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De la BLAA
Colección Permanente del
Banco de la República
Biblioteca Luis Ángel Arango
Casa de Exposiciones
Desde cuando dejé mi provincia natal y
me radiqué en Bogotá, con mis sueños de artista y de escritor, la Biblioteca Luis
Ángel Arango fue uno de mis polos de atracción. Y es algo muy simple de entender: por un
lado mi ansiedad visual por todo lo que fuera pintura y, por otro, porque en sus salones
se realizaron gran parte de las mejores exposiciones de la época -importancia que
compartió con el Museo de Arte Moderno y algunas galerías privadas- y es casi obvio que
hacia ellos dirigiera mi interés, como lo hicieran tantos colombianos amantes de las
artes plásticas y creyentes de nuestro desarrollo cultural.
Recuerdo que algunas de esas exposiciones
fueron comentadas por mí en las páginas dominicales de los periódicos de Bogotá
-cuando hacía parte de los reseñadores de actividades culturales del momento-, y allí
dejé constancia de mi avidez por el arte y mi admiración por la Biblioteca.
Dichas exposiciones hacen parte de mi
formación espiritual. Entre ellas, tres que se hicieron en 1966 y marcaron en profundidad
mi expectativa juvenil: Primeros premios nacionales de pintura, en febrero de ese
año, que reunió las obras ganadoras de los diecisiete Salones Nacionales efectuados
hasta el momento; Pintura francesa contemporánea, entre abril y mayo, con una
excelente muestra que incluyó obras originales de Marc Chagall, André Derain, Henri
Matisse, Pablo Picasso, Victor Vasarely, Max Ernest, Roul Dufy, entre otros; y Pintura
colombiana de ayer, en agosto del mismo año, primera muestra de la colección que
había empezado a formar el Banco de la República desde 1957 y que, con la colaboración
de Carmen Ortega Ricaurte, se exhibió bajo el nombre de Pinacoteca del Banco de la
República.
Se comprenderá, entonces, por qué mi
asiduidad y mi ánimo alerta para seguir de cerca la actividad plástica generada en tan
activo centro cultural. Recuerdo, también, que varios Salones Nacionales de Artistas,
como el XX de 1968, certamen anual que alternaba escenarios como la Biblioteca Nacional o
el Museo Nacional, -hoy en Corferias-, tuvieron albergue en sus dos espaciosos salones de
entonces. Y muestras de relieve como la dedicada a Dicken Castro (1970), arquitecto
destacado en la historia del diseño gráfico en Colombia; o la de El hombre y sus
pensamientos a través del arte (1970), patrocinada por Contair Corporation of America
y Cartón Colombia; o la de Grabadores y dibujantes de Colombia (1973), presentada
por Germán Rubiano Caballero cuando las artes gráficas irrumpían en el panorama
artístico nacional con fuerza arrolladora; o la de Aligi Sassu (1978), representante del futurismo
italiano que visitara el país por aquellos años.
En época más reciente, su programación
continua nos ha permitido admirar exposiciones inolvidables como las de Obras maestras
del museo de Lieja (1986), la serie La caricatura en Colombia (1986-1988), Acuarelas
del castillo de Norwich (1988), Andrés de Santamaría, nuevos testimonios, nueva
visión (1989), Edgar Degas, colección del Museo de Arte Moderno de Sao Paulo,
con la cual se inauguraran las nuevas instalaciones de la Biblioteca (1990), Luis
Caballero, retrospectiva de una confesión (1991), Juan Antonio Roda, habitar la
pintura (1992), Botero, la corrida (1993), y tantas otras, que sería prolijo
enumerar, muchas de ellas oportunidad única de experimentar el goce de tener cerca estas
obras originales de la pintura universal.
Con igual entusiasmo se han destacado los
valores jóvenes a través del programa Nuevos nombres, algunos de ellos ya figuran
en la Colección por la importancia de sus propuestas y su renovadora actividad en la
plástica nacional.
Treinta y un años más tarde
(1966-1997), después de esta paciente labor de rescate, conservación, clasificación y
difusión, el Banco de la República ha abierto al público colombiano su Colección
permanente, expuesta ahora en la Casa de Exposiciones, antigua casa Luis López de
Mesa, la cual, después de la remodelación y adecuación de sus instalaciones, ofrece hoy
la trascendental muestra.
El origen de la Colección se remonta a
1957, cuando la Biblioteca organizó un Salón de Arte Moderno y adquirió En rojo y
azul, de Fernando Botero. A lo largo de los años ha ido enriqueciendo su patrimonio
artístico con nuevas adquisiciones y donaciones. Estas obras han sido mostradas en varias
oportunidades a los colombianos, como en la ya mencionada Pinacoteca en 1966, la Antología,
que se dividiera en anteriores y nuevas adquisiciones, en 1990; y la actual colección,
que abarca diez salas y dos pisos de la Casa de Exposiciones recién inaugurada.
