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Discurso sobre retórica en la economía
El manejo grácil del lenguaje ha sido
siempre, y lo sigue siendo, requisito de todas las profesiones. No sólo porque la
comunicación de las burocracias modernas es escrita, para dejar trazas de la conducta de
los funcionarios y establecer sus responsabilidades, sino porque la comunicación de las
ideas, de las teorías, de las técnicas, de las organizaciones, de los actos y funciones
y de los informes debe hacerse por escrito. Ese escrito debe ser diáfano, que no deje
lugar a ambigüedades y errores, sucinto y aun atractivo, para facilitar la lectura, e
incluso, para seducir al lector.
Es frecuente el alto funcionario
político que no puede preparar sus propias intervenciones públicas habladas o escritas y
tiene que depender del escribidor y buen profesional que le haga el trabajo tanto de
contenido como de forma de lo que va a expresar, lo que sólo prueba que la capacidad
profesional no es garantía de éxito en el mundo de la política. Lo mismo no es tan
cierto en el mundo de los negocios privados. Lo ideal en ambos casos es un profesional que
piense claramente, que tenga una gran capacidad de absorber conocimiento e información y
que pueda acompañar el cambio tecnológico y científico.
Cuanto más elevada la posición
profesional o científica en el mundo académico, más necesario es el manejo preciso del
lenguaje y más complejo es éste, porque se trata de desarrollar las ciencias y de
comunicar unos resultados de esos avances y discusiones a la comunidad de especialistas y
a la sociedad en general. En forma similar, en el mundo de los negocios corporativos, es
requerimiento del personal más alto escribir bien, porque tiene que relacionarse con sus
accionistas, los medios, un número grande y diverso de subordinados y entre este personal
y la dirección.
En la enseñanza de las profesiones se
introduce desde temprano la dicotomía entre el lenguaje de la profesión y el lenguaje en
general. La tendencia hacia la especialización y hacia escribir exclusivamente para la
comunidad de iniciados, lleva al sacrificio del lenguaje inteligible aun para las personas
cultas y sólo los preocupados por dar a conocer a un público más amplio el estado de la
profesión, de la técnica o de la ciencia se imponen la difícil tarea de manejar con
buena lógica (gramática) y buen estilo el lenguaje general. En nuestro país, los
profesionales tienden a hablar mediocremente el lenguaje base de su actividad pero hablan
y escriben definitivamente mal el castellano. Se pueden comunicar mal que bien entre sí,
pero definitivamente no con el resto de la sociedad.
La estrecha actitud en Colombia de
promover la especialización desde el comienzo de las carreras deja por fuera los cursos
de español y de literatura que deben ser un incentivo al conocimiento y hacia la
absorción de cultura y de sus cambios; en esencia, de formar buenos lectores y escritores
acometidos por la curiosidad. Pero el problema no se arregla con un par de cursos, sino
con un sistema que permita las multidisciplinas y que exija en todos los cursos cargas
intensas de lectura y escritura. La enseñanza de otros idiomas en sus aspectos literarios
y gramaticales permite profundizar en las peculiaridades del lenguaje nacional, y por eso
es otro elemento que complementa su buen uso. Aquí vuelve a cobrar importancia aprender
el idioma en el cual se están dando los avances de la profesión, que en el caso de
economía es el inglés. Ello sería, además, un paso en la dirección de escapar del
fácil parroquialismo que nos envuelve. Se trata de mantener el contacto con los
movimientos de la ciencia a través de sus revistas y aplicaciones, sin tener que esperar
a su traducción que toma muchos años y que deja por fuera la gran mayoría de lo
producido internacionalmente.
Pareciera que estamos educando para
saturar los mercados de trabajo y no para que los ciudadanos tengan acceso a la buena vida
que puede alcanzarse con la educación, en el sentido filosófico del término: que
disfruten de las letras, de las artes y que absorban los cambios culturales y sociales,
incluyendo los cambios en su propia profesión. Si ése fuera nuestro ideal y se
cumpliera, sería también un mejor profesional con autodisciplina para continuar
estudiando toda su vida. Tenemos, por el contrario, un sistema que no produce
profesionales cultos, sino personas formadas por una sola vez, o sea que tienen memorizado
por unos cuantos años un conocimiento que ya estaba petrificado cuando fue impartido.
