Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 42. Volumen XXXIII - 1996- editado en 1997
 
Guía para ambiciosos sin norte,
contra para empleómanos recurrentes

A puro pulso
Hollman Morales
Círculo de Lectores, Santafé de Bogotá, 1996, 261 pág., ilus.


La historia empresarial colombiana en el último lustro se ha visto acrecentada gracias a los aniversarios de las empresas fundadas en las primeras décadas del siglo XX y en la de los cuarenta, las cuales han cumplido entre 50 y 90 años de vida. Se trata principalmente de empresas antioqueñas: Noel, Fabricato, Cadenalco, Coltabaco, BIC, Nacional de Chocolates, Suramericana de Seguros, entre otras. La modernización económica que rigió aquellos años, gracias a la confluencia de distintos fenómenos, entre ellos la sustitución de importaciones impulsada en buena medida por efecto de las dos grandes guerras mundiales, permitió que surgieran y se consolidaran empresas que hoy se encuentran entre las mayores del país. Para la celebración de sus aniversarios, tales empresas publicaron crónicas con su historia, de diversa calidad y alcance, cuya consideración se escapa a esta reseña.

Muchas de esas hoy grandes compañías se originaron en pequeños talleres artesanales que, animados por pioneros visionarios, se fusionaron para conformar sociedades con mayor capital y control sobre las materias primas, la competencia y el mercado. En ellas se cumple lo que cierta teoría clásica planteó para explicar el surgimiento de la industria: la existencia de capital acumulado, las oportunidades del mercado, la disponibilidad de mano de obra dispuesta a alquilarse por un salario, y la existencia de un factor subjetivo denominado usualmente "espíritu empresarial".

Desde los años setenta, la economía colombiana vivió el surgimiento de un empresariado ilegal que con los años, y visto como un solo bloque, se convertiría en uno de los más poderosos sectores económicos del país. Las condiciones que posibilitaron su surgimiento conservan, en abstracto, las variables del modelo clásico. En este caso, el capital originario no provino de heroicas explotaciones auríferas o cafeteras, sino, por ejemplo, del robo de carros o el contrabando. A ello se unió la existencia de un mercado de consumidores de droga con capacidad de compra, la disponibilidad de mano de obra "libre", como la llamaba Marx, originada en excedentes que el mercado laboral formal nunca pudo absorber y en quienes se retiraron de él, atraídos por mejores expectativas de remuneración. Y, por supuesto, un arriesgado espíritu empresarial, dotado de códigos propios, al margen de las normas socialmente aceptadas.

Estos empresarios ilegales, en cumplimiento de su propia "planeación estratégica" y de las leyes del negocio, entraron en abierta contradicción con las estatuidas en la sociedad formal, todo lo cual les permitió construir un emporio que, según las circunstancias, ha adoptado distintos nombres: bonanza marimbera, economía subterránea, dineros calientes, narcotráfico, carteles de la droga, narcoguerrilla. La historia de este "empresariado", ilegal por el momento, todavía pertenece a los anales judiciales, a la crónica policíaca o al reportaje detectivesco. Pero, tal vez en un siglo venidero, este fenómeno económico y empresarial se estudie con la misma fruición con que eruditos norteamericanos y colombianos, a lo largo de varios años, pusieron bajo sus microscopios la industrialización antioqueña, esgrimieron cifras pacientemente reconstruidas, discutieron teorías e hicieron correr ríos de tinta y horas cátedra en aulas, simposios y seminarios académicos.

En medio de esa suerte de batiburrillo entre la gran economía formal y la ilegal, ha quedado algún espacio para que surjan empresarios cuyas ejecutorias parecen desvirtuar, no los factores del modelo clásico, pero sí el lugar y la ponderación que tienen dentro de la ecuación. Es por ello que el libro de Hollman Morales abre una nueva ventana en la historia empresarial y económica de Colombia. Esa ventana muestra un raro paisaje: el de los empresarios contemporáneos exitosos de origen humilde radicados en Bogotá. Este sesgo centralista podría llevar a pensar que en otras regiones colombianas no hay empresarios de éxito. La verdad es que sí los hay, sólo que hasta ahora no han tenido su cronista.

A puro pulso incluye nueve amenas crónicas periodísticas, escritas sin pretensiones teóricas de economista o historiador, basadas en entrevistas con los actores principales de dramas personales con final feliz. Por fortuna, el autor no pretendió extraer los secretos y la quintaesencia del éxito de sus personajes, para formular a continuación, como tantos lo han hecho, las cinco leyes para triunfar o los doce pasos para hacerse rico. La única moraleja que se atreve a exponer es ésta: "Se puede ganar dinero a punta de trabajo honrado; nunca hay que desfallecer; siempre hay una oportunidad a la vuelta de la esquina; los sueños son realizables; nada resulta por arte de magia; todo negocio es bueno, y... la malicia indígena funciona".

El primer caso es el de una barranquillera que fabricó esmaltes para uñas en ollas de cocina y ahora cuenta con más de mil empleados y su marca ha sido patrocinadora de Miss Universo. El mayor fabricante de colchones en Colombia perdió a su padre antes de nacer y recorrió toda una gama de oficios hasta aprender a fabricar colchones e inventar una máquina para los resortes. El propietario de una de las mayores empresas de taxis con radioteléfono fue él mismo taxista y luego de dificultades kafkianas logró su cometido alrededor del cual ha prosperado un pequeño conglomerado. El abogado laboralista con mayor volumen de negocios en Colombia no usó zapatos hasta los trece años y aprendió primero diversas ocupaciones, desde jugador de billar hasta periodista y líder sindical. Un joven que hizo sus ahorros iniciales vendiendo chancletas en los pueblos bogotanos es hoy el propietario de la mayor cadena nacional de alquiler de videos y es ensamblador de videocasetes. El fundador de la mayor empresa de envíos aéreos se inició como vendedor de cilantro. Un reparador de baterías para autos abastece hoy el mercado nacional y exporta a cuatro países. Un pequeño propietario de un almacén pueblerino de misceláneas es hoy un destacado productor de carrocerías. Dos hermanos que se iniciaron en un pequeño local en el campo de las artes gráficas son hoy los pioneros de la producción de libros de alta calidad y tienen siete empresas principales y cuatro complementarias.

El libro admite múltiples lecturas: manual de consolación para empresarios fracasados, guía para ambiciosos sin norte, contra para empleómanos recurrentes, medicina para desempleados, tratado de autoayuda y motivación para industriales en ciernes, ejemplo de que el trabajo honrado también paga o, también, testimonio histórico del espíritu empresarial. En cualquier caso, permite comprobar, como excepción y no como regla, que el peculiar modelo económico colombiano dejó algunos resquicios para que unos pocos, poquísimos, pudieran prosperar como capitalistas a pesar de su extracción humilde y su historial de privaciones, vencido por un inquebrantable deseo de superación y con la ayuda de la esquiva ley de probabilidades que jugó a su favor.

SANTIAGO LONDOÑO VÉLEZ