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Los
deseos de soñar
Oniromanía
Nicolás Suescún
El Áncora Editores, Santafé de Bogotá, 1996, 107 pág.
Oniromanía, de Nicolás Suescún
(Bogotá, 1937), es un libro de muy breves relatos que describen siempre los asuntos de
curiosos personajes que se mueven en una especie de atmósfera surreal, donde impera la
ironía del autor y no pocas veces su tono amargo, que no concede ventajas en lo que
pudiera definirse como una literatura de filosas aristas. Lenguaje directo y preciso, en
muy pocas pinceladas muestra el perfil de quienes protagonizan estas historias entre el
brumoso boscaje de lo pesadillesco, no del plácido sueño.
No hay tiempo en este libro para la
poesía, al menos en lo que tiene que ver con el manejo de un lenguaje de elementales
imágenes que nos persuadan de un mundo inquietante y misterioso. No. Es la destreza de la
palabra inteligente que aúna razones (en vez de detalles) en busca de la contundencia.
Cada historia, cada personaje, cada
mundo, es rotundo; en ocasiones, hay que decirlo así, el texto es un artefacto al
servicio de una idea. Una pequeña máquina.
El hombre perro (pág. 15) es el
relato de un empleado de oficina humillado por su jefe, segregado en su condición de
hombre pobre y dependiente. Un día, agobiado, arremete contra quien lo somete a esa
condición de paria, y lo insulta primero y lo muerde después, arrancándole un pedazo de
mano, queriendo devorarlo a mordiscos y ladrar de alegría por su triunfo, por su anhelado
desquite.
La idea del tema se impone a su
tratamiento; éste es subsidiario de aquélla. Lo mismo que ocurre en los textos El
escritor antiguo, Misión cumplida, Los invasores, El escritor ante el computador, El
telefómano,
Un descuido -dos temas, éstos últimos, muy manidos-, El hombre que no estuvo, El
eterno perseguido, El conferencista. Pisan el terreno minado del esquema, buscando
un efecto de martillazo en la cabeza del lector. Distinto es el caso de relatos como El
ladrón metafísico, La cacería,
Los habitantes de la isla, El intruso y El
gran destructor, donde el absurdo de insospechables situaciones se convierte para el
lector en convincentes e inquietantes realidades. Hacen pensar en el delicioso barroquismo
de Virgilio Piñera o Juan José Arreola.
Nicolás Suescún ha incursionado en la
literatura desde varias vertientes: el cuento, el relato, la poesía, la novela. Se
percibe en sus libros un interés permanente en la vida marginal, en personajes de la
ciudad que, agobiados por sus rutinas y sus grises destinos, buscan salidas poco
convencionales y se encuentran muchas veces con desesperanzadas soluciones. Así en La
vida es (poesía), El extraño y otros cuentos, Cuadernos de N (novela)
y este, Oniromanía, de relatos.
En realidad, todos estos libros son uno
solo. Suescún, como tantos autores, está siempre escribiendo el mismo libro. Dándole
vueltas y mostrando de manera diferente una misma idea. Oniromanía resume esa
actitud. Tanto literalmente -manía de soñar-, como en lo que respecta al libro mismo:
sus temas, su velada requisitoria a las tiranías de la realidad, sus lacerados
personajes.
En Los cuadernos de N, su
antinovela publicada en 1994, se puede ver cómo N es en realidad el personaje de todos
sus cuentos, relatos y poemas. Y es el mismo autor, quien encarna a todos sus personajes
("Madame Bovary soy yo").
N es El innombrable, de Samuel Beckett,
es cualquier indigente de cualquier calle colombiana, es el organizado empleado que,
aburrido, arrastra su vida hacia una oficina en cualquier ciudad del mundo, es cualquiera
-y todos- de los personajes creados por Nicolás Suescún.
Subyacen en estos libros la ironía y la
crítica, a la manera como se ha hecho en buena parte de la narrativa de nuestro país.
Tomando en cuenta ingredientes de la realidad social, cruzada por la frustración y la
insatisfacción generalizadas y propiciadas por un Estado pusilánime y una cultura ídem.
Oniromanía, digo arriba, es un
libro que se refiere más a la pesadilla que al sueño. El mismo autor nos lo anticipa en
el primer párrafo del primer texto del libro (El onirómano, pág. 11): "Vive
con sus sueños. Ciertas comidas cambian su carácter. Los hay dulces -muy pocos- y
pesadillescos, terribles, aplastantes, amargos, caricaturescos. Cuando se despierta, sin
embargo, siempre sudando, quiere morirse, pero el vacío de la muerte lo aterroriza. Lo
que realmente desea es volverse a dormir para seguir soñando". Es la presentación
de lo que viene a lo largo del libro: personajes y situaciones que se mueven en los
sueños del onirómano, obsesionado por la realidad, y quien, por tanto, no soporta la
vigilia.
En La cacería (pág. 70), ocurre
lo contrario. El relato es una metáfora donde "ella" (sin duda la realidad)
acosa y asedia de tal manera al personaje, que éste, cansado de luchar contra ella, de
tratar de atraparla para reducirla y evitar que le arruine más su libertad, termina
admitiendo que prefiere esa lucha y mutua persecución afuera del sueño, "que el
espantoso encierro de mis claustrofóbicas noches".
En el libro, pues, sorprende encontrar,
al contrario de lo que nos anuncia el título, que es la razón y no la fantasía lo que
rige en estas narraciones. Hace recordar una vez más (qué se hace) la frase de Francisco
Goya: "Los sueños de la razón producen monstruos". Nadie puede discutir al
autor la legitimidad de sus argumentos. Sin duda reflejan la asfixiante ficción en que de
continuo nos sume la ingrata realidad de un llámese país, llámese sobrevivencia o
llámese simplemente farsa, en que nos movemos todos a diario. Concurrido bestiario apto
para las pesadillas del onirómano.
En El protoexplorador (pág.
42-43) tal vez se resuma la intención moralizante de Suescún en este libro, a pesar,
insisto, de un onírico antecedente y que en general cruza toda su literatura: "Es
preciso explorar. Uno no se puede quedar así, con los brazos cruzados. Hay quienes
piensan que cruzar los brazos o pararse en la cabeza son las mejores formas de sobrevivir
en este desierto moral [subrayado mío]. Pero son personas que se han quedado
atrás, que carecen de imaginación...
"Es por esto que explorar es más
peligroso de lo que parece. Es por esto que no he salido a explorar todavía. Es por esto
que debo salir a explorar".
Un libro que nos deja con el doble sabor
de, por un lado, lo bien escrito, riguroso, sucinto. Por el otro, la obsesiva tiranía de
la razón, las ganas no cumplidas de la libertad que nos depara el sueño.
LUIS GERMÁN SIERRA J.
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