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"El
infierno: ático, última puerta a la derecha"
Estragos de la lujuria (y sus
remedios)
Philip Potdevin
Seix Barral (Colombia), Biblioteca Breve, Santafé de Bogotá, 1996, 127 pág.
"Y como la literatura no era en
realidad una profesión, sino una vocación, los hombres de letras se convirtieron en
periodistas o en maestros, cuando no en ambas cosas. Muchos de ellos siguieron la carrera
de derecho en las universidades, pero pocos ejercieron después la profesión" 1. Parece ser que estas palabras de Pedro Henríquez Ureña pronunciadas en
los años 40 y 41 del presente siglo, a propósito de una división del trabajo que
comienza a presentarse en las sociedades de la América Hispánica terminando el siglo
XIX, aunque en circunstancias sociales muy diferentes, siguen teniendo validez en nuestros
días.
Nada más la lectura de la breve
información sobre Philip Potdevin, que aparece en su último libro, sorprende un poco.
Philip Potdevin es caleño; abogado de profesión -żejercerá?- docente de la Universidad
de los Andes; codirector, junto con Isaías Peña Gutiérrez, del Centro de Estudios Alejo
Carpentier, de Santafé de Bogotá; colaborador habitual en periódicos y revistas
literarias de Colombia; conferenciante invitado en universidades y ferias del libro; y,
además de todo esto, o tal vez precisamente por ello, escritor.
Afortunadamente, la carrera literaria de
Potdevin ha estado acompañada de varios premios literarios: en 1992 recibe el Premio
Nacional de Cuento Carlos Castro Saavedra; el Premio Germán Vargas al Cuentista Inédito;
el Premio del Cuento Erótico Corto Prensa Nueva; en 1995 publica Metatrón, novela
escrita como resultado de la beca de creación otorgada por Colcultura un año antes. Digo
afortunadamente puesto que, como se ha visto en los últimos tiempos, algunos premios
literarios que reciben en la actualidad escritores de diversas facturas han aumentado en
cantidad y calidad. Además de otorgar un dinero para que el ganador se dedique como un
verdadero profesional a su actividad de escritor por lo menos durante uno o dos años, se
garantiza la publicación de la obra. Esto conduce a que un premio literario marque no
sólo el comienzo de una carrera como escritor sino el camino hacia la legitimación en el
complicado medio cultural en donde se encuentra la literatura.
En algunos casos un premio marca el
comienzo pero también el final de una carrera literaria. Éste no es el caso de Philip
Potdevin, pues continúa publicando libros -y ya no como resultado de un premio-. En lo
que va corrido del año, además de dar a conocer un libro de poemas titulado Mesteres
de Circe, en mayo publicó un conjunto de relatos con el título Estragos de la
lujuria (y sus remedios).
En este libro, al igual que en su novela Metatrón,
el autor hace, a través de una instancia narrativa ficticia, algunas recomendaciones
preliminares a sus lectores. Con el título "El infierno: ático, última puerta a la
derecha", se describe un supuesto lugar de la Biblioteca Nacional "donde se
albergan todas las obras eróticas, pornográficas, libidinosas, vulgares y soeces" 2 al cual el lector, por decisión propia y consciente de los riesgos que
corre, puede entrar para consultar los textos que logre leer en cuatro horas, que es el
tiempo de lectura permitido por el director. El cuarto es conocido con el nombre de
"Infierno". A él sólo puede entrar una vez cada lector, o de lo contrario
"nadie saldría de allí" 3. En algunas ocasiones, y tal vez
por no cumplir a cabalidad con las normas del lugar, los lectores más audaces han
desaparecido. Lo que se quiere evitar con estas recomendaciones iniciales es precisamente
que el lector sucumba a los "estragos de la lujuria" y que sepa además que en
aquél Infierno es probable que encuentre los "remedios" de esa vieja y conocida
enfermedad.
De cierta manera, la introducción
(proemio) al libro en la que aparecen dichas advertencias es similar, en su función
estructural dentro del libro, a la que hiciera Giovanni Boccaccio hacia finales de la Edad
Media antes de cederles la voz a las siete damas y tres jóvenes para que iniciaran la
narración de esas historias que conforman El decamerón.
Giovanni Boccaccio expone en el proemio
las razones que lo motivaron a dedicar su libro a las "amables mujeres". Tal vez
la más importante de estas razones sea la de que las mujeres, a diferencia de los hombres
-que "tienen muchas maneras de distraerse o aliviar sus dolores (de amor); si quieren
nada les impide salir de casa, ver y oír muchas cosas, pajarear, pescar, cazar, cabalgar,
jugar o mercadear [...]" 4- no tienen forma de aminorar, o, por lo
menos, de consolar el "fogoso deseo" producto de sus pensamientos, puesto que
"[...] sometidas a la voluntad, los gustos y los mandatos de padres, madres, hermanos
y maridos, viven la mayoría del tiempo encerradas en el reducido círculo de sus
estancias, sentadas y casi ociosas, queriendo y no queriendo al mismo tiempo, [...]" 5.
