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La "selva oscura" de un escritor
Muertes de fiesta
Evelio José Rosero
Editorial Planeta, Santafé de Bogotá, 1996, 327 pág.
Hay un momento crucial en la vida de todo
auténtico escritor. No es el momento inicial de la resolución, pues éste, mal que bien,
generalmente está respaldado por una confianza dominante que no permite el
cuestionamiento ni la duda. Se trata del momento en que el escritor, como cualquier ser
humano, se halla en su propia "selva oscura", para decirlo con las certeras
palabras de Dante.
Es el momento en que la luz apasionante
de los primeros deslumbramientos se ve un tanto opacada por la "nube" de la
razón, opacada no en el sentido de mengua o de debilitamiento, sino que a ese momento
embriagante que constituye la iniciación le llega luego la sombra de una nube para que,
por fin, el escritor observe su propio camino, con calma y sin la luz hiriente del
resplandor. La razón viene a ser esa nube necesaria para ver un poco más allá del
brillo.
Es entonces cuando el escritor descubre
que no bastan sus angustias, convicciones y pequeñas alegrías para dar una forma
inmortal y genuina a su expresión, pues encuentra, más allá de él, una extensión, un
mundo que lo circunda y al cual ya no puede obviar. Es el duro momento en que el escritor
percibe su pertenencia a un mundo, a unas costumbres, problemas, instituciones y valores
que, aunque siempre han estado allí, ahora urge la necesidad de reconocerlos, porque
sólo tomando en cuenta ese mundo, inmiscuyéndolo y recreándolo en su obra, ésta podrá
alcanzar validez universal.
Es entonces cuando el escritor descubre
que sus obsesiones se deben a un momento histórico y resuelve incorporar esa historia,
ese mundo, a su historia, a su mundo: a su obra. La Comedia, el Quijote, La educación
sentimental, Las flores del mal, Cien
años de
soledad
y, en fin,
todas las llamadas obras maestras son resultados de ese momento.
Pero, para alcanzar esos extraordinarios
resultados, se precisa que el escritor logre también dilucidar, en ese mismo momento, sus
peculiaridades, aquello que, aunque obtenido a partir de algunos inevitables y resonantes
ecos provenientes precisamente de las obras maestras, se ha asimilado y por lo tanto
injertado al propio ser.
Sólo cuando el escritor conecta
adecuadamente su mundo propio con su mundo externo logra conjugar esa obra.
En Muertes de fiesta, la última
novela de Evelio Rosero Diago, encontramos que el narrador colombiano ha intentado
inmiscuir en su obra ese mundo externo al que hemos aludido. Así, en la página 23 leemos
esta reflexión:
[...] 9 de abril de 1948, día nefando
para muchos, afortunado para otros, por unos presagiado y por otros celebrado, cuando el
caudillo del pueblo fue baleado en una calle céntrica de la capital y el país entero
explosionó y se sobrecogió de muerte y de estupor de norte a sur y de oriente a
occidente para desde entonces no acabar de explosionar y sobrecogerse nunca [...]
Rosero, como los grandes escritores que
hallaron en determinados acontecimientos históricos de su país el motivo y la forma que
los llevaría a cristalizar sus obras magnas, ha fijado en esa fecha histórica el motor
inicial de su trabajo. Decisión respetable, si nos detenemos a mirar las temáticas
pesadillescas de esta obra: violencia, muerte, beodez y locura. Pues no es extraño que en
un país como el nuestro, donde se presentan a diario las muertes más violentas y
atroces, esas muertes desquiciadas sean a su vez el tema de un escritor y que ese mismo
escritor, como muchos importantes historiadores, considere que el motor inicial de tanta
violencia se halle en aquel trágico día.
Pero el problema no es acaso la
elección, sino que en esta novela las peculiaridades de Rosero, su insistencia, por
ejemplo, en "trabajar" con espacios cerrados y personajes desquiciados (véase Mateo
solo), se ve en desmedro, porque los ecos de los escritores que lo han alimentado
sobresalen hasta acallarlas. En efecto, basta reparar, por ejemplo, en los nombres de los
personajes, que son excesivamente sonoros, para comprobar lo anterior, ya que, lejos de
darles vida propia, tales nombres se le convierten en máscaras pesadas: de esta manera,
Macaria Almario de los Ríos, no deja de recordarnos, así sea por simple asociación, al
Macario de Rulfo. Algo semejante ocurre con los nombres altisonantes e inverosímiles de
los demás personajes: Eduardo Ulchur, Alegría Abril, Floralba Luna, Tomasa Nieva,
Hipólita Dulce, Sael Paz, Eleásar Pianda, etc. Y no es que los nombres estridentes
constituyan un defecto en sí, sino que éstos deben adecuarse a la temática de la obra.
Pedro Páramo es un nombre afortunado en el contexto desolado de Comala. Pero en el
ambiente oscuro y perverso de Muertes de fiesta, semejantes nombres, más que
enfatizar una característica, la caricaturizan.
Otro eco excesivamente ostensible es el
que proviene de García Márquez: doña Clemencia de los Ángeles de Kreisberger, con sus
morrocotas de oro escondidas debajo de la cama, su orgulloso apellido y su estrafalaria
devoción por los santos y por la religión, se parece en extremo a Fernanda del Carpio.
No obstante, en la obra hay otros
instantes que demuestran gran asimilación y apropiación de las enseñanzas de los
maestros. Es el caso del contrapunteo entre la lista de los muertos que emite una radio de
los años cincuenta y el diálogo en clave del protagonista y su rival, en el capítulo
cinco. Aquí, aunque el lector evoque la conversación ridícula entre Rodolphe Boulanger
y Emma Bovary envuelta en un discurso politiquero, este recuerdo no opaca el episodio,
porque encuadra a la perfección en el momento en que se desarrolla. También está muy
bien expuesto el episodio carnavalesco y trágico de los entierros (capítulo 4).
Porque demuestra su preocupación por
resolver en una forma literaria totalizadora los problemas de su escritura, es loable, sin
duda, este intento del escritor colombiano por inmiscuir en su mundo al desastroso país
que lo rodea. Es llamativo, además, aun con ciertos altibajos, el ritmo vertiginoso de la
narración que acompaña a los cuatro días de pesadilla en que se desarrolla la historia.
Nos hubiera gustado, sin embargo, que al
final de la novela, cuando los tres personajes más inocentes (Eduardo, Alegría y Sael)
logran evadir el fuego de la mansión espantosa, también Rosero Diago hubiese salido de
su "selva oscura".
ANTONIO SILVERA ARENAS
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