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Los niños trabajadores de Medellín a principios del siglo XX*
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CARLOS EDWARD GARCÍA LONDOÑO
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Historiador de la Universidad Nacional
de Colombia (Medellín)
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Trabajo fotográfico: Patricia Londoño
Vega
Durante los primeros treinta años de
este siglo, los habitantes de Medellín y de los municipios vecinos presenciaron muchas
transformaciones en su entorno. Las más notorias tuvieron que ver con la expansión del
comercio cafetero y con el comienzo y la consolidación del proceso de industrialización
que vivió la ciudad.
Aun para los sectores más alejados del
centro urbano fueron palpables estos cambios, a los cuales se agregaron el gran
crecimiento del área construida de Medellín (realizado a un ritmo que no se ha vuelto a
repetir) 1 y el aumento desproporcionado de la población
urbana y rural, debido a la voluminosa inmigración que llegó a la ciudad. Todos también
pudieron observar que hasta las costumbres y la vida cotidiana se iban transformando 2.
Menos destacada parecía en ese entonces
la gran participación de los niños y los adolescentes en todos los sectores de la
economía y la sociedad. Pero ellos estaban allí, desde el proceso de recolección del
grano en las fincas cafeteras hasta las labores en las trilladoras y las fábricas
ubicadas en el sector urbano; y desde las actividades en el hogar hasta en las calles, en
el sector informal de la cada vez más agitada vida urbana de Medellín.
En este ensayo buscamos, precisamente,
reconstruir esta historia de la infancia trabajadora, ya fuesen niños artesanos,
asalariados, recluidos o vendedores ambulantes. Nos acercaremos a su vida cotidiana
teniendo en cuenta la diferencia de género, el oficio que desempeñaban y el sector
social al que pertenecían.
Finalmente nos ocuparemos de la actitud
más generalizada que la sociedad tuvo hacia ellos y de varios comportamientos
significativos que revelan la mentalidad de este período con respecto al trabajo
infantil.
Pero, ¿quiénes eran los niños de esta
época? En 1918, los niños menores de quince años representaban la tercera parte de la
población de la ciudad. De los que se encontraban en edad escolar, sólo la mitad de
ellos tenían acceso a la educación formal, en instituciones oficiales o privadas 3. La otra mitad, perteneciente a los sectores pobres de la
sociedad, debía trabajar para sobrevivir, ya fuese en sus casas, al lado de sus padres, o
rebuscándose la vida en las fábricas y talleres de la ciudad. También estaban los que
debían hacerlo en las calles como vendedores ambulantes o como mendigos.
LOS NIÑOS ARTESANOS
Las familias artesanas tradicionalmente
habían incorporado en sus talleres la mano de obra adulta, masculina y femenina, a la
infantil. Desde el siglo XIX, en sus instalaciones caseras se producían bebidas y
alimentos, como chicha, cerveza, chocolate y harina de maíz 4.
Particularmente en el valle de Aburrá, en donde todos los municipios eran grandes
productores de caña de azúcar, existían muchos trapiches. Allí se elaboraban panela,
aguardiente y, en menor medida, azúcar 5.
En casi todos los oficios artesanales se
disponía de actividades que realizaban los niños desde muy temprana edad. Tanto en las
casas donde funcionaba una pastelería, como en los tejares, ladrilleras, sastrerías o
talleres de fundición y mecánica. Además, los niños eran aprendices de sus padres
cuando éstos eran albañiles, carpinteros, zapateros, talabarteros, herreros o
cerrajeros; compartían con ellos y los otros adultos las vicisitudes del mundo laboral.
Dentro de los hogares se elaboraban, para su uso cotidiano, cuerdas, lazos y costales de
fique; monturas y zurriagos de cuero; ollas y vasijas de arcilla; y artículos de madera,
como cucharas y muebles 6. En la fabricación de todos esos
artículos la participación de los niños era amplia, al igual que en los oficios
domésticos en las fincas y en las casas.
Con la aparición de la industria, muchas
cosas cambiaron en la ciudad. Entre ellas, el anterior panorama del trabajo infantil.
Además de los niños artesanos que siguieron trabajando en el taller paterno o en el de
su protector, en estos años se pudo observar el surgimiento de los niños obreros
industriales, quienes debían madrugar y caminar largos trayectos hacia sus trabajos y
compartir las extenuantes jornadas con el naciente proletariado del que formaban parte.
NIÑAS QUE SON OBRERAS
Una de las características de los nuevos
trabajadores de Medellín fue la de contar con un personal muy joven, soltero y
mayoritariamente femenino. Por lo tanto, en esta época, tanto los niños como las mujeres
salieron a trabajar masivamente fuera de sus casas. En el caso de estas últimas, a
hacerlo en lugares mezcladas con hombres. En lo que se refiere a los niños, se nota la
mayoría femenina.
En 1916, el 9% de las obreras de la
ciudad eran niñas menores de quince años, algunas de ellas de sólo cinco años de edad.
En esa misma fecha, el porcentaje de niños trabajadores de dicha edad era el 3,8% 7. Estas cifras reflejan la diferencia entre los sexos; que,
aunque real, también se debió a la dispersión de los sitios de empleo de los niños
varones, lo que impidió su seguimiento estadístico.
Entre los años 1916 y 1928, las niñas
obreras "aquellas menores de quince años" constituyeron el 6% de todo el
personal obrero femenino. A pesar del carácter parcial de la estadística, este
porcentaje es representativo de la alta participación infantil en la industrialización
de la ciudad.
Sin embargo, podemos tener una idea más
aproximada de la verdadera presencia de la infancia en las fábricas si observamos el
siguiente cuadro, construido con base en los conocidos anuarios estadísticos, que sólo
contabilizaron las obreras de Medellín, y con los fragmentarios datos cuantitativos que
es posible recopilar de los informes en los inspectores fabriles a los establecimientos
industriales de todo el valle de Aburrá.
NIÑAS Y NIÑOS OBREROS DE
MEDELLÍN, 1922-1927
Se puede apreciar, por ejemplo, cómo
para el año de 1924, cuando los anuarios registraron 118 niñas obreras, el inspector de
fábricas contabilizó, entre todos los niños y niñas obreros, a 579 con situación
irregular, dejando de mencionar a los restantes. Por lo tanto, se puede comprobar,
como ya lo habían intuido otros investigadores del problema 8,
que la participación de niños de uno u otro sexo en las industrias fue mucho mayor que
la conocida únicamente por medio de las estadísticas de las obreras.