La exposición es, en verdad, un
recorrido por la historia de las artes plásticas en Colombia. Decantados los fervores que
cada época impone a sus manifestaciones culturales, se miran con otros ojos los trabajos
que se remontan a la Colonia, aquellos balbuceos de la época de la Independencia, la
Academia del siglo XIX y principios del XX, la irrupción de lo moderno en un país que
poco tenía de ello, y la constante renovación que le imprimen nuevas figuras con su
aparición en el panorama de nuestra plástica.
No están las que, para los
especialistas, son las mejores o más publicitadas obras de los artistas representados,
pero todas son significativas de su trabajo artístico, de la personalidad que le han
impreso a sus creaciones. Enlazadas unas con otras, con criterio estético y didáctico,
son una historia de la plástica nacional difícil de encontrar en otros escenarios.
Y así comienza la visita y, con ella, la
historia: en la sala 1, por ejemplo, sobresale la obra de Gregorio Vázquez de Arce y
Ceballos, figura cimera de la pintura colonial. A su lado, las sobrecogedoras Monjas
muertas, atribuidas a Victorino García Romero, cedidas por Granahorrar al Banco de la
República para su exposición permanente.
La sala 2 muestra La muerte de Sucre,
de Pedro José Figueroa, quien con su ingenuidad nos ofrece una visión dramática de
nuestra época de independencia. También, en esta sala se aprecia el tránsito de lo
ingenuo a la Academia que es marcado por los paisajistas, pocos de ellos logran trascender
el pinturerismo, como Ricardo Borrero Álvarez, para darle al paisaje otra dimensión.
La sala 3 enmarca la irrupción del arte
moderno en Colombia. Figura descollante lo fue el controvertido Andrés de Santamaría. Le
siguen Pedro Nel Gómez, Ignacio Gómez Jaramillo, Luis Alberto Acuña, Carlos Correa y
Débora Arango, signados en sus inicios por la preocupación social.
La sala 4 reúne a Fernando Botero, Juan
Antonio Roda, Alejandro Obregón, Enrique Grau, grupo cuya trascendencia en la pintura es
ya de todos conocida, y la de los más grandes escultores de nuestra contemporaneidad:
Eduardo Ramírez Villamizar, Edgar Negret y Feliza Bursztyn.
En la sala 5 se aprecia el legado de
Guillermo Wiedemann, pintor alemán radicado en Colombia, cuyo asombro por el trópico lo
lleva a asimilarlo y expresarlo como pocos lo han logrado, con tanta sensibilidad y
transparencia.
En verdad, en este apasionante recorrido,
no hay necesidad de hablar de escuelas o tendencias. En el segundo piso el arte sigue su
desarrollo, tan híbrido y mestizo como el nuestro. Las salas 6 y 7 nos colocan frente a
frente con Ómar Rayo y su arte óptico, inalterable aunque ascendente a través de los
años; con Carlos Rojas y Fanny Sanín y sus particulares tendencias geométricas, Cecilia
Porras, Carlos Granada, Bernardo Salcedo, Norman Mejía -inolvidable su Horrible mujer
castigadora-, renovadores e irreverentes con sus concepciones de ruptura, y, en fin,
una etapa rica, quizá, una de las más controvertidas del arte colombiano.
La sala 8 nos descubre a Luis Caballero,
cuya obra deja desnudos ante los espectadores su rigor artístico y su intelecto, su gran
sensibilidad y su maestría.
La sala 9 reúne la mirada asombrada de
fin de siglo de un grupo de artistas que oscilan entre la violencia social y la soledad
del hombre, la alucinación y la esperanza. Luciano Jaramillo, Beatriz González, Lorenzo
Jaramillo, Ana Mercedes Hoyos, Juan y Santiago Cárdenas, Óscar Muñoz, nos entregan su
personal visión del mundo y su variedad enriquecedora. En medio de la sala, uno piensa
que el tiempo no ha pasado en vano y que, muchas veces, sobran las palabras.
Estamos en las puertas del siglo XXI. La
sala 10, la menos permanente de todas porque habrá decantamientos e irrupciones, agrupa
inicialmente a Carlos Salas, Bibiana Vélez, Diego Mazuera, Carlos Salazar y Delcy
Morelos, entre otros, quienes asumen el avance como un reto despojado de
trascendentalidad.
Por otro lado, para mayor riqueza de la
colección, están los artistas latinoamericanos, mínima pero significativa muestra del
esplendor de nuestro continente. Armