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Ángel Montoya o el hijo pródigo
Poesía rescatada
Alberto Ángel Montoya.
Selección y presentación de Santiago Salazar Santos
Instituto Caro y Cuervo, Santafé de Bogotá, 1995, 188 pág.
El Instituto Caro y Cuervo ha empezado
recientemente a publicar una colección llamada Poesía rescatada. El propósito de
la colección es reeditar la obra de algunos poetas colombianos que por diversas razones
han caído en el olvido. Teniendo en cuenta lo anterior, no es entonces extraño que el
nombre de Alberto Ángel Montoya, a quien fue dedicado el primer tomo de la colección, no
le diga nada a muchos lectores. En las antologías, Ángel Montoya o bien había
desaparecido o bien había quedado reducido a condición de poeta menor. Rogelio
Echavarría -en su antología Versos memorables- incluye dos poemas de Ángel
Montoya. Fernando Charry Lara -en Poesía y poetas
colombianos- es más
generoso e incluye cuatro poemas suyos. La breve nota que le dedica a Ángel Montoya, sin
embargo, es bastante reservada. Señala cómo sus poemas descendieron en muchas ocasiones
a hacer retratos de damas de sociedad y cómo el tono de su lírica resulta algo
anacrónico para el lector de hoy. Algunos poemas suyos, agrega, sin embargo, Charry Lara,
han sobrevivido en la memoria de lectores sentimentales.
No sé si una encuesta entre lectores de
poesía menores de cuarenta años llevaría a confirmar o a refutar la última
aseveración de Charry Lara. Pero tiendo a inclinarme por lo último. Y si, como lo
afirmaba Borges, el mejor antologista es el tiempo, entonces habría que admitir que éste
ha terminado por excluir a Ángel Montoya del pabellón de los elegidos. Los versos de
León de Greiff -siete años mayor que Ángel Montoya- sobreviven en la memoria de todos
los lectores de poesía en Colombia y su importancia crece con el tiempo. Lo mismo ocurre
-aunque en menor grado- con la poesía de Aurelio Arturo, cuatro años menor que Ángel
Montoya. La de Ángel Montoya, en cambio, sólo queda, tal vez, en la memoria de los que
lo conocieron y acaso en la de alguna sobreviviente a la que él le haya dedicado uno que
otro poema de ocasión.
Las razones del olvido pueden ser
múltiples, y es claro que el tiempo no sólo trabaja con criterios de calidad literarios.
Sin embargo, la razón que sugiere Antonio Ángel Junguito, en el epílogo del libro, para
explicar el olvido en que ha caído la obra de su padre no es convincente. Su padre -dice
Ángel Junguito- nunca se preocupó por promover la recepción de su obra (pág. 177).
Aurelio Arturo, por poner un ejemplo, se preocupó todavía menos por la publicidad que
Ángel Montoya y, sin embargo, su obra esta ahí, en la conciencia de todo el mundo, como
una de las cumbres de la poesía colombiana.
La idea del presunto desinterés de
Ángel Montoya por la promoción de su obra puede tener más bien que ver con el interés
-legítimo- de Ángel Junguito por promover cierta imagen de su padre que ayude a la
difusión de su poesía. Ángel Junguito presenta a su padre como un hombre tocado por un
desdén algo aristocrático por el mundo social que lo rodeaba. La palabra dandy
-que
también aparece en la nota de Charry Lara sobre Ángel Montoya- aparece en
algún momento en la evocación que hace Ángel Junguito de su padre.
Con todo, si se lee con cuidado el texto
de Ángel Junguito, se puede ver cómo ese desdén no es hacia el mundo social en general
sino -tan sólo- hacia las clases sociales distintas de la suya. Es más: Ángel Montoya
-puede decirse- estaba metido de lleno en las convenciones de su clase social. El solo
hecho de que su poesía no sólo se haya rebajado a hacerles retratos a señoras de la
alta sociedad -en la antología que se está reseñando aparecen ocho- sino, incluso, a
escribir sonetos como homenajes a reinas de belleza, así lo muestra. Y tal vez los
reinados de belleza expresen algo que está detrás de la poesía de Ángel Montoya: la
idea de la mujer bien como objeto decorativo o como objeto sexual cuya única función en
la tierra es servir de afirmación al hombre.
El donjuanismo y su colofón religioso
Santiago Salazar Santos sugiere en el
prólogo que la mujer está en el centro de obra de Alberto Ángel Montoya (pág. XX y
XXI). Personalmente, la primera impresión que me quedó de la lectura de los poemas
seleccionados -en lo relativo al amor- fue la presencia del donjuanismo con el consabido
colofón religioso -en que don Juan se arrepiente y termina subiendo al cielo- tal como
aparece en el modelo romántico español de José Zorrilla. En la obra de Zorrilla, toda
la carrera erótica de don Juan sólo es un pretexto para el arrepentimiento final. Algo
similar se puede observar en algunos poemas de Ángel Montoya, como, por ejemplo, en el
soneto titulado Oración (pág. 24). En el primer cuarteto y en la primera mitad
del segundo, el poeta resume su itinerario vital marcado por las ansias de goce terreno:
Quise vivir la vida como en un
/paraíso.
