Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 42. Volumen XXXIII - 1996- editado en 1997
 

Me quiere, no me quiere...


Simulacros de amor
Pedro Badrán Padauí
Cooperativa Editorial Magisterio, Santafé de Bogotá, 1996, 92 pág.


Simulacros de amor es una publicación realizada en mayo de 1996 por la Cooperativa Editorial Magisterio en su colección Piedra de Sol. Su autor, el periodista y escritor Pedro Badrán Padauí, nacido en Magangué en 1960, ha publicado además El lugar difícil (cuentos) y Lecciones de vértigo (novela).

Por las páginas de Simulacros de amor corre una rara sangre hecha de perplejidad y contención: en cada uno de los ocho cuentos que conforman el volumen va a ocurrir algo, quizá maravilloso, pero los personajes no se deciden; quedan, eternamente, como esperando otra oportunidad. Y tal es su tragedia. Por ejemplo: en el primer cuento, Borradores de un cachorro seductor, el protagonista, por timidez, silencia su amor y su deseo adolescentes hacia una mujer mayor que, según parece, intenta seducirlo; y los silencia por siempre. En el tercero, El percance de un rojo corvette, es una ruptura lo que está a punto de suceder. En el quinto, Retrato del pintor y su dama, a un pintor lo obsesiona la visión de una virgen punk quien, más que una fantasía, es la realidad que lo acosa desde adentro.

En verdad, en estos cuentos todo está a punto de suceder, lo cual provoca una sensualidad deliciosa. Es un libro pleno de ricos silencios, de sugerencias. Y cuanto ocurre es como si ocurriera en una zona intermedia entre la luz y las tinieblas, en una especie de nebulosa: uno, lector, se pregunta: żOcurrirá esto o lo otro? Y, como en el amor ocurre lo impensado, nada. Tal vez de ahí, por efectos de la ironía, se derive el título de la obra. Por los hechos narrados en cada texto, la expresión "simulacros de amor" remite a la idea de que, paradójicamente, al amor lo constituyen los intentos por realizarlo. Es una afirmación aterradora: un objeto -en este caso el amor- existe en su fantasma.

Esa idea del amor, o del simulacro que es el amor, tiene otra característica importante que la hace muy de esta época: está en lo fundamental relacionado con la búsqueda del disfrute del cuerpo. Los personajes de Simulacros de amor desean poseer o ser poseídos por el otro, como en el segundo cuento, La secretaria, donde una joven, desde una actitud de víctima seduce a su jefe: "Supe que iba a seducirme desde el día que me hizo la entrevista" (pág. 17). "[...] Entonces acerqué mis muslos a su cuerpo, claramente, para que él no tuviera ninguna duda acerca de sus intenciones... Nuevamente moví mi pierna hasta rozar su brazo y lo miré con atención. Entonces él también me miró. Luego depositó su mano derecha sobre mis ancas, y viendo que yo no la extrañaba, la fue metiendo puercamente entre mis faldas, buscándome el centro..." (pág. 24).

Los cuentos restantes poseen las características arriba señaladas, pero además producen la sensación de que se esté leyendo literatura. Ya no se trata de historias cotidianas entre hombres y mujeres, sino que hay un nivel de elaboración diferente, más cercano a la invención. Incluso hay cierta recurrencia a datos propios de la tradición cultural y libresca. Por ejemplo, Azalea, personaje del último cuento, El Mermaids está cerrado para siempre, canta y con su canto encanta y atrae a los marineros: una sirena. En el séptimo, El abrazo de Roland Barthes y la ruleta, una mujer casi cumple su sueño de ser seducida a la manera de la literatura: "Por qué no se atrevió a seguirlo. Por qué [...] La literatura estaba llena de ejemplos. Sólo que antes no existía Roland Barthes, ni siquiera eso que en las universidades llaman semiótica [...] Volver al asunto no estaría mal. Podríamos empezar desde el próximo párrafo. Con una descripción, tal vez. Y sin interrumpirse, sin reflexionar sobre la literatura, sin sujetarse a focalizaciones o puntos de vista. Y mucho menos a la voz narrativa. żAcaso es ella más un personaje que una mujer de verdad?" (pág. 65). Se diría de estos textos que, en lugar de sangre, les corre sangre con letra. Y, como la letra con sangre entra, se le meten a uno en el corazón.

Simulacros de amor es, entre las muchas publicaciones de los más jóvenes escritores, un libro ejemplar. Su lenguaje tiene la hondura de la precisión: "Saberse feo modela una sensibilidad distinta, a veces dolorosa, frente a la belleza. A veces he creído que sólo a los hombres feos les está permitido ver el rostro de Dios" (pág. 53). Recrea mundos individuales interiores intensos, al mismo tiempo que da cuenta de aspectos de nuestro ser de colombianos: "Sé que algunos dicen que deliro. Y lo que es peor, deliro sin ser buen pintor. Si fuera un buen pintor, mi delirio no sería delirio..." (pág. 53). Despliega una actitud de crítica ante problemas esenciales de la realidad nacional: "Esta zona es muy peligrosa. Todavía la guerrilla sigue en los años 60..." (pág. 27). Tales virtudes, entre otras, debido a que son tan escasas en la creciente literatura colombiana, hacen de Simulacros de amor una obra notable.

También es un texto lleno de humor. No obstante, en ocasiones cae en notas bajas, de gusto dudoso, fácil: "Y como sabía que yo me había degenerado tanto hasta convertirme en periodista..." (pág. 38). ˇQué tal! El personaje narrador (periodista) se utiliza a sí mismo para reírse de los demás (los periodistas). Pero el humor más alto es aquel en el cual el autor se ríe de sí mismo a partir de sí mismo. Sin embargo, es una obra literaria de harta belleza.

Para agregar más belleza a la belleza, tiene el libro un diseño sosegado y exquisito y un cuidado editorial que muchos envidiarían, salvo por dos o tres errorcillos (ejemplo: en la portada se lee "Piedra del sol"; en la solapa, "Piedra de sol"). ˇNaderías! Sin demeritar las calidades de nuestra industria editorial, Simulacros de amor parece un libro procedente de las más refinadas editoriales extranjeras.

Simulacros de amor es uno de esos libros cuyo saludo y bienvenida se hace con felicidad y con confianza de que no todo es basura en la literatura joven de nuestro país. ˇDios bendiga y multiplique a su autor!

JOSÉ LIBARDO PORRAS VALLEJO