La presencia de los niños en todos los
sectores laborales fue de tal magnitud, que en una visita a la Empresa de Teléfonos de
Medellín, para la época, una empresa de trabajo especializado, el inspector debió
aclarar que allí "no se da ocupación, ni siquiera se admite en los salones de
trabajo a menores de diez años" 9.
VIDA DIARIA EN LAS FÁBRICAS
En las trilladoras de café se encontraba
el mayor número de niñas obreras. Durante el período 1916-1928 constituyeron el 9,5%, y
en 1917 llegaron a representar el 15% de todo el grupo de obreras de la trilla. Era éste
el sector de obreras más numeroso, muy por encima de las tejedoras textileras, el peor
remunerado de toda la industria antioqueña 10, y el que
presentaba el mayor promedio de hacinamiento de sus trabajadoras.
Cuando las niñas y adolescentes de las
trilladoras entraban a manipular el café, ya otros niños, ayudantes en las fincas,
habían participado en el proceso, que iba desde la siembra hasta la exportación. A
Medellín llegaba el grano despulpado, fermentado, lavado y secado. En las trilladoras,
movidas por fuerza hidráulica o eléctrica, se despojaba al café de su envoltura y se lo
dejaba en estado de "almendra". Luego se realizaba la labor que más
desempeñaban las niñas: la separación y clasificación del café, que era empacado en
sacos y transportado por el ferrocarril rumbo a los mercados internacionales 11.
El segundo de los sectores a que estaban
vinculadas las niñas obreras eran las fábricas de textiles. A principios de siglo, las
actividades que se desempeñaban en estas industrias pertenecían a las dos únicas
secciones que había: hilados y tejidos. Allí las operaciones básicas eran garantizar el
flujo continuo de la hilaza, empatar revientes, dar movimiento a los telares, reemplazar
las bobinas vacías e introducir el hilo en las máquinas auxiliares 12.
Muchas de estas labores las realizaban
las niñas, sobre todo aquellas consideradas como "tareas adecuadas" para su
edad: enhebrar las bobinas, manejar las máquinas más pequeñas o recoger los hilos
gateando por debajo de las máquinas.
Las demás empresas industriales en donde
hubo niñas trabajando al lado de sus compañeras adultas fueron las fábricas de
cigarrillos, gaseosas, cervezas y chocolates; en las imprentas, en las fábricas de
fósforos y en los oficios varios, correspondientes a los talleres de modistería,
zapatería, planchado de ropa, almacenes de botones y sombrererías.
En cuanto al trabajo en las fosforerías,
se publicaron extensas descripciones del proceso de elaboración de las cerillas y de su
empaquetado en cajas de cartón 13. Menos conocidas fueron
las noticias de lo riesgoso del trabajo, debido a la posibilidad de que la obrera se
quemara al cerrar las cajas. Ésta solo contaba para su protección con una esponja
empapada en agua y, en caso de incendio, debía arrojar la caja lejos 14. Las condiciones de asistencia médica y de seguridad en
caso de accidentes eran mínimas en casi todas las empresas industriales del valle de
Aburrá.
LOS NIÑOS OBREROS
Sobre los niños obreros se dispone
solamente de datos diferenciados por oficios para el año 1916. En ellos se destacan los
empleos artesanales (albañiles, carpinteros, zapateros, sastres) y propiamente
industriales en imprentas, talleres de mecánica y fundición, y algunos en textiles.
Por otro lado, se sabe que los obreros
eran dominantes en número en algunas fábricas de alimentos y en las de cerveza; y eran
mayoría absoluta en las fábricas de mosaicos (baldosas), vidrierías, locerías y
talleres de mecánica y fundición 15. Pero hubo hombres y
niños en todos los sectores de la industria, incluidas las trilladoras y las fábricas de
fósforos.
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Recolectoras de
café conocidas en Antioquia como chapoleras (Fotografías de Melitón Rodríguez tomadas
de: Melitón Rodríguez fotografías, El Áncora Editores, Bogotá 1985 y Germán
Ferro, A lomo de Mula, Bancafé, Bogotá, 1994.
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También hubo casos en que los
niños fueron mayoría en la empresa. En 1922, la mayor parte de los trabajadores de la
Vidriería de Caldas eran niños varones entre diez y quince años; lo mismo había
ocurrido un año antes en la vidriería anexa de la Cervecería Antioqueña Consolidada 16.
Aunque pertenecían a sectores marginales
de la sociedad, también estos muchachos trabajadores compartían costumbres y
características comunes con otros niños y adolescentes de entonces. "Todo muchacho,
en el Medellín hasta los años treinta, fue piernipeludo siempre y cuando hubiera llegado
a los quince años, en esa época", dice el cronista Rafael Ortiz.
Al cumplir esa edad, el muchacho debía
cambiar sus pantalones cortos y costearse la "largada de pantalones". Esto
"era todo un ritual iniciático. En ese momento adquiría los derechos del hombre y
como símbolo recibía la llave de la casa y los pantalones largos". Además, su
nueva vestimenta le abría las puertas de los billares y los libraba de las burlas
callejeras y las "rígidas y severas medidas de control de menores".
Como este paso lo debían dar con sus
propios recursos, muchas veces sucedía que sólo les alcanzaba para una
"largada" simulada: usaban, entonces, botas largas y medias negras que les
llegaban hasta el borde de los cortos pantalones. Pero si no tenían plata ni para botas
ni para medias, andaban con sus pantalones cortos y descalzos. A veces esto se prolongaba
bastante y se llegaba el caso de muchachos que iban por las calles mostrando sus
pantorrillas velludas; de ahí el nombre de "piernipeludos" 17.
