|
La
poesía de J. G. Cobo Borda: entre la ironía y la ternura
El animal que duerme en cada uno y
otros poemas
Juan Gustavo Cobo Borda
El Áncora Editores, Santafé de Bogotá, 1995, 174 pág.
Juan Gustavo Cobo Borda es, sin duda, una
referencia obligada para quien quiera comprender el proceso de la poesía en Colombia.
Nadie mejor que él le ha seguido la pista a ese otro rostro de su país que se oculta
detrás de la violencia, un lado menos amargo con una vocación lírica, nostálgica
quizá de un paraíso perdido o anhelante de hacerse perdonar por tanta insensatez.
Su serena y distanciada labor de crítico
lo muestra, en apariencia, poco indulgente con una tradición que, desde su punto de
vista, ha buscado a toda costa ser moderna. Esta lapidaria conclusión se explica desde su
concepción intemporal de la poesía que, para él, va más allá del lugar y de las
fechas en que fue compuesta. En efecto, si miramos nuestra tradición literaria, no
podemos negar que ese afán de ser modernos ha marcado fatalmente el destino de las letras
de América Latina, dándonos como resultado, y en no pocas ocasiones, patéticos
ejemplos.
Esta conciencia de nuestra tradición de
la pobreza ha tenido, sin duda, que marcar la obra de alguien que, como Cobo Borda, ha
hecho de su vida una aventura poética. Sus vacilaciones o pudores en los primeros versos
se explican tal vez por un inevitable y sincero escepticismo juvenil frente a la eficacia
del poema, en un país que se percibe huérfano de un pasado glorioso, sin modelos que
seguir, sin victorias reales que celebrar. Pero si seguimos sus huellas veremos con
claridad una trayectoria que lo lleva de la mordacidad y la angustia, en sus primeros
versos, a la búsqueda de ternura y de conciliación, en los últimos.
Cada poemario se plantea dudas que son
también una indagación honda del sentido de la poesía. Interrogantes que trata de
resolver en una escritura oscilante entre la inútil preocupación por las esencias y la
necesidad vital de alcanzar la sencillez y la pureza de la palabra original, la palabra no
como representación, sino como acto de vida.
En El animal que duerme en cada uno,
su
último trabajo, una selección que incluye libros desde Todos los poetas son
santos,
hasta el último, que le da el título a la misma, podemos apreciar la
evolución de un quehacer que se plantea la dificultad de poetizar un país cuya única
tradición son los errores, pasando por las dudas románticas sobre la utilidad de la
poesía, hasta alcanzar su sentido universal y apropiarse de un patrimonio en el que se
inscriben figuras tan heterogéneas como Nerval, Breton, Cavafis y Lezama Lima, entre
otros.
En Dibujos hechos al azar de lugares
comunes, en cambio, vemos cómo después de aceptar el estoico destino de pertenecer a
una ciudad cuya fingida aristocracia es contradicha por la mugre y los mendigos, se
replantea sus "deberes". Si en un principio estaba ante todo su compromiso con
la historia, y el amor parecía un superficial encuentro de cuerpos abandonados, que
tratan de librarse de su turbio subconsciente, en estos poemas ese compromiso se cancela
con la aceptación sin ambages de una herencia y una tradición que también ha aportado
figuras, como Aurelio Arturo, capaces de convertir un momento histórico en un instante
eterno. Aquí su compromiso es de índole más personal y lo lleva a buscar en su interior
las claves que lo acerquen a la sustancia del poema.
La poesía, que es intemporal, va más
allá de la historia y está más cerca de nosotros de lo que pensamos. Puede estar, como
en Deberes del poeta, "...en una pequeña mujer/que le enseña a su hijo/poemas de
Rubén Darío/"; en la simple aceptación del miedo al abandono y la desolación,
como en Negativa absoluta, donde alguien suplica: No me dejes solo/ con lo
oscuro. Con lo maligno/.
Para llegar a esa belleza elemental de
estos versos que confiesan abiertamente el temor al abandono, quizá fuera necesario pasar
por la vacilación de los cuerpos que tratan de librarse de los fantasmas del
subconsciente que, incapaces de recuperar la pureza del niño que una vez fueron, aceptan
su destino de soledad y renuncian a la posibilidad del asombro.
Esta búsqueda continúa en Versos
escritos en España que, si bien aluden al desengaño, al hartazgo, al amargo sabor
del poder, también invocan la esperanza de un eco remoto que se filtra a través del hilo
de la comunicación y esperan el mágico poder de un renacimiento, de un despertar de los
sentidos.
No se trata de una poesía de respuestas
sino de búsquedas, de una mirada que indaga en el pasado remoto y se detiene en la cueva
de Altamira, donde una mano traza /sobre ese cielo oscuro/la primera estrella/ que el
hombre firma:/la cierva de Altamira/;
del deseo que se sumerge en la geografía
del ser amado queriendo inventar una lengua sin origen conocido bajo cuyo ritmo se mueva
el universo, como en Conjuro:
Me gustaría saber
a qué sabes.
Olerte en lo oscuro.
Imaginarte con el tacto
deseo de horadar en la tierra fértil,
evocando una imagen, en Luna roja:
Un jabalí, de húmeda nariz,
hociquea en la hierba.
Muerde una avellana
dulce como piedra.
Versos que plantean la necesidad de
recuperar la memoria ancestral de la especie y regresar al principio hasta alcanzar la
pureza del animal que ciegamente obedece a las leyes de la vida.
Todos los pasos conducen necesariamente a
la propuesta de El animal que duerme en cada uno,
donde al parecer se
intenta resolver la falsa oposición entre naturaleza y cultura con una invitación a
despertar el instinto. Hay una aspiración al olvido de aquellos elementos que constituyen
el ser cultural, un deseo de diluirse en materias genésicas y renacer en la poderosa
fuerza del verso. Pero también hay una preocupación ética que no oculta sus dudas y que
confiesa sus limitaciones, en Ética del poema:
Al escribir uno miente
pero gracias a tal equívoco
el mundo se hace claro
Aquí hay una redefinición: la tarea del
poeta es la de celebrar el acto de la vida, agradecer el aire, amar la tierra, transformar
la realidad con la mirada, y, sobre todo, aprender a descubrir la ternura, aun en tierra
de caníbales, como en el poema De modo indirecto,
que ve con otros ojos el
escenario del mundo, "donde entre todos nos devoramos tensos de envidia/",
y
que aún así persiste en encontrar "la ternura que discurre bajo tierra/
y humedece las raíces de cualquier escritura".
No cabe duda de que ese trayecto cambia
su visión de la vida y del oficio, como se percibe en Nunca me han escrito un poema,
donde se sugiere la función iluminadora de la poesía, que no sólo aporta sabiduría
sino que también da sosiego a la incierta existencia:
Un poema es una cárcel con
/ todas las puertas abiertas.
Más terrible que la libertad.
Más duro que los sentimientos
/
encontrados.
Pero el poema también te quita
/el
frío.
La vida es, desde luego, más importante,
aunque un verso pueda modificarla, ofreciéndole su cara oculta. En esa fuerza radica el
sentido del poema.
Misterioso universo donde desaparece la
palabra para dar lugar a la imagen, imagen que se desdibuja en una sustancia cambiante
donde, unidos lo cóncavo y lo convexo, se alcanza la perfección geométrica de la esfera
universal. Quizá sea esta la aspiración de alguien que adivina la perversidad que puede
esconderse detrás de las palabras y que desea ser en el poema, más que decir.
Dado que el poema fracasa
/siempre
la vida se esclarece
y sonríe con sorna fraterna.
Puede ser éste el sueño de quien ha
emprendido la tarea de mostrar lo que intuye al otro lado del espejo y que ha corrido el
riesgo del oprobio señalando miserias, pero también ha tenido la generosidad de celebrar
no pocas de las virtudes de una cara del país que ha sido su motivo de reflexión y de
inspiración más inmediato.
CONSUELO TRIVIÑO ANZOLA
|