Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 42. Volumen XXXIII - 1996- editado en 1997
 

Discurso sobre retórica en la economía

 

El manejo grácil del lenguaje ha sido siempre, y lo sigue siendo, requisito de todas las profesiones. No sólo porque la comunicación de las burocracias modernas es escrita, para dejar trazas de la conducta de los funcionarios y establecer sus responsabilidades, sino porque la comunicación de las ideas, de las teorías, de las técnicas, de las organizaciones, de los actos y funciones y de los informes debe hacerse por escrito. Ese escrito debe ser diáfano, que no deje lugar a ambigüedades y errores, sucinto y aun atractivo, para facilitar la lectura, e incluso, para seducir al lector.

Es frecuente el alto funcionario político que no puede preparar sus propias intervenciones públicas habladas o escritas y tiene que depender del escribidor y buen profesional que le haga el trabajo tanto de contenido como de forma de lo que va a expresar, lo que sólo prueba que la capacidad profesional no es garantía de éxito en el mundo de la política. Lo mismo no es tan cierto en el mundo de los negocios privados. Lo ideal en ambos casos es un profesional que piense claramente, que tenga una gran capacidad de absorber conocimiento e información y que pueda acompañar el cambio tecnológico y científico.

Cuanto más elevada la posición profesional o científica en el mundo académico, más necesario es el manejo preciso del lenguaje y más complejo es éste, porque se trata de desarrollar las ciencias y de comunicar unos resultados de esos avances y discusiones a la comunidad de especialistas y a la sociedad en general. En forma similar, en el mundo de los negocios corporativos, es requerimiento del personal más alto escribir bien, porque tiene que relacionarse con sus accionistas, los medios, un número grande y diverso de subordinados y entre este personal y la dirección.

En la enseñanza de las profesiones se introduce desde temprano la dicotomía entre el lenguaje de la profesión y el lenguaje en general. La tendencia hacia la especialización y hacia escribir exclusivamente para la comunidad de iniciados, lleva al sacrificio del lenguaje inteligible aun para las personas cultas y sólo los preocupados por dar a conocer a un público más amplio el estado de la profesión, de la técnica o de la ciencia se imponen la difícil tarea de manejar con buena lógica (gramática) y buen estilo el lenguaje general. En nuestro país, los profesionales tienden a hablar mediocremente el lenguaje base de su actividad pero hablan y escriben definitivamente mal el castellano. Se pueden comunicar mal que bien entre sí, pero definitivamente no con el resto de la sociedad.

La estrecha actitud en Colombia de promover la especialización desde el comienzo de las carreras deja por fuera los cursos de español y de literatura que deben ser un incentivo al conocimiento y hacia la absorción de cultura y de sus cambios; en esencia, de formar buenos lectores y escritores acometidos por la curiosidad. Pero el problema no se arregla con un par de cursos, sino con un sistema que permita las multidisciplinas y que exija en todos los cursos cargas intensas de lectura y escritura. La enseñanza de otros idiomas en sus aspectos literarios y gramaticales permite profundizar en las peculiaridades del lenguaje nacional, y por eso es otro elemento que complementa su buen uso. Aquí vuelve a cobrar importancia aprender el idioma en el cual se están dando los avances de la profesión, que en el caso de economía es el inglés. Ello sería, además, un paso en la dirección de escapar del fácil parroquialismo que nos envuelve. Se trata de mantener el contacto con los movimientos de la ciencia a través de sus revistas y aplicaciones, sin tener que esperar a su traducción que toma muchos años y que deja por fuera la gran mayoría de lo producido internacionalmente.