Serpiente y fruta a un tiempo
/tentóme
la mujer.
Dócil a los pecados y a la virtud
/
remiso,
hostia y vino en las bocas me ha
/brindado
el placer.
Soberbio, y al imperio de los
/goces
sumiso,
soñé vender el alma por miedo
/a
envejecer.
En la segunda mitad del segundo cuarteto,
sin embargo, el soneto da un giro y empieza hablar de la vanidad de los goces terrenos
para luego adentrarse, en los tercetos finales, en una región arrepentidamente mística:
Vana quimera inútil: el tentador
/no
quiso
comprarme el alma anoche /
cuando la fui a
vender.
Dádme, Jesús, la tuya y
/ampárame en tu manto.
No más la cruz satánica de unos
/brazos
abiertos
donde crucificado de amor
/desfallecí.
Dádme, Jesús, la gracia de
/estar entre los
muertos.
ˇYo bien merezco el premio!
/Que habiendo amado tanto
tengo que odiarlo todo para
/quererte
a Ti.
Con esto, el soneto termina siendo una
negación del amor terreno en nombre del amor divino. Pero esa negación del amor terreno
tiene que ser al mismo tiempo, como se ve sobre todo en los dos últimos versos, una
negación de sí mismo en la medida en que implica una negación de lo que se ha amado.
Sin embargo, más importante que la negación de sí mismo, ya que a esa negación
corresponde una nueva afirmación en el amor a Cristo, resulta la negación de la mujer.
La mujer es sólo pecado y tentación y sus brazos abiertos son la cruz satánica. El
poeta pasa por ella sólo para después arrepentirse y redimirse.
"El cristiano -escribe Nietzsche en
palabras que se le podrían aplicar al poema de Ángel Montoya- corre detrás de sus
pecados para después vivir otra vez el drama de la desesperación y de la gracia. Una
manera bien complicada de divertirse y con ella puede pasar cualquier cosa con el mundo.
La salvación eterna está sobre todas las cosas" [F. Nietzsche, Nachgelassene
Fragmente 1880-1882, edición de Collin y Montinari, 7 (129)]. Así, para este tipo de
cristiano que caricaturiza Nietzsche y que se refleja en el poema de Ángel Montoya, los
otros -en este caso, las mujeres amadas- sólo son estaciones útiles en el camino de la
salvación. Ellas le permiten al hombre sentirse pecador para luego arrepentirse y
-después de haber desahogado sus impulsos pecadores- retornar al redil de la ortodoxia
católica, donde lo está esperando una mujer pura para entrar con él a la iglesia y
mostrarle el paso del amor sensual al amor sacramental en el que el hombre, ya cansado de
divertimentos satánicos, se dedica a hablar de las tradiciones de su familia y a velar
por el honor de su mujer.
Otro poema, El ángel de la guarda,
también reproduce la versión católico-hispana del mito del don Juan con su colofón
religioso en el que esta vez incluso aparece una doña Inés que sirve de transmisora de
la fe:
Mas tras de haber jugado la
/túnica
de Cristo
para ceñir de púrpura un
/cuerpo
de mujer,
una mujer llorando nos
/contempló
una tarde
llegar hasta su llanto en busca
/de
la fe. [pág. 61]
En los versos anteriores aparecen las dos
mujeres arquetípicas de la cultura señorial católica. Primero aparece la tentadora -que
le permite al hombre gozar del pecado y luego del arrepentimiento- y luego surge la mujer
pura que conduce a la fe. En términos tradicionales, se podría decir que la primera
mujer es Eva y la segunda María, que luego, en la historia de la literatura, se desdobla
en Beatriz y en todas sus hermanas. Esta dicotomía -sobre la que se ha escrito mucho-
refleja un rechazo al erotismo que equipara a Eros con el pecado.
Tal vez la expresión más extremada de
la concepción esbozada atrás sea una frase de san Agustín que aseguraba que los
burdeles eran necesarios como las alcantarillas de una ciudad, ya que si no existieran los
burdeles no habría manera de canalizar las impurezas de los hombres, lo que llevaría a
una situación en el que la pureza de las mujeres de bien no estaría nunca a salvo. La
sentencia agustiniana anterior -que se complementa muy bien con el fragmento de Nietzsche
citado más atrás- pareció ser la máxima central de la juventud de la clase alta
colombiana durante mucho tiempo e incluso llegó a ser citada por el profesor de religión
de cierto colegio de hombres solos en Bogotá.
