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Peligros de la oralidad filosófica
Lógica y crítica (edición a
cargo de Alberto Valencia)
Estanislao Zuleta
Ed. Universidad del Valle, Fundación Estanislao Zuleta (FEZ), Cali, 1996, 320 pág.
Este libro compila una serie de
conferencias que Estanislao Zuleta (Medellín, 1935-Cali, 1990) pronunció en Cali entre
febrero y octubre de 1976. El libro se editó con base en grabaciones magnetofónicas -no
sobre un manuscrito- y su adecuación escrita corresponde al editor-discípulo, quien
advierte que "el estado de las transcripciones no siempre es el deseable", por
lo que debió en diversos casos adaptar "el discurso oral a las exigencias del texto
escrito" (pág. 10). Los abruptos saltos y vacíos del curso -sobre todo en la
segunda parte, dedicada a los Argumentos sofísticos de Aristóteles- los excusa
bajo el criterio de que no aparecen las grabaciones de julio y agosto, por lo que solicita
al "lector que las tenga las proporcione a la FEZ para incluirlas en la segunda
edición de este libro" (pág. 283).
Salvado el primer tropezón filológico
-que la obra se haya reconstruido sobre charlas magnetofónicas, retocadas, anotadas y
complementadas por el editor-, nos enfrentamos al corpus de la obra. Zuleta se
propone responder preguntas como: "¿En qué consiste la lógica y cuándo se produce
como disciplina? ¿En qué circunstancias se convierte en una necesidad? ¿En qué medida
puede responder a los problemas que se le plantean en los diferentes momentos de su
desarrollo?" (pág. 15). Para el efecto, se basará en tres diálogos de Platón -El
teeteto, El simposio, El sofista- y en los cuestionables, filológicamente hablando, Argumentos
sofísticos de Aristóteles. De forma ambiciosa -anuncia el índice- se trabajarán,
entre otros, los siguientes temas: ciencia, lógica y verdad; verdad y opinión; el debate
con la filosofía presocrática; el contraste entre el político y el filósofo; el amor y
el conocimiento; las gradaciones del ser; el error en la definición del sofista; la
teoría de las causas; el silogismo y el razonamiento deductivo (pág. 5-8). El método
expositivo de Zuleta se sustenta, primero, en una introducción temática basada en
ejemplos coloquiales, anotaciones históricas o referencias a otros filósofos que han
escrito sobre el tema. Luego cita algún fragmento de la obra estudiada (generalmente
tomado de la problemática traducción castellana de la obra de Platón hecha por
Editorial Aguilar) y por último lo glosa con comentarios personales.
Pero desde el comienzo el lector advierte
que el tropezón filológico ya no será un mero accidente, sino una constante caída.
Zuleta advierte que la lógica nació en un momento de crisis de la sociedad griega (pág.
21) y que tanto Sócrates como Platón y Aristóteles quisieron revisarla a partir del
presupuesto de una "desconfianza fundamental que obligaba a los griegos a preguntarse
cómo estaban pensando" (pág. 22). Aunque no lo dice, Zuleta quiere demostrar que
intuitivamente ha descubierto que los métodos de la lógica idealista, esto es, los
propagados por las escuelas de los sofistas y los presocráticos, habían ganado demasiado
terreno en la sociedad helénica, y Sócrates vendría a desterrarlos. La batalla tendría
que darse, entonces, a partir de la revisión del concepto mismo de ciencia discutido en El
teeteto, diálogo que según Zuleta sería "la primera teoría de la ciencia en
Occidente" (pág. 29).
Sin embargo, cuando uno esperaría la
discusión académica de un problema filosófico, de pronto Zuleta no concluye nada y se
desboca en opiniones sustentadas en sus múltiples saberes -psicoanálisis, estética,
economía, historia, pedagogía y derecho- tratando de relacionar a la fuerza el tema con
la "realidad práctica". La exposición se desordena: glosa las ideas de ciencia
que aparecen en El teeteto; asume la función de antropólogo aficionado y trae a
colación el papel crítico que la ciencia cumple en la transición de las sociedades
mágicas a las sociedades civilizadas; se hace preguntas sobre el avance industrial de
Angloamérica en relación con el de Latinoamérica; recuerda que la educación es
síntoma fundamental del progreso de una sociedad, y que por eso la nuestra es atrasada,
pues no enseña a dudar; divaga sobre el hecho de que en nuestro medio estamos habituados
a creer que lo sabido da poder cuando, al contrario, Platón recomendaba desaprender, pues
nuestros "archivos están llenos y hay que comenzar a vaciarlos"; después anota
que el conocimiento está íntimamente relacionado con el amor, y por eso de allí viene
el nombre de mayéutica ("dar a luz"); recuerda que se le olvidó señalar algo
sobre la educación y recalca que ella nos invita a memorizar y retransmitir, pero no a
interpretar o a criticar y... termina el acápite (pág. 35-37).
