Yo
te recuerdo en todas mis parrandas
Diez juglares en su patio
Jorge García Usta,
Alberto Salcedo Ramos
Ecoe Ediciones, Santafé de Bogotá, 1994, 210 pág.
Jorge García Usta, orense y poeta, y
Alberto Salcedo Ramos, barranquillero, han publicado un libro que confirma el creciente
vigor de la provincia costeña. Se trata de Diez juglares en su patio (realmente,
son once) donde consignan por escrito unas memorias valiosísimas, arrebatadas a la
tradición oral y referidas al mundo de la música popular. Y lo hacen en una serie de
reportajes siempre emotivos, algunos de ellos de antología.
García Usta sintetiza la vida del
cartagenero Cico Barón para mostrar el camino que conecta al decimero con la modernidad:
de la escuela primaria al campo, huyendo de las últimas guerras civiles, y al ingenio
Sincerín, donde había un batey que era escuela de décimas y de la vida en general,
después a la vaquería y los campamentos petroleros, para finalmente lanzarse a la
trashumancia por las fiestas costeñas de los años 20. El espíritu aventurero de Cico
Barón quedó intacto incluso después de cumplir sus primeros cien años, cuando se
pasaba las noches haciendo planes para conocer el mundo y haciendo versos para resucitar a
su esposa difunta.
Escribir sobre Alejo Durán, después del
magnífico ensayo de José Manuel Vergara, no es nada fácil, pero Salcedo aporta una
visión de la vida cotidiana de este negro legendario. También ilustra sobre el origen de
la idea de que el vallenato no se baila, un equívoco bastante extendido: "Cuando
Gabriel García Márquez vino a Valledupar [...] me lo encontré un día en la casa de
Hernando Molina [...] enseguida me puse a entonar mis canciones viejas. Fue cuando una
pareja se paró a bailar y Gabriel les dijo que no señores, la música de Alejandro
Durán no es para bailar sino para oír, y los señores, que eran cachacos, se sentaron,
creyendo que era cierto. Todavía no sé por qué Gabriel dijo eso. Debió ser un capricho
suyo" (pág. 25 ).
El extraordinario texto de García Usta
sobre Clímaco Sarmiento, autor de Pie pelúo y La vaca vieja, tal vez el
mejor del libro, va desde los primeros maestros de clarinete (entre ellos un alemán) y el
acompañamiento de cine mudo en el natal Soplaviento hasta sus años dorados y su muerte
en Cartagena. Todo esto en medio de un despliegue de filosofía popular tan bueno, que uno
no sabe si el texto es del poeta orense o del propio Clímaco. El desgarrador relato de
sus últimos días confirma lo que decían los castellanos medievales: que a la ramera y
al juglar la vejez les viene mal.
Otro grande de Soplaviento, Catalino
Parra, hace que Salcedo se detenga en ese pueblo de pescadores a orillas del Canal del
Dique, pueblo que ayer fue emporio comercial y hoy es centro de epidemias, inundaciones y
pobreza. Entre cuentos, ruedas de cumbiamba y vegetación silvestre, Catalino creció
relacionando universo y música, y tocando en su barrio del alma, donde, después de darle
la vuelta al mundo con los Gaiteros de San Jacinto, se quedó a vivir para siempre. Quedan
sus cantos (El morrocoyo, por ejemplo) como testimonio de la cultura de monte y
agua, el estilo de nuestra tierra. En el reportaje a Toño Fernández, el otro pilar de
los Gaiteros de San Jacinto, se destaca su historia personal de labriego, mecánico,
sepulturero; también se destacan los conflictos que acabaron con ese espléndido conjunto
y, sobre todo, los sentidos trazos sobre las mujeres e hijos de los Gaiteros que los
esperaron fieles mientras ellos hacían su gira por Europa.
Rufo Garrido, el gran saxofonista
cartagenero de los años cincuenta, es retratado en forma maestra y en pocas páginas,
desde sus comienzos, tocando ocarina con los salesianos, hasta sus correrías sabaneras
con la orquesta del sanandresano Charles Butler, y su apogeo con clásicos del repertorio
costeño como El cebú, La palenquerita, El buscapié, El cariseco. Andrés
Landero, cantador de San Jacinto, pasó su infancia en el propio paraíso, entre cometas,
trompos y bolitas de uñita; de antepasados gaiteros, su afición por el acordeón
agredió al pueblo hasta que lo probaron y salió triunfador. Trashumante, recorrió la
región sabanera haciendo autostop en camiones. Después de componer números
inolvidables, como Alicia la campesina, La muerte de Eduardo Lora, Las miradas de
Magali,
encontró su clímax en La pava congona: "El sol estaba muriendo. De repente,
la naturaleza se desató en una explosión casual de impagable belleza. Y Landero quedó
en el centro del prodigio. Vio el reflejo dorado de un sol que moría y el reflejo cruzaba
por el centro de una inmensa telaraña que pendía de un horcón del rancho. Una gota de
agua, caída del techo del rancho, rodó por la telaraña, traspasada violentamente por el
sol, y Landero sintió que la gota caía a toda la tierra. Enseguida, cantaron los
pájaros, cantó el Juan polo. Cantó la suirí. Cantó la pava congona. Durante un
instante, en un tiempo que no era el real, los colores y los sonidos quedaron envueltos en
la misma torrencial belleza, y frente a ella, el hombre, Landero, perplejo como ante el
principio de la creación. Cuando pudo recuperarse, ya era de noche. Lo único que pensó
fue: carajo, esto es una cumbia" (pág. 130).
Y sobrado el reportaje con el Homero de
nuestra cultura popular, el ciego Leandro Díaz. El autor de números tan queridos por
todos como El verano, Matilde Lina y La
diosa coronada se descubre
como introspectivo, a diferencia de otros exponentes de la música costeña de acordeón
(no vallenato); como con frecuencia ocurre entre criollos, también fue pirata o, al
menos, brujo medio sinvergüenza. Se descubre también como hombre con dos mujeres
perfectamente encadenadas, hazaña no despreciable aun para un vidente, y como alguien
para quien los asuntos del espíritu, como la música, no deben tener tarifas. Leandro
Díaz, nativo de Lagunita de la Sierra, se hace leer textos de grandes pensadores, y tal
vez por eso recrea el mito platónico de las cavernas, sólo que aplicado a San Diego, el
legendario pueblo de las conversaciones, donde reside.
Hay, de todos modos, cierto desnivel en
los reportajes, sobre todo con José Barros, Tobías Enrique Pumarejo y Rafael Escalona.
En cada caso esto se explica por razones distintas: con José Barros, la admiración
desmedida hacia el juglar no logra sobreponerse a algunas de las arbitrarias
construcciones folclóricas del ya senil maestro banqueño; por otra parte, la poca
simpatía que despiertan los aspectos menos brillantes de Escalona inciden en las páginas
más débiles del libro. Finalmente, los autores están menos familiarizados con la
música del Magdalena Grande, y esto explica el no haberle sacado mayor partido a las
hermosas palabras del legendario Tobías Enrique Pumarejo.
Pero con todo, es un libro de éxtasis,
bien investigado y escrito, que al concluirlo deja una impresión precisa: las ganas de
volverlo a empezar.
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ADOLFO GONZÁLEZ HENRÍQUEZ
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Universidad del Atlántico