Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 42. Volumen XXXIII - 1996- editado en 1997
 
La voz de la selva

Documentos sobre lenguas aborígenes de Colombia del archivo de Paul Rivet. Vol. I: Lenguas de la Amazonia colombiana
Jon Landaburu (compilador)
Ediciones Uniandes, Centro Colombiano de Estudios de Lenguas Aborígenes, Colciencias, Santafé de Bogotá, 1996, 657 pág.

El libro que hoy nos ocupa es el primero de una serie de cuatro, dentro de la recién inaugurada serie "Fuentes" del Centro Colombiano de Estudios de Lenguas Aborígenes, CCELA, de la Universidad de los Andes y constituye, el volumen en sí, como la colección, un importante esfuerzo por dar a conocer testimonios documentales, muchas veces de difícil consecución, con los cuales el investigador (lingüista, antropólogo, y aun historiador) pueda llegar a comprender los cambios internos (condiciones estructurales de la lengua) como externos (conquistas, migraciones, alteraciones demográficas, adaptaciones tecnológicas o económicas, etc.) de una lengua a través del tiempo y adelantar la reconstrucción de la misma, dándole así un impulso decisivo a la lingüística histórica en Colombia, rama que muy poco se ha trabajado en nuestro medio. Se subraya que, como los datos lingüísticos son recogidos por personas (científicos y aficionados) la forma y contenido de los mismos reflejan diversos aspectos ideológicos y personales del compilador, como las dificultades acaecidas en el proceso de compilación. Sirven, entonces, estos documentos no sólo como material de estudio y referencia a los lingüistas y antropólogos, sino también a los historiadores, muy especialmente de la ciencia, y a los literatos.

El libro consta de una ilustrativa introducción escrita por Jon Landaburu, en la que hace una somera presentación de Paul Rivet y una detallada de su archivo (correspondencia, manuscritos, documentos y fichas léxicas) y en la que cuenta cómo, a partir de una primera consulta, en 1987, del archivo del sabio en el Museo del Hombre de París, nació la idea de adelantar una publicación sistemática de los manuscritos inéditos o de difícil consecución que sobre lingüística colombiana en él reposaban, la que se consolidó definitivamente en 1992 y comenzó a realizarse a partir de 1993 y terminó, por lo menos el primer volumen, en 1995.

En el introito de Landaburu se plantean las dificultades y aciertos del trabajo de recolección hecho por el fundador y director, por años, del famoso Museo parisino: dentro de las primeras son de destacar que Rivet creía que existía una urgencia de recoger datos primarios, una especie de "lingüística de salvamento", más que procesarlos a profundidad, por lo que construyó hipótesis endebles, producto de comparaciones en busca de similitudes más que correspondencias sistemáticas entre sonidos, pero sin intentar reconstruir lenguas. En las segundas tenemos que Rivet contribuyó a asentar y afinar la clasificación existente con varias hipótesis que resultaron ciertas y dejó inquietudes que, si bien no pueden dar lugar a afirmaciones seguras hoy, definen el horizonte por hacer, trabajos que requerirán la aplicación del método comparativo, todavía muy poco utilizado en Colombia.

Después del exordio aparecen tres artículos: uno del antropólogo Carlos Alberto Uribe, sobre Paul Rivet; una introducción a las lenguas de la región amazónica colombiana, de la lingüista María Emilia Montes Rodríguez; y el último, sobre el itinerario del padre Constanstant Tastevin.

