Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 42. Volumen XXXIII - 1996- editado en 1997
 

Los niños trabajadores de Medellín a principios del siglo XX*

 

CARLOS EDWARD GARCÍA LONDOÑO
Historiador de la Universidad Nacional de Colombia (Medellín)
Trabajo fotográfico: Patricia Londoño Vega

Durante los primeros treinta años de este siglo, los habitantes de Medellín y de los municipios vecinos presenciaron muchas transformaciones en su entorno. Las más notorias tuvieron que ver con la expansión del comercio cafetero y con el comienzo y la consolidación del proceso de industrialización que vivió la ciudad.

Aun para los sectores más alejados del centro urbano fueron palpables estos cambios, a los cuales se agregaron el gran crecimiento del área construida de Medellín (realizado a un ritmo que no se ha vuelto a repetir) 1 y el aumento desproporcionado de la población urbana y rural, debido a la voluminosa inmigración que llegó a la ciudad. Todos también pudieron observar que hasta las costumbres y la vida cotidiana se iban transformando 2.

Menos destacada parecía en ese entonces la gran participación de los niños y los adolescentes en todos los sectores de la economía y la sociedad. Pero ellos estaban allí, desde el proceso de recolección del grano en las fincas cafeteras hasta las labores en las trilladoras y las fábricas ubicadas en el sector urbano; y desde las actividades en el hogar hasta en las calles, en el sector informal de la cada vez más agitada vida urbana de Medellín.

En este ensayo buscamos, precisamente, reconstruir esta historia de la infancia trabajadora, ya fuesen niños artesanos, asalariados, recluidos o vendedores ambulantes. Nos acercaremos a su vida cotidiana teniendo en cuenta la diferencia de género, el oficio que desempeñaban y el sector social al que pertenecían.

Finalmente nos ocuparemos de la actitud más generalizada que la sociedad tuvo hacia ellos y de varios comportamientos significativos que revelan la mentalidad de este período con respecto al trabajo infantil.

Pero, ¿quiénes eran los niños de esta época? En 1918, los niños menores de quince años representaban la tercera parte de la población de la ciudad. De los que se encontraban en edad escolar, sólo la mitad de ellos tenían acceso a la educación formal, en instituciones oficiales o privadas 3. La otra mitad, perteneciente a los sectores pobres de la sociedad, debía trabajar para sobrevivir, ya fuese en sus casas, al lado de sus padres, o rebuscándose la vida en las fábricas y talleres de la ciudad. También estaban los que debían hacerlo en las calles como vendedores ambulantes o como mendigos.

LOS NIÑOS ARTESANOS

Las familias artesanas tradicionalmente habían incorporado en sus talleres la mano de obra adulta, masculina y femenina, a la infantil. Desde el siglo XIX, en sus instalaciones caseras se producían bebidas y alimentos, como chicha, cerveza, chocolate y harina de maíz 4. Particularmente en el valle de Aburrá, en donde todos los municipios eran grandes productores de caña de azúcar, existían muchos trapiches. Allí se elaboraban panela, aguardiente y, en menor medida, azúcar 5.

En casi todos los oficios artesanales se disponía de actividades que realizaban los niños desde muy temprana edad. Tanto en las casas donde funcionaba una pastelería, como en los tejares, ladrilleras, sastrerías o talleres de fundición y mecánica. Además, los niños eran aprendices de sus padres cuando éstos eran albañiles, carpinteros, zapateros, talabarteros, herreros o cerrajeros; compartían con ellos y los otros adultos las vicisitudes del mundo laboral. Dentro de los hogares se elaboraban, para su uso cotidiano, cuerdas, lazos y costales de fique; monturas y zurriagos de cuero; ollas y vasijas de arcilla; y artículos de madera, como cucharas y muebles 6. En la fabricación de todos esos artículos la participación de los niños era amplia, al igual que en los oficios domésticos en las fincas y en las casas.

Con la aparición de la industria, muchas cosas cambiaron en la ciudad. Entre ellas, el anterior panorama del trabajo infantil. Además de los niños artesanos que siguieron trabajando en el taller paterno o en el de su protector, en estos años se pudo observar el surgimiento de los niños obreros industriales, quienes debían madrugar y caminar largos trayectos hacia sus trabajos y compartir las extenuantes jornadas con el naciente proletariado del que formaban parte.

NIÑAS QUE SON OBRERAS

Una de las características de los nuevos trabajadores de Medellín fue la de contar con un personal muy joven, soltero y mayoritariamente femenino. Por lo tanto, en esta época, tanto los niños como las mujeres salieron a trabajar masivamente fuera de sus casas. En el caso de estas últimas, a hacerlo en lugares mezcladas con hombres. En lo que se refiere a los niños, se nota la mayoría femenina.

En 1916, el 9% de las obreras de la ciudad eran niñas menores de quince años, algunas de ellas de sólo cinco años de edad. En esa misma fecha, el porcentaje de niños trabajadores de dicha edad era el 3,8% 7. Estas cifras reflejan la diferencia entre los sexos; que, aunque real, también se debió a la dispersión de los sitios de empleo de los niños varones, lo que impidió su seguimiento estadístico.

Entre los años 1916 y 1928, las niñas obreras "aquellas menores de quince años" constituyeron el 6% de todo el personal obrero femenino. A pesar del carácter parcial de la estadística, este porcentaje es representativo de la alta participación infantil en la industrialización de la ciudad.

Sin embargo, podemos tener una idea más aproximada de la verdadera presencia de la infancia en las fábricas si observamos el siguiente cuadro, construido con base en los conocidos anuarios estadísticos, que sólo contabilizaron las obreras de Medellín, y con los fragmentarios datos cuantitativos que es posible recopilar de los informes en los inspectores fabriles a los establecimientos industriales de todo el valle de Aburrá.

NIÑAS Y NIÑOS OBREROS DE MEDELLÍN, 1922-1927

Se puede apreciar, por ejemplo, cómo para el año de 1924, cuando los anuarios registraron 118 niñas obreras, el inspector de fábricas contabilizó, entre todos los niños y niñas obreros, a 579 con situación irregular, dejando de mencionar a los restantes. Por lo tanto, se puede comprobar, como ya lo habían intuido otros investigadores del problema 8, que la participación de niños de uno u otro sexo en las industrias fue mucho mayor que la conocida únicamente por medio de las estadísticas de las obreras.