ENTRE LA GENTE ADULTA
La vida cotidiana de las niñas obreras
fue prácticamente la misma que les tocó sobrellevar a las trabajadoras adultas en las
incipientes industrias de Medellín, con algunas diferencias debidas a su edad, las que
aumentaron su grado de explotación, ya no sólo física sino también psicológica. La
siguiente es una descripción de la Fábrica de Tejidos de Bello, la empresa que más
conflictos tuvo con la Oficina de Inspección de Fábricas por sus irregularidades y en la
cual trabajaron muchas niñas:
El edificio está aseado y tiene luz
suficiente pero carece en absoluto de ventilación, pues a más de estar la fábrica
rodeada de una arboleda, las rejas por las cuales pudiera a pesar de la arboleda entrarles
algún aire, están tapadas con vidrieras; de suerte que ya pueden imaginarse la higiene
que habrá en una fábrica donde por más de diez horas permanecen quinientas y tantas
trabajadoras respirándose el mismo aire a una temperatura sumamente elevada
18
.
El hecho de trabajar hombres y mujeres en
un mismo recinto originó variadas relaciones entre los patronos, los obreros y las
obreras. Para las mujeres, en algunos casos esto significó una situación diferente de
las posibilidades que tenían encerradas en su hogar, pero en otros dio lugar a que fueran
objeto de atropellos, abusos y chantaje sexual, como el denunciado en 1920 por las
huelguistas de la mencionada fábrica 19. En el lenguaje de
la época, esto fue enunciado como el problema de "la moralidad en las
fábricas".
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Arriero,1896
(Fotografía de Melitón Rodríguez tomado de: Germán Ferro, A Lomo de Mula,
Bancafé, Bogotá, 1994).
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Por esto no resultó raro que en
1926 el inspector de fábricas expresara al secretario de gobierno: "Me es grato
manifestarle que durante el año al cual se contrae este informe, ninguna de las obreras
fue deshonrada en los edificios de las empresas, ni por empleados u obreros de ellas" 20.
El horario de trabajo comenzaba muy
temprano. Los obreros que vivían en el campo debían madrugar a las tres o cuatro de la
mañana para entrar a las seis. Debido a la distancia, volvían a sus casas a altas horas
de la noche.
Las jornadas eran, en la mayoría de las
fábricas, de nueve y diez horas diarias, pero en algunos casos se aumentaba y a veces
llegaron a trabajar hasta catorce horas al día 21.
En este recorrido por el espacio en que
estaban mezclados los niños con los adultos, nos referiremos ahora a la remuneración. A
principios de siglo, la mayoría de los establecimientos de Medellín determinaban sus
salarios de acuerdo con la oferta y la demanda del trabajo que necesitaban.
Éstos eran bajos, y no existía un
salario mínimo obligatorio. Además, había grandes diferencias, en cuanto a la
remuneración, entre hombres y mujeres, aun en los mismos oficios. En general, las mujeres
ganaban la mitad o menos del salario de los hombres, y los niños muchísimo menos. En
1920, los salarios de Coltejer fluctuaban
de cuarenta centavos a un peso diario
para las obreras, a excepción de algunas aprendices [sic] que sólo devengan veinte
centavos. A los obreros les resulta una remuneración desde treinta centavos que gana un
niño hasta dos pesos diarios que obtiene como remuneración un obrero de buenos
conocimientos
22
.
Pero los reducidos salarios diarios que
ganaban los trabajadores eran disminuidos aún más con el sistema de multas o rebajas del
sueldo que los empresarios les imponían como sanción por alguna falla disciplinaria o en
el desempeño laboral. Si no existía un salario mínimo para el personal adulto, menos
había una legislación que evitase la explotación del trabajo infantil. En cuanto a
esto, los inspectores fabriles se limitaban a exigir que no se les cobrase por multas a
los obreros más del 10% de su jornal.
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Correos urbanos
(Tomada de: Medellín el 20 de julio de 1910, álbum de la Sociedad de Mejoras
Públicas de Medellín)
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Finalmente, mencionaremos las
actividades religiosas en que participaron tanto las niñas obreras como los demás
trabajadores de Medellín. Organizadas por la misma empresa o por el Patronato de Obreras
(1912), la presencia de la Iglesia católica en las fábricas se manifestó visiblemente
con la realización de retiros espirituales, algunos de ellos en las propias instalaciones
industriales, o con las ceremonias de entronización de la imagen del Sagrado Corazón de
Jesús en los salones de trabajo. Muchas obreras vivieron en los varios patronatos que se
crearon posteriormente. Allí les daban instrucción religiosa y moral, y las asesoraban
en la búsqueda de trabajo. Por medio de ellos, y de otras instituciones, la Iglesia
influyó ampliamente en la clase obrera de Medellín.
CONCEPCIÓN SOBRE LA NIÑEZ EN LA
LEGISLACIÓN
Durante la época sólo estuvo prohibido
el emplear a los niños menores de diez años. Los que se encontraban entre los diez y los
quince, podían ser contratados sin ninguna exigencia relacionada con su educación pero
con una jornada no superior a las ocho horas.
La legislación laboral de 1918, conocida
como la Policía de Fábricas, fue ambigua al respecto e incluyó en un inciso inmediato
la posibilidad de asignarles, a los niños de las mencionadas edades, "trabajos
adecuados" para ellos 23.
Sin embargo, observando las actas y los
informes de los inspectores se puede comprobar que no se hizo caso de esta salvedad y que
los inspectores trataron de cumplir el espíritu de la ley. El problema fue su limitado
poder fiscalizador y su incapacidad para modificar la situación.
Los inspectores sólo podían, en caso de
encontrar a niños en situación irregular, exigir el retiro de los menores de diez años
o que se les rebajara la jornada a los que tenían entre diez y quince años.
Una frase típica en las actas de los
inspectores nos muestra la concepción que implícitamente se tenía de la niñez. Afirmar
que "en esta empresa no se emplean menores", solamente significaba que en ella
no se encontraban niños menores de diez años.
Sin embargo, hasta finales de los años
veinte se pueden leer actas en que se informa de niñas menores de diez años encontradas
separando café en las trilladoras; o sobre casos de prolongación de la jornada de los
más grandes, que, según la personal interpretación de un inspector, "sólo
estaban obligados a trabajar ocho horas"
24.
De todas maneras, después de 1918 el
número de niños obreros continuó descendiendo, ahora con la presión de la
legislación pero también debido a los avances técnicos y de administración en las
industrias y, en el caso de las niñas, por la masculinización de la fuerza laboral que
comenzó a partir de los años treinta 25.
Pero todavía en 1934 la Oficina de
Inspección de Fábricas se propuso una campaña que buscaba "impedir el trabajo
nocturno de las mujeres y los niños, en conformidad con las convenciones
internacionales" 26.