Habría que pensar en qué medida los
poemas de Ángel Montoya no son una expresión algo sublimada de esa concepción señorial
de las relaciones entre hombre y mujer en las que la sexualidad de la mujer se desprecia y
se reduce a una alcantarilla por donde han de salir las impurezas del hombre. En el ensayo
de su hijo se le atribuye una frase que daría pie para pensar que así es. Según Ángel
Junguito, su padre fue quien dio origen a la siguiente sentencia que luego se convirtió
en patrimonio de la chistografía bogotana: "No me las mostréis vestidas, que yo las
tuve desnudas", solía decir -según su hijo- Ángel Montoya.
La expresión de la cultura señorial
Cuando la propia vida erótica se reduce
a un chascarrillo despectivo con respecto a la mujer, como ocurre en la frase anterior,
resulta difícil hablar propiamente de erotismo. La vida sexual se transforma en una
colección de historias para luego presumir de ellas. Lo curioso en este caso es que es el
hijo, Ángel Junguito, quien en el epílogo se pone a presumir de presuntas aventuras
eróticas de su padre. En efecto, en la página 159, le atribuye "no pocos
escándalos de tipo sentimental y donjuanesco" y luego pasa a sugerir que más de un
hijo natural se le atribuyó no sin fundamento. Si eso fue así, la información deja mal
parado a Ángel Montoya, que no reconoció a sus hijos naturales, y a Ángel Junguito, que
seguramente les birló a sus hermanos la parte de herencia que les correspondía. De
cualquier manera, la naturalidad con que Ángel Junguito hace referencia a su presunta
parentela -a la que, sin embargo, no parece reconocerle más derechos que los de formar
parte de una leyenda que haga más atractiva la figura de su padre- muestra cómo él,
como su padre, está metido de lleno en ciertas concepciones propias de la cultura
señorial en la que los hijos naturales carecen de derechos. No sólo la mujer sino el
fruto de los amores non sanctos con ella tiende a ser despreciado y ocultado.
Todo eso para seguir anclado en una
tradición señorial que incluso se enorgullece de lo que el racismo católico español
llamaba la pureza de sangre, como se puede ver al final de uno de los "Retratos de
familia" -el dedicado a María Josefa Sanz de Santamaría y Baraya- en donde Ángel
Montoya termina diciendo que la mano de su bisabuela por sí sola
hubiera atestiguado la española
herencia de una raza sin
/mancilla
[pág. 7]
En ese orgullo señorial -y no en un
pretendido dandismo- está el mundo de Ángel Montoya. Lo demás son desvíos como en la
parábola del hijo pródigo que sólo se va para después volver. Arturo Camacho Ramírez
sostuvo una vez -en una frase que se cita al final del libro -que nadie como Ángel
Montoya podía "salvar una clase social de lo frívolo y lo sutil como lo ha hecho
él con aquella a la cual pertenece" (pág. 183). Cabría decir, más bien, que
Ángel Montoya procuró estilizar líricamente la frivolidad. El satanismo de ciertos
poemas suyos es fingido; es el satanismo del católico que quiere sentirse pecador para
tener qué confesar. Y en otras ocasiones procura convertir las ocupaciones frívolas de
su clase en grandes aventuras. Así, por ejemplo, un partido de polo se transmuta -en el
largo poema Búsqueda y hallazgo de la muerte (págs. 83 y sigs.)- en una aventura
en busca de la muerte que incluso lo lleva a citar a Nietzsche:
Busquéla un día erguido sobre
/el
lomo
de los caballos de la infancia, y
/luego
la fui buscando por el verde
/cromo
de los campos de sport,
/templado
al fuego
y al ardor del peligro en la
/sentencia
de Federico Nietzsche. El raudo
/juego
de ocho jinetes era la
/conciencia
de saber a la muerte galopando
al anca de la hípica
/experiencia. [pág.
83]
Leídos hoy, los versos anteriores
parecen una caricatura de un poeta metido a jugador de polo. En el poema de Ángel
Montoya, sin embargo, no hay un solo asomo de ironía. Todo -desde la sentencia de
Federico Nietzsche hasta el raudo juego de ocho jinetes- va en serio. Y ya no se pueden
tomar en serio. Tal vez en problemas como éstos esté la razón del olvido en que ha
caído la obra de Ángel Montoya. Detrás de ello está, sin duda, una cuestión
sociológica fundamental: la conciencia señorial que Ángel Montoya representaba ha
caducado. La mentalidad de la sociedad colombiana cada día es más burguesa -con las
ventajas y las desventajas que esto tiene- y ya a nadie le parece digno de admiración
alguien que afirme -como lo hacía Ángel Montoya, según informa su hijo- que "los
verdaderos caballeros jamás trabajan" (pág. 176).