Pareciera que estamos educando para saturar los mercados de trabajo y no para que los ciudadanos tengan acceso a la buena vida que puede alcanzarse con la educación, en el sentido filosófico del término: que disfruten de las letras, de las artes y que absorban los cambios culturales y sociales, incluyendo los cambios en su propia profesión. Si ése fuera nuestro ideal y se cumpliera, sería también un mejor profesional con autodisciplina para continuar estudiando toda su vida. Tenemos, por el contrario, un sistema que no produce profesionales cultos, sino personas formadas por una sola vez, o sea que tienen memorizado por unos cuantos años un conocimiento que ya estaba petrificado cuando fue impartido. Muchos de ellos no tienen capacidad de aprehender los cambios en las ciencias y de los que diariamente ocurren en sus profesiones porque simplemente no tienen la disciplina de lectura compleja. No vuelven a leer un libro porque supuestamente se quemaron las pestañas cuando estaban en la universidad.

Entre la misma comunidad de profesionales o científicos tienden a perpetuarse barbarismos gramaticales, anglicismos u otros ismos, pues no consideran necesario conocer y guiarse por las reglas básicas del lenguaje y en las que no se premia la claridad de expresión sino la dificultad que encuentre el lector para interpretar el texto. Tales desviaciones y ausencia de claridad conducen a reducir el rendimiento de la comunicación de la investigación y, por tanto, frenan el desarrollo del conocimiento. Sin embargo, es casi un axioma que la claridad conceptual se traduce en claridad de la expresión y que los mejores científicos y profesionales escriben con buen estilo para defender mejor sus posiciones y ganar un mayor numero de adeptos para ellas.

En economía, Keynes desarrolló una brillante retórica y un estilo muy atractivo, y en su vida privada cultivó la compañía de escritores, dramaturgos y psicoanalistas, de los cuales aprendió mucho, según su propio reconocimiento. Paul Krugman, quien es hoy en día uno de los más brillantes matemáticos de la teoría del comercio internacional, escribe ensayos que sólo entienden los duchos en teoría de juegos y en procesos estocásticos, pero también libros para un público más amplio, a favor de políticas liberales que contribuyen así a frenar las tendencias chovinistas y antiinmigratorias que pululan en los Estados Unidos; lo hace, además, con un estilo brillante y exacto. Frecuentemente se encuentra la fusión de la filosofía, de la economía, de la ciencia política, de la arquitectura y de otras profesiones con el periodismo, cada cual informando al gran público de sus labores y hallazgos, haciéndolo con gracia y contribuyendo así a la educación de masas.

En el Banco de la República tenemos el problema de muchos excelentes economistas que escriben trabajos muy especializados, que pueden ser comunicados a los círculos académicos anglosajones y a los de la banca central en América Latina, pero que son desconocidos en la sociedad colombiana, por no haber un suficiente número de ellos que le inviertan tiempo a "traducir" para el público de estudiantes y aun economistas egresados de nuestro sistema universitario los hallazgos que hacen. Se encuentran con demasiada frecuencia anglicismos, porque han trabajado mucho en inglés y no existe la preocupación por el logro de una comunicación clara y atractiva en español.

Yo soy de la idea que el economista tiene una responsabilidad social y debe informar al mayor número de personas de lo que sucede en su campo y de educarlas en lo posible. Por eso he escrito con entusiasmo un texto de bachillerato de historia económica y hasta participé indirectamente en una serie de textos escolares sobre español y literatura. Por eso también valoro mucho más lo que escribe un profesor y que pueda ser reproducido para miles de estudiantes que el número de clases que dé.

Un autor norteamericano, Donald McCloskey, ha argumentado en su libro La retórica de la economía (Alianza Editorial, 1985) que la economía puede aprender mucho de la lingüística y de la crítica literaria como disciplinas, por su habilidad de desentrañar las formas y los contenidos de la literatura, pero que ha preferido orientarse por la física newtoniana, en la forma de ecuaciones matemáticas y métodos estadísticos. Los economistas escriben ecuaciones y hacen complejas pruebas econométricas que tienden a sustentar sus prejuicios, lo cual hace muy largas y dogmáticas las discusiones. Han adquirido así un lenguaje más matemático-formal que literario. La retórica no es nada peyorativo -no quiere decir discurso hueco- sino, por el contrario, es la forma de argumentación que se aplica en la mayor parte de las ciencias, en las profesiones y en la propia literatura. McCloskey afirma que la argumentación literaria puede ser una fortaleza en la economía y que el aparente modernismo del lenguaje matemático frecuentemente nubla la propia argumentación teórica.