Sobre niños y niñas obreros sólo
disponemos de cifras a partir de 1916, año en que surge la oficina de estadísticas. Pero
las descripciones que existen para años anteriores nos muestran una gran presencia
infantil en las fábricas, quizá mayor que la que se conoce a partir de la curva
descendente de 1916.
Por ejemplo, el testimonio de una antigua
obrera textil de la Fábrica de Bello (1905) asegura que "en la época de don Emilio
se entraban a trabajar muy niñas, para ganarse el vestido de la Primera Comunión y les
ponían banquitos para trabajar" 27.
O la descripción, en 1909, de la
cervecería Tamayo, de la que se decía que sus obreros, "unos buenos muchachos [...]
hacen el servicio como cosa propia [...] [ya] que casi todos han crecido al pie de la
fábrica" 28.
De igual forma, si se hace una
comparación regional, se tiene que, mientras en Bogotá los antiguos trabajadores han
manifestado que "muchas muchachas entraron de catorce años" a trabajar en
industrias textiles, en Medellín lo hicieron antes de cumplir la misma edad. Esto ha dado
la oportunidad de plantear que el enganche de niños y niñas trabajadores durante la
industrialización fue más alto en Antioquia que en el resto del país 29.
LOS NIÑOS RECLUIDOS TAMBIÉN
TRABAJAN
El hecho de estar privados de la libertad
no salvó a los niños, adolescentes y jóvenes del trabajo, ya fuese como penitencia o
como la única labor posible en la institución. En esto, compartieron varias
características con los niños artesanos y con los niños obreros de las industrias,
particularmente en lo relacionado con los oficios, con la disciplina y con las prácticas
religiosas en el sitio de trabajo.
Por su fecha temprana, llaman la
atención los Talleres de San Vicente, creados por la Sociedad de San Vicente de Paúl
(1882). Entre 1889 y 1912, estuvieron internados allí muchachos de entre seis y quince
años, pobres y huérfanos, a los que se les ofrecía alimentación, educación religiosa
y la enseñanza de labores técnicas, especialmente el manejo de telares, trabajo que,
según se esperaba, desempeñarían posteriormente.
Los internos se ocuparon en la
elaboración de tejidos de lana, algodón, cabuya y pita; hacían frazadas, telas,
toallas, ruanas de hilo y camisetas en los telares de madera de que disponían. También
hubo talleres de zapatería, carpintería, sastrería, talabartería y tipografía 30.
Los Talleres de San Vicente comenzaron
con seis huérfanos, pero llegaron a tener hasta 60 alumnos. Sus productos industriales
merecieron distinciones públicas y elogios de la prensa. Su vida cotidiana estuvo signada
por los deberes religiosos y laborales, en una estricta distribución del tiempo diario 31.
Fuera de los Talleres de San Vicente,
también hubo otras instituciones que incluyeron en sus programas de amoldamiento moral de
la conducta de los niños y adolescentes allí recluidos, una intensa actividad laboral.
Se trata de las dos primeras cárceles para menores que se fundaron en Medellín en 1914:
la Casa de Menores y la Escuela Tutelar, masculina y femenina respectivamente.
Entre los años 1914 y 1920, la cárcel
de menores masculina se conoció como Casa de Corrección y Escuela de Trabajo. Esta
primera etapa de la institución se caracterizó por un sistema militarista y autoritario.
La ruda disciplina impuesta por los oficiales en retiro que la dirigían incluyó
frecuentes castigos físicos, el calabozo y otras formas humillantes de corrección de los
internos, quienes además debían realizar trabajos productivos como castigo o
"penitencia para su conversión".
A partir de 1920, acorde con los cambios
de orientación que tuvo el centro, pasó a llamarse Casa de Menores y Escuela de Trabajo.
Su nuevo director, el pedagogo Tomás Cadavid Restrepo, modificó los castigos y buscó
realizar un seguimiento psicopedagógico de los internos, quienes serían considerados no
tanto como delincuentes sino como "anormales morales" 32.
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Tipografía
Industrial (Fotografía de Benjamín de la Calle, Centro de Memoria Visual, FAES)
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Las reformas incluyeron la
ampliación del edificio y los talleres de carpintería, encuadernación y cerrajería. Se
comenzó la enseñanza del tejido de sombreros y del cultivo del tabaco; y se inauguraron,
tardíamente, los talleres de telares. Además se montó la primera fundición 33.
Al frente de cada uno de los talleres se
encontraba un maestro en el oficio, que se encargaba de la enseñanza a los menores y de
vigilar su conducta, ya que la reforma pedagógica se enmarcaba en la capacitación para
las labores productivas, la instrucción elemental y la educación religiosa en esta
institución que llegó a tener hasta 240 menores internos.
El propósito fundamental de la Escuela
Tutelar, dirigida por una congregación religiosa ajena a toda tendencia pedagógica
moderna, fue la "regeneración moral y la modificación de la conducta" de las
niñas y jóvenes delincuentes, que hasta ese momento eran recluidas junto con las adultas
en la cárcel de mujeres. Los medios utilizados eran la instrucción elemental, la
enseñanza religiosa y el trabajo. Pero, según estudios recientes con testimonios orales,
los oficios domésticos continuos y las prácticas religiosas eran casi las únicas
actividades que se realizaban allí 34.
Las internas, tanto niñas como jóvenes,
se levantaban a las cuatro de la mañana y trabajaban y rezaban durante todo el día hasta
las cinco de la tarde, hora en que se retiraban para asistir a los servicios religiosos.
El trabajo doméstico, además del necesario para el mantenimiento de la institución,
comprendía lavar y planchar por encargo la ropa de algunas comunidades religiosas
residentes en la ciudad. En 1920, la Escuela tenía 60 internas, desde niñas a mujeres
"menores de edad" que podían tener hasta 25 años. Todas ellas debían ser
vírgenes, según la exigencia del reglamento de admisión.
La última institución que mencionaremos
en este apartado es el Instituto Pedro Justo Berrío. En 1915, ante la proliferación de
pequeños vagabundos y lustrabotas que se multiplicaban en la capital antioqueña, el
obispo llamó a los salesianos para que se encargaran de ellos. Era conocida su
especialización en la asistencia a los niños surgidos en las ciudades industriales, a
los cuales les daban una educación elemental cristiana y los capacitaban en un oficio
manual.
