso tecnocrático, regido por la eficacia,
adecuado a la racionalidad instrumental" (pág. 23) y que, al negar la posibilidad de
cualquier criterio universal referente a la verdad, la moralidad y la justicia, puede
"incurrir en un extremo relativismo" que a su vez conduciría a la indiferencia
y la inacción, al asumir la "muerte del sujeto" -"que presupone el dominio
pleno de las estructuras reificadas sobre los hombres"- y de nociones como las de
proyecto y praxis para evolucionar en dirección a "una
visión unilateralmente sistémica de la sociedad" (pág. 24).
Debe considerarse por el contrario
-agrega el autor- que la posmodernidad "no se agota, ni mucho menos, en estas
manifestaciones". Puesto que existe también otra versión, es posible otra
interpretación: "Hay también una corriente posmoderna, crítica de muchos aspectos
de la modernización social y que pretende la deconstrucción (entendida como
reinscripción crítica de elementos anteriores en una nueva totalidad) frente al
Modernismo, esa gran corriente cultural que domina en muchas partes del mundo (incluida la
América Latina, aunque con otro ritmo temporal) en la primera mitad del presente
siglo" (pág. 25).
Considerado en este contexto, el
posmodernismo, concebido como una "condición histórico-cultural", aparecería
como "el desarrollo de los elementos críticos y autorreflexivos insertos en la
Modernidad" (pág. 26). Sería posible constatar una "relación
dialéctica" entre modernidad y posmodernidad, en el interior de la cual la segunda
sería la "negación determinada" (Hegel) de la primera.
Así, por ejemplo, la conciencia ante la
problemática ecológica, la preocupación por el medio ambiente, el feminismo, la
búsqueda de tecnologías "blandas" o "adecuadas", "no
contaminantes" y "compatibles también con un tipo de relaciones de trabajo
menos centralizadas y alienantes", se corresponderían con una
"contracultura" bien característica de nuestro tiempo, expresión de "una
diversa sensibilidad, una nueva noción de la representación, un nuevo modo de concebir
las relaciones entre el hombre y la naturaleza", así como las del ser humano en
sociedad y hacia la técnica (pág. 28-29).
De lo que se trata es, en realidad, del
fin de una época y del nacimiento de otra: "La posmodernidad evidencia un período
de transición, cuya duración no es incierta, en el cual percibimos el comienzo del
agotamiento de una época, la moderna, y los fenómenos que expresan el lento surgimiento
de una nueva época en la historia de la humanidad" (pág. 30). Como lo sostiene
Giles Lipovetsky, a quien remite el autor, ella es "una ola profunda y general a la
escala del todo social [...] que describe el paso lento y complejo a un nuevo tipo de
sociedad, de cultura y de individuo que nace del propio seno y en la prolongación de la
era moderna" (pág. 31).
El autor alude al proceso de la
racionalización progresiva de todos los contenidos de la vida, característico del
desarrollo de la civilización occidental y que tan prolijamente estudiara un Max Weber,
proceso que a través del "desencantamiento" y la "secularización" ha
terminado por imponer la hegemonía universal de la racionalidad instrumental, que se
encuentra en la base de la empresa capitalista, la dominación burocrática y la ciencia
experimental. Considera, igualmente, como una consecuencia -o un desarrollo paralelo a tal
proceso- la inexorable disolución de los vínculos inmediatos entre los hombres, los
nexos de tipo comunitario, el tránsito de la "comunidad" a la
"sociedad" (F. Tönnies).
Frente a estos desarrollos recuerda el
autor de qué manera el pensamiento posmoderno plantea "la emergencia de múltiples
racionalidades vinculadas fundamentalmente a la expresión de nuevos actores sociales,
marginales, postergados o sometidos, que poseen sus voces peculiares y expresan lógicas
de acción y lógicas discursivas diferentes a la razón monológica expresada en el
logocentrismo occidental" (pág. 42).
Cita en este contexto a Gianni Vattimo, a
quien no vacila en calificar como uno de los principales teóricos posmodernos: "Una
vez desaparecida la idea de una racionalidad central en la historia, el mundo de la
comunicación generalizada estalla como una multiplicidad de racionalidades locales
-minorías sexuales, religiosas, culturales o estéticas (como los punk, por ejemplo) que
toman la palabra y dejan finalmente de ser acallados y reprimidos por la idea de que sólo
existe una forma de humanidad verdadera digna de realizarse, con menoscabo de todas las
peculiaridades, de todas las individualidades limitadas, efímeras, contingentes"
(pág. 43).
En concordancia con lo que se ha dicho y
teniendo en cuenta la esencial pluralidad -geopolítica, geográfica, étnica y cultural-
del subcontinente americano, piensa el autor en la posibilidad de un aporte peculiar de la
región a la cultura posmoderna: "La gran apuesta de la América Latina es, entonces,
permitir el desarrollo de la racionalidad cognitivo-instrumental en donde ello se hace
ineludible, sin ahogar otras racionalidades que tienden a ser penetradas y subordinadas
por aquel tipo de Razón monológica, que algunos aceptan como destino ineluctable y
deseable" (pág. 54).
Lo que, por otra parte, implica también
una crítica de la noción eurocéntrica de "progreso": "Desde la
perspectiva latinoamericana hemos vivido bajo diferentes ropajes el mito de la idea del
progreso, concebida como el necesario paso por determinadas etapas, para llegar a un
momento, considerado culminación de la historia humana, que coincide en la mayoría de
los casos con el estadio de desarrollo, idealizado, de los países del Norte" (pág.
60).
En esta misma dirección, ha sido desde
los paradigmas de la Ilustración y del positivismo o, más recientemente, desde los que
encuadran la ideología del desarrollismo a ultranza (en cuya perspectiva el subdesarrollo
es visto como "etapa de infancia o adolescencia") que las elites
latinoamericanas han buscado adecuarse al espíritu de la modernidad europeo-occidental.
Sin embargo, el autor considera que,
aunque debemos asumir -"no como sino trágico, sino como posibilidad
histórica"- nuestra pertenencia a Occidente (pág. 70), esto no excluye el que
constituya una posibilidad de América Latina la de plantear su propia versión del
desarrollo y el progreso, en la cual "sean asimilados los imperativos de la
racionalidad formal, al tiempo que otras racionalidades, otras cosmovisiones, otras
opciones de vida, encuentren su puesto, fecundando sus sociedades y haciendo de la
experiencia de la vida un proceso mucho más rico, contradictorio y abierto de lo que
ciertas visiones en exceso pesimistas dejan entrever" (pág. 72).
En el plano político, todo lo que hemos
considerado afecta también la validez de algunos "metarrelatos" vinculados a
los procesos revolucionarios, en particular el del "marxismo-leninismo". Aunque
el autor no deja de advertir que muchos aspectos relevantes de la concepción de Marx
"se encuentran en la raíz de ciertas posiciones afines al posmodernismo" (pág.
76), recuerda también que "en general, a los pensadores posmodernos, incluso a los
de izquierda, les es profundamente ajena la idea de un sujeto
histórico-universal que tendría como designio la liberación de la humanidad"
(pág. 82). Con mayor razón se critica la noción leninista de un partido único,
"expresión mesiánica de la clase obrera, sujeto histórico universal, motor de la
historia futura y depositario de la forma más avanzada de autoconciencia" (pág.
83).
Consecuentemente con esta crítica, la
idea tradicional de la revolución resulta problemática. Es cuestionada y se abre a
nuevas posibilidades del actuar político, como las que Norbert Lechner llama
"rupturas pactadas", que excluyen tanto la guerra a ultranza (que busca la
aniquilación del adversario) como la concepción afín al neoliberalismo, en la cual la
generación de un nuevo orden social se identifica con un consenso y la constitución se
convierte en una cuestión técnica -"organización racional de los medios en
relación con los fines"- característica de toda tecnocracia, "sea de Chicago o
de Pekín" (pág. 86).
De este modo, en la perspectiva
posmoderna la democracia se considera como "un orden intrínsicamente
conflictivo" determinado por "intereses diversos y fluctuantes, que presuponen
un orden normativo que sea el marco para permanentes negociaciones" en las cuales se
alcanzan "consensos cambiantes, nunca definitivos" y en cuyo interior "no
hay conquistas irreversibles, verdades oficiales, leyes inmutables de la historia [...]
una apuesta siempre renovada entre opciones alternativas" (pág. 87).
Cierto "realismo" parece
reemplazar la expectativa de redención mesiánica y el voluntarismo vanguardista. Con
ello, igualmente, parece imponerse una "revalorización de la secularización":
"Por oposición al mesianismo introducido por la perspectiva revolucionaria de los
sesenta y exacerbado por el autoritarismo, la secularización tiene hoy una connotación
exclusivamente positiva, sin mayor reflexión sobre su potencial desestabilizador. Para la
consolidación democrática aparece imperativo desvincular la legitimidad de la verdad y
restablecer el ámbito de la política como espacio de la negociación" (pág. 89).
Sin embargo -concluye el autor-, es
necesario reconocer que el proceso de secularización y desencantamiento "puede
llevar a una concepción cínica e inmediatista de la política, despojada de toda noción
y todo contenido utópico, calcada en sus mecanismos de los procesos ciegos del
mercado" (pág. 90).
Como alternativa a tal
"Realpolitik" -que en última instancia manifiesta el conformismo- siempre será
posible replantear el contenido utópico: "en algunos teóricos y en varios partidos
políticos latinoamericanos lo que se ha dado es una resignificación de la utopía,
considerada antes que como meta factible como idea regulativa y movilizadora que permite
valorar lo existente" (pág. 91).
Por otra parte y para terminar, plantea
el autor que, ante la crisis de los modelos totalitarios, la que él llama
"sensibilidad posmoderna" puede servirnos para desarrollar una concepción de la
política que "revalorice el consenso, antes que como meta absoluta como
principio regulador que reconozca la pluralidad de los sujetos que participan en la
política" y que de esta manera pueda promover la democracia "como reino de la
polifonía y la diferencia" (pág. 91).
La cuarta y última parte del ensayo
lleva por título El agotamiento de la vanguardia y aborda una temática bien
específica dentro del conjunto, constituyéndose por su peculiaridad en una especie de
"apéndice". Este le permite al autor, que se muestra muy enterado y sensible a
las manifestaciones de la cultura contemporánea y de su crisis, iniciar -con una alusión
a Baudelaire- una muy sucinta y concisa reflexión sobre el asunto, en el interior de la
cual destaca de nuevo la particularidad de tales desarrollos entre nosotros: el problema
es tan complejo que considerarlo aquí desbordaría los límites de una reseña.
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RUBÉN JARAMILLO VÉLEZ
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Departamento de Filosofía
Universidad Nacional
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