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Homogeneizadora Fotográfica Latinoamericana S. A.
Fotografía latinoamericana 3
Asfoto, Publicaciones Cultural, Santafé de Bogotá, 1995, 175 pág., ilus.
Un jurado compuesto por la pintora
Maripaz Jaramillo, los curadores Noris Lazzarini y Eduardo Serrano, el publicista Claudio
Arango y los fotógrafos Germán Téllez, Paolo Gasparini y Antonio Romo fue el encargado
de juzgar el tercer concurso fotográfico de Asfoto. Concurrieron 258 obras de fotógrafos
aficionados y 734 de fotógrafos profesionales de distintos países de la región, entre
las cuales eligieron 238, que aparecen en el libro, y premiaron 20 con la estatuilla
Atenea Fotográfica.
Las estadísticas muestran la magnitud
del esfuerzo de los organizadores, que desde 1993 realizan este concurso que pretende
recoger el estado del arte fotográfico en varios países latinoamericanos. Extraña la
ausencia de representantes de México y Argentina, donde la fotografía contemporánea ha
alcanzado niveles artísticos de renombre internacional. Al mismo tiempo, sorprende la
amplia representación venezolana, tanto por su calidad como por la relativa similitud de
sus propuestas, hasta el punto de que podría hablarse de una escuela venezolana.
Obras como las premiadas de Nelson
Garrido y Jesús Ignacio Marín, así como la de Mauricio Donelli, comparten intereses
"pictorialistas" y están evidentemente influenciadas por Joel-Peter Witkin.
Recurren a la construcción escenográfica y a la representación de lo ominoso, con la
diferencia de que guardan un gran respeto al negativo y a los procesos técnicos, mientras
que Witkin emprende un verdadero combate feroz con los mismos, con el resultado de una
imagen en que la delicadeza y los medios tonos alegan con las manchas, los rayones y toda
clase de intervenciones, que agregan una rara y perturbadora pátina emotiva a la
fotografía.
Las obras de estos fotógrafos
venezolanos son una versión light del espanto que Witkin elabora sin compasión
con el espectador. La iluminación rosa y violeta presente en piezas como La
crucifixión de
Santa Liberata de Garrido, así como las aureolas de neón, los
pulidos y sensuales desnudos, sin duda le restan fuerza a lo ominoso que se pretende
mostrar. Igual sucede con los colores sepias que entonan los gráciles cuerpos de Las
tres gracias y Divina creación de Jesús Marín: los dulces matices merman los
atributos de perturbación y extraño onirismo que por momentos poseen las imágenes.
Con todo, estas fotografías, junto a
otras de Vassil Anastosov y Gilma Suárez incluidas en la sección "arte", que
están entre las más destacadas del libro, introducen al espectador en ámbitos
desconocidos, aluden a oscuras ceremonias con resonancias religiosas y a relaciones
inesperadas entre los elementos presentes en la imagen. Cumplen con una doble tarea: crear
y hacer visible. La gramática utilizada merece una interrogación profunda por parte de
sus autores, demasiado satisfechos con la suavización y cierta ligereza vana.
En los capítulos dedicados a
"bodegones y naturaleza muerta" y "retratos" sobresalen de nuevo los
participantes venezolanos. En el primer caso, Nelson Garrido se ocupa de cadáveres de
animales en los que parece querer desentrañar lo indescifrable. Al final de la
publicación se encuentra una selección de obras premiadas en distintos certámenes
regionales. Resultan sobresalientes la serie de Mauricio Donelli Retratos instantáneos,
premiada en Venezuela, como homenaje a distintos músicos latinoamericanos, así como la
excelente secuencia de autorretratos de Eugenia Isabel Castaño, galardonada en la Segunda
Bienal de la Joven Fotografía en Colombia, que ofrece una confrontación personal con la
identidad y la imagen.
El libro, como los anteriores de la
serie, abunda en lugares comunes y en la reiteración de dos estéticas: la de club
fotográfico y la de fotógrafos profesionales que practican el canon de vanguardia en la
fotografía internacional. En las distintas secciones hay demasiadas fotos ya vistas y
agotadas: ancianos arrugados, oficios callejeros, transeúntes de toda clase y condición,
desnudos poco imaginativos que se colaron en el cedazo del jurado, así como los
infalibles paisajes de postal y los atardeceres rojos, los bodegones exquisitos. En
materia publicitaria y de modas se podría afirmar que las fotos carecen de autor o que
todas parecen tomadas por el mismo. Esta tendencia a la homogeneización unida a un gran
dominio técnico de los efectos especiales, de nuevo, resulta desalentadora porque fija el
interés artístico primordialmente en los artificios y en la imitación.
En cambio, hay varios paisajes
espléndidos concedidos por la naturaleza a algunos fotógrafos atentos, que no ceden a la
tentación de otro ocaso rojizo a contraluz: Sin título de David Pinzón y Después
de las lluvias de Alexander Hirtz destacan aspectos inéditos donde el color y las
formas abstractas desempeñan un papel principal. Entre tantas fotos que repiten lo mismo
y muestran de manera reiterada lo ya visto, de nuevo sobresalen, como en los libros
anteriores, varias obras de aficionados que superan en muchos casos a las de los
profesionales.
Tal vez al no tener un compromiso con el
mercado fotográfico, algunos logran dar rienda suelta a la expresión personal de una
manera más imaginativa, así se trate sólo de un golpe de suerte. Justamente la foto
titulada Otro punto de vista de María Cristina Patiño se utilizó para la
cubierta. Parece que existe un factor común en los participantes aficionados elegidos:
son de Medellín. Entre ellos cabe mencionar a Carlos H. Arango (Sin título), Juan
Carlos León (Entrada a finca) y a Enrique Aguirre con Hotel de la esperanza,
conmovedora secuencia de una habitación de hotel de mala muerte.
SANTIAGO LONDOÑO VÉLEZ
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