Los salesianos se encargaron, además, de
continuar lo que quedaba de la tradicional Escuela de Artes y Oficios, que había tenido
su época de esplendor en los últimos decenios del siglo XIX. La institución que
empezaron a regir fue el Instituto del Sufragio, que funcionó como hospicio y escuela
para vagabundos y lustrabotas de la ciudad. Poco a poco se transformó en una escuela
industrial, y en 1926 recibió el nombre de Instituto Pedro Justo Berrío 35.
Todas las mencionadas instituciones
tenían como objetivo, además de los correccionales y de modificación de las costumbres
de los internos, capacitar para el trabajo y formar un carácter marcadamente moral a
aquellos hijos de los sectores pobres de la ciudad para que posteriormente trabajaran como
artesanos u obreros. Esta "filantropía pragmática" 36
estaba dirigida a los niños y jóvenes que podían ser productivos, para que dejaran de
ser un peso para la sociedad y le retribuyeran a ésta la inversión que había hecho en
su reeducación y capacitación.
MUCHACHOS QUE RECORREN LAS CALLES
BUSCANDO CLIENTES
El universo callejero fue el otro frente
de trabajo en el que se desenvolvieron los niños medellinenses de principios de siglo. El
crecimiento de la ciudad, los nuevos usos y costumbres y el acelerado ritmo que iba
adquiriendo la vida urbana generalizaron las ventas ambulantes.
A mediados de esta época se pudo
observar a los pequeños vendedores ambulantes compartir la suerte de rebuscarse la vida
con los niños mendigos, "basuriegos" o simplemente vagabundos.
Entre los niños que recorrían la ciudad
buscando clientes estaban los lustrabotas -o "embetunadores", como se les decía
más frecuentemente-, los cuales se podían encontrar en los parques de la ciudad; los
aguateros (o aguadores), quienes transportaban a sus espaldas grandes canecadas de agua,
desde los estanques públicos o desde las quebradas hasta los diferentes barrios; y los
carboneros y leñateros, quienes vendían y llevaban a domicilio el carbón y la leña
necesarios para el consumo doméstico en ese entonces.
Junto a ellos también transitaban por la
ciudad las vendedoras de frutas, quienes se instalaban en las puertas de las escuelas, y
las vendedoras de flores, que se situaban a la entrada de los templos y cementerios; los
voceadores de prensa y los otros nuevos niños trabajadores de la época: los niños
carteros y los niños vendedores de café. Muchos de estos oficios infantiles también
eran comunes en Bogotá, en la cual se presentaron otros característicos de esa ciudad:
chircaleros y limpia chimeneas 37.
Con la ayuda de las fotografías, de los
cronistas y de los estudios sobre la vida cotidiana de la época, es posible reconstruir
la historia de estos niños marginales de Medellín.
LOS NIÑOS TINTEROS
A comienzos del siglo XX, en Medellín la
gente prefería el chocolate al café, como bebida no alcohólica. Cosa curiosa en una
ciudad que era el centro de la exportación de café. El tomar tinto (café puro) no era
además muy común; a pesar de que las grandes fortunas habían sido acumuladas exportando
el grano, su consumo era muy escaso, casi nulo. Mayor suerte tenían las bebidas gaseosas
con su nuevo público.
Poco a poco, las casas comerciales
empezaron a vender café molido en cajas de cien paqueticos a ochenta centavos 38. En esta forma se aumentó en algo su consumo doméstico.
Pero tomar tinto seguía siendo una costumbre de la clase alta. "El tinto se tenía
como un refinamiento de extravagancia y sólo lo tomaban después de las comidas los
señores principales, acompañado de un cigarrillo de Ambalema" 39.
A comienzos de los años veinte, a unas
hermanas de apellido Melguizo se les ocurrió la idea de vender pocillos de tinto en las
calles. Contrataron muchachos para que cargaran termos, pocillos y platos de porcelana,
azúcar y cucharitas en una caja de madera bien presentada, que colgaban de sus hombros
por medio de una correa. "Vendiendo café de oficina en oficina, de tienda en tienda,
a la salida del teatro, en el Parque de Berrío y el Parque Bolívar, estos chicos
tuvieron un éxito tremendo. Cada muchacho vendía un promedio de cuarenta pocillos de
café al día, a dos o tres centavos el pocillo, pudiendo llevar a casa cincuenta centavos
de pago" 40.
Muy pronto Medellín se llenó de estos
vendedores ambulantes, que llegaron a cargar hasta seis termos bien surtidos con café
caliente, además de una olla con agua limpia para el aseo de la vajilla usada. Su
vestimenta distintiva incluía pantalón hasta la mitad de la pierna, llamado
"cogepuerco", generalmente claro; saco largo y cachucha, ambos de color oscuro.
Todos iban descalzos y con camisa blanca 41.
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Niños
trabajando como vendedores ambulantes durante la inauguración del Parque Berrío, 1921
(Fotografía de Benjamín de la Calle, Centro de Memoria Visual, FAES)
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El negocio de los niños tinteros
creció tanto que se volvieron, en palabras de un testigo, "una plaga
inaguantable" 42. La competencia había crecido
bastante y se reflejaba en las diversas marcas que llevaban las cajas: "Café
Fénix", "Café Mundial", "Café Madrid", etc. Pero la calidad
del café había rebajado. Los muchachos fueron diluyendo su responsabilidad en el
anonimato frente a sus patronos y hacían mal el lavado de la vajilla, preparaban tintos
de mal sabor para sustituir el que les daban en los establecimientos, que les pagaban por
la distribución, y entonces la clientela redujo su consumo 43.
Lisandro Ochoa cuenta en sus crónicas que una vez vio a un muchacho que se sentaba en las
gradas del atrio de la Candelaria, esparcía en el suelo los pocillos y los platos y con
un pedazo de tela, aún mas sucio que los trastos, los frotaba. Ya limpios, según él,
los colocaba de nuevo en el cajón, listos para continuar la venta 44.
Para los años cuarenta, los tinteros
habían desaparecido, porque la mayoría de los bares y cafés empezaron a servir tinto
regularmente y en forma más higiénica, pero habían dejado establecida, en todas las
clases sociales, la costumbre de tomar café 45.
