Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 42. Volumen XXXIII - 1996- editado en 1997
 

Las emociones sospechosas


Poemas
Carlos Castro Saavedra. Selección y prólogo de Belisario Betancur
Fundación Carlos Castro Saavedra/Círculo de Lectores, Santafé de Bogotá, 1996, 213 pág.


Carlos Castro Saavedra nació en Medellín en 1924 y murió en la misma ciudad en 1989, habiendo dejado publicados -según cuenta Belisario Betancur- algo más de 800 poemas y escrito otros 547 que aún siguen inéditos. De esa copiosa producción, Betancur ha hecho una antología de unos sesenta y siete poemas que han aparecido en forma de libro en una coedición del Círculo de Lectores y la Fundación Carlos Castro Saavedra.

La lectura de los poemas de Castro Saavedra deja dos impresiones iniciales. La primera es que su poesía quiere ser -como poeta- en la órbita que trazaba la poesía de Pablo Neruda. En un poema dedicado al poeta español León Felipe -titulado Palabras para León Felipe-, Castro Saavedra define en cierta medida su arte poética. En esta definición -como en el Neruda que se observa a partir de Las uvas y el viento y el Canto general- se puede ver cierta pretensión de ser un poeta popular cuyo auditorio está en el pueblo y no en una elite académica:

No importa que a nuestra
                               /canción
unos cuantos la llamen
                         /demagógica.
No importa que no la bendigan
                       /los arzobispos
si la bendice Dios.
No importa que no la acojan los
                               /eruditos
si la acoge el labrador.
[pág. 54]

La pretensión de popularidad se mezcla así con cierto antiintelectualismo del cual también le gustaba hacer gala a Neruda. De un lado, está el pueblo como auditorio; del otro lado está el poeta que dialoga con las fuerzas telúricas -y acaso también con el pueblo raso- para crear sus versos en los que la emoción predomina sobre la reflexión. Esta concepción de la poesía es de estirpe romántica y desde ella el diálogo con la tradición sólo puede ser el diálogo con aquellas figuras que presuntamente encarnen los anhelos populares y -para decirlo telúricamente- el latido de la tierra. Así, además de escuchar los ríos de la noche -como lo dice en el poema titulado Canto los ríos de la noche (pág. 22)-, Castro Saavedra intenta evocar personajes como José Antonio Galán, a los que trata de darles estatura de héroes épicos.

Galán es, para Castro Saavedra, una especie de encarnación de América. En los primeros versos del largo poema dedicado al combatiente comunero (pág. 58-66), lo describe como alguien nacido de las distintas fuerzas que forman lo que, para él, constituye la esencia de lo americano. Galán viene, para Castro Saavedra, del dolor del indígena y del esclavo, de la explotación del encomendero y de la rebeldía contra la explotación. Y al final de su descripción mítica del origen de Galán resume diciendo:

Nació del seno mismo de
América gigante
[pág. 59]

Después, viene una invocación a los explotados para que acepten a Galán como capitán que, más adelante, es calificado de "hermano de Túpac Amaru" (pág. 61). Con todo ello, Castro Saavedra no contribuye -ni pretende contribuir- a una mejor comprensión de la figura histórica concreta de José Antonio Galán sino, por el contrario, arranca esta figura de su contexto particular y la convierte en un símbolo generador de emociones con el que acaso muchos puedan identificarse. Fiel al nerudianismo que lo caracteriza, Castro Saavedra le da aquí prioridad a la emoción sobre el entendimiento. Lo mismo ocurre cada vez que, a lo largo de su obra, recurre a la palabra patria o a la palabra Colombia. Sin embargo, hay un momento en que Castro Saavedra parece sospechar que las emociones pueden ser fácilmente manipuladas y que muchas veces es precisamente la manipulación de las emociones lo que muchas veces conduce a los horrores de la guerra, contra los que él no se cansa de protestar.

De esa sospecha surge tal vez el que a mi modo de ver es uno de los mejores poemas del libro: el titulado Los funerales de la épica. En este poema se presenta la guerra no como un encuentro entre héroes -tal como se suele presentar en la épica- sino como un combate de autómatas arrastrados por voluntades ajenas que los manipulan. Por momentos, Castro Saavedra parece -paradójicamente- añorar las guerras de antes con sus héroes ejemplares:

¿El héroe qué se hizo?
¿bajo qué piedra inmensa está
                               /dormido
mientras que le chorrean
            /metales de los brazos?
[pág. 133]

Pero es posible pensar que el héroe ha desaparecido no tanto por cambios concretos en la guerra sino por cambios en la visión de la guerra. Ahora sabemos qué es la guerra, y la razón -y también la emoción- nos impiden rendirle honores. La conciencia de la realidad de la guerra desprestigia sus símbolos:

Las guerras son más grandes,
               /ocupan más espacio,
y siempre que se mueven para
                        /matar un niño
le quitan varios metros de brillo
         /a las medallas.
[pág. 131]

Esta conciencia de la vanidad de los símbolos militares implica también una reflexión crítica sobre las emociones que pueden ser instrumentalizadas para conducir a la guerra. Como, por ejemplo, las emociones que suele suscitar la palabra patria. Siempre, a lo largo de la historia, ha habido asesinatos en nombre de la patria. A más tardar desde que los extraditables dijeron en un comunicado que habían ejecutado al procurador Carlos Mauro Hoyos "por el delito de traición a la patria", la palabra habría debido volverse sospechosa en Colombia. La patria -las patrias- son muchas veces máscaras para intereses que explotan la emoción de otros. Por eso, cuando se pronuncia la palabra patria hay que pronunciarla con cuidado si no se le quiere hacer el juego a esos intereses.