La presencia de los niños en todos los sectores laborales fue de tal magnitud, que en una visita a la Empresa de Teléfonos de Medellín, para la época, una empresa de trabajo especializado, el inspector debió aclarar que allí "no se da ocupación, ni siquiera se admite en los salones de trabajo a menores de diez años" 9.

VIDA DIARIA EN LAS FÁBRICAS

En las trilladoras de café se encontraba el mayor número de niñas obreras. Durante el período 1916-1928 constituyeron el 9,5%, y en 1917 llegaron a representar el 15% de todo el grupo de obreras de la trilla. Era éste el sector de obreras más numeroso, muy por encima de las tejedoras textileras, el peor remunerado de toda la industria antioqueña 10, y el que presentaba el mayor promedio de hacinamiento de sus trabajadoras.

Cuando las niñas y adolescentes de las trilladoras entraban a manipular el café, ya otros niños, ayudantes en las fincas, habían participado en el proceso, que iba desde la siembra hasta la exportación. A Medellín llegaba el grano despulpado, fermentado, lavado y secado. En las trilladoras, movidas por fuerza hidráulica o eléctrica, se despojaba al café de su envoltura y se lo dejaba en estado de "almendra". Luego se realizaba la labor que más desempeñaban las niñas: la separación y clasificación del café, que era empacado en sacos y transportado por el ferrocarril rumbo a los mercados internacionales 11.

El segundo de los sectores a que estaban vinculadas las niñas obreras eran las fábricas de textiles. A principios de siglo, las actividades que se desempeñaban en estas industrias pertenecían a las dos únicas secciones que había: hilados y tejidos. Allí las operaciones básicas eran garantizar el flujo continuo de la hilaza, empatar revientes, dar movimiento a los telares, reemplazar las bobinas vacías e introducir el hilo en las máquinas auxiliares 12.

Muchas de estas labores las realizaban las niñas, sobre todo aquellas consideradas como "tareas adecuadas" para su edad: enhebrar las bobinas, manejar las máquinas más pequeñas o recoger los hilos gateando por debajo de las máquinas.

Las demás empresas industriales en donde hubo niñas trabajando al lado de sus compañeras adultas fueron las fábricas de cigarrillos, gaseosas, cervezas y chocolates; en las imprentas, en las fábricas de fósforos y en los oficios varios, correspondientes a los talleres de modistería, zapatería, planchado de ropa, almacenes de botones y sombrererías.

En cuanto al trabajo en las fosforerías, se publicaron extensas descripciones del proceso de elaboración de las cerillas y de su empaquetado en cajas de cartón 13. Menos conocidas fueron las noticias de lo riesgoso del trabajo, debido a la posibilidad de que la obrera se quemara al cerrar las cajas. Ésta solo contaba para su protección con una esponja empapada en agua y, en caso de incendio, debía arrojar la caja lejos 14. Las condiciones de asistencia médica y de seguridad en caso de accidentes eran mínimas en casi todas las empresas industriales del valle de Aburrá.

LOS NIÑOS OBREROS

Sobre los niños obreros se dispone solamente de datos diferenciados por oficios para el año 1916. En ellos se destacan los empleos artesanales (albañiles, carpinteros, zapateros, sastres) y propiamente industriales en imprentas, talleres de mecánica y fundición, y algunos en textiles.

Por otro lado, se sabe que los obreros eran dominantes en número en algunas fábricas de alimentos y en las de cerveza; y eran mayoría absoluta en las fábricas de mosaicos (baldosas), vidrierías, locerías y talleres de mecánica y fundición 15. Pero hubo hombres y niños en todos los sectores de la industria, incluidas las trilladoras y las fábricas de fósforos.

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Recolectoras de café conocidas en Antioquia como chapoleras (Fotografías de Melitón Rodríguez tomadas de: Melitón Rodríguez fotografías, El Áncora Editores, Bogotá 1985 y Germán Ferro, A lomo de Mula, Bancafé, Bogotá, 1994.

También hubo casos en que los niños fueron mayoría en la empresa. En 1922, la mayor parte de los trabajadores de la Vidriería de Caldas eran niños varones entre diez y quince años; lo mismo había ocurrido un año antes en la vidriería anexa de la Cervecería Antioqueña Consolidada 16.

Aunque pertenecían a sectores marginales de la sociedad, también estos muchachos trabajadores compartían costumbres y características comunes con otros niños y adolescentes de entonces. "Todo muchacho, en el Medellín hasta los años treinta, fue piernipeludo siempre y cuando hubiera llegado a los quince años, en esa época", dice el cronista Rafael Ortiz.

Al cumplir esa edad, el muchacho debía cambiar sus pantalones cortos y costearse la "largada de pantalones". Esto "era todo un ritual iniciático. En ese momento adquiría los derechos del hombre y como símbolo recibía la llave de la casa y los pantalones largos". Además, su nueva vestimenta le abría las puertas de los billares y los libraba de las burlas callejeras y las "rígidas y severas medidas de control de menores".

Como este paso lo debían dar con sus propios recursos, muchas veces sucedía que sólo les alcanzaba para una "largada" simulada: usaban, entonces, botas largas y medias negras que les llegaban hasta el borde de los cortos pantalones. Pero si no tenían plata ni para botas ni para medias, andaban con sus pantalones cortos y descalzos. A veces esto se prolongaba bastante y se llegaba el caso de muchachos que iban por las calles mostrando sus pantorrillas velludas; de ahí el nombre de "piernipeludos" 17.

