Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 42. Volumen XXXIII - 1996- editado en 1997
 

Mamá yo quiero saber de dónde son las orquestas


Abran paso. Historia de las orquestas femeninas de Cali
Umberto Valverde, Rafael Quintero
Centro Editorial Universidad del Valle, Cali, 1995, 137 pág.


Érase una noche cualquiera de 1971, cuando el movimiento estudiantil que tenía prendido al país: quien esto escribe entró en una cantina del barrio Obrero de Cali. Y allí, contribuyendo a la subversión que flotaba en el ambiente, estaban unas caleñas lindas y solas, tomando cerveza mientras sonaba Canto a Borinquen de Celina y Reutilio.

Quien esto escribe, costeño, recién llegado, pensó que unas mujeres solas en una cantina eran parte de una escena excepcional, de la revolución o la magia, como eran las cosas en aquel año tremendo; pero no, la vida, el Bar de William, Convergencia, le enseñaron que existía magia cotidiana, y que esto era parte de algo más significativo, del secreto más importante de ese experimento urbano que es Cali. ¿Por qué surgió allí esa especie de consulado caribe en el Pacífico? A la mujer caleña pertenece la explicación y el mérito: su libertad, heredera de la pequeña democracia cafetera y de la no tan pequeña anarquía negra, hizo que el centro del occidente colombiano se convirtiera en cliente de la sensibilidad caribe. Esa libertad hizo que las noches caleñas se superpoblaran de mujeres dispuestas a elegir y ser elegidas, o si se prefiere, a seducir y ser seducidas, dando origen al más vigoroso mercado de espectáculos nocturnos del país; hizo también que las mujeres asumieran su cuerpo y que le rindieran culto al lenguaje del placer (y a la cultura del Caribe, hedonística por definición). La libertad de la mujer caleña hizo posible que todos los demás elementos sociohistóricos influyentes (medios de comunicación, flujos demográficos, etnicidad y demás) coincidieran para dar lugar a una ciudad donde se baila todos los días.

No puede sorprender, entonces, la aparición de un libro como Abran paso, de Umberto Valverde y Rafael Quintero, "historia de las orquestas femeninas de Cali", que rinde merecido homenaje a las columnas vertebrales de toda cultura. Antes estaban en mora de hacerlo. Se trata de una idea nacida muchos años atrás, entre canecas y amores, en esas interminables noches rumberas que comenzaban en cualquier parte y terminaban en cualquier otra, en las admoniciones de doña Blanca y la fina estampa de Saulo. Este sueño se concretó en un libro hermoso, con fotografías de Fernell Franco, cuando sus autores desde hace rato se han convertido en eminencias grises de la salsa caleña: Umberto, más narrador y cronista, y Rafael Omar, más ensayista y audiovisual, pero ambos tocados con la manía del buen sonido que se adquiría en La Barola marcando el compás sobre la mesa.

La obra tiene una secuencia histórica evidente, de Cuba hasta Cali. En sus comienzos presenta las grandes voces femeninas de otros tiempos: Rita Montaner, a quien los cubanos llamaban La Inmensa, tal vez la más grande de todas pero a quien los autores no valoran suficientemente; María Teresa Vera, de la trova tradicional; Paulina Álvarez, la emperatriz del danzonete; Ester Borja; Xiomara Alfaro, la emperatriz cubana de la canción; Graciela, Elena Burke, Myrta Silva, Toña La Negra, María Luisa Landín, la orquesta Anacaona y muchas más, incluyendo a la más que evidente Celia Cruz. Así mismo, están algunas de las grandes voces costeñas: Matilde Díaz (tolimense de nacimiento) y Estercita Forero. Quedaron por fuera muchas y muy significativas (pienso en Emilia Valencia o Teresa García), pero queda también la impresión de que en toda mujer que haga música popular, sea caleña o no, hay un ejercicio de emancipación, un respetable capítulo en la historia de la mujer.

Los capítulos restantes están dedicados a Cali: primero las pioneras, como María del Carmen Alvarado, Conny y Yanneth Riveros, Bertha Quintero, Yemayá, Siguaraya, Cañabrava; y en el principio estaba la motivación política por rescatar la cultura popular y el papel de la mujer en la sociedad. Luego el resto, una explosión de grupos y figuras sin precedentes en términos cuantitativos: Diana María Vargas, María Fernanda Múnera, Francia Elena Barrera y Olga Lucía Rivas son las figuras individuales más destacadas; entre los grupos, Son de Azúcar, Canela, D’Caché. Las orquestas femeninas de Cali han trascendido el barrio y los cenáculos para invadir los circuitos comerciales y competir con sus colegas masculinos; ellas dicen ser más disciplinadas y afinadas, y que pronto llegarán a sonar mejor que ellos. Dicen vivir discriminaciones y acosos, así como el desgarramiento entre los deberes del trabajo y los del hogar, pero, y esto es bien reconfortante, dicen que han ido enfrentando y resolviendo con tenacidad y esfuerzo y que nada las detendrá en su propósito de echar palante y tumbando sorongo hasta la rumba final. Dicen, por último, que hay nuevas generaciones con una mejor formación académica, y que por tanto veremos en el futuro más y mejores orquestas femeninas.

ADOLFO GONZÁLEZ HENRÍQUEZ
Universidad del Atlántico