Tal vez la anterior haya sido la razón por la cual Castro Saavedra, en el poema Camino de la patria, haya intentado redefinir la noción de patria. La patria, para Castro Saavedra, es la morada del hombre. Por eso la patria sólo puede ser un lugar de paz y, mientras reine la guerra -sobre todo la guerra intestina- no se puede hablar propiamente de patria. Sólo cuando haya paz podrá pronunciarse esta palabra con entero derecho:

Cuando en lugar de sangre por
                               /el campo
corran caballos, flores sobre el
/agua.

Cuando la paz recobre su
                                 /paloma
y acudan los vecinos a mirarla.

Cuando el amor sacuda las
                               /cadenas
y le nazcan dos alas en la
                                /espalda.

Sólo en aquella hora
podrá el hombre decir que tiene
/patria.
[pág. 103]

Estas reservas ante el uso de la palabra patria implican una reserva general ante las palabras y una aproximación al silencio. Las palabras han sido gastadas por la retórica, que ha abusado de ellas, y se requiere volver al silencio para, desde allí, intentar recuperar, otra vez, la pureza de las palabras y de las emociones. Esta experiencia, que es una experiencia fundamental en todo poeta, la tematiza Castro Saavedra en un poema titulado Callémonos un rato, que parece deberle mucho a cierto poema de Neruda contenido en Extravagario. En ese poema Castro Saavedra parece rebelarse contra la retórica que muchas veces contamina otros poemas suyos y pide el silencio para que desde ese silencio pueda volverse a oír el sonido originario de las palabras:

Hemos hablado mucho,
                       /compatriotas.
¿Por qué no nos callamos
para que las palabras se
                            /maduren
en medio del silencio
y se vuelvan arroz,
cajas de pino, escobas,
duraznos y manteles?
Hacemos mucho ruido
y repetimos la palabra muerte
hasta que la matamos.
Decimos mucho corazón
y gastamos el fruto más
/hermoso del pecho.
[pág. 184]

Para llegar a ese silencio desde el cual pudieran recuperarse las palabras es necesario, sin embargo, deshacer primero el armazón de la retórica que tiene secuestradas las palabras. En muchos de los poemas de Castro Saavedra eso no se alcanza. Es más, se puede incluso reconocer en algunos versos -lo mismo que en muchos versos de Neruda- cierto tono oratorio que no hace más que prolongar la retórica. Eso ocurre en muchos de los poemas en los que se suelta a hablar de la patria o de América. Pero hay otros poemas menos oratorios, más personales, en los que se siente que las palabras se han liberado y se han acercado a la poesía, a veces desde el misterio y la melancolía, como ocurre en el poema Epitafio (pág. 77), y a veces desde la sátira irónica, como en el poema Esaú (pág. 165). También a veces esto se da con un tenso congelamiento de toda emoción, como ocurre en Los funerales de la épica. Sin embargo, hay que decir -para no despertar falsas expectativas en lectores potenciales- que estos hallazgos no son lo común en los sesenta y tantos poemas elegidos por Betancur. Lo habitual, lamentablemente, es el fárrago y la retórica. Con todo, cabe preguntarse -en vista de la presencia de poemas como Callémonos un rato y Los funerales de la épica- en qué medida hubo

Para llegar a ese silencio desde el cual pudieran recuperarse las palabras es necesario, sin embargo, deshacer primero el armazón de la retórica que tiene secuestradas las palabras. En muchos de los poemas de Castro Saavedra eso no se alcanza. Es más, se puede incluso reconocer en algunos versos -lo mismo que en muchos versos de Neruda- cierto tono oratorio que no hace más que prolongar la retórica. Eso ocurre en muchos de los poemas en los que se suelta a hablar de la patria o de América. Pero hay otros poemas menos oratorios, más personales, en los que se siente que las palabras se han liberado y se han acercado a la poesía, a veces desde el misterio y la melancolía, como ocurre en el poema Epitafio (pág. 77), y a veces desde la sátira irónica, como en el poema Esaú (pág. 165). También a veces esto se da con un tenso congelamiento de toda emoción, como ocurre en Los funerales de la épica. Sin embargo, hay que decir -para no despertar falsas expectativas en lectores potenciales- que estos hallazgos no son lo común en los sesenta y tantos poemas elegidos por Betancur. Lo habitual, lamentablemente, es el fárrago y la retórica. Con todo, cabe preguntarse -en vista de la presencia de poemas como Callémonos un rato y Los funerales de la épica- en qué medida hubo en Castro Saavedra una conciencia autocrítica de lo anterior y en qué medida se esforzó por superarlo. Para ello, habría que revisar el resto de su obra poética viendo qué es lo que predomina: la retórica o la lucha por superar la retórica.

En caso de que se pudiera comprobar lo primero, entonces habría que decir que Castro Saavedra fue un poeta al que se le puede reducir a un puñado de poemas afortunados. En caso de que se impusiera la segunda apreciación, no quedaría más remedio que lamentar que la selección hecha por Betancur no haya sabido ponerlo de presente. En todo caso, es claro que uno que otro poema se salva y acaso no es mucho más lo que puede esperar alguien que se dedique a hacer versos.

RODRIGO ZULETA