Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 42. Volumen XXXIII - 1996- editado en 1997
 

Homogeneizadora Fotográfica Latinoamericana S. A.


Fotografía latinoamericana 3
Asfoto, Publicaciones Cultural, Santafé de Bogotá, 1995, 175 pág., ilus.


Un jurado compuesto por la pintora Maripaz Jaramillo, los curadores Noris Lazzarini y Eduardo Serrano, el publicista Claudio Arango y los fotógrafos Germán Téllez, Paolo Gasparini y Antonio Romo fue el encargado de juzgar el tercer concurso fotográfico de Asfoto. Concurrieron 258 obras de fotógrafos aficionados y 734 de fotógrafos profesionales de distintos países de la región, entre las cuales eligieron 238, que aparecen en el libro, y premiaron 20 con la estatuilla Atenea Fotográfica.

Las estadísticas muestran la magnitud del esfuerzo de los organizadores, que desde 1993 realizan este concurso que pretende recoger el estado del arte fotográfico en varios países latinoamericanos. Extraña la ausencia de representantes de México y Argentina, donde la fotografía contemporánea ha alcanzado niveles artísticos de renombre internacional. Al mismo tiempo, sorprende la amplia representación venezolana, tanto por su calidad como por la relativa similitud de sus propuestas, hasta el punto de que podría hablarse de una escuela venezolana.

Obras como las premiadas de Nelson Garrido y Jesús Ignacio Marín, así como la de Mauricio Donelli, comparten intereses "pictorialistas" y están evidentemente influenciadas por Joel-Peter Witkin. Recurren a la construcción escenográfica y a la representación de lo ominoso, con la diferencia de que guardan un gran respeto al negativo y a los procesos técnicos, mientras que Witkin emprende un verdadero combate feroz con los mismos, con el resultado de una imagen en que la delicadeza y los medios tonos alegan con las manchas, los rayones y toda clase de intervenciones, que agregan una rara y perturbadora pátina emotiva a la fotografía.

Las obras de estos fotógrafos venezolanos son una versión light del espanto que Witkin elabora sin compasión con el espectador. La iluminación rosa y violeta presente en piezas como La crucifixión de Santa Liberata de Garrido, así como las aureolas de neón, los pulidos y sensuales desnudos, sin duda le restan fuerza a lo ominoso que se pretende mostrar. Igual sucede con los colores sepias que entonan los gráciles cuerpos de Las tres gracias y Divina creación de Jesús Marín: los dulces matices merman los atributos de perturbación y extraño onirismo que por momentos poseen las imágenes.

Con todo, estas fotografías, junto a otras de Vassil Anastosov y Gilma Suárez incluidas en la sección "arte", que están entre las más destacadas del libro, introducen al espectador en ámbitos desconocidos, aluden a oscuras ceremonias con resonancias religiosas y a relaciones inesperadas entre los elementos presentes en la imagen. Cumplen con una doble tarea: crear y hacer visible. La gramática utilizada merece una interrogación profunda por parte de sus autores, demasiado satisfechos con la suavización y cierta ligereza vana.

En los capítulos dedicados a "bodegones y naturaleza muerta" y "retratos" sobresalen de nuevo los participantes venezolanos. En el primer caso, Nelson Garrido se ocupa de cadáveres de animales en los que parece querer desentrañar lo indescifrable. Al final de la publicación se encuentra una selección de obras premiadas en distintos certámenes regionales. Resultan sobresalientes la serie de Mauricio Donelli Retratos instantáneos, premiada en Venezuela, como homenaje a distintos músicos latinoamericanos, así como la excelente secuencia de autorretratos de Eugenia Isabel Castaño, galardonada en la Segunda Bienal de la Joven Fotografía en Colombia, que ofrece una confrontación personal con la identidad y la imagen.

El libro, como los anteriores de la serie, abunda en lugares comunes y en la reiteración de dos estéticas: la de club fotográfico y la de fotógrafos profesionales que practican el canon de vanguardia en la fotografía internacional. En las distintas secciones hay demasiadas fotos ya vistas y agotadas: ancianos arrugados, oficios callejeros, transeúntes de toda clase y condición, desnudos poco imaginativos que se colaron en el cedazo del jurado, así como los infalibles paisajes de postal y los atardeceres rojos, los bodegones exquisitos. En materia publicitaria y de modas se podría afirmar que las fotos carecen de autor o que todas parecen tomadas por el mismo. Esta tendencia a la homogeneización unida a un gran dominio técnico de los efectos especiales, de nuevo, resulta desalentadora porque fija el interés artístico primordialmente en los artificios y en la imitación.

En cambio, hay varios paisajes espléndidos concedidos por la naturaleza a algunos fotógrafos atentos, que no ceden a la tentación de otro ocaso rojizo a contraluz: Sin título de David Pinzón y Después de las lluvias de Alexander Hirtz destacan aspectos inéditos donde el color y las formas abstractas desempeñan un papel principal. Entre tantas fotos que repiten lo mismo y muestran de manera reiterada lo ya visto, de nuevo sobresalen, como en los libros anteriores, varias obras de aficionados que superan en muchos casos a las de los profesionales.

Tal vez al no tener un compromiso con el mercado fotográfico, algunos logran dar rienda suelta a la expresión personal de una manera más imaginativa, así se trate sólo de un golpe de suerte. Justamente la foto titulada Otro punto de vista de María Cristina Patiño se utilizó para la cubierta. Parece que existe un factor común en los participantes aficionados elegidos: son de Medellín. Entre ellos cabe mencionar a Carlos H. Arango (Sin título), Juan Carlos León (Entrada a finca) y a Enrique Aguirre con Hotel de la esperanza, conmovedora secuencia de una habitación de hotel de mala muerte.

SANTIAGO LONDOÑO VÉLEZ