Así es la vida, amor mío
Benhur Sánchez Suárez
Thalassa Editores, Santafé de Bogotá, 1996, 125 pág.
Así es la vida, amor mío es el
título de la última novela del escritor y pintor huilense Benhur Sánchez Suárez
(Pitalito, 1946). De entrada, este título, la fotografía y la rosa de la cubierta del
libro, diseño del mismo autor (Thalassa Editores, 1996), nos recrean ese particular
sentido colombiano de la vida, el amor, la muerte y el destino, que no de la historia ni
de la fatalidad a las que no hemos accedido, con el cual, a ritmo de bambuco primero, de
bolero, ranchera y tango después, asumimos las amarguras de la vida, las explicamos y
despachamos para evitar que nos destruyan. Así es la vida es un hondo quejido y
a la vez una explicación que nace de las profundidades de nuestra alma, de nuestra matriz
cultural, demosofía de una tradición que se sustenta en la carencia de explicaciones
racionales. ¿habrá frase más contundente y precisa? Muy raras veces el título de una
obra evade la sonoridad y la literatura para apelar a una sensibilidad muy poco modificada
por los procesos modernizantes, a trancazos, perdóneseme la expresión, de nuestro siglo
XX.
Espacio, tiempo, cultura
La novela se sitúa espacialmente en
Neiva y temporalmente en la Colombia de la Regeneración y la hegemonía conservadora.
Patria alejada en la cronología pero aún inmediata en la percepción.
Provincia asfixiada por el poder de los
señores de la tierra, el peso del catolicismo ultramontano y los valores de la sangre y
el honor. Gentes desgarradas por el conflicto de dos culturas políticas cerradas y
antagónicas, que resuelven sus dimes y diretes con la guerra o por el procedimiento
expedito de la negación, lo que quiere decir la muerte, del adversario. La tierra, el
partido, la religión, la sangre, la tradición, el poder y el honor, se constituyen en
identidades y vínculos de relación y pertenencia tan fuertes, que desvanecen cualquier
intento de paz y civilidad o las tímidas ideas modernizadoras nacidas del contacto con
Europa y la consecuente confrontación de la miseria y las barbaridades lugareñas. Desde
esta perspectiva, la novela recoge las atmósferas y las tensiones sociales, las visiones
del mundo y las sensibilidades que, a pesar de nuestros particularismos regionales, son
comunes a todo el país. "No queremos avergonzarnos de escribir y no tenemos ganas de
hablar para no decir nada" afirmaba Jean Paul Sartre (¿Qué es la literatura?).
Benhur, con ojo avisado y mano experta, sin la postura de la novela comprometida, pero
fuertemente afincado en el mundo que nos acosa, puede hacer suya la frase de Sartre. Así
es la vida, amor mío nos obliga a mirar lo que somos y lo que hemos sido, de dónde
provienen nuestras tragedias -nuestra ontogénesis, podríamos decir-, en erguida postura
ética que nos hace recordar las estrechas relaciones entre lo ético y lo estético, a
veces relegados en busca de lo "posmoderno" o en afán de actualización y
sincronía superficiales con las corrientes presuntamente universales. Como nuestros más
grandes maestros de la pintura de hoy, por ello maestros, el novelista evade la actitud
falsamente cosmopolita y se sitúa y lo hace con sus lectores en el contexto desde el cual
surgen los desgarramientos que nos amenazan con la disolución. Por otra parte, no sobra
recordar que la novela, la prosa ficcional, linda necesariamente con las ciencias del
hombre. Puede ser auxiliar del historiador, del sociólogo, del antropólogo, del
culturólogo, que encuentran en ella la recreación de tiempos, atmósferas y mentalidades
que en ocasiones no han dejado testimonios valederos. Y esto, no en cuanto la novela sea
lo que no es, sino en cuanto lo sea, en cuanto el autor tenga la destreza de sumergirnos
en un universo ficcional-intuitivo en el cual el mundo se construye a partir de la
historia que se quiere contar. El narrador, el creador literario, tiene la virtud de
presentarnos visiones inmediatas, "estéticas" inmediatas del mundo, que al
científico social le implicarían un exhaustivo trabajo de campo y a lo mejor varios
tratados. Lo anterior no implica ni un a priori para el creador ni una excluyente y
sociológica posibilidad de lectura. La novela es ante todo novela, la narración, y todo
indica que volvemos a ella, de una o varias anécdotas que nos seducen y recrean, y que
generan un intenso goce que a su vez reconstruye nuestra crítica y nuestra solidaridad
con el mundo.
