Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 42. Volumen XXXIII - 1996- editado en 1997
 

La poesía de J. G. Cobo Borda: entre la ironía y la ternura


El animal que duerme en cada uno y otros poemas
Juan Gustavo Cobo Borda
El Áncora Editores, Santafé de Bogotá, 1995, 174 pág.


Juan Gustavo Cobo Borda es, sin duda, una referencia obligada para quien quiera comprender el proceso de la poesía en Colombia. Nadie mejor que él le ha seguido la pista a ese otro rostro de su país que se oculta detrás de la violencia, un lado menos amargo con una vocación lírica, nostálgica quizá de un paraíso perdido o anhelante de hacerse perdonar por tanta insensatez.

Su serena y distanciada labor de crítico lo muestra, en apariencia, poco indulgente con una tradición que, desde su punto de vista, ha buscado a toda costa ser moderna. Esta lapidaria conclusión se explica desde su concepción intemporal de la poesía que, para él, va más allá del lugar y de las fechas en que fue compuesta. En efecto, si miramos nuestra tradición literaria, no podemos negar que ese afán de ser modernos ha marcado fatalmente el destino de las letras de América Latina, dándonos como resultado, y en no pocas ocasiones, patéticos ejemplos.

Esta conciencia de nuestra tradición de la pobreza ha tenido, sin duda, que marcar la obra de alguien que, como Cobo Borda, ha hecho de su vida una aventura poética. Sus vacilaciones o pudores en los primeros versos se explican tal vez por un inevitable y sincero escepticismo juvenil frente a la eficacia del poema, en un país que se percibe huérfano de un pasado glorioso, sin modelos que seguir, sin victorias reales que celebrar. Pero si seguimos sus huellas veremos con claridad una trayectoria que lo lleva de la mordacidad y la angustia, en sus primeros versos, a la búsqueda de ternura y de conciliación, en los últimos.

Cada poemario se plantea dudas que son también una indagación honda del sentido de la poesía. Interrogantes que trata de resolver en una escritura oscilante entre la inútil preocupación por las esencias y la necesidad vital de alcanzar la sencillez y la pureza de la palabra original, la palabra no como representación, sino como acto de vida.

En El animal que duerme en cada uno, su último trabajo, una selección que incluye libros desde Todos los poetas son santos, hasta el último, que le da el título a la misma, podemos apreciar la evolución de un quehacer que se plantea la dificultad de poetizar un país cuya única tradición son los errores, pasando por las dudas románticas sobre la utilidad de la poesía, hasta alcanzar su sentido universal y apropiarse de un patrimonio en el que se inscriben figuras tan heterogéneas como Nerval, Breton, Cavafis y Lezama Lima, entre otros.

En Dibujos hechos al azar de lugares comunes, en cambio, vemos cómo después de aceptar el estoico destino de pertenecer a una ciudad cuya fingida aristocracia es contradicha por la mugre y los mendigos, se replantea sus "deberes". Si en un principio estaba ante todo su compromiso con la historia, y el amor parecía un superficial encuentro de cuerpos abandonados, que tratan de librarse de su turbio subconsciente, en estos poemas ese compromiso se cancela con la aceptación sin ambages de una herencia y una tradición que también ha aportado figuras, como Aurelio Arturo, capaces de convertir un momento histórico en un instante eterno. Aquí su compromiso es de índole más personal y lo lleva a buscar en su interior las claves que lo acerquen a la sustancia del poema.

La poesía, que es intemporal, va más allá de la historia y está más cerca de nosotros de lo que pensamos. Puede estar, como en Deberes del poeta, "...en una pequeña mujer/que le enseña a su hijo/poemas de Rubén Darío/"; en la simple aceptación del miedo al abandono y la desolación, como en Negativa absoluta, donde alguien suplica: No me dejes solo/ con lo oscuro. Con lo maligno/.