Consciente del sufrimiento que puede
causar el amor, y "a fin de enmendar en parte las injusticias de la Fortuna, que fue
más avara en ayuda donde menos obligado era -en los hombres-" 6,
Boccaccio presenta un conjunto de historias para que las mujeres "enamoradas", a
través de su lectura atenta, puedan, por fin, recibir a la vez consuelo y placer.
De la misma manera, los lectores de Estragos
de la lujuria (y sus remedios), al entrar a ese cuarto de la Biblioteca Nacional, que
en este caso es alegóricamente el mismo libro que tienen entre sus manos, están
buscando, como aquellas mujeres víctimas de las "llamas del amor", los
"remedios" a los estragos que la lujuria puede producir. Y muy amablemente,
antes de entrar en dicho cuarto, una voz ficticia da la bienvenida: "Suerte, querido
lector. Espero que encuentre material suficiente para echar a volar su imaginación y
tener temas para desarrollar sus ideas impúdicas. Los estragos de la lujuria son
insondables. Siga, siga, puede que allá encuentre sus remedios" 7.
Cabe preguntar, entonces, si los quince
relatos que conforman el libro -que son, a su vez, los textos que lee en cuatro horas
quien decida entrar al cuarto- funcionan efectivamente como los remedios a la enfermedad
producida por los apetitos desbordados. Y cabe preguntar, también, si no es a cada lector
a quien corresponde dar una respuesta a partir de una buena lectura de los relatos.
En la "Coronación de los
bienaventurados", último episodio del libro, uno de los lectores que ya ha visitado
el cuarto y que, desde su experiencia, cuenta lo que allí le ocurrió, da una respuesta
parcial a esta cuestión. Comienza diciendo que, a diferencia de otros lectores, el motivo
de su visita no fue exclusivamente el de leer, sino que entró al recinto con el
propósito de explorar. Debido a esta particular actitud, este lector descubrió una
puerta secreta que se encontraba tras los estantes de los libros que consultó. La puerta
lo condujo, como él mismo lo dice, "a una fresca pradera salpicada aquí y allá de
umbrosos bosques, enmarcada por unas colinas con laureles y regada por corrientes frescas
y cristalinas" 8. En este nuevo lugar encontró "la flor de la
vida, donde adiviné -dice- que no morían ni el día ni los placeres, donde no se agosta
la hierba y donde florece todo el año una fragancia ambrosíaca de primavera. [...]"
9. Y más adelante agrega, entusiasmado, que, al mezclarse en los goces y
en el disfrute que le proporcionaban las ninfas que habitaban el lugar, animó "todos
los sentimientos que no lograron alborotar las lecturas libidinosas" que había hecho
minutos antes.
En otras palabras, para este lector el
"Paraíso real" que se le presentaba ahora y que hacía exaltar todos sus
sentidos, se oponía a este cuarto llamado "Infierno", en el que todo parecía
ser simplemente un producto de la lectura y, por lo tanto, "una entelequia".
Pero todo esto fue simplemente un engaño -tal vez preparado por el director del recinto
de la Biblioteca-, puesto que, en el momento mismo del goce con una de las ninfas, ésta
soltó una "carcajada de éxtasis" mostrando "una boca desdentada".
El "Paraíso" al cual creyó
entrar el querido lector, y que era el último eslabón de todo un proceso de
"Iluminación" a través del goce que había iniciado en el cuarto de lectura,
terminó siendo un castigo por haber violado las normas elementales que le fueron
comunicadas desde el comienzo. Ahora no le queda más remedio que esperar a que otro
"lector ingenuo" cometa su mismo error.
DAVID LEONARDO ESPITIA
ORTIZ
1 Pedro Henríquez
Ureña, Las corrientes literarias en la América Hispánica, Santafé de Bogotá,
Fondo de Cultura Económica (Colombia), 1994, pág. 165.
2 Philip Potdevin, Estragos
de la lujuria (y sus remedios), Santafé de Bogotá, Seix Barral (Colombia),
Biblioteca Breve, 1996, pág. 13.
3 Op. cit., pág.
12.
4 Giovanni Boccaccio, El
decamerón, Madrid, Alianza Editorial, 1987, pág. 13.
5 Ibídem.
6 Ibídem.
7 Philip Potdevin, op.
cit., pág. 14.
8 Op. cit., pág.
122.
9 Op. cit., pág.
124.
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