En el primero de ellos, Uribe esboza la vieja disputa ideológica acerca de cuál es el carácter de la nacionalidad colombiana: prioritariamente indígena y negra o primordialmente hispana y católica, confrontación en la que Paul Rivet (1876-1958) tuvo mucho que ver, quizá sin quererlo, pues a partir de su discurso difusionista, sustentado en la biología, la arqueología, la antropología física, la etnografía comparativa y la lingüística, acerca del origen melanésico del hombre americano, impactó a sus oyentes y estudiantes, pues el planteamiento cobijó la posibilidad de que uno de los sitios de llegada de esa migración podían haber sido las costas colombianas, lo que significaba que el territorio del país era uno de los sitios claves en donde se originaron todas las grandes civilizaciones amerindias, con lo que se exaltó el ego nacionalista, la colombianidad, y les dio cierta base ideológica a algunos intelectuales colombianos para adelantar y revalorar, en primera instancia, nuestro pasado indígena, y en segunda instancia, pero muy levemente, el legado africano. El argumento expuesto por Uribe es válido, pero creemos que podía haberse basado en fuentes diferentes de Alicia Dussán de Reichel 1, tales como la prensa de la época, otros alumnos de Rivet, etc.

Ahora bien: la parte más fuerte del escrito de Carlos Alberto Uribe está en algunos pormenores de la fundación del Instituto Etnológico nacional en 1941, del que Rivet fue fundador y primer director, circunstancia con la que se inició la antropología académica en nuestro medio, así como las relaciones del etnólogo con Gregorio Hernández de Alba, para lo cual se basó en la novedosa información que presentó Jimena Perry 2 en su inédita tesis de grado como antropóloga y en otros autores 3 ampliamente difundidos en el medio antropológico. Observamos un problema: el ensayo trata de reivindicar y ensalzar a Rivet pero, debido a lo sesgado de la documentación consultada, ese propósito queda forzado, pues, bien lo sabemos, los casi dos años (1941-1943) que el sabio francés permaneció en Colombia determinaron unos parámetros de investigación y del ejercicio profesional de la antropología que todavía persisten y que por años la han mantenido prácticamente enclaustrada: insistencia en el estudio prioritario de la arqueología de ciertas zonas y períodos, así como de algunos grupos indígenas, dejando de lado a los campesinos, los grupos negros, los sectores urbanos, en fin, al grueso de la población colombiana. En el trabajo de Uribe se aprecia cierto "desamor" por algunos personajes pero también mucha pasión por otros.

El segundo artículo, "Introducción a las lenguas de la región Amazónica colombiana", es una buena recolección de los autores que han estudiado la lingüística de la inmensa región amazónica colombiana, así como una ligera presentación demográfica y etnológica de los grupos indígenas que allí habitaban. Indica que en nuestra región amazónica existen actualmente alrededor de 30 lenguas y están representadas ocho familias lingüísticas (arawak, caribe, tucano, macú-ouinave, uitoto, bora, tupí guaraní y yagua-peva).

Aclara María Emilia Montes Rodríguez que en el volumen al que estamos haciendo referencia aparecen algunas lenguas poco conocidas, marginalmente habladas o ya extintas, lo que de por sí lo hace ya valioso e importante, así como otras que se mantienen vivas, y da a conocer los sitios o zonas geográficas, ubicándolas en un mal colocado mapa, donde tales lenguas se hablaban y aún hoy se hablan, dejando en claro que muchas de ellas, especialmente la lengua geral, han prestado vocablos a otras y que, desde el punto de vista topológico, dos familias lingüísticas amazónicas -la caribe y la arawak- tuvieron proyección continental, mientras que la tucano alcanzó cobertura regional, pues se extendió en varias zonas en discontinuidad, y otras, como el bora y el uitoto, sólo tuvieron impulso local.

En fin, la autora elabora un "estado del arte" bastante completo y útil, en el que se percibe que los lingüistas agrupados en el CCELA están llevando a cabo un estudio serio de la lingüística indígena nacional y especialmente de la región amazónica colombiana, pero que todavía falta mucha información y análisis de tipo descriptivo (etnográfico), comparativo (etnológico) y concluyente (antropológico), circunstancia que ha retrasado un tanto los avances conseguidos en la lingüística.

