Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 42. Volumen XXXIII - 1996- editado en 1997
 

Luz de Salamina


Salamina, embrujo y luz
Germán Velázquez Ángel (editor), s.p.i., Manizales, 1995, 164 pág., ilus.


Salamina ha sido llamada la "Ciudad Luz de Caldas", probablemente porque varios intelectuales de la región nacieron allí y algunos alcanzaron resonancia nacional. Joaquín Ospina, autor de un todavía valioso diccionario biográfico; Agripina Montes del Valle, poetisa admirada por Rafael Pombo; Fernando Mejía, poeta regional cuyo nombre lleva la casa de la poesía de Manizales, así como diversos copleros, entre los que se puede destacar a Chucho Leyva, conocido con exageración paisa como el "Martín Fierro salamineño".

De fama regional fue la tertulia literaria que se fundó a finales del siglo XIX, la cual importó en 1899 la primera imprenta, que sirvió para publicar el primer periódico; estableció una biblioteca, los Juegos Florales y cumplió distintas tareas cívicas. Todos estos aspectos de la vida cultural de Salamina, así como otros de índole sociológica, son tratados en el primer capítulo ("Salamina de ayer"), a cargo de Jaime Eduardo Jaramillo, confeccionado a partir de comentarios de Tierrabuena, un libro del estudioso sociólogo Rodrigo Jiménez Mejía, natural de la ciudad. Allí aparece la figura central de los párrocos, con su papel como "modeladores espirituales" (y políticos) de la región. A uno de ellos, el padre Barco, se debió la llegada del maestro ebanista antioqueño Eliseo Tangarife, quien, junto con Juan de Dios Marulanda, produjo extraordinarias decoraciones talladas en madera para uso doméstico, bajo la influencia del art nouveau. Crearon una suerte de "mestizaje", denominado con escasa propiedad histórica por algunos investigadores como el "barroco salamineño".

También figuran en el recuento personajes como el educador y el hacendado, caracterizado éste último, por ser "pródigo, caprichoso, romántico" (pág. 23), de ideas liberales, "culto y afrancesado". Juan Bautista López fue el paradigma del intelectual local decimonónico. Su inconformidad no fue obstáculo para que fundara el Banco de Salamina ni para que fuese el primero en desempeñar el cargo de gerente del Ferrocarril de Caldas; fue autor de dos tomos sobre la historia y costumbres de su tierra natal, fundó una importante librería regional y de paso "encarnó al intelectual ilustrado, independiente, sempiterno pedagogo" (pág. 26).

El doctor Jaime Mejía fue destacado médico; fabricó prótesis de guadua, inventó remedios, cuidó de Elvira Silva, la hermana del poeta, en su última enfermedad en Bogota, luchó por divulgar principios higiénicos entre los campesinos. Desfilan luego la abuela, el padre, la apertura de haciendas y la colonización, la indumentaria y la poesía popular. A pesar de que se trata apenas de un resumen comentado del libro de Rodrigo Jiménez, este capítulo, en cuanto a su propósito, resulta bien hecho, agradable de leer e informativo, ilustrado con fotos antiguas en blanco y negro que conservan el viejo sabor rural y el rostro de los prohombres del pueblo. Sin embargo, hace mucha falta una buena reseña histórica de la ciudad, pues se trata de un libro en su homenaje que debería servir para una divulgación básica. Quien desee conocer datos simples, como la fecha de fundación, detalles de su historia, o la localización en el mapa de Colombia, deberá recurrir a otro libro.

A continuación se encuentra un intercapítulo que muestra a Salamina desde el aire: se aprecia como un preciso e inconcluso tablero de ajedrez, estampado en la extensa cuchilla de Las Encimadas. Calles rectas a pesar de faldas y columpios, dominadas por las torres blancas de la iglesia y límites municipales hechos por un verde intenso. Esta parte sirve de transición entre la primera sección histórica, y el núcleo del libro, integrado por numerosas fotografías en color, tomadas por Fernando Uribe, Luis G. Camargo, Carlos A. Sarmiento, Miguel Ángel Aguilar y Jorge Enrique Robledo, que muestran distintos aspectos del espacio público y privado de la ciudad.

El texto titulado "Salamina, el espacio poético", escrito por Darío Ruiz Gómez, es una nueva demostración de cómo las llamadas "poéticas" aguantan el uso y el abuso. Salamina cuenta con una fuente europea de bronce en la plaza principal (fotos en pág. 96 y 97). El autor la interpreta como "un acto de fundación basado en la legitimación de la Historia a través de un elemento característico de la cultura europea". ¿Una fuente puede entenderse como símbolo de "legitimación de la Historia", con mayúscula? Tal vez fue no mas que un simple adorno elegante que algunos de los mas acomodados decidieron donar a la ciudad. Pero si la dichosa fuente es tan importante, no es claro por qué no se estudia concienzudamente su historia, quién la hizo y dónde, cómo fue percibida en su momento por los habitantes y, sobre todo, lo que significan sus figuras y decorados, si es que acaso significan algo en especial. El autor prefiere las ocurrencias de ocasión, e insiste mas adelante: "La fuente señala un acto de posesión de la civilización, repito, frente a lo que era en ese momento una naturaleza hirsuta, indomeñable" (pág. 49).