La historia
Arcadio Perdomo y Reynaldo Matiz son
vástagos de familias acaudaladas y terratenientes, enfrentadas desde siempre por opuestos
alinderamientos políticos. El primero, conservador, hijo de un usufructuario de las
guerras civiles y del poder hegemónico, que ensancha su feudo sobre la miseria de los
campesinos y la tierra de los resguardos indígenas, se educa en Francia y, a su regreso a
Neiva, pretende desde la prensa darle un nuevo nivel a la vida y a los conflictos. Sus
sueños lo llevan a querer un debate ideológico y literario al estilo de la prensa
francesa. Sin embargo, la vida de la aldea, Neiva, a nueve días en champán y lomo de
mula de Bogotá, le atrapa entre la maraña de la praxis política establecida y
tradicional y sus imaginarios civilizadores. La nostalgia de la Francia conocida frente a
su precaria realidad lo estremecen. Finalmente vence la matriz, y delirante y desgarrado
cumple la ejecución inevitable. El segundo, Reynaldo Matiz, liberal, librepensador,
aventurero, modernizador y empresario, alucinado por la idea del progreso y la defensa de
los campesinos y los indígenas, hijo a la vez de terratenientes arruinados por los
conservadores, estudia para cura, huye del seminario, se une a la guerrilla liberal del
Tolima y Cundinamarca, sobrevive a un fusilamiento, estudia en Alemania y después vuelve
a la tierra con la cabeza llena de proyectos. Reynaldo, al igual que Arcadio, es
arrastrado por el torbellino de los odios lugareños, del sectarismo estimulado por el
"Syllabus", que ve en todo intento por modernizar un atentado a la sacralidad de
la vida, que debe ser siempre igual a sí misma, y muere con la sonrisa en los labios y
sin precisar lo que sucede. Esta historia nos enfrenta con la Historia. Su lectura, de
antemano, nos ofrece un rango: la veracidad. Sin dejar de ser ficcional, sus contextos y
entornos, sus hechos, lugares y personajes, suponen una cuidadosa investigación y una
sólida documentación histórica que permiten una reconstrucción novelada de situaciones
que sobreviven subyacentes en la memoria colectiva y en los mitos populares, a las que
Benhur arma en cuidadosa arquitectura para hacerlas Historia, concepto, con el rigor de un
especialista. ¿Cuántas historias semejantes encontramos en los pueblos y regiones,
quietas, contadas y transfiguradas por la tradición oral esperando quién las recoja,
quién las haga novela, cuento, Historia en una palabra, para que puedan ingresar limpias
y elaboradas a la cultura nacional, a la universalidad? Lo universal está en la aldea,
decía Tolstoi. Y aunque hoy la cosmopolis nos estremezca, hay unas vidas, unos destinos
que no han sido contados, y por ello se trasladan a la macrópolis, para perderse en la
fragmentación y en el bullicio de lo que, por no tener otro nombre mejor, denominamos
como la ciudad, como lo urbano. No se trata, quién podrá pretenderlo, de determinar
cuál debe ser el rumbo de nuestra narrativa en el ambiente de la aldea global.
