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La
mala fama del cronopio
El libro del almismo. El libro del
pensar. (Ser como todos, pero ser distinto)
Martalucía Tamayo Fernández
Instituto de Genética Humana, Facultad de Medicina, Pontificia Universidad Javeriana,
Santafé de Bogotá, 1995, 156 pág.
Recuerdo que un amigo, sufrido editor, me
contaba que tenía que salir corriendo cuando algún prospecto de escritor ingenioso le
llegaba con la cortazarada de que "me siento cronopio". Pero dejando de lado a
esos acartonados editores que no quieren medírseles a las protoliteraturas lúdicas, hay
que preguntarse quiénes son los editores que sí se les miden. Mejor dicho: ¿quién es
el editor responsable de este precario experimento que la genetista Martalucía
Tamayo ha llamado por el curioso título que va arriba? Parece que editor no hay, pues no
creo que el Instituto de Genética Humana sea una editorial, y pese a que se haya
constituido la Colección Primera Puerta, en la que ya se ha publicado un título de la
reconocida antropóloga Nina S. de Friedemann. No lo hay, sencillamente, porque el libro
no ha sido, estrictamente hablando, editado; si así fuese, tendríamos que hablar de una
vulgaridad de edición. Que un escritor no sepa escribir -cosa que ya parece extrema- es
algo solucionable editorialmente; de manera que: ¿quién es el responsable de este
librito "del almismo", "del pensar", etc.? El nombre más perjudicado
en este caso, que también aparece en la portada, es el de otro eminente médico
genetista, Ph. D., etc., Jaime Bernal Villegas, que aparece como encargado de "la
dirección, asesoría y corrección". El doctor Bernal no sólo no les huye a los
cronopios sino que los aprecia tanto, que les pasa todas sus pavadas.
La idea es de Macedonio Fernández; y si
la autora no fuera tan mezquina con el humor y con la reflexión inteligente, el libro
también lo sería, por lo menos en el sentido de ser una glosa a su obra, las apostillas
a Macedonio. Macedonio concebía una literatura para "mí mismo" y propone una
serie de artefactos literarios en que el lector es invitado, generosamente, a participar
de sus juegos, de unos verdaderamente nada aburridos revolcones con el yo, con el
"mí mismo" de Macedonio. A esa admiración confesa por la obra del escritor
argentino -a quien Borges dignificara con la palabra hebrea Zaddik, un maestro que
representaba él mismo la ley- se deben estos caprichos del "almismo" de
Martalucía Tamayo; también, por supuesto, lo del "pensar". Para lo cual ha
convocado además a Cortázar y a Borges, tratando de establecer, en sucesivos prólogos,
un contrapunteo glosístico a los tres autores del sur universal.
¿Qué quiere hacer, qué se propone la
autora? No tendría por qué tener propósito si el modelo es Macedonio, si realmente es
capaz de monologar densa y lúdicamente, sacándoles a lo Quevedo chispas a las palabras y
los conceptos. Pero, aparte del hurto de las ideas de prólogos y autoreflexión, la
experiencia de trato con el yo resulta trivial, además de carente de ingenio, y por una
sencilla razón: en lugar de escribir con los ojos cerrados, como lo hacía Macedonio, y
para adentro, lo hace buscando en un "lector" todo el peso de su enseñanza, de
su humana consejería. No habla desde adentro sino desde la posible relación con unos
otros -sus lectores- que no tienen más importancia que la de ser sus pacientes, sus
atribulados y esperanzados casos patológicos, a quienes consuela contándoles su propia
enfermedad genética y cómo ha sabido -ella sí ha sabido- afrontarla; sus pequeños
cronopitos, o aprendices de cronopios: ahora les voy aconsejar que, siendo como todos,
sean distintos: ya lo son si son enfermos.
No hay duda, pues, que éste no es ni
puede ser (no hay materia) un divertimento "almismo", un "libro del
pensar", una lúdica introspección en el alma humana, el alma de un yo. Pero ha
pretendido serlo, por lo menos jugando al desorden, al remilgo de no proponer tema y a la
escogencia de elocuentes pasajes de Macedonio, Borges y Cortázar. Cansada de aburrirse a
sí misma, la autora termina por hablar desde su sillón de genetista, utilizando a
Macedonio y compañía para su didáctica confusa del "hombre diferente"
(cronopio), su inocua postulación del absurdo como algo conveniente (al lado de las más
rancias y obvias moralidades: tienes que ser fuerte, tomarte la vida con humor,
familiarizarte con la muerte, no ser plástico...). "Macedonio nos enseña...".
Como diría Walter Benjamin, qué pobre es un libro que trata de enseñar o de convencer,
o que mira la literatura como una didáctica. Es por eso que también las glosas son
irrespetuosas, no dialogan con sus autores favoritos sino que los hacen polvo pedagógico,
los convierten en certezas, aunque certezas que irrespetuosamente pueden ser contrastadas
y "mejoradas" con opiniones personales que no vienen al caso. Glosar a Macedonio
o a Borges o a Cortázar para incurrir en sentencias tan profundas y novedosas como
"Los extremos son viciosos, me dijo alguien" o "Todo es relativo,
insisto" o "Entre más se lee y se estudia, más ignorante se es", antes
que una labor de apostillaje, es una caricatura de la propia y pobre experiencia de
lectura que se ha tenido. De tal lectura, tal escritura. La señora Tamayo sí que
ayudará a la mala fama de los graciosos e infantilmente subversivos cronopios.
ÓSCAR TORRES DUQUE
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