Algunos de los jóvenes vendedores
ambulantes que dejaron de vender café, encontraron nueva ocupación en las calles de la
ciudad como vendedores de helados, hechos con hielo raspado. Iban por las calles gritando
el nombre de su fábrica: "Polares", "Esquimales", o entonando
pregones publicitarios: "Helado de mora para la señora", "Helado de fresa
para la princesa", "Helado de piña para la niña", "Helado con corozo
para el buen mozo", etc. 46.
LOS NIÑOS CARTEROS Y LAS
VENDEDORAS DE QUESITO
Otro de los oficios que desempeñaron los
niños a principios de siglo en Medellín fue el de carteros. El correo urbano fue creado
y organizado por la Sociedad de Mejoras Públicas en 1903, y para 1910, según una
fotografía tomada ese año, su personal era esencialmente infantil.
Vestían uniforme completo: camisa de
color claro; pantalón hasta los tobillos, saco de manga larga, ambos de color oscuro. En
la parte izquierda del saco, a la altura del pecho, un escudo de la institución. Usaban,
además, quepis y zapatos negros.
El gremio de los "vivanderos" o
vendedores ambulantes de Medellín también incluía a los fruteros, los vendedores de
jamones y de legumbres; a los vendedores de leche, recién ordeñada en las fincas o casas
cercanas, y de queso. Éstos últimos también tenían representantes en el gremio
infantil, quienes se diferenciaban entre los niños vendedores de queso y las quesiteras.
Los primeros traían
los mejores de Urrao, aunque fueran de
otra parte, pues los quesos de Urrao eran los acreditados. Los traían en costales y
venían desenvueltos, cuñados unos con otros y arrojaban un fuerte olor acre
47
.
Las quesiteras vendían, además de
quesitos caseros, huevos y moras de castilla y brevas. La venta de estas últimas se
hacía por "puchas", medida por una cajita de madera de dimensiones precisas.
Los vendedores de queso sólo
aparecían los lunes por las calles de la ciudad y los demás quesiteros aparecían todos
los días por la mañana con surtido fresco que venía de Santa Elena, Guarne, Rionegro,
La Ceja, San Pedro, Girardota y demás poblaciones cercanas y con buenas lecherías
48
.
ACTITUDES Y COMPORTAMIENTOS HACIA
LA INFANCIA TRABAJADORA
Sobre el descrito y generalizado panorama
de niños, niñas y adolescentes que trabajaban en todos los sectores de la sociedad, gran
parte de la opinión pública se inclinó por no ver en ello inconveniente. Según esta
visión, los niños de los sectores pobres y marginados estaban más expuestos a caer en
el vicio, la mendicidad, la delincuencia y otras desgracias -como la prostitución en el
caso de las niñas-; por lo tanto, era una "bendición" el que las industrias,
las personas particulares o ellos mismos se procurasen empleo.
Apoyados en una tradicional ética del
trabajo, que en Antioquia se remonta a muchos años antes de la época de la
industrialización 49, se publicaron artículos de prensa y
otra gran diversidad de escritos en donde se hablaba de las bondades del empleo
industrial, de la importancia de la formación técnica y moral que las fábricas les
brindaban a la infancia y a la juventud (la fábrica como escuela, inversión de la
petición constante de convertir la escuela en taller 50), y
en general, de las posibilidades de "redención" social que ofrecía la
industria ante la aguda situación de miseria y desempleo en Medellín.
Los periódicos y revistas, en sus
frecuentes "visitas a fábricas" (publirreportajes, en término contemporáneo),
describieron de una manera desproporcionada la industrialización de la ciudad e
idealizaron la vida en los sitios de trabajo. Sobre las pequeñas obreras, los reporteros
hablaron de niñas sonrientes y felices en sus labores. En la fábrica de fósforos Olano,
dice uno de ellos, había "un espacioso salón donde trabajaban alegres y risueñas
tres decenas de niñas, al suave murmurar de las máquinas y al compás de un aire
cualquiera de música popular" 51.
La aceptación del trabajo infantil en la
mentalidad pública fue tal, que ni aun con motivo de la visita del presidente Rafael
Reyes a la Fábrica de Bello en 1908 se vio la necesidad de esconder a las niñas. El
cronista que describió el suceso anota que había allí 150 señoritas entre los ocho y
veinte años, pero lo que le llamó la atención al presidente fue que todas ellas estaban
descalzas 52. Alejandro López no mostró ningún reparo en
el empleo de niños en sus descripciones empresariales realizadas a propósito de la
Exposición Industrial de 1910 53. Como tampoco lo
mostraría, doce años después, el joven abogado José Vásquez, quien sostuvo en su
tesis de grado que "de todas maneras, el niño que no está en la escuela, queda
mejor en la fábrica que en la calle" 54.
Esta clase de ética laboral es adoptada,
incluso, por los opositores políticos. Dice un articulista de El Luchador, periódico
obrero y socialista de la época:
¡Mujeres pobres, mujeres del pueblo,
las que trabajan para ganar la vida, ustedes son el brazo de la patria! El deber de
ustedes es duro, pero es claro y en cierto modo fácil de cumplir, están ustedes
obligadas a trabajar con eficacia y con alegría. Hagan ustedes bien su oficio y canten
mientras están trabajando. [...] Y cuando tengan ustedes hijos, que mamen con la leche
del pecho de su madre el amor al trabajo y la alegría
55
.
Pero quizá el comportamiento más
permisivo e indiferente que se manifestó en Medellín hacia el trabajo infantil en las
industrias lo simboliza una serie de avisos clasificados aparecidos durante tres meses en
un periódico de la ciudad. En ellos, una empresa industrial promocionaba la venta de
lotes para vivienda entre sus obreros. Avisos como éstos, y particularmente dirigidos a
obreros, proliferaron en la época debido a la escasez de habitaciones y al auge
constructor que había en la ciudad. La particularidad de estos avisos consistió en que
durante todo el tiempo en que se publicaron siempre hicieron hincapié en que los precios
de las cuotas semanales para adquirir el lote eran tan bajos que hasta "su hijita de
12 años trabajando en la Fábrica puede pagarlo" 56.