Muchos de ellos no tienen capacidad de aprehender los cambios en las ciencias y de los que
diariamente ocurren en sus profesiones porque simplemente no tienen la disciplina de
lectura compleja. No vuelven a leer un libro porque supuestamente se quemaron las
pestañas cuando estaban en la universidad.
Entre la misma comunidad de profesionales
o científicos tienden a perpetuarse barbarismos gramaticales, anglicismos u otros ismos,
pues no consideran necesario conocer y guiarse por las reglas básicas del lenguaje y en
las que no se premia la claridad de expresión sino la dificultad que encuentre el lector
para interpretar el texto. Tales desviaciones y ausencia de claridad conducen a reducir el
rendimiento de la comunicación de la investigación y, por tanto, frenan el desarrollo
del conocimiento. Sin embargo, es casi un axioma que la claridad conceptual se traduce en
claridad de la expresión y que los mejores científicos y profesionales escriben con buen
estilo para defender mejor sus posiciones y ganar un mayor numero de adeptos para ellas.
En economía, Keynes desarrolló una
brillante retórica y un estilo muy atractivo, y en su vida privada cultivó la compañía
de escritores, dramaturgos y psicoanalistas, de los cuales aprendió mucho, según su
propio reconocimiento. Paul Krugman, quien es hoy en día uno de los más brillantes
matemáticos de la teoría del comercio internacional, escribe ensayos que sólo entienden
los duchos en teoría de juegos y en procesos estocásticos, pero también libros para un
público más amplio, a favor de políticas liberales que contribuyen así a frenar las
tendencias chovinistas y antiinmigratorias que pululan en los Estados Unidos; lo hace,
además, con un estilo brillante y exacto. Frecuentemente se encuentra la fusión de la
filosofía, de la economía, de la ciencia política, de la arquitectura y de otras
profesiones con el periodismo, cada cual informando al gran público de sus labores y
hallazgos, haciéndolo con gracia y contribuyendo así a la educación de masas.
En el Banco de la República tenemos el
problema de muchos excelentes economistas que escriben trabajos muy especializados, que
pueden ser comunicados a los círculos académicos anglosajones y a los de la banca
central en América Latina, pero que son desconocidos en la sociedad colombiana, por no
haber un suficiente número de ellos que le inviertan tiempo a "traducir" para
el público de estudiantes y aun economistas egresados de nuestro sistema universitario
los hallazgos que hacen. Se encuentran con demasiada frecuencia anglicismos, porque han
trabajado mucho en inglés y no existe la preocupación por el logro de una comunicación
clara y atractiva en español.
Yo soy de la idea que el economista tiene
una responsabilidad social y debe informar al mayor número de personas de lo que sucede
en su campo y de educarlas en lo posible. Por eso he escrito con entusiasmo un texto de
bachillerato de historia económica y hasta participé indirectamente en una serie de
textos escolares sobre español y literatura. Por eso también valoro mucho más lo que
escribe un profesor y que pueda ser reproducido para miles de estudiantes que el número
de clases que dé.
Un autor norteamericano, Donald
McCloskey, ha argumentado en su libro La retórica de la economía (Alianza
Editorial, 1985) que la economía puede aprender mucho de la lingüística y de la
crítica literaria como disciplinas, por su habilidad de desentrañar las formas y los
contenidos de la literatura, pero que ha preferido orientarse por la física newtoniana,
en la forma de ecuaciones matemáticas y métodos estadísticos. Los economistas escriben
ecuaciones y hacen complejas pruebas econométricas que tienden a sustentar sus
prejuicios, lo cual hace muy largas y dogmáticas las discusiones. Han adquirido así un
lenguaje más matemático-formal que literario. La retórica no es nada peyorativo -no
quiere decir discurso hueco- sino, por el contrario, es la forma de argumentación que se
aplica en la mayor parte de las ciencias, en las profesiones y en la propia literatura.