En ese orden de ideas, una mayor y más clara argumentación literaria mejora la prosa económica, mejora la comunicación entre los economistas y aumenta el número de personas que la puede entender. En la misma dirección, la retórica mejorará la enseñanza de la economía al poder transmitir la complejidad de las ideas en forma más clara y secuencial. Más aún, la retórica clara contribuirá a mejorar las relaciones de la economía con el resto de las ciencias sociales y con otras disciplinas, con claros beneficios en todas las direcciones para el desarrollo de las ciencias. La retórica, en sí misma, según McCloskey, mejora el razonamiento económico, sobre todo por el carácter crítico que permite, al mostrar como se van desplegando los argumentos, su interrelación, su necesidad y conclusiones. Una última ventaja de la retórica que enuncia McCloskey es que mejoraría el carácter de los economistas, puesto que serían menos dogmáticos, más abiertos, y discutirían sus trabajos en términos de una retórica más aceptada por cada cual, que fuera más literaria que matemática o estadística; podrían, además, discutir con colegas de otras disciplinas y con el público en general, lo cual los haría menos neuróticos.

Lo que les hago aquí entonces es una invitación a adentrarse en una aventura con la economía y su lenguaje peculiar, pero junto con el lenguaje del español, para que logren expresarse mejor, para que puedan recorrer un más extenso terreno cultural y profesional y para que luchen contra la especialización temprana de nuestro sistema de educación superior y evitar así que los conduzca a saber poco, a expresarlo en forma deficiente y hacerles muy difícil el poder renovarlo.

Universidad del Rosario, mayo de 1996

De la literatura a la economía
Adenda a Discurso sobre la retórica
en la economía

He estado leyendo a un escritor norteamericano, Raymond Carver, quien es de origen humilde y autodidacto en gran parte, aunque en cierto momento recibió una educación formal que le ayudó mucho. Me identifico con él porque es muy sintético y contundente. Él dice que no se podía concentrar ni en la lectura extensa ni en la escritura a gran escala; así que se dedicó al cuento corto y a la poesía. Yo creo, junto con él, que el público que uno pueda tener -no sólo los economistas sino también la opinión en general- está muy ocupado y que es necesario ser corto e ir al grano. Otro economista que estará de acuerdo conmigo es Miguel Urrutia, al acusarse de escribir demasiado corto, en un país que tiene una tradición oratoria y escrita en sentido contrario. En esta breve adenda cito del ensayo de Carver Escribir, contenido en el libro La vida de mi padre. Cinco ensayos y una meditación (Editorial Norma, 1996).

Más allá de la expresión corta hay algo que rescata Carver de Ezra Pound, otro escritor norteamericano, quien afirma: "La exactitud fundamental del aserto es la única moralidad de escribirlo". La exactitud implica buscar no sólo la palabra precisa -cuestión que depende de la riqueza del lenguaje, que surge de leer mucho, combinada con un buen diccionario- sino de asombrar al lector, despertar su curiosidad y presentar la frase con claridad, sin posibilidad de ambigüedad. Para escribir bien hay que entender lo que se está diciendo, y hay economistas que escriben enredado para ocultar su falta de claridad o simplemente reflejándola. Debe existir también la actitud de hacerse entender, cuando se trate de comunicar con un público más amplio, de traducir a un lenguaje sencillo, pero a la vez preciso, lo que dice nuestra enredada disciplina. Uno de los atributos que le encontraba el economista Thomas Sargent al laureado por el Nobel de 1996 Robert Lucas era que "escribía bien, con claridad", a pesar de la complejidad matemática que había desarrollado para presentar sus modelos de expectativas racionales, aunque el propio Lucas no se ha preocupado mucho por sobrepasar la comunidad de especialistas.