El aviso más tardío que pudimos
encontrar comienza con la siguiente pregunta: "¿Cree Ud. que una niña de 12 años
pueda comprar un solar? Nada más fácil. En Barrio Andalucía le venden un hermoso lote
pagando 50 cvs. cada sábado" 57.
Entre los avisos hubo algunos que
insinuaban la posibilidad de vincular a todos los hijos al trabajo. Todo ello en medio de
un elogio a la empresa:
En la Fábrica de Tejidos de Bello
encuentra Ud. trabajo, buen trato, moralidad y paga equitativa para su familia.¿ Por qué
no compra Ud. un solarcito en Barrio Andalucía que podrá pagarlo con el jornal de una
sola de sus niñas?
58
.
El que fuera primero de mayo el día de
su publicación no deja de ser una ironía; porque en realidad el trabajo infantil y
familiar era tan común, que la anterior posibilidad resultó ser una práctica constante.
En 1920, el cronista de la huelga de Bello reveló que, además de las malas condiciones
de las habitaciones que la fábrica les arrendaba a los trabajadores, éstos debían saber
que "para conseguir una en alquiler es necesario tener cuatro obreras en el
establecimiento: los hombres no se cuentan" 59.
Con la publicación de los avisos
clasificados se muestra que lo que pretendían los empresarios era lanzar al mercado de
trabajo a las mujeres jóvenes, aun desde que eran niñas; y proletarizar a toda la
familia obrera de Medellín, con el señuelo de adquirir vivienda 60. De paso, este comportamiento hacia la infancia también
refleja el modelo ideal de organización familiar que las empresas antioqueñas desearon
fomentar en esta primera etapa de la industrialización. Sin olvidar que también hubo
presión por parte de los padres de familia para que les dieran empleo a sus hijos como
forma de complementar los ingresos familiares.
SÍNTESIS FINAL
La historia de los niños trabajadores es
de aquellos temas de muy larga duración. Casi podría afirmarse que ha sido una constante
en la historia humana. Sin embargo, a principios del siglo XX se presenció en Medellín
un cambio en el tipo de trabajo infantil que venía desde la colonia.
El trabajo artesanal se realizaba en la
casa, al lado de los padres y con unas relaciones laborales y salariales muy distintas de
las mediadas por un patrón, un horario y un jornal.
El surgimiento de los niños obreros
industriales fue el ejemplo predominante, al lado de los pequeños vendedores ambulantes,
de los niños trabajadores de la época. Ocupación muy diferente del tipo de trabajo
anterior y muy distinta, también, del trabajo que realizan los niños en la actualidad.
Hoy en día a los niños se les puede
encontrar trabajando en el sector informal y en el de la construcción, en las zonas
urbanas; y en la explotación de las minas de carbón y en las actividades agropecuarias,
en las zonas rurales 61. Aunque se presentan casos de abuso
y explotación extremas, verdaderos anacronismos sociales que hacen pensar que aquella
primera época todavía no ha terminado, al comparar la mentalidad actual hacia la
infancia con la de ese entonces se notan las diferencias.
Los tres primeros decenios de este siglo
en Medellín representan para la historia de la infancia el peor período del trabajo
infantil, aquella época en que los niños estuvieron vinculados directamente al sector
industrial como obreros, presentándose un abuso y explotación masivos de su fuerza de
trabajo. Las niñas obreras, por ser más numerosas y por lo que representan, pueden
escogerse como el símbolo de este duro aporte de la infancia al desarrollo
socioeconómico de la ciudad.
En esta misma época también se
presenció la generalización de los niños vendedores ambulantes como manifestación del
proceso del crecimiento urbano.
La actitud más generalizada, aunque no
la única, ante el trabajo infantil fue la de su aceptación, en forma velada o exaltada.
La mano de obra infantil resultaba ser para los empresarios un recurso abundante y barato;
por lo tanto, justificaron su empleo industrial como opción ante el desempleo y la
miseria de amplios sectores sociales. Además, argumentaron que el trabajo de los niños
tenía un carácter disciplinario y de formación técnica y moral para los futuros
trabajadores adultos.
Aunque los elogios a las virtudes del
trabajo desde la infancia eran generales en toda la sociedad, no hay que olvidar que a los
que efectivamente les llegaba como única opción era a aquellos niños de los sectores
pobres para los cuales la escuela no era accesible y quienes en su contexto familiar la
veían como no prioritaria.
* Este artículo es
derivado de la tesis "Niños trabajadores y vida cotidiana en Medellín,
1900-1930" presentada al departamento de historia de la Universidad Nacional (sede de
Medellín), 1995.
1 Constanza Toro,
"Medellín: desarrollo urbano", en Historia de Antioquia, Bogotá,
Presencia, 1988, pág. 300.
2 Patricia Londoño,
"La vida diaria: usos y costumbres", en Historia de Antioquia, Bogotá,
Presencia, 1988, pág. 331-342.
3 Anuario Estadístico de
Medellín, 1918, pág. 20-21.
4 Roger Brew, El
desarrollo económico de Antioquia desde la independencia hasta 1920, Bogotá, Banco
de la República, 1977, pág. 328.
5 Hernán Darío
Villegas, La formación social del proletariado antioqueño,
Medellín,
Concejo de Medellín, 1990, pág. 107.
6 Roger Brew, op. cit.,
pág. 329.
7 Anuario Estadístico de
Medellín,
1916, pág. 34 y 42.
8 Fernando Botero
Herrera, La industrialización en Antioquia: génesis y consolidación, 1900-1930,
Medellín, Cie-U. de Antioquia, 1985, pág. 137; Hernán Darío Villegas, op. cit.,
pág. 125.
9 Archivo Histórico de
Antioquia, signatura 8933, acta del inspector de fábricas N° 1110 (manuscrito), 27 de
agosto de 1921, pág. 111.
10 Fernando Botero, op.
cit., pág. 140.
11 La anterior
descripción se hizo con base en información publicada en el artículo "Café
Medellín" de Rafael Ospina Pérez, en Sociedad de Mejoras Públicas, La ciudad
1675-1925,
Medellín, Bedout, 1925, pág. 223.
12 Alberto Mayor, Ética,
trabajo y productividad en Antioquia, Bogotá, Tercer Mundo, 1989, pág. 254.
13 "En la fábrica
de fósforos", en El Sol, Medellín, 28 de agosto de 1909.
14 Hernán Darío
Villegas, op. cit., pág. 199.
15
Ibíd.,
pág. 112.
16 A.H.A., sg. 8932,
actas 364 y 421, 24 de octubre de 1921 y 28 de marzo de 1922, pág. 9 y 66.
17 Rafael Ortiz Arango, Estampas
de Medellín antiguo,
Medellín, Fábrica de Licores de Antioquia, 1983, pág.
142.
18 A.H.A., sg. 8930,
acta 169, 28 de septiembre de 1920, pág. 89.
19 Magdala Velásquez,
"Condición jurídica y social de la mujer", en Nueva Historia de Colombia,
t. IV, Bogotá, Planeta, 1989, pág. 22 y 36.
20 Daniel Vélez,
"Informe del inspector de fábricas", en
Memoria del Secretario de
Gobierno de Antioquia, Medellín, Imprenta Oficial, 1926, pág. 254.
21 Daniel Vélez,
"Informe del inspector de fábricas", 1921, pág. 19.
22 A.H.A., sg. 8929,
acta 663, 21 de mayo de 1920, Coltejer, pág. 162.
23 Departamento de
Antioquia, "Ordenanza 25 de 1918. Policía de Fábrica", en Ordenanzas de la
Asamblea Departamental, Medellín, Imprenta Departamental, 1918, pág. 46.
24 A.H.A.,
sg.
8930, acta 195, 20 de noviembre de 1920, Vidriería de Caldas, pág. 124.
25 Alberto Mayor, op.
cit., pág. 284.
26 Juan Vallejo,
"Informe del inspector de fábricas", en Informe del Secretario de Gobierno,
1934, pág. 80.
27 Citado por Luz
Gabriela Arango, Mujer, religión e industria. Fabricato 1923-1982,
Medellín,
U. de Antioquia-U. Externado de Colombia, 1991, pág. 45.
28 "Una empresa
ejemplar", en La Patria,
Medellín, 23 de febrero de 1909.
29 Mauricio Archila, Cultura
e identidad obrera, Bogotá, Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep),
1991, pág. 119.
30 Hernán Darío
Villegas, op. cit., pág.
137.
31 Hernán Darío
Villegas, op. cit.,
pág.137-150; María Patricia Castro, Beneficencia en
Medellín, 1880-1930, tesis de historia, Medellín, U. de Antioquia, 1994, pág.
30-37.
32 Hernán Darío
Villegas, op. cit., pág.
156; Catalina Reyes, ¿Fueron los viejos
tiempos tan maravillosos? Aspectos de la vida social y cotidiana de Medellín (1890-1930),
tesis de maestría en historia, Medellín, Universidad Nacional, 1993, pág. 598.
33 Antonio Marín, Reconstrucción
histórica de la Escuela de Trabajo San José, 1914-1991,
Medellín, Fundación
Universitaria Luis Amigó, 1992, pág. 257; María Claudia Saavedra, "Antioquia en
los inicios del proceso de industrialización: algunos aspectos relativos a la
capacitación técnica", en Lecturas de Economía,
núm. 37, Medellín, U. de
Antioquia, 1992, pág. 120-121.
34 Catalina Reyes, op.
cit., pág. 616-627.
35 Aline Helg, La
educación en Colombia, 1918-1957. Una historia social, económica y política,
Bogotá,
Centro de Estudios de la Realidad Colombiana (Cerec), 1987, págs. 93-94.
36 Catalina Reyes,
"Higiene y salud en Medellín, 1900-1930", en Estudios Sociales,
núm. 7,
Medellín, Fundación Antioqueña para los Estudios Sociales (Faes), 1994, pág. 18.
37 Cecilia Muñoz y
Ximena Pachón, La niñez en el siglo XX, Bogotá, Planeta, 1991, pág. 38.
38 Lisandro Ochoa, Cosas
viejas de la Villa de la Candelaria, 2a. edición, con prólogo de Roberto Luis
Jaramillo, Medellín, Colección Autores Antioqueños de la Secretaría de Educación y
Cultura Departamental, 1984, pág. 87.
39 Lisandro Ochoa, op.
cit., pág. 84.
40 C. A. Payne,
"Crecimiento y cambio social en Medellín", en Estudios Sociales, núm. 1,
Medellín, Faes, 1986, pág. 139.
41 Rafael Ortiz Arango, op.
cit., págs. 27 y 180.
42 Lisandro Ochoa, op.
cit.,
pág. 88.
43 Rafael Ortiz Arango, op.
cit., pág. 27.
44 Lisandro Ochoa, op.
cit., pág. 88.
45 C. A. Payne, op.
cit., pág. 139.
46 Rafael Ortiz Arango, op.
cit., pág. 28.
47 Rafael Ortiz Arango, op.
cit., pág. 109.
48 Rafael Ortiz Arango, op.
cit., pág.
109.
49 Alberto Mayor, op.
cit., págs. 270-272.
50 María Claudia
Saavedra, op. cit.,
pág. 124.
51 "En la fábrica
de fósforos", en El Sol, Medellín, 28 de agosto de 1909. Citado por Fernando
Botero, op. cit., pág. 151.
52 P. A. Pedraza, Excursiones
presidenciales, 1909, pág. 165. Citado por C. A. Payne, op. cit., pág. 143.
53 Alejandro López,
"La Exposición Industrial", en La Organización, Medellín, 29 de julio, 1o. y
3 de agosto de 1910.
54 José R. Vásquez, Legislación
obrera, Medellín, tesis de derecho en la U. de Antioquia, 1922.
55 G. Martínez, "A
las mujeres pobres", en El Luchador, Medellín, 31 de enero de 1919.
56 El Espectador,
Medellín, 10 de abril de 1918. Citado por Fernando Botero, op. cit., pág. 144.
57 El Espectador,
Medellín, 7 de junio de 1918.
58 El Espectador,
Medellín, 1o. de mayo de 1918. Igual aviso apareció el 26 de mayo y 1o. de junio de
1918.
61 María Cristina
Salazar, Niños y jóvenes trabajadores. Buscando un futuro mejor,
Bogotá,
Universidad Nacional-Unicef, 1990.
59 El Curioso
Impertinente, "La huelga de Bello", en El Espectador, Medellín, 1o. de marzo de
1920.
60 Fernando Botero, op.
cit.,
págs. 144-145.
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