McCloskey afirma que la argumentación literaria puede ser una fortaleza en la economía y
que el aparente modernismo del lenguaje matemático frecuentemente nubla la propia
argumentación teórica.
En ese orden de ideas, una mayor y más
clara argumentación literaria mejora la prosa económica, mejora la comunicación entre
los economistas y aumenta el número de personas que la puede entender. En la misma
dirección, la retórica mejorará la enseñanza de la economía al poder transmitir la
complejidad de las ideas en forma más clara y secuencial. Más aún, la retórica clara
contribuirá a mejorar las relaciones de la economía con el resto de las ciencias
sociales y con otras disciplinas, con claros beneficios en todas las direcciones para el
desarrollo de las ciencias. La retórica, en sí misma, según McCloskey, mejora el
razonamiento económico, sobre todo por el carácter crítico que permite, al mostrar como
se van desplegando los argumentos, su interrelación, su necesidad y conclusiones. Una
última ventaja de la retórica que enuncia McCloskey es que mejoraría el carácter de
los economistas, puesto que serían menos dogmáticos, más abiertos, y discutirían sus
trabajos en términos de una retórica más aceptada por cada cual, que fuera más
literaria que matemática o estadística; podrían, además, discutir con colegas de otras
disciplinas y con el público en general, lo cual los haría menos neuróticos.
Lo que les hago aquí entonces es una
invitación a adentrarse en una aventura con la economía y su lenguaje peculiar, pero
junto con el lenguaje del español, para que logren expresarse mejor, para que puedan
recorrer un más extenso terreno cultural y profesional y para que luchen contra la
especialización temprana de nuestro sistema de educación superior y evitar así que los
conduzca a saber poco, a expresarlo en forma deficiente y hacerles muy difícil el poder
renovarlo.
Universidad del Rosario,
mayo de 1996
De la literatura a la economía
Adenda a Discurso sobre la retórica
en la economía
He estado leyendo a un escritor
norteamericano, Raymond Carver, quien es de origen humilde y autodidacto en gran parte,
aunque en cierto momento recibió una educación formal que le ayudó mucho. Me identifico
con él porque es muy sintético y contundente. Él dice que no se podía concentrar ni en
la lectura extensa ni en la escritura a gran escala; así que se dedicó al cuento corto y
a la poesía. Yo creo, junto con él, que el público que uno pueda tener -no sólo los
economistas sino también la opinión en general- está muy ocupado y que es necesario ser
corto e ir al grano. Otro economista que estará de acuerdo conmigo es Miguel Urrutia, al
acusarse de escribir demasiado corto, en un país que tiene una tradición oratoria y
escrita en sentido contrario. En esta breve adenda cito del ensayo de Carver Escribir, contenido
en el libro La vida de mi padre. Cinco ensayos
y una meditación (Editorial
Norma, 1996).
Más allá de la expresión corta hay
algo que rescata Carver de Ezra Pound, otro escritor norteamericano, quien afirma:
"La exactitud fundamental del aserto es la única moralidad de
escribirlo". La exactitud implica buscar no sólo la palabra precisa -cuestión que
depende de la riqueza del lenguaje, que surge de leer mucho, combinada con un buen
diccionario- sino de asombrar al lector, despertar su curiosidad y presentar la frase con
claridad, sin posibilidad de ambigüedad. Para escribir bien hay que entender lo que se
está diciendo, y hay economistas que escriben enredado para ocultar su falta de claridad
o simplemente reflejándola. Debe existir también la actitud de hacerse entender, cuando
se trate de comunicar con un público más amplio, de traducir a un lenguaje sencillo,
pero a la vez preciso, lo que dice nuestra enredada disciplina. Uno de los atributos que
le encontraba el economista Thomas Sargent al laureado por el Nobel de 1996 Robert Lucas
era que "escribía bien, con claridad", a pesar de la complejidad matemática
que había desarrollado para presentar sus modelos de expectativas racionales, aunque el
propio Lucas no se ha preocupado mucho por sobrepasar la comunidad de especialistas.