La colonización, según Ruiz Gómez, estuvo regida "interiormente por el deseo de dar a lo que era simplemente Naturaleza [sic] una nueva connotación cultural, civilizadora". Así, en esta peculiar versión, unos buenos hombres, en cierto momento, decidieron, con fines culturales y motivados por un "deseo interior", "civilizar" una Naturaleza, y por eso colonizaron tierras baldías. De plano quedan diluidos en la nada los estudios históricos, económicos y sociológicos sobre la colonización antioqueña, bajo una teoría voluntarista espontanea, confundida con la licencia poética.

Al mismo tiempo que intenta, y logra por momentos, prosas poéticas donde el yo del autor cuenta lo que le pasa o siente, no hay reparo en acuñar feas palabras como "burdeza" (pág. 49) y "axialidad" (pág. 50). Pero lo que merece mayor consideración crítica es una modalidad recurrente en este y otros textos, en virtud de la cual el autor acude a la mención de nombres de autoridades (sean poetas, arquitectos o teóricos) como manera de validar el asunto local en consideración. El pintor Pedro Nel Gómez en determinado momento optó por traducir la mitología popular antioqueña a términos propios de la mitología clásica, convencido de que con ello elevaba la cultura popular de la región a los niveles superiores que consideraba merecía ocupar. Produjo así un olimpo donde se paseó la fantasía local: la Patasola era "la ménade del trópico"; la Pata de Tarro, la "euménide de Colombia". Siguiendo involuntariamente un esquema análogo, Ruiz Gómez acude a distintos autores y arquitectos de la historia universal para intentar legalizar, a su modo, la bella arquitectura de Salamina. ¿Por qué, se pregunta el lector, hay necesidad de invocar vagamente a Palladio, a Alberti, a Frank Lloyd (y no "Wlloyd") Wright o al mismísimo Aldo Rossi, para valorar las construcciones locales? Afectación, cierto retorcimiento sintáctico y metáforas aquí y allá completan el cuadro. En lugar de acudir a las potestades de la historia de la arquitectura y a viejos recursos culteranos, el texto debería profundizar en las raíces históricas de esa arquitectura, a la que se le presta flaco favor invocando a la ligera deidades lejanas legitimadoras. No obstante, el recurso ofrece la ventaja de la facilidad, según la siguiente receta: lleno un párrafo de frases en interrogativo, las cuales no me siento en el deber de responder ni siquiera a mí mismo; a continuación evoco nombres famosos conocidos y desconocidos, lo que de paso revela mi cultura, y agito toda la mezcla con algunas ocurrencias basadas en el tema. Por si las dudas, el método permite similitudes con las descripciones "posmodernas". Las frases poéticas tienen validez y vigencia, siempre y cuando no se violen sus propios límites y posibilidades. El texto tiene buenos ejemplos de lo uno y de lo otro.

La mayor parte de las fotografías son sencillas y sin rebuscamiento. Revelan distintas facetas de Salamina: panoramas generales, calles, esquinas, la explosión magenta de una veranera, los balcones y aleros, la luz dorada del sol de la tarde, los acomodos de las construcciones a los altibajos del terreno. Tal vez lo mas bello y sorprendente se encuentra en los patios interiores y en las obras de madera tallada de los portones y contraportones. Aparecen también los habitantes en los actos de la vida diaria: cruzan una calle, transportan bultos de café bajo un cielo de menta, caminan frente a la entrada del cementerio tapizada con flores amarillas de guayacan. La muda belleza de los bosques de palmas de cera o de las fachadas, portones, jardines y contraluces en tiendas y talleres artesanales, es interrumpida, al final, por fotos anodinas de planteles educativos y las clásicas y pueblerinas imágenes turísticas de bandas municipales, desfiles con las primeras autoridades y exposiciones equinas, sin que falte uno que otro atardecer desgastado con arreboles de postal común.

Después de apreciar las fotografías del libro, queda la convicción de que Salamina está hecha de barro, madera, balcones forjados y una luz única. Como bien dice en la presentación Daniel Echeverry, dejan también el deseo de querer estar allí. Los espacios interiores, decoraciones y patios vivos de vegetación y flora muestran que es posible el dulce vivir en Salamina.

SANTIAGO LONDOÑO VÉLEZ