ENTRE LA GENTE ADULTA

La vida cotidiana de las niñas obreras fue prácticamente la misma que les tocó sobrellevar a las trabajadoras adultas en las incipientes industrias de Medellín, con algunas diferencias debidas a su edad, las que aumentaron su grado de explotación, ya no sólo física sino también psicológica. La siguiente es una descripción de la Fábrica de Tejidos de Bello, la empresa que más conflictos tuvo con la Oficina de Inspección de Fábricas por sus irregularidades y en la cual trabajaron muchas niñas:

El edificio está aseado y tiene luz suficiente pero carece en absoluto de ventilación, pues a más de estar la fábrica rodeada de una arboleda, las rejas por las cuales pudiera a pesar de la arboleda entrarles algún aire, están tapadas con vidrieras; de suerte que ya pueden imaginarse la higiene que habrá en una fábrica donde por más de diez horas permanecen quinientas y tantas trabajadoras respirándose el mismo aire a una temperatura sumamente elevada 18 .

El hecho de trabajar hombres y mujeres en un mismo recinto originó variadas relaciones entre los patronos, los obreros y las obreras. Para las mujeres, en algunos casos esto significó una situación diferente de las posibilidades que tenían encerradas en su hogar, pero en otros dio lugar a que fueran objeto de atropellos, abusos y chantaje sexual, como el denunciado en 1920 por las huelguistas de la mencionada fábrica 19. En el lenguaje de la época, esto fue enunciado como el problema de "la moralidad en las fábricas".

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Arriero,1896 (Fotografía de Melitón Rodríguez tomado de: Germán Ferro, A Lomo de Mula, Bancafé, Bogotá,  1994).

Por esto no resultó raro que en 1926 el inspector de fábricas expresara al secretario de gobierno: "Me es grato manifestarle que durante el año al cual se contrae este informe, ninguna de las obreras fue deshonrada en los edificios de las empresas, ni por empleados u obreros de ellas" 20.

El horario de trabajo comenzaba muy temprano. Los obreros que vivían en el campo debían madrugar a las tres o cuatro de la mañana para entrar a las seis. Debido a la distancia, volvían a sus casas a altas horas de la noche.

Las jornadas eran, en la mayoría de las fábricas, de nueve y diez horas diarias, pero en algunos casos se aumentaba y a veces llegaron a trabajar hasta catorce horas al día 21.

En este recorrido por el espacio en que estaban mezclados los niños con los adultos, nos referiremos ahora a la remuneración. A principios de siglo, la mayoría de los establecimientos de Medellín determinaban sus salarios de acuerdo con la oferta y la demanda del trabajo que necesitaban.

Éstos eran bajos, y no existía un salario mínimo obligatorio. Además, había grandes diferencias, en cuanto a la remuneración, entre hombres y mujeres, aun en los mismos oficios. En general, las mujeres ganaban la mitad o menos del salario de los hombres, y los niños muchísimo menos. En 1920, los salarios de Coltejer fluctuaban

de cuarenta centavos a un peso diario para las obreras, a excepción de algunas aprendices [sic] que sólo devengan veinte centavos. A los obreros les resulta una remuneración desde treinta centavos que gana un niño hasta dos pesos diarios que obtiene como remuneración un obrero de buenos conocimientos 22 .

Pero los reducidos salarios diarios que ganaban los trabajadores eran disminuidos aún más con el sistema de multas o rebajas del sueldo que los empresarios les imponían como sanción por alguna falla disciplinaria o en el desempeño laboral. Si no existía un salario mínimo para el personal adulto, menos había una legislación que evitase la explotación del trabajo infantil. En cuanto a esto, los inspectores fabriles se limitaban a exigir que no se les cobrase por multas a los obreros más del 10% de su jornal.

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Correos urbanos (Tomada de: Medellín el 20 de julio de 1910, álbum de la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín)

Finalmente, mencionaremos las actividades religiosas en que participaron tanto las niñas obreras como los demás trabajadores de Medellín. Organizadas por la misma empresa o por el Patronato de Obreras (1912), la presencia de la Iglesia católica en las fábricas se manifestó visiblemente con la realización de retiros espirituales, algunos de ellos en las propias instalaciones industriales, o con las ceremonias de entronización de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús en los salones de trabajo. Muchas obreras vivieron en los varios patronatos que se crearon posteriormente. Allí les daban instrucción religiosa y moral, y las asesoraban en la búsqueda de trabajo. Por medio de ellos, y de otras instituciones, la Iglesia influyó ampliamente en la clase obrera de Medellín.

CONCEPCIÓN SOBRE LA NIÑEZ EN LA LEGISLACIÓN

Durante la época sólo estuvo prohibido el emplear a los niños menores de diez años. Los que se encontraban entre los diez y los quince, podían ser contratados sin ninguna exigencia relacionada con su educación pero con una jornada no superior a las ocho horas.

La legislación laboral de 1918, conocida como la Policía de Fábricas, fue ambigua al respecto e incluyó en un inciso inmediato la posibilidad de asignarles, a los niños de las mencionadas edades, "trabajos adecuados" para ellos 23.

Sin embargo, observando las actas y los informes de los inspectores se puede comprobar que no se hizo caso de esta salvedad y que los inspectores trataron de cumplir el espíritu de la ley. El problema fue su limitado poder fiscalizador y su incapacidad para modificar la situación.

Los inspectores sólo podían, en caso de encontrar a niños en situación irregular, exigir el retiro de los menores de diez años o que se les rebajara la jornada a los que tenían entre diez y quince años.

Una frase típica en las actas de los inspectores nos muestra la concepción que implícitamente se tenía de la niñez. Afirmar que "en esta empresa no se emplean menores", solamente significaba que en ella no se encontraban niños menores de diez años.

Sin embargo, hasta finales de los años veinte se pueden leer actas en que se informa de niñas menores de diez años encontradas separando café en las trilladoras; o sobre casos de prolongación de la jornada de los más grandes, que, según la personal interpretación de un inspector, "sólo estaban obligados a trabajar ocho horas" 24.

De todas maneras, después de 1918 el número de niños obreros continuó descendiendo, ahora con la presión de la legislación pero también debido a los avances técnicos y de administración en las industrias y, en el caso de las niñas, por la masculinización de la fuerza laboral que comenzó a partir de los años treinta 25.

Pero todavía en 1934 la Oficina de Inspección de Fábricas se propuso una campaña que buscaba "impedir el trabajo nocturno de las mujeres y los niños, en conformidad con las convenciones internacionales" 26.