Otro consejo de Carver al escritor es el
de "nada de trucos". Ni demasiado ingenio ni tampoco clisés, o sea frases muy
usadas y presuntamente sobreentendidas, o sea nada de que "el palo no está para
cucharas", o se acercó a la meta con "nadadito de perro", etc., como lo
hacen nuestros columnistas favoritos. Es más fácil inventar que trajinar con lo
reentendido que por su propia razón puede resultar ambiguo. No tratar de descrestar al
lector con la superioridad del escritor ni con el lenguaje especializado de la profesión.
Lenguaje directo, franco, sin artimañas, tratar de descubrir lo que está cubierto,
agregaría yo para el economista o cualquier profesional de las ciencias sociales.
Tratar de imitar a otro escritor implica
estar cerca del fracaso, porque el autor debe forjarse a sí mismo, luchando por el
lenguaje exacto, lo que no quiere decir con palabras raras. El economista debe escribir el
lenguaje de su profesión, de nuevo con exactitud, pero también el simple que le pueda
entender un público más amplio. Carver lo expresa mejor: "Es posible, en un poema o
en un cuento, escribir sobre cosas y objetos comunes y corrientes usando un lenguaje
común y corriente pero preciso, e impartirles a esas cosas -una silla, una cortina, un
tenedor, una piedra, un arete de mujer- un poder inmenso, incluso perturbador. Es posible
escribir un diálogo aparentemente inocuo y producir un escalofrío en la espina dorsal
del lector..."
No es sólo la precisión de la palabra
lo que hay que buscar sino también la buena sintaxis, como lo dice Isaac Babel:
"Ningún hierro puede penetrar el corazón con tanta fuerza como un punto colocado en
el sitio preciso". En Colombia tenemos una tradición de muy buenos filólogos que
dominaron la política entre los finales del siglo XIX y los primeros 20 años de este
siglo, según Malcom Deas. Después fueron desplazados por los abogados, más
recientemente por los economistas y ahora se perfilan los matemáticos y los físicos. Esa
tradición se ha perdido mucho, desafortunadamente. Hay que absorberla y conocer la
gramática castellana en acción. Eso fue lo que hizo alguna gente del Moir durante los
años setenta, pero no sirvió mucho para darle claridad a su mensaje político, que era
bastante ladrilludo. Pero ese es otro problema, pues la intención es válida. Una de las
fallas de los economistas con formación anglosajona -yo me incluyo entre ellos, aunque ya
menos- es que no estudiaron la gramática y la literatura castellanas y entonces llenan
sus escritos de anglicismos y construcciones gramaticales inglesas, sin llegar a tener
conciencia de que están enredando el lenguaje y perdiendo claridad frente a sus lectores.
Una última observación de Carver que me
parece pertinente: el escribir es una disciplina dura y hay que invertirle todo el tiempo
del mundo. No hay excusa por haber publicado algo sin haberlo trabajado lo suficiente y
que tiene deficiencias que las conoce el autor. Es peor aún si no tiene conciencia de
ellas. Carver, siguiendo a Evan Connell, dice: "Un buen escritor sabía que había
concluido un cuento cuando se descubría repasándolo y quitándole comas y luego
volviendo a recorrerlo y poniéndole comas en los mismos lugares [...] respeto ese tipo de
cuidado con lo que se está haciendo. Es todo cuanto tenemos finalmente, las palabras, y
es mejor que sean las apropiadas, con la puntuación en los lugares correctos, para que
puedan decir lo mejor que están destinadas a decir". En otro ensayo sobre la
reescritura, Carver defiende su posición de cambiar sus cuentos y poemas en sus
diferentes reediciones, como diciendo que el proceso de perfeccionamiento de la obra no
tiene fin.
Esta adenda ha querido extender el
mensaje de escribir no sólo para la profesión sino para el publico y hacerlo corto,
preciso, sobre todo con honestidad, a veces con brujería, produciendo asombro, con buena
sintaxis y trabajando el escrito hasta cuando diga lo que uno quiso que dijera, que bien
puede ser nunca.
Universidad de Cartagena,
febrero de 1997
SALOMÓN KALMANOVITZ
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