Otro consejo de Carver al escritor es el de "nada de trucos". Ni demasiado ingenio ni tampoco clisés, o sea frases muy usadas y presuntamente sobreentendidas, o sea nada de que "el palo no está para cucharas", o se acercó a la meta con "nadadito de perro", etc., como lo hacen nuestros columnistas favoritos. Es más fácil inventar que trajinar con lo reentendido que por su propia razón puede resultar ambiguo. No tratar de descrestar al lector con la superioridad del escritor ni con el lenguaje especializado de la profesión. Lenguaje directo, franco, sin artimañas, tratar de descubrir lo que está cubierto, agregaría yo para el economista o cualquier profesional de las ciencias sociales.

Tratar de imitar a otro escritor implica estar cerca del fracaso, porque el autor debe forjarse a sí mismo, luchando por el lenguaje exacto, lo que no quiere decir con palabras raras. El economista debe escribir el lenguaje de su profesión, de nuevo con exactitud, pero también el simple que le pueda entender un público más amplio. Carver lo expresa mejor: "Es posible, en un poema o en un cuento, escribir sobre cosas y objetos comunes y corrientes usando un lenguaje común y corriente pero preciso, e impartirles a esas cosas -una silla, una cortina, un tenedor, una piedra, un arete de mujer- un poder inmenso, incluso perturbador. Es posible escribir un diálogo aparentemente inocuo y producir un escalofrío en la espina dorsal del lector..."

No es sólo la precisión de la palabra lo que hay que buscar sino también la buena sintaxis, como lo dice Isaac Babel: "Ningún hierro puede penetrar el corazón con tanta fuerza como un punto colocado en el sitio preciso". En Colombia tenemos una tradición de muy buenos filólogos que dominaron la política entre los finales del siglo XIX y los primeros 20 años de este siglo, según Malcom Deas. Después fueron desplazados por los abogados, más recientemente por los economistas y ahora se perfilan los matemáticos y los físicos. Esa tradición se ha perdido mucho, desafortunadamente. Hay que absorberla y conocer la gramática castellana en acción. Eso fue lo que hizo alguna gente del Moir durante los años setenta, pero no sirvió mucho para darle claridad a su mensaje político, que era bastante ladrilludo. Pero ese es otro problema, pues la intención es válida. Una de las fallas de los economistas con formación anglosajona -yo me incluyo entre ellos, aunque ya menos- es que no estudiaron la gramática y la literatura castellanas y entonces llenan sus escritos de anglicismos y construcciones gramaticales inglesas, sin llegar a tener conciencia de que están enredando el lenguaje y perdiendo claridad frente a sus lectores.

Una última observación de Carver que me parece pertinente: el escribir es una disciplina dura y hay que invertirle todo el tiempo del mundo. No hay excusa por haber publicado algo sin haberlo trabajado lo suficiente y que tiene deficiencias que las conoce el autor. Es peor aún si no tiene conciencia de ellas. Carver, siguiendo a Evan Connell, dice: "Un buen escritor sabía que había concluido un cuento cuando se descubría repasándolo y quitándole comas y luego volviendo a recorrerlo y poniéndole comas en los mismos lugares [...] respeto ese tipo de cuidado con lo que se está haciendo. Es todo cuanto tenemos finalmente, las palabras, y es mejor que sean las apropiadas, con la puntuación en los lugares correctos, para que puedan decir lo mejor que están destinadas a decir". En otro ensayo sobre la reescritura, Carver defiende su posición de cambiar sus cuentos y poemas en sus diferentes reediciones, como diciendo que el proceso de perfeccionamiento de la obra no tiene fin.

Esta adenda ha querido extender el mensaje de escribir no sólo para la profesión sino para el publico y hacerlo corto, preciso, sobre todo con honestidad, a veces con brujería, produciendo asombro, con buena sintaxis y trabajando el escrito hasta cuando diga lo que uno quiso que dijera, que bien puede ser nunca.

Universidad de Cartagena, febrero de 1997

SALOMÓN KALMANOVITZ