Sobre niños y niñas obreros sólo disponemos de cifras a partir de 1916, año en que surge la oficina de estadísticas. Pero las descripciones que existen para años anteriores nos muestran una gran presencia infantil en las fábricas, quizá mayor que la que se conoce a partir de la curva descendente de 1916.

Por ejemplo, el testimonio de una antigua obrera textil de la Fábrica de Bello (1905) asegura que "en la época de don Emilio se entraban a trabajar muy niñas, para ganarse el vestido de la Primera Comunión y les ponían banquitos para trabajar" 27.

O la descripción, en 1909, de la cervecería Tamayo, de la que se decía que sus obreros, "unos buenos muchachos [...] hacen el servicio como cosa propia [...] [ya] que casi todos han crecido al pie de la fábrica" 28.

De igual forma, si se hace una comparación regional, se tiene que, mientras en Bogotá los antiguos trabajadores han manifestado que "muchas muchachas entraron de catorce años" a trabajar en industrias textiles, en Medellín lo hicieron antes de cumplir la misma edad. Esto ha dado la oportunidad de plantear que el enganche de niños y niñas trabajadores durante la industrialización fue más alto en Antioquia que en el resto del país 29.

LOS NIÑOS RECLUIDOS TAMBIÉN TRABAJAN

El hecho de estar privados de la libertad no salvó a los niños, adolescentes y jóvenes del trabajo, ya fuese como penitencia o como la única labor posible en la institución. En esto, compartieron varias características con los niños artesanos y con los niños obreros de las industrias, particularmente en lo relacionado con los oficios, con la disciplina y con las prácticas religiosas en el sitio de trabajo.

Por su fecha temprana, llaman la atención los Talleres de San Vicente, creados por la Sociedad de San Vicente de Paúl (1882). Entre 1889 y 1912, estuvieron internados allí muchachos de entre seis y quince años, pobres y huérfanos, a los que se les ofrecía alimentación, educación religiosa y la enseñanza de labores técnicas, especialmente el manejo de telares, trabajo que, según se esperaba, desempeñarían posteriormente.

Los internos se ocuparon en la elaboración de tejidos de lana, algodón, cabuya y pita; hacían frazadas, telas, toallas, ruanas de hilo y camisetas en los telares de madera de que disponían. También hubo talleres de zapatería, carpintería, sastrería, talabartería y tipografía 30.

Los Talleres de San Vicente comenzaron con seis huérfanos, pero llegaron a tener hasta 60 alumnos. Sus productos industriales merecieron distinciones públicas y elogios de la prensa. Su vida cotidiana estuvo signada por los deberes religiosos y laborales, en una estricta distribución del tiempo diario 31.

Fuera de los Talleres de San Vicente, también hubo otras instituciones que incluyeron en sus programas de amoldamiento moral de la conducta de los niños y adolescentes allí recluidos, una intensa actividad laboral. Se trata de las dos primeras cárceles para menores que se fundaron en Medellín en 1914: la Casa de Menores y la Escuela Tutelar, masculina y femenina respectivamente.

Entre los años 1914 y 1920, la cárcel de menores masculina se conoció como Casa de Corrección y Escuela de Trabajo. Esta primera etapa de la institución se caracterizó por un sistema militarista y autoritario. La ruda disciplina impuesta por los oficiales en retiro que la dirigían incluyó frecuentes castigos físicos, el calabozo y otras formas humillantes de corrección de los internos, quienes además debían realizar trabajos productivos como castigo o "penitencia para su conversión".

A partir de 1920, acorde con los cambios de orientación que tuvo el centro, pasó a llamarse Casa de Menores y Escuela de Trabajo. Su nuevo director, el pedagogo Tomás Cadavid Restrepo, modificó los castigos y buscó realizar un seguimiento psicopedagógico de los internos, quienes serían considerados no tanto como delincuentes sino como "anormales morales" 32.

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Tipografía Industrial (Fotografía de Benjamín de la Calle, Centro de Memoria Visual, FAES)

Las reformas incluyeron la ampliación del edificio y los talleres de carpintería, encuadernación y cerrajería. Se comenzó la enseñanza del tejido de sombreros y del cultivo del tabaco; y se inauguraron, tardíamente, los talleres de telares. Además se montó la primera fundición 33.

Al frente de cada uno de los talleres se encontraba un maestro en el oficio, que se encargaba de la enseñanza a los menores y de vigilar su conducta, ya que la reforma pedagógica se enmarcaba en la capacitación para las labores productivas, la instrucción elemental y la educación religiosa en esta institución que llegó a tener hasta 240 menores internos.

El propósito fundamental de la Escuela Tutelar, dirigida por una congregación religiosa ajena a toda tendencia pedagógica moderna, fue la "regeneración moral y la modificación de la conducta" de las niñas y jóvenes delincuentes, que hasta ese momento eran recluidas junto con las adultas en la cárcel de mujeres. Los medios utilizados eran la instrucción elemental, la enseñanza religiosa y el trabajo. Pero, según estudios recientes con testimonios orales, los oficios domésticos continuos y las prácticas religiosas eran casi las únicas actividades que se realizaban allí 34.

Las internas, tanto niñas como jóvenes, se levantaban a las cuatro de la mañana y trabajaban y rezaban durante todo el día hasta las cinco de la tarde, hora en que se retiraban para asistir a los servicios religiosos. El trabajo doméstico, además del necesario para el mantenimiento de la institución, comprendía lavar y planchar por encargo la ropa de algunas comunidades religiosas residentes en la ciudad. En 1920, la Escuela tenía 60 internas, desde niñas a mujeres "menores de edad" que podían tener hasta 25 años. Todas ellas debían ser vírgenes, según la exigencia del reglamento de admisión.

La última institución que mencionaremos en este apartado es el Instituto Pedro Justo Berrío. En 1915, ante la proliferación de pequeños vagabundos y lustrabotas que se multiplicaban en la capital antioqueña, el obispo llamó a los salesianos para que se encargaran de ellos. Era conocida su especialización en la asistencia a los niños surgidos en las ciudades industriales, a los cuales les daban una educación elemental cristiana y los capacitaban en un oficio manual.

