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Páginas de vuelta
Santiago Gamboa
Editorial Norma, Santafé de Bogotá, 1995, 447 pág.
No estoy seguro de que haya sido Beckett
quien dijo que el escritor es aquel que fracasa como nadie más se atreve a fracasar.
Parece que evocaba uno de los sentidos del vocablo, el derivado de "errar", que
significa también vagabundear. Ambos sentidos -el del riesgo y el del vagabundeo- son
predicables de la novela de Santiago Gamboa.
Parece que Gamboa llegó a París, donde
ahora vive, persiguiendo a Joyce y a Hemingway, los hoteles en los que estuvieron, los
cafés por los que pasaron. Parece que es un fetichista en ese sentido, como decía de sí
mismo Vargas Llosa. Eso es más que aparente en su novela: antes que nada, el lector
percibe lo que hay de inefable en ese fetichismo: el cuidado paternal que se le brinda a
la historia, el juego que juega el autor quizá consigo mismo, los riesgos que se toman
como si de ese juego se tratara el proceso de la escritura. Los riesgos son grandes, menos
por tratarse de audacias extraordinarias que por ser tomados en una novela de
presentación. Y si bien son responsables de los breves defectos de la novela, dan lugar a
muchas de sus virtudes y a la expectativa que el texto genera, desde ya, en este ámbito
literario.
Son tres historias las que comprende la
novela. Una es la real, la que pertenece al mundo exterior; las otras dos son
imaginarias, es decir, producto de la imaginación de los personajes reales: Jaime, a
través de la escritura de una novela romántica y cursi, y Arturo, a través de la
lectura de lo que le sucede a un joven sacerdote de provincia. Ambas, pues, son creaciones
dentro de la creación; tal es el vínculo entre estas narraciones y la principal. (No
diré que este procedimiento es viejo, que lo utilizó Cervantes, que produce en quien lee
la sensación de verosimilitud y que además suele otorgar dinámica al texto). Se
pretende que las ficciones iluminen la realidad y a los personajes que vinculan, de cierta
manera. Este intento no es arrolladoramente exitoso, pero además es innecesario: pronto
las historias cobran autonomía, independencia, facilidad para interesar al lector y
crear, con viveza y sentido narrativo, la solidez de sus mundos privados. No necesitan
relacionarse con la principal; no necesitan justificarse, tarea que, en los últimos
capítulos, parece tener alguna importancia. Si la historia del sacerdote debe iluminar la
de Arturo, o la de Tati la de Jaime, que el efecto salga por sí mismo; si el efecto deja
de salir, el lector o el autor será responsable.
Gamboa escribe, con la mano austera pero
contenta de Hemingway, un reino del verbo y del diálogo, para los cuales el talento es
evidente. La saludable ausencia del autor, su prudente invisibilidad, es agradecida; y, en
los pasajes en que la complicidad y el guiño otorgan calidez a la lectura, su presencia
momentánea no desentona. El capítulo 2 de la segunda parte, en el cual Jaime recuerda la
figura admirada del Ulysses, y
confiesa sentirse incapaz de escribir algo
semejante, está formado como el pasaje periodístico de la novela de Joyce, como un
interrogatorio. El lector que lo reconoce siente de inmediato la cercanía del texto, y
nada más saludable para una novela que cuenta con casi 500 páginas.
Que se trata de una novela debutante es
también aparente. Hay cierta afirmación del tono tras las primeras páginas, como si se
fuera ganando en seguridad después de un tiempo. Creo también que es perceptible la
predilección de Gamboa por Vargas Llosa. El joven sacerdote recuerda al Beatito de La
guerra del fin del mundo;
la reduplicación de los nombres (en Páginas de
vuelta hay dos Chelas, dos Claudias) es una coincidencia notable con algunas novelas
del peruano; la presencia de "escribientes", esas parodias o caricaturas de los
creadores literarios y tal vez del autor mismo, trae ecos no sólo de La guerra... sino
también de La tía Julia y el escribidor; y
la solidez del realismo es
poética común a ambos. Pero aparte de todo eso, y de ocasionales resbalones (tengo
presente el comentario que Natalia hace sobre el Gran Gatsby:
no es claro
que su intención no sea explicar o aclarar o subrayar lo ya existente), no es difícil
encontrar páginas memorables, plenas de aciertos en las técnicas utilizadas, en la
depuración del lenguaje y en las dosis precisas y elegantes de humor.
Las páginas de vuelta son las que
recorre el hombre -Arturo, Jaime, Natalia- que camina leyendo su propio libro, el libro de
sí mismo, tras posibles respuestas o vagas epifanías. Son buscadores, pues, los
personajes de Gamboa: perseguidores, aunque en la adolescencia de la trama su búsqueda
cruce los lugares comunes que Gamboa sabe tan bien aprovechar. El que las historias
ficticias pretendan servir o auxiliar en sus interrogatorios a los personajes reales no es
más que una metáfora; pues la diversidad que otorgan a la novela, el éxito de sus
criaturas ordinarias y bañadas de cotidianidad, admite otras lecturas: los modos del
descontento obtienen amplias gamas en Páginas de vuelta. Este intento por
comprender narrativamente, en un texto unitario y soberano, las distintas capas sociales,
es predilecto de los latinoamericanos y de lo que Fuentes llamó el "afán
totalizante". En esta tradición se inscribe, con modestia, Páginas de vuelta. A
la dificultad que ello plantea se suman muchas otras, lo cual es loable y valiente
(cuando en el resultado final hay más aciertos que equivocaciones) o loable pero
estúpido (cuando sucede lo contrario). Jóvenes de corte vagamente intelectual, criadas y
prostitutas, religiosos y militares aparecen en papeles principales dentro del tejido de
la novela, pues en ella se aprovechan las facilidades que brinda el género. Las Páginas
paralelas, capítulos con los que se cierra cada una de las tres partes en que está
dividido el texto, aprovechan de la mejor manera estas facilidades. Son fragmentos
inconexos del resto, salvo por los nombres de los personajes, pero suman al contrapunto
interno que existe entre las historias uno más intenso, por medio del humor en algunos
casos o de la revelación en otros. Otra libertad notable es la de la historia del militar
Omar Cubillos, narrada en presente -convención utilizada para el mundo "real"-
pero que desemboca (o se cruza con, aunque invade sea tal vez la expresión más
justa) la novelita rosa que Jaime escribe. Cuando el crítico colombiano, que deja de lado
todo texto de más de centímetro y medio de grosor, sienta curiosidad por Páginas de
vuelta, toda suerte de hipótesis curiosas intentarán explicar psicológicamente por
qué la ficción deviene realidad, o la realidad ficción, lo cual no es lo mismo. Será
un espectáculo interesante.
He mencionado el contrapunto interno de
la novela. Gamboa lo logra entrecruzando sus tres cuentos o, más bien, alternándolos.
Tal vez la división entre subcapítulos sea de cuando en cuando innecesaria, o por lo
menos no siga criterios de división de ésos a los que el lector se acostumbra después
de cien páginas. Pero el escritor no tiene por qué satisfacer ni los conceptos de
necesidad de un lector ni sus costumbres, que siempre son caprichosas, siempre confusas.
En cualquier caso, el contrapunto formal no es el único: entre lo real y lo ficticio se
crea además un contraste fortísimo, cuyas partes son lo metafísico y lo aventuresco.
Los viajes de los personajes no son todos de la misma naturaleza: será evidente desde ya
para el lector que el viaje, la jornada espiritual de Tati o del sacerdote, es netamente
externo. Sus recorridos son sucesiones de hechos más o menos emocionantes, más o menos
pintorescos, cuyo conjunto forma una aventura en el sentido más antiguo de la
palabra. El viaje de Arturo o de Natalia o de Jaime es, por contraste, interno, de índole
metafísica. Las dudas y las reflexiones los invaden: la incomodidad de las formas de su
presencia en la ciudad y con los que los rodean. Para Arturo y Jaime, la solución puede
estar en un libro. Sus vidas terminan en el libro de Mallarmé, sus páginas de vuelta son
las de los textos reveladores. La historia que "lee" Natalia, la de un hombre
maduro al que le ayuda a dejar de beber, pertenece a lo externo, y le otorga su propia
aventurita y sus propias y adecuadas proposiciones.
El hacer de la ciudad un personaje de
trascendencia le otorga a la novela un ángulo nuevo. (De los ángulos que brinde un texto
dependerá siempre su cansancio, y será más o menos proclive a agotarse con la primera
lectura dependiendo de las manijas de las que se le pueda asir). No recuerdo muchas
novelas, entre las de las nuevas generaciones, en que Bogotá haya sido dibujada con la
distancia necesaria, sin apasionamientos pero con pasión de examinador o de quirófano.
No parece artificial la aproximación a la ciudad que hace Gamboa, escudriñando en
rincones poco frecuentados por los novelistas. La ciudad en Páginas de vuelta es
activa. Es una figura viva, monstruosa porque interviene en las vidas de los que la
habitan, y las transforma. Tati es sujeto de esa transformación; también el joven
sacerdote; indudablemente los personajes reales. La ciudad es peligrosa, pero fascinante.
Como ella, la novela no puede ser anónima, no puede ser pasiva, cuando en su escenario
tienen lugar todas estas búsquedas desesperadas. Por ellas ha errado el autor, llevado
por el placer de relatar antes que otra cosa. Creo que ha sobrevivido.
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ
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