Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 42. Volumen XXXIII - 1996- editado en 1997
 

Yo te recuerdo en todas mis parrandas


Diez juglares en su patio
Jorge García Usta,
Alberto Salcedo Ramos

Ecoe Ediciones, Santafé de Bogotá, 1994, 210 pág.


Jorge García Usta, orense y poeta, y Alberto Salcedo Ramos, barranquillero, han publicado un libro que confirma el creciente vigor de la provincia costeña. Se trata de Diez juglares en su patio (realmente, son once) donde consignan por escrito unas memorias valiosísimas, arrebatadas a la tradición oral y referidas al mundo de la música popular. Y lo hacen en una serie de reportajes siempre emotivos, algunos de ellos de antología.

García Usta sintetiza la vida del cartagenero Cico Barón para mostrar el camino que conecta al decimero con la modernidad: de la escuela primaria al campo, huyendo de las últimas guerras civiles, y al ingenio Sincerín, donde había un batey que era escuela de décimas y de la vida en general, después a la vaquería y los campamentos petroleros, para finalmente lanzarse a la trashumancia por las fiestas costeñas de los años 20. El espíritu aventurero de Cico Barón quedó intacto incluso después de cumplir sus primeros cien años, cuando se pasaba las noches haciendo planes para conocer el mundo y haciendo versos para resucitar a su esposa difunta.

Escribir sobre Alejo Durán, después del magnífico ensayo de José Manuel Vergara, no es nada fácil, pero Salcedo aporta una visión de la vida cotidiana de este negro legendario. También ilustra sobre el origen de la idea de que el vallenato no se baila, un equívoco bastante extendido: "Cuando Gabriel García Márquez vino a Valledupar [...] me lo encontré un día en la casa de Hernando Molina [...] enseguida me puse a entonar mis canciones viejas. Fue cuando una pareja se paró a bailar y Gabriel les dijo que no señores, la música de Alejandro Durán no es para bailar sino para oír, y los señores, que eran cachacos, se sentaron, creyendo que era cierto. Todavía no sé por qué Gabriel dijo eso. Debió ser un capricho suyo" (pág. 25 ).

El extraordinario texto de García Usta sobre Clímaco Sarmiento, autor de Pie pelúo y La vaca vieja, tal vez el mejor del libro, va desde los primeros maestros de clarinete (entre ellos un alemán) y el acompañamiento de cine mudo en el natal Soplaviento hasta sus años dorados y su muerte en Cartagena. Todo esto en medio de un despliegue de filosofía popular tan bueno, que uno no sabe si el texto es del poeta orense o del propio Clímaco. El desgarrador relato de sus últimos días confirma lo que decían los castellanos medievales: que a la ramera y al juglar la vejez les viene mal.

Otro grande de Soplaviento, Catalino Parra, hace que Salcedo se detenga en ese pueblo de pescadores a orillas del Canal del Dique, pueblo que ayer fue emporio comercial y hoy es centro de epidemias, inundaciones y pobreza. Entre cuentos, ruedas de cumbiamba y vegetación silvestre, Catalino creció relacionando universo y música, y tocando en su barrio del alma, donde, después de darle la vuelta al mundo con los Gaiteros de San Jacinto, se quedó a vivir para siempre. Quedan sus cantos (El morrocoyo, por ejemplo) como testimonio de la cultura de monte y agua, el estilo de nuestra tierra. En el reportaje a Toño Fernández, el otro pilar de los Gaiteros de San Jacinto, se destaca su historia personal de labriego, mecánico, sepulturero; también se destacan los conflictos que acabaron con ese espléndido conjunto y, sobre todo, los sentidos trazos sobre las mujeres e hijos de los Gaiteros que los esperaron fieles mientras ellos hacían su gira por Europa.

Rufo Garrido, el gran saxofonista cartagenero de los años cincuenta, es retratado en forma maestra y en pocas páginas, desde sus comienzos, tocando ocarina con los salesianos, hasta sus correrías sabaneras con la orquesta del sanandresano Charles Butler, y su apogeo con clásicos del repertorio costeño como El cebú, La palenquerita, El buscapié, El cariseco. Andrés Landero, cantador de San Jacinto, pasó su infancia en el propio paraíso, entre cometas, trompos y bolitas de uñita; de antepasados gaiteros, su afición por el acordeón agredió al pueblo hasta que lo probaron y salió triunfador. Trashumante, recorrió la región sabanera haciendo autostop en camiones. Después de componer números inolvidables, como Alicia la campesina, La muerte de Eduardo Lora, Las miradas de Magali, encontró su clímax en La pava congona: "El sol estaba muriendo. De repente, la naturaleza se desató en una explosión casual de impagable belleza. Y Landero quedó en el centro del prodigio. Vio el reflejo dorado de un sol que moría y el reflejo cruzaba por el centro de una inmensa telaraña que pendía de un horcón del rancho. Una gota de agua, caída del techo del rancho, rodó por la telaraña, traspasada violentamente por el sol, y Landero sintió que la gota caía a toda la tierra. Enseguida, cantaron los pájaros, cantó el Juan polo. Cantó la suirí. Cantó la pava congona. Durante un instante, en un tiempo que no era el real, los colores y los sonidos quedaron envueltos en la misma torrencial belleza, y frente a ella, el hombre, Landero, perplejo como ante el principio de la creación. Cuando pudo recuperarse, ya era de noche. Lo único que pensó fue: carajo, esto es una cumbia" (pág. 130).

Y sobrado el reportaje con el Homero de nuestra cultura popular, el ciego Leandro Díaz. El autor de números tan queridos por todos como El verano, Matilde Lina y La diosa coronada se descubre como introspectivo, a diferencia de otros exponentes de la música costeña de acordeón (no vallenato); como con frecuencia ocurre entre criollos, también fue pirata o, al menos, brujo medio sinvergüenza. Se descubre también como hombre con dos mujeres perfectamente encadenadas, hazaña no despreciable aun para un vidente, y como alguien para quien los asuntos del espíritu, como la música, no deben tener tarifas. Leandro Díaz, nativo de Lagunita de la Sierra, se hace leer textos de grandes pensadores, y tal vez por eso recrea el mito platónico de las cavernas, sólo que aplicado a San Diego, el legendario pueblo de las conversaciones, donde reside.

Hay, de todos modos, cierto desnivel en los reportajes, sobre todo con José Barros, Tobías Enrique Pumarejo y Rafael Escalona. En cada caso esto se explica por razones distintas: con José Barros, la admiración desmedida hacia el juglar no logra sobreponerse a algunas de las arbitrarias construcciones folclóricas del ya senil maestro banqueño; por otra parte, la poca simpatía que despiertan los aspectos menos brillantes de Escalona inciden en las páginas más débiles del libro. Finalmente, los autores están menos familiarizados con la música del Magdalena Grande, y esto explica el no haberle sacado mayor partido a las hermosas palabras del legendario Tobías Enrique Pumarejo.

Pero con todo, es un libro de éxtasis, bien investigado y escrito, que al concluirlo deja una impresión precisa: las ganas de volverlo a empezar.

 

ADOLFO GONZÁLEZ HENRÍQUEZ
Universidad del Atlántico