Los salesianos se encargaron, además, de continuar lo que quedaba de la tradicional Escuela de Artes y Oficios, que había tenido su época de esplendor en los últimos decenios del siglo XIX. La institución que empezaron a regir fue el Instituto del Sufragio, que funcionó como hospicio y escuela para vagabundos y lustrabotas de la ciudad. Poco a poco se transformó en una escuela industrial, y en 1926 recibió el nombre de Instituto Pedro Justo Berrío 35.

Todas las mencionadas instituciones tenían como objetivo, además de los correccionales y de modificación de las costumbres de los internos, capacitar para el trabajo y formar un carácter marcadamente moral a aquellos hijos de los sectores pobres de la ciudad para que posteriormente trabajaran como artesanos u obreros. Esta "filantropía pragmática" 36 estaba dirigida a los niños y jóvenes que podían ser productivos, para que dejaran de ser un peso para la sociedad y le retribuyeran a ésta la inversión que había hecho en su reeducación y capacitación.

MUCHACHOS QUE RECORREN LAS CALLES BUSCANDO CLIENTES

El universo callejero fue el otro frente de trabajo en el que se desenvolvieron los niños medellinenses de principios de siglo. El crecimiento de la ciudad, los nuevos usos y costumbres y el acelerado ritmo que iba adquiriendo la vida urbana generalizaron las ventas ambulantes.

A mediados de esta época se pudo observar a los pequeños vendedores ambulantes compartir la suerte de rebuscarse la vida con los niños mendigos, "basuriegos" o simplemente vagabundos.

Entre los niños que recorrían la ciudad buscando clientes estaban los lustrabotas -o "embetunadores", como se les decía más frecuentemente-, los cuales se podían encontrar en los parques de la ciudad; los aguateros (o aguadores), quienes transportaban a sus espaldas grandes canecadas de agua, desde los estanques públicos o desde las quebradas hasta los diferentes barrios; y los carboneros y leñateros, quienes vendían y llevaban a domicilio el carbón y la leña necesarios para el consumo doméstico en ese entonces.

Junto a ellos también transitaban por la ciudad las vendedoras de frutas, quienes se instalaban en las puertas de las escuelas, y las vendedoras de flores, que se situaban a la entrada de los templos y cementerios; los voceadores de prensa y los otros nuevos niños trabajadores de la época: los niños carteros y los niños vendedores de café. Muchos de estos oficios infantiles también eran comunes en Bogotá, en la cual se presentaron otros característicos de esa ciudad: chircaleros y limpia chimeneas 37.

Con la ayuda de las fotografías, de los cronistas y de los estudios sobre la vida cotidiana de la época, es posible reconstruir la historia de estos niños marginales de Medellín.

LOS NIÑOS TINTEROS

A comienzos del siglo XX, en Medellín la gente prefería el chocolate al café, como bebida no alcohólica. Cosa curiosa en una ciudad que era el centro de la exportación de café. El tomar tinto (café puro) no era además muy común; a pesar de que las grandes fortunas habían sido acumuladas exportando el grano, su consumo era muy escaso, casi nulo. Mayor suerte tenían las bebidas gaseosas con su nuevo público.

Poco a poco, las casas comerciales empezaron a vender café molido en cajas de cien paqueticos a ochenta centavos 38. En esta forma se aumentó en algo su consumo doméstico. Pero tomar tinto seguía siendo una costumbre de la clase alta. "El tinto se tenía como un refinamiento de extravagancia y sólo lo tomaban después de las comidas los señores principales, acompañado de un cigarrillo de Ambalema" 39.

A comienzos de los años veinte, a unas hermanas de apellido Melguizo se les ocurrió la idea de vender pocillos de tinto en las calles. Contrataron muchachos para que cargaran termos, pocillos y platos de porcelana, azúcar y cucharitas en una caja de madera bien presentada, que colgaban de sus hombros por medio de una correa. "Vendiendo café de oficina en oficina, de tienda en tienda, a la salida del teatro, en el Parque de Berrío y el Parque Bolívar, estos chicos tuvieron un éxito tremendo. Cada muchacho vendía un promedio de cuarenta pocillos de café al día, a dos o tres centavos el pocillo, pudiendo llevar a casa cincuenta centavos de pago" 40.

Muy pronto Medellín se llenó de estos vendedores ambulantes, que llegaron a cargar hasta seis termos bien surtidos con café caliente, además de una olla con agua limpia para el aseo de la vajilla usada. Su vestimenta distintiva incluía pantalón hasta la mitad de la pierna, llamado "cogepuerco", generalmente claro; saco largo y cachucha, ambos de color oscuro. Todos iban descalzos y con camisa blanca 41.

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Niños trabajando como vendedores ambulantes durante la inauguración del Parque Berrío, 1921 (Fotografía de Benjamín de la Calle, Centro de Memoria Visual, FAES)

El negocio de los niños tinteros creció tanto que se volvieron, en palabras de un testigo, "una plaga inaguantable" 42. La competencia había crecido bastante y se reflejaba en las diversas marcas que llevaban las cajas: "Café Fénix", "Café Mundial", "Café Madrid", etc. Pero la calidad del café había rebajado. Los muchachos fueron diluyendo su responsabilidad en el anonimato frente a sus patronos y hacían mal el lavado de la vajilla, preparaban tintos de mal sabor para sustituir el que les daban en los establecimientos, que les pagaban por la distribución, y entonces la clientela redujo su consumo 43. Lisandro Ochoa cuenta en sus crónicas que una vez vio a un muchacho que se sentaba en las gradas del atrio de la Candelaria, esparcía en el suelo los pocillos y los platos y con un pedazo de tela, aún mas sucio que los trastos, los frotaba. Ya limpios, según él, los colocaba de nuevo en el cajón, listos para continuar la venta 44.

Para los años cuarenta, los tinteros habían desaparecido, porque la mayoría de los bares y cafés empezaron a servir tinto regularmente y en forma más higiénica, pero habían dejado establecida, en todas las clases sociales, la costumbre de tomar café 45.

Algunos de los jóvenes vendedores ambulantes que dejaron de vender café, encontraron nueva ocupación en las calles de la ciudad como vendedores de helados, hechos con hielo raspado. Iban por las calles gritando el nombre de su fábrica: "Polares", "Esquimales", o entonando pregones publicitarios: "Helado de mora para la señora", "Helado de fresa para la princesa", "Helado de piña para la niña", "Helado con corozo para el buen mozo", etc. 46.

LOS NIÑOS CARTEROS Y LAS VENDEDORAS DE QUESITO

Otro de los oficios que desempeñaron los niños a principios de siglo en Medellín fue el de carteros. El correo urbano fue creado y organizado por la Sociedad de Mejoras Públicas en 1903, y para 1910, según una fotografía tomada ese año, su personal era esencialmente infantil.

Vestían uniforme completo: camisa de color claro; pantalón hasta los tobillos, saco de manga larga, ambos de color oscuro. En la parte izquierda del saco, a la altura del pecho, un escudo de la institución. Usaban, además, quepis y zapatos negros.

El gremio de los "vivanderos" o vendedores ambulantes de Medellín también incluía a los fruteros, los vendedores de jamones y de legumbres; a los vendedores de leche, recién ordeñada en las fincas o casas cercanas, y de queso. Éstos últimos también tenían representantes en el gremio infantil, quienes se diferenciaban entre los niños vendedores de queso y las quesiteras. Los primeros traían

los mejores de Urrao, aunque fueran de otra parte, pues los quesos de Urrao eran los acreditados. Los traían en costales y venían desenvueltos, cuñados unos con otros y arrojaban un fuerte olor acre 47 .

Las quesiteras vendían, además de quesitos caseros, huevos y moras de castilla y brevas. La venta de estas últimas se hacía por "puchas", medida por una cajita de madera de dimensiones precisas.

Los vendedores de queso sólo aparecían los lunes por las calles de la ciudad y los demás quesiteros aparecían todos los días por la mañana con surtido fresco que venía de Santa Elena, Guarne, Rionegro, La Ceja, San Pedro, Girardota y demás poblaciones cercanas y con buenas lecherías 48 .

ACTITUDES Y COMPORTAMIENTOS HACIA LA INFANCIA TRABAJADORA

Sobre el descrito y generalizado panorama de niños, niñas y adolescentes que trabajaban en todos los sectores de la sociedad, gran parte de la opinión pública se inclinó por no ver en ello inconveniente. Según esta visión, los niños de los sectores pobres y marginados estaban más expuestos a caer en el vicio, la mendicidad, la delincuencia y otras desgracias -como la prostitución en el caso de las niñas-; por lo tanto, era una "bendición" el que las industrias, las personas particulares o ellos mismos se procurasen empleo.

Apoyados en una tradicional ética del trabajo, que en Antioquia se remonta a muchos años antes de la época de la industrialización 49, se publicaron artículos de prensa y otra gran diversidad de escritos en donde se hablaba de las bondades del empleo industrial, de la importancia de la formación técnica y moral que las fábricas les brindaban a la infancia y a la juventud (la fábrica como escuela, inversión de la petición constante de convertir la escuela en taller 50), y en general, de las posibilidades de "redención" social que ofrecía la industria ante la aguda situación de miseria y desempleo en Medellín.

Los periódicos y revistas, en sus frecuentes "visitas a fábricas" (publirreportajes, en término contemporáneo), describieron de una manera desproporcionada la industrialización de la ciudad e idealizaron la vida en los sitios de trabajo. Sobre las pequeñas obreras, los reporteros hablaron de niñas sonrientes y felices en sus labores. En la fábrica de fósforos Olano, dice uno de ellos, había "un espacioso salón donde trabajaban alegres y risueñas tres decenas de niñas, al suave murmurar de las máquinas y al compás de un aire cualquiera de música popular" 51.

La aceptación del trabajo infantil en la mentalidad pública fue tal, que ni aun con motivo de la visita del presidente Rafael Reyes a la Fábrica de Bello en 1908 se vio la necesidad de esconder a las niñas. El cronista que describió el suceso anota que había allí 150 señoritas entre los ocho y veinte años, pero lo que le llamó la atención al presidente fue que todas ellas estaban descalzas 52. Alejandro López no mostró ningún reparo en el empleo de niños en sus descripciones empresariales realizadas a propósito de la Exposición Industrial de 1910 53. Como tampoco lo mostraría, doce años después, el joven abogado José Vásquez, quien sostuvo en su tesis de grado que "de todas maneras, el niño que no está en la escuela, queda mejor en la fábrica que en la calle" 54.

Esta clase de ética laboral es adoptada, incluso, por los opositores políticos. Dice un articulista de El Luchador, periódico obrero y socialista de la época:

¡Mujeres pobres, mujeres del pueblo, las que trabajan para ganar la vida, ustedes son el brazo de la patria! El deber de ustedes es duro, pero es claro y en cierto modo fácil de cumplir, están ustedes obligadas a trabajar con eficacia y con alegría. Hagan ustedes bien su oficio y canten mientras están trabajando. [...] Y cuando tengan ustedes hijos, que mamen con la leche del pecho de su madre el amor al trabajo y la alegría 55 .

Pero quizá el comportamiento más permisivo e indiferente que se manifestó en Medellín hacia el trabajo infantil en las industrias lo simboliza una serie de avisos clasificados aparecidos durante tres meses en un periódico de la ciudad. En ellos, una empresa industrial promocionaba la venta de lotes para vivienda entre sus obreros. Avisos como éstos, y particularmente dirigidos a obreros, proliferaron en la época debido a la escasez de habitaciones y al auge constructor que había en la ciudad. La particularidad de estos avisos consistió en que durante todo el tiempo en que se publicaron siempre hicieron hincapié en que los precios de las cuotas semanales para adquirir el lote eran tan bajos que hasta "su hijita de 12 años trabajando en la Fábrica puede pagarlo" 56.