Tampoco de cuestionar a quienes indagan
por nuestro ser entre las calles numerosas. Todo nos es legítimo, más cuando carecemos
de concepto y cuando nuestra historia, la que padecieron nuestros hombres y mujeres,
apenas comienza a ser contada. El vacío debe ser llenado y la novela de Benhur nos abre
una puerta a contenidos estancados en el tiempo, nos ofrece un sendero para acceder a
laberintos de nuestra cultura ahora en claroscuro. Otros novelistas colombianos lo están
haciendo, por supuesto, pero no son el catálogo de autores ni las comparaciones el objeto
de este comentario.
La novela
Llegamos, por fin, al núcleo de
interés. Lo que se pide a un novelista, independientemente de su tema, sus soportes
estructurales, su técnica, su estilo, su visión del mundo y su perspectiva, es que nos
ofrezca el goce de un buen romance, para lo cual todo lo demás son apenas las premisas,
las herramientas del taller, que la experiencia, el oficio y el rigor deben disponer para
el trabajo. Cuando leemos una novela buscamos por el camino de la inserción en una buena
escritura, el asombro, el placer, el dolor, el goce en definitiva, que surgen de los
planos cruzados del tiempo y el espacio, de la verosimilitud, diferente de la veracidad,
de la intensidad dramática, del juego de las pasiones y del desenlace. En fin, le pedimos
una visión de la vida y de los hombres. En otras palabras, le pedimos poesía. Con
maestría y a partir de una polifonía de voces, de un juego de miradas distintas: el
narrador omnisciente, el informante o entrevistado, el monólogo interior de Arcadio
Perdomo y la displicencia narrativa de Reynaldo, quien se sabe protagonista ante su
auditorio y quizá ante la historia y no tiene recato para construir su imagen, Benhur nos
conduce, en un lenguaje sobrio y exacto, con momentos de alta poesía (el amor por Irene,
las nostalgias de París, el río Magdalena, la cacería, el ascenso a la sabana, el
enamoramiento de la guerrillera), paso a paso, avanzando y retrocediendo por el tiempo
convencional, a la crisis y al colapso, es decir, al momento que condensa la historia y
las irracionalidades puestas en escena en un solo minuto. Es el destino: el de Arcadio,
que no puede escapar de las demandas de su mundo, representadas en el imperio de su padre,
y tiene que asesinar a quien más se le asemeja, y el de Reynaldo, que acude al llamado de
la muerte sin un presentimiento. El tiempo de la narración es un crescendo que va
tejiendo la trama hasta la explosión final, hasta el balazo que no se escucha. Ahora sí
entendemos el título en toda su significación. Son inútiles las intenciones de los
protagonistas.
"Así es la vida, amor mío" es
la frase lapidaria, petrificadora y salvadora de Arcadio Perdomo. De nada le valieron el
amor de Irene, sus nostalgias de París, sus propósitos de salvación por la cultura, la
complacencia de su abuelo, la rebeldía ante su padre, la repugnancia por el mundo que le
rodea. Sobre él cae el peso de una determinación ineludible. La intensidad dramática,
el eje de la novela gira en torno a su monólogo interior y sus ambigüedades sobre su ser
no ser, sobre la pistola que los amedrenta con su brillo metálico y su final sumisión a
las órdenes de su padre.
Arcadio, entonces, se torna en paradigma
de unos hombres y una sociedad que a lo largo de ya casi dos siglos han pretendido
civilizar y han terminado asesinando. Bien valdría, frente a Así es la vida, amor
mío, recordar los versos de Giovanni Quessep:
Acuérdate muchacha/ Que estás en un
lugar de Suramérica/ No estamos en Verona/ No sentirás el canto de la alondra/ Los
inventos de Shakespeare/ No son para Mauricio Babilonia/ Cumple tu historia Suramericana/
Espérame desnuda/ Entre los alacranes/ Y olvídate y no olvides/ Que el tiempo colecciona
mariposas.
Recomendamos el goce de la lectura de Así
es la vida, amor mío, novela continuadora de una obra que le ha valido a su autor,
desde sus comienzos, galardones nacionales e internacionales.
GUSTAVO QUESADA
Universidad Incca de Colombia
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