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Mamá yo quiero saber de dónde son las orquestas
Abran paso. Historia de las orquestas
femeninas de Cali
Umberto Valverde, Rafael Quintero
Centro Editorial Universidad del Valle, Cali, 1995, 137 pág.
Érase una noche cualquiera de 1971,
cuando el movimiento estudiantil que tenía prendido al país: quien esto escribe entró
en una cantina del barrio Obrero de Cali. Y allí, contribuyendo a la subversión que
flotaba en el ambiente, estaban unas caleñas lindas y solas, tomando cerveza mientras
sonaba Canto a Borinquen de Celina y Reutilio.
Quien esto escribe, costeño, recién
llegado, pensó que unas mujeres solas en una cantina eran parte de una escena
excepcional, de la revolución o la magia, como eran las cosas en aquel año tremendo;
pero no, la vida, el Bar de William, Convergencia, le enseñaron que existía magia
cotidiana, y que esto era parte de algo más significativo, del secreto más importante de
ese experimento urbano que es Cali. ¿Por qué surgió allí esa especie de consulado
caribe en el Pacífico? A la mujer caleña pertenece la explicación y el mérito: su
libertad, heredera de la pequeña democracia cafetera y de la no tan pequeña anarquía
negra, hizo que el centro del occidente colombiano se convirtiera en cliente de la
sensibilidad caribe. Esa libertad hizo que las noches caleñas se superpoblaran de mujeres
dispuestas a elegir y ser elegidas, o si se prefiere, a seducir y ser seducidas, dando
origen al más vigoroso mercado de espectáculos nocturnos del país; hizo también que
las mujeres asumieran su cuerpo y que le rindieran culto al lenguaje del placer (y a la
cultura del Caribe, hedonística por definición). La libertad de la mujer caleña hizo
posible que todos los demás elementos sociohistóricos influyentes (medios de
comunicación, flujos demográficos, etnicidad y demás) coincidieran para dar lugar a una
ciudad donde se baila todos los días.
No puede sorprender, entonces, la
aparición de un libro como Abran paso, de Umberto Valverde y Rafael Quintero,
"historia de las orquestas femeninas de Cali", que rinde merecido homenaje a las
columnas vertebrales de toda cultura. Antes estaban en mora de hacerlo. Se trata de una
idea nacida muchos años atrás, entre canecas y amores, en esas interminables noches
rumberas que comenzaban en cualquier parte y terminaban en cualquier otra, en las
admoniciones de doña Blanca y la fina estampa de Saulo. Este sueño se concretó en un
libro hermoso, con fotografías de Fernell Franco, cuando sus autores desde hace rato se
han convertido en eminencias grises de la salsa caleña: Umberto, más narrador y
cronista, y Rafael Omar, más ensayista y audiovisual, pero ambos tocados con la manía
del buen sonido que se adquiría en La Barola marcando el compás sobre la mesa.
La obra tiene una secuencia histórica
evidente, de Cuba hasta Cali. En sus comienzos presenta las grandes voces femeninas de
otros tiempos: Rita Montaner, a quien los cubanos llamaban La Inmensa, tal vez la más
grande de todas pero a quien los autores no valoran suficientemente; María Teresa Vera,
de la trova tradicional; Paulina Álvarez, la emperatriz del danzonete; Ester Borja;
Xiomara Alfaro, la emperatriz cubana de la canción; Graciela, Elena Burke, Myrta Silva,
Toña La Negra, María Luisa Landín, la orquesta Anacaona y muchas más, incluyendo a la
más que evidente Celia Cruz. Así mismo, están algunas de las grandes voces costeñas:
Matilde Díaz (tolimense de nacimiento) y Estercita Forero. Quedaron por fuera muchas y
muy significativas (pienso en Emilia Valencia o Teresa García), pero queda también la
impresión de que en toda mujer que haga música popular, sea caleña o no, hay un
ejercicio de emancipación, un respetable capítulo en la historia de la mujer.
Los capítulos restantes están dedicados
a Cali: primero las pioneras, como María del Carmen Alvarado, Conny y Yanneth Riveros,
Bertha Quintero, Yemayá, Siguaraya, Cañabrava; y en el principio estaba la motivación
política por rescatar la cultura popular y el papel de la mujer en la sociedad. Luego el
resto, una explosión de grupos y figuras sin precedentes en términos cuantitativos:
Diana María Vargas, María Fernanda Múnera, Francia Elena Barrera y Olga Lucía Rivas
son las figuras individuales más destacadas; entre los grupos, Son de Azúcar, Canela,
DCaché. Las orquestas femeninas de Cali han trascendido el barrio y los cenáculos
para invadir los circuitos comerciales y competir con sus colegas masculinos; ellas dicen
ser más disciplinadas y afinadas, y que pronto llegarán a sonar mejor que ellos. Dicen
vivir discriminaciones y acosos, así como el desgarramiento entre los deberes del trabajo
y los del hogar, pero, y esto es bien reconfortante, dicen que han ido enfrentando y
resolviendo con tenacidad y esfuerzo y que nada las detendrá en su propósito de echar palante
y tumbando sorongo hasta la rumba final. Dicen, por último, que hay nuevas generaciones
con una mejor formación académica, y que por tanto veremos en el futuro más y mejores
orquestas femeninas.
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ADOLFO GONZÁLEZ HENRÍQUEZ
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Universidad del Atlántico
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