Para llegar a esa belleza elemental de estos versos que confiesan abiertamente el temor al abandono, quizá fuera necesario pasar por la vacilación de los cuerpos que tratan de librarse de los fantasmas del subconsciente que, incapaces de recuperar la pureza del niño que una vez fueron, aceptan su destino de soledad y renuncian a la posibilidad del asombro.

Esta búsqueda continúa en Versos escritos en España que, si bien aluden al desengaño, al hartazgo, al amargo sabor del poder, también invocan la esperanza de un eco remoto que se filtra a través del hilo de la comunicación y esperan el mágico poder de un renacimiento, de un despertar de los sentidos.

No se trata de una poesía de respuestas sino de búsquedas, de una mirada que indaga en el pasado remoto y se detiene en la cueva de Altamira, donde una mano traza /sobre ese cielo oscuro/la primera estrella/ que el hombre firma:/la cierva de Altamira/; del deseo que se sumerge en la geografía del ser amado queriendo inventar una lengua sin origen conocido bajo cuyo ritmo se mueva el universo, como en Conjuro:

Me gustaría saber
a qué sabes.
Olerte en lo oscuro.
Imaginarte con el tacto

deseo de horadar en la tierra fértil, evocando una imagen, en Luna roja:

Un jabalí, de húmeda nariz,
hociquea en la hierba.
Muerde una avellana
dulce como piedra.

Versos que plantean la necesidad de recuperar la memoria ancestral de la especie y regresar al principio hasta alcanzar la pureza del animal que ciegamente obedece a las leyes de la vida.

Todos los pasos conducen necesariamente a la propuesta de El animal que duerme en cada uno, donde al parecer se intenta resolver la falsa oposición entre naturaleza y cultura con una invitación a despertar el instinto. Hay una aspiración al olvido de aquellos elementos que constituyen el ser cultural, un deseo de diluirse en materias genésicas y renacer en la poderosa fuerza del verso. Pero también hay una preocupación ética que no oculta sus dudas y que confiesa sus limitaciones, en Ética del poema:

Al escribir uno miente
pero gracias a tal equívoco
el mundo se hace claro

Aquí hay una redefinición: la tarea del poeta es la de celebrar el acto de la vida, agradecer el aire, amar la tierra, transformar la realidad con la mirada, y, sobre todo, aprender a descubrir la ternura, aun en tierra de caníbales, como en el poema De modo indirecto, que ve con otros ojos el escenario del mundo, "donde entre todos nos devoramos tensos de envidia/", y que aún así persiste en encontrar "la ternura que discurre bajo tierra/ y humedece las raíces de cualquier escritura".

No cabe duda de que ese trayecto cambia su visión de la vida y del oficio, como se percibe en Nunca me han escrito un poema, donde se sugiere la función iluminadora de la poesía, que no sólo aporta sabiduría sino que también da sosiego a la incierta existencia:

Un poema es una cárcel con
        / todas las puertas abiertas.
Más terrible que la libertad.
Más duro que los sentimientos
                          / encontrados.
Pero el poema también te quita
                                    /el frío.

La vida es, desde luego, más importante, aunque un verso pueda modificarla, ofreciéndole su cara oculta. En esa fuerza radica el sentido del poema.

Misterioso universo donde desaparece la palabra para dar lugar a la imagen, imagen que se desdibuja en una sustancia cambiante donde, unidos lo cóncavo y lo convexo, se alcanza la perfección geométrica de la esfera universal. Quizá sea esta la aspiración de alguien que adivina la perversidad que puede esconderse detrás de las palabras y que desea ser en el poema, más que decir.

Dado que el poema fracasa
                                /siempre
la vida se esclarece
y sonríe con sorna fraterna.

Puede ser éste el sueño de quien ha emprendido la tarea de mostrar lo que intuye al otro lado del espejo y que ha corrido el riesgo del oprobio señalando miserias, pero también ha tenido la generosidad de celebrar no pocas de las virtudes de una cara del país que ha sido su motivo de reflexión y de inspiración más inmediato.

CONSUELO TRIVIÑO ANZOLA