Con ello, Ángel Montoya ha quedado
convertido en un espécimen de un tipo de hombre que desapareció y que sólo puede servir
como tema a series frívolas de televisión. Tal vez por eso, según informa Ángel
Junguito, se esté planeando hacer una telenovela sobre la vida de su padre, con libreto
de Daniel Samper Pizano (pág. 180). Esa telenovela será probablemente una historia de
donjuanismo, con conversión final, tal como ocurre con don Juan Tenorio.
Lo que queda
De la selección de prosas que aparece al
final del libro no he hablado, porque todas -sin excepción- me parecieron absolutamente
ilegibles. Los poemas que han querido rescatar Echavarría y Charry Lara son Soneto al
amor, Éramos tres los caballeros, El deseo, Límites, Ánima y Lección de paisaje.
El Soneto al amor, rescatado tanto por Charry Lara como por Echavarría, es un
poema que expresa, como lo dice en algún momento de su prólogo Santiago Salazar Santos,
la melancolía de la carne. Si se mira el conjunto de la obra de Ángel Montoya, hay que
decir que esa melancolía de la carne es la antesala de la conversión religiosa. Aquel
que ya no puede satisfacerse con el amor carnal recurre entonces al amor divino. Esa idea
se fortalece si se piensa que hay algo en el soneto que recuerda, en su ritmo y en su
rima, a cierto famoso soneto místico español cuyo autor prefirió permanecer anónimo.
En el primer cuarteto dice el anónimo español:
No me mueve, señor, para
/quererte
el cielo que me tienes prometido
ni me mueve el infierno tan
/temido
para dejar por eso de ofenderte.
Y Ángel Montoya:
Cuantas veces, amor, por
/retenerte
puse a mis pies mi juventud
/rendida.
Y cuantas veces a pesar de estar
/herida
te la volví a entregar por no
/perderte.
[pág. 4]
La similitud formal es tan grande, que
permite aventurar la hipótesis de que Ángel Montoya tuvo en mente el soneto anónimo
español al escribir su Soneto al amor. De ser así, ello implicaría que -en el
momento de escribir sobre el amor terreno- Ángel Montoya ya tenía en mente la negación
de ese amor en aras de la salvación eterna, lo cual confirmaría lo dicho más atrás
sobre la parábola erótico-religiosa de don Juan como clave de la poesía de Ángel
Montoya. Éramos tres los caballeros -elegido por Echavarría- es un poema
melancólico, con una retórica de recitadores de salón un poco a la manera de Ismael
Enrique Arciniegas.
Los otros tres poemas seleccionados por
Charry Lara son sonetos no lejanos, a la manera de algunos poetas de Piedra y Cielo. Son,
por lo demás, poemas relativamente tardíos en los que sin duda Ángel Montoya se dejó
influir por los piedracielistas. Esos sonetos no son seguramente los que han quedado en la
memoria de lectores sentimentales de los que habla Charry Lara. Lo que ha quedado es más
bien lo otro, la poesía de salón de Éramos tres los caballeros y el misticismo,
disfrazado de erotismo, de los otros poemas. Y eso muy poco y, además, muy frágil.
La fragilidad de la poesía de salón no
necesita ser discutida aquí. La fragilidad de la poesía donjuanesca de Ángel Montoya,
por su parte, está en la falta de reflexión sobre el problema que expresa. Cierta
ironía con respecto a sí mismo y con respecto a su clase -cierto dandismo cínico y
auténtico, si se quiere- hubiera podido hacer del tema del don Juan un tópico literario
interesante en la poesía de Ángel Montoya. Pero Ángel Montoya no llegó a esa ironía,
que implica cierto grado de reflexión. Se puede pensar que le faltaba la inteligencia o
el bagaje cultural para ello. Aunque su hijo afirme que poseía una vasta cultura y que
era el hombre más inteligente de Colombia.
Es curioso, por ejemplo, que en su obra
nunca hable la mujer, que sólo está como un fantasma que viene y se va. Ángel Montoya
no deja que en su voz se atraviesen voces que lo contradigan. Su discurso no sólo es
monológico sino monolítico. Sólo en momentos en que llega a lamentar su soledad, como
en el largo poema El bosque (pág. 71 y sigs.) o en el también bastante extenso Solo,
se llegan a percibir ciertas grietas en su visión del mundo por las cuales se filtra a
veces algo de auténtica poesía. Pero al leer estos poemas, no aisladamente sino dentro
del conjunto de la obra, no se puede dejar de pensar que esa soledad era, para Ángel
Montoya, sólo la antesala de la unión con Dios, en la cual todo vuelve a justificarse,
lo mismo que la soledad del hijo pródigo en el exilio es sólo la antesala del regreso a
casa.
RODRIGO ZULETA
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