Al llegar aquí, el lector está mareado
de tanta idea vaga, tantas acotaciones azarosas, tanta opinión caprichosa, tanto desatino
con el ánimo de asombrar paisanos. ¿Qué pensar entonces? ¿Qué quiso demostrar Zuleta?
¿Por qué se perdió? ¿Divaga o ha descubierto algo? ¿Cumplen sus intuiciones algún
papel en el trabajo metódico habitual de la discusión filosófica? ¿Será que está
utilizando el método leninista de la estructura y la superestructura, según el cual la
filosofía refleja las condiciones materiales de una sociedad determinada? ¿Leyó mal,
descubrió un sentido oculto del texto que no percibieron los oyentes de sus conferencias?
Las páginas siguientes del libro de
Zuleta se leen como un carrusel loco. En ocasiones cita mal e inventa (su idea de que
Husserl en Crisis de la ciencia europea [1935] politizó su trabajo filosófico
debido a la persecución nazi), llega a conclusiones chocarreras ("La lógica es una
pócima amarga", pág. 31), o dice babosadas como que Platón en El Simposio
"reunió al máximo" sexo más conocimiento (pág. 162), cuando hubiera podido
consultar -¿en castellano!- la clásica obra de Werner Jaeger Paidea (la
traducción en 1942) y saber que ninguna lectura hermenéutica permite concluir semejante
exabrupto. También anuncia con pomposos títulos temas que nunca desarrolla o lo hace de
forma deficiente: De la ciencia a la política (pág. 91), La metafísica de Platón
(pág. 193), El problema de la educación (pág. 242), y en otros casos, por evadir la
bibliografía especializada, explica con tonos "metaintelectuales" lo obvio,
como cuando habla sobre la relación entre la filosofía y la política, pasando por alto
el libro de Danilo Cruz Veles, El mito del rey filósofo (1989), que estudia los
casos de Platón, Marx y Heidegger, y que el editor-discípulo debió considerar al
ordenar las conferencias del maestro.
Sólo es posible pensar en Estanislao
Zuleta como un vulgarizador de contenidos en medio de un ambiente académico atrasado,
burocratizado, notablemente simulador, que no ha alcanzado la "normalidad
filosófica" (Francisco Romero). Es importante cuestionarse por qué la universidad
politizada de los 60 y 70, y una parte de la elite intelectual de izquierda que después
se derechizó durante los gobiernos de Betancur a Gaviria, ascendió a Zuleta al pináculo
de superprofesor y docente oral sabio, según lo llama William Ospina (cf. Un álgebra
embrujada, Editorial Norma, 1996, pág. 111). Se dirá que ese problema de la
normalidad filosófica está en trance de superarse y se citarán los casos
ejemplificantes de Cayetano Betancur, Rafael Carrillo, Rafael Gutiérrez Girardot, Danilo
Cruz Vélez, Rubén Jaramillo, Carlos Másmela, por citar algunos. Pero no es cierto. Con
profesores de filosofía a destajo, a cinco mil pesos-hora, no hay que esperar mucho. O
tal vez sí: lacanismo-roldanismo, abellismo-empirismo, dexubirismo-leninismo, etc. Es
decir, una universidad pública destruida en beneficio del fortalecimiento de la privada,
incapaz de producir pensamiento, conceptos, según las reglas internacionales de trabajo
en seminario, investigación, publicaciones, etc.
Es probable -como lo sugieren sus
discípulos Fabio Giraldo, Jaime Galarza, Fabio Jurado, Jaime Mejía Duque, William Ospina
y en los últimos tiempos María Mercedes Carranza, quien lo declaró "intelectual de
verdad" (cf. Semana, núm. 745, agosto de 1996)- que a Estanislao Zuleta lo
alimentaran altos ideales democráticos de divulgación del conocimiento -tal vez ello
explique su voracidad autodidacta y el interés en abordar múltiples temas de la
filosofía, la economía, la literatura, el derecho, etc., etc.-, pero estos ideales de
ninguna manera justifican la acientífica manera de Zuleta de enfrentar el conocimiento,
sus ínfulas de intelectual "renacentista", sus conclusiones cantinflescas, su
método educativo recargado en intuiciones azarosas y el yoísmo petulante que le impidió
conocer las obras filosóficas en su lengua original, discutir con la bibliografía
primaria y secundaria especializada, y producir una obra -escrita, por favor- de algún
valor posterior.
Un trabajo sobre la sociología de los
intelectuales colombianos del siglo XX -que, por supuesto, debe incluir un capítulo sobre
Zuleta- debería reparar, por decirlo orteguianamente, en la "circunstancia" que
lo definió, en la influencia que tuvo en la formación de una generación universitaria
de científicos sociales, abogados y literatos, en su vanidoso interés de pasar por alto
la "normalidad filosófica" (Romero) y en la persistente -delirante, diría yo-
prolongación de su imperio magisterial.
CARLOS SÁNCHEZ LOZANO
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