El aviso más tardío que pudimos encontrar comienza con la siguiente pregunta: "¿Cree Ud. que una niña de 12 años pueda comprar un solar? Nada más fácil. En Barrio Andalucía le venden un hermoso lote pagando 50 cvs. cada sábado" 57.

Entre los avisos hubo algunos que insinuaban la posibilidad de vincular a todos los hijos al trabajo. Todo ello en medio de un elogio a la empresa:

En la Fábrica de Tejidos de Bello encuentra Ud. trabajo, buen trato, moralidad y paga equitativa para su familia.¿ Por qué no compra Ud. un solarcito en Barrio Andalucía que podrá pagarlo con el jornal de una sola de sus niñas? 58 .

El que fuera primero de mayo el día de su publicación no deja de ser una ironía; porque en realidad el trabajo infantil y familiar era tan común, que la anterior posibilidad resultó ser una práctica constante. En 1920, el cronista de la huelga de Bello reveló que, además de las malas condiciones de las habitaciones que la fábrica les arrendaba a los trabajadores, éstos debían saber que "para conseguir una en alquiler es necesario tener cuatro obreras en el establecimiento: los hombres no se cuentan" 59.

Con la publicación de los avisos clasificados se muestra que lo que pretendían los empresarios era lanzar al mercado de trabajo a las mujeres jóvenes, aun desde que eran niñas; y proletarizar a toda la familia obrera de Medellín, con el señuelo de adquirir vivienda 60. De paso, este comportamiento hacia la infancia también refleja el modelo ideal de organización familiar que las empresas antioqueñas desearon fomentar en esta primera etapa de la industrialización. Sin olvidar que también hubo presión por parte de los padres de familia para que les dieran empleo a sus hijos como forma de complementar los ingresos familiares.

SÍNTESIS FINAL

La historia de los niños trabajadores es de aquellos temas de muy larga duración. Casi podría afirmarse que ha sido una constante en la historia humana. Sin embargo, a principios del siglo XX se presenció en Medellín un cambio en el tipo de trabajo infantil que venía desde la colonia.

El trabajo artesanal se realizaba en la casa, al lado de los padres y con unas relaciones laborales y salariales muy distintas de las mediadas por un patrón, un horario y un jornal.

El surgimiento de los niños obreros industriales fue el ejemplo predominante, al lado de los pequeños vendedores ambulantes, de los niños trabajadores de la época. Ocupación muy diferente del tipo de trabajo anterior y muy distinta, también, del trabajo que realizan los niños en la actualidad.

Hoy en día a los niños se les puede encontrar trabajando en el sector informal y en el de la construcción, en las zonas urbanas; y en la explotación de las minas de carbón y en las actividades agropecuarias, en las zonas rurales 61. Aunque se presentan casos de abuso y explotación extremas, verdaderos anacronismos sociales que hacen pensar que aquella primera época todavía no ha terminado, al comparar la mentalidad actual hacia la infancia con la de ese entonces se notan las diferencias.

Los tres primeros decenios de este siglo en Medellín representan para la historia de la infancia el peor período del trabajo infantil, aquella época en que los niños estuvieron vinculados directamente al sector industrial como obreros, presentándose un abuso y explotación masivos de su fuerza de trabajo. Las niñas obreras, por ser más numerosas y por lo que representan, pueden escogerse como el símbolo de este duro aporte de la infancia al desarrollo socioeconómico de la ciudad.

En esta misma época también se presenció la generalización de los niños vendedores ambulantes como manifestación del proceso del crecimiento urbano.

La actitud más generalizada, aunque no la única, ante el trabajo infantil fue la de su aceptación, en forma velada o exaltada. La mano de obra infantil resultaba ser para los empresarios un recurso abundante y barato; por lo tanto, justificaron su empleo industrial como opción ante el desempleo y la miseria de amplios sectores sociales. Además, argumentaron que el trabajo de los niños tenía un carácter disciplinario y de formación técnica y moral para los futuros trabajadores adultos.

Aunque los elogios a las virtudes del trabajo desde la infancia eran generales en toda la sociedad, no hay que olvidar que a los que efectivamente les llegaba como única opción era a aquellos niños de los sectores pobres para los cuales la escuela no era accesible y quienes en su contexto familiar la veían como no prioritaria.

 

* Este artículo es derivado de la tesis "Niños trabajadores y vida cotidiana en Medellín, 1900-1930" presentada al departamento de historia de la Universidad Nacional (sede de Medellín), 1995.

1 Constanza Toro, "Medellín: desarrollo urbano", en Historia de Antioquia, Bogotá, Presencia, 1988, pág. 300.

2 Patricia Londoño, "La vida diaria: usos y costumbres", en Historia de Antioquia, Bogotá, Presencia, 1988, pág. 331-342.

3 Anuario Estadístico de Medellín, 1918, pág. 20-21.

4 Roger Brew, El desarrollo económico de Antioquia desde la independencia hasta 1920, Bogotá, Banco de la República, 1977, pág. 328.

5 Hernán Darío Villegas, La formación social del proletariado antioqueño, Medellín, Concejo de Medellín, 1990, pág. 107.

6 Roger Brew, op. cit., pág. 329.

7 Anuario Estadístico de Medellín, 1916, pág. 34 y 42.

8 Fernando Botero Herrera, La industrialización en Antioquia: génesis y consolidación, 1900-1930, Medellín, Cie-U. de Antioquia, 1985, pág. 137; Hernán Darío Villegas, op. cit., pág. 125.

9 Archivo Histórico de Antioquia, signatura 8933, acta del inspector de fábricas N° 1110 (manuscrito), 27 de agosto de 1921, pág. 111.

10 Fernando Botero, op. cit., pág. 140.

11 La anterior descripción se hizo con base en información publicada en el artículo "Café Medellín" de Rafael Ospina Pérez, en Sociedad de Mejoras Públicas, La ciudad 1675-1925, Medellín, Bedout, 1925, pág. 223.

12 Alberto Mayor, Ética, trabajo y productividad en Antioquia, Bogotá, Tercer Mundo, 1989, pág. 254.

13 "En la fábrica de fósforos", en El Sol, Medellín, 28 de agosto de 1909.

14 Hernán Darío Villegas, op. cit., pág. 199.

15 Ibíd., pág. 112.

16 A.H.A., sg. 8932, actas 364 y 421, 24 de octubre de 1921 y 28 de marzo de 1922, pág. 9 y 66.

17 Rafael Ortiz Arango, Estampas de Medellín antiguo, Medellín, Fábrica de Licores de Antioquia, 1983, pág. 142.

18 A.H.A., sg. 8930, acta 169, 28 de septiembre de 1920, pág. 89.

19 Magdala Velásquez, "Condición jurídica y social de la mujer", en Nueva Historia de Colombia, t. IV, Bogotá, Planeta, 1989, pág. 22 y 36.

20 Daniel Vélez, "Informe del inspector de fábricas", en Memoria del Secretario de Gobierno de Antioquia, Medellín, Imprenta Oficial, 1926, pág. 254.

21 Daniel Vélez, "Informe del inspector de fábricas", 1921, pág. 19.

22 A.H.A., sg. 8929, acta 663, 21 de mayo de 1920, Coltejer, pág. 162.

23 Departamento de Antioquia, "Ordenanza 25 de 1918. Policía de Fábrica", en Ordenanzas de la Asamblea Departamental, Medellín, Imprenta Departamental, 1918, pág. 46.

24 A.H.A., sg. 8930, acta 195, 20 de noviembre de 1920, Vidriería de Caldas, pág. 124.

25 Alberto Mayor, op. cit., pág. 284.

26 Juan Vallejo, "Informe del inspector de fábricas", en Informe del Secretario de Gobierno, 1934, pág. 80.

27 Citado por Luz Gabriela Arango, Mujer, religión e industria. Fabricato 1923-1982, Medellín, U. de Antioquia-U. Externado de Colombia, 1991, pág. 45.

28 "Una empresa ejemplar", en La Patria, Medellín, 23 de febrero de 1909.

29 Mauricio Archila, Cultura e identidad obrera, Bogotá, Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep), 1991, pág. 119.

30 Hernán Darío Villegas, op. cit., pág. 137.

31 Hernán Darío Villegas, op. cit., pág.137-150; María Patricia Castro, Beneficencia en Medellín, 1880-1930, tesis de historia, Medellín, U. de Antioquia, 1994, pág. 30-37.

32 Hernán Darío Villegas, op. cit., pág. 156; Catalina Reyes, ¿Fueron los viejos tiempos tan maravillosos? Aspectos de la vida social y cotidiana de Medellín (1890-1930), tesis de maestría en historia, Medellín, Universidad Nacional, 1993, pág. 598.

33 Antonio Marín, Reconstrucción histórica de la Escuela de Trabajo San José, 1914-1991, Medellín, Fundación Universitaria Luis Amigó, 1992, pág. 257; María Claudia Saavedra, "Antioquia en los inicios del proceso de industrialización: algunos aspectos relativos a la capacitación técnica", en Lecturas de Economía, núm. 37, Medellín, U. de Antioquia, 1992, pág. 120-121.

34 Catalina Reyes, op. cit., pág. 616-627.

35 Aline Helg, La educación en Colombia, 1918-1957. Una historia social, económica y política, Bogotá, Centro de Estudios de la Realidad Colombiana (Cerec), 1987, págs. 93-94.

36 Catalina Reyes, "Higiene y salud en Medellín, 1900-1930", en Estudios Sociales, núm. 7, Medellín, Fundación Antioqueña para los Estudios Sociales (Faes), 1994, pág. 18.

37 Cecilia Muñoz y Ximena Pachón, La niñez en el siglo XX, Bogotá, Planeta, 1991, pág. 38.

38 Lisandro Ochoa, Cosas viejas de la Villa de la Candelaria, 2a. edición, con prólogo de Roberto Luis Jaramillo, Medellín, Colección Autores Antioqueños de la Secretaría de Educación y Cultura Departamental, 1984, pág. 87.

39 Lisandro Ochoa, op. cit., pág. 84.

40 C. A. Payne, "Crecimiento y cambio social en Medellín", en Estudios Sociales, núm. 1, Medellín, Faes, 1986, pág. 139.

41 Rafael Ortiz Arango, op. cit., págs. 27 y 180.

42 Lisandro Ochoa, op. cit., pág. 88.

43 Rafael Ortiz Arango, op. cit., pág. 27.

44 Lisandro Ochoa, op. cit., pág. 88.

45 C. A. Payne, op. cit., pág. 139.

46 Rafael Ortiz Arango, op. cit., pág. 28.

47 Rafael Ortiz Arango, op. cit., pág. 109.

48 Rafael Ortiz Arango, op. cit., pág. 109.

49 Alberto Mayor, op. cit., págs. 270-272.

50 María Claudia Saavedra, op. cit., pág. 124.

51 "En la fábrica de fósforos", en El Sol, Medellín, 28 de agosto de 1909. Citado por Fernando Botero, op. cit., pág. 151.

52 P. A. Pedraza, Excursiones presidenciales, 1909, pág. 165. Citado por C. A. Payne, op. cit., pág. 143.

53 Alejandro López, "La Exposición Industrial", en La Organización, Medellín, 29 de julio, 1o. y 3 de agosto de 1910.

54 José R. Vásquez, Legislación obrera, Medellín, tesis de derecho en la U. de Antioquia, 1922.

55 G. Martínez, "A las mujeres pobres", en El Luchador, Medellín, 31 de enero de 1919.

56 El Espectador, Medellín, 10 de abril de 1918. Citado por Fernando Botero, op. cit., pág. 144.

57 El Espectador, Medellín, 7 de junio de 1918.

58 El Espectador, Medellín, 1o. de mayo de 1918. Igual aviso apareció el 26 de mayo y 1o. de junio de 1918.

61 María Cristina Salazar, Niños y jóvenes trabajadores. Buscando un futuro mejor, Bogotá, Universidad Nacional-Unicef, 1990.

59 El Curioso Impertinente, "La huelga de Bello", en El Espectador, Medellín, 1o. de marzo de 1920.

60 Fernando Botero, op. cit., págs. 144-145.