El tercer artículo, "El itinerario del padre Constanstant Tastevin: entre la religión y la etnología", de la investigadora brasileña Priscila Faulhaber, es una magnífica presentación biográfica-intelectual del misionero y antropólogo francés Constanstant Tastevin, desconocido para el común de los mortales, pero conocidísimo entre los investigadores de la Amazonia, toda vez que sus interpretaciones y estudios 4 son continuamente utilizados por los expertos amazonólogos.

El escrito muestra cómo Tastevin se hizo corresponsal de Rivet y la forma como la relación entre ambos se llevó a cabo. Subrayando que el misionero no sólo mantuvo intercambio epistolar con el sabio francés, sino también con otros connotados científicos, como Koch-Grunberg. Al igual que muchos de sus corresponsales, el misionero de la orden del Espíritu Santo recolectó en la región amazónica interesantísima información etnográfica durante diez años no continuos, antes y después de la primera guerra mundial, pero nunca pudo sistematizar, con la idea de escribir un libro, el material, por lo que su obra está esparcida por varias publicaciones europeas, pero, como en el caso de los manuscritos transcritos en el libro sobre lenguas aborígenes de Colombia, también en archivos particulares.

En el artículo de la profesora Faulhaber se pueden visualizar las dificultades de un científico para adelantar su labor, sobre todo las ambivalencias entre el sacerdote y el hombre de ciencia. Así mismo, el lector tiene ocasión de conocer el interés científico, económico y social, que para el europeo ha tenido la cuenca amazónica y que le ha permitido su estudio e investigación científica. De igual forma se confirma la gran preocupación que sobre la región ha tenido y tiene el principal estado amazónico: Brasil, y la "pachorra" de los demás países de la cuenca en proveer de recursos para entenderla y conservarla.

La segunda parte de las lenguas de la Amazonia colombiana consiste en la transcripción de 20 de los cuestionarios y manuscritos originales provenientes del archivo de Paul Rivet, recogidos por algunos de sus corresponsales en Colombia: el ya citado padre Tastevin, con diez transcripciones; De Wavrin, con cinco; Bartolomé de Igualada, con una, y el médico, gastroenterólogo, acuarelista, escritor, rector de la Universidad del Cauca y gran indigenista, el "mono" César Uribe Piedrahíta, que al igual que De Wavrin y Bartolomé de Igualada hubiera merecido un artículo similar al escrito por Priscila Faulhaber sobre el padre Tastevin.

La última parte, "Comentarios a los manuscritos originales y datos complementarios", es una serie de catorce artículos escritos por los lingüistas Jon Landaburu, Rosa Alicia Escobar, Camilo Robayo, Consuelo Vengoechea, Natalia Eraso, María Emilia Montes, llenos de datos técnicos, como la identificación de consonantes y vocales, sus variaciones y dudas, sus características linguísticas, fonológicas y morfológicas, en los que se comparan los "corpus" recogidos por los corresponsales de Rivet con los que en años recientes han elaborado los investigadores del CCELA. En algunos de estos apartados los autores dan breves informaciones que mínimamente ayudan a ilustrar la época en que los ocasionales lingüistas adelantaron sus trabajos, etc. Sin embargo, insistimos en que cada uno de ellos debería haber sido objeto de un estudio biográfico-científico más detallado. Pese a tal falencia, el conjunto del volumen es de gran utilidad, especialmente para los especialistas y estudiosos de la Amazonia.

JOSÉ EDUARDO RUEDA ENCISO

1 DUSSÁN DE REICHEL, Alicia, "Paul Rivet y su época", en Correo de los Andes, núm. 26, 1984, pág. 70-76.

2 PERRY, Jimena, Biografía intelectual de Gregorio Hernández de Alba, 2 tomos, Santafé de Bogotá, Universidad de los Andes, 1994.

3 AROCHA, Jaime y FRIEDEMANN, Nina S. de (eds.), Un siglo de investigación social, Antropología en Colombia, Bogotá, Etno, 1984.

4 Interpretaciones sobre la serpiente grande y esbozo geográfico sobre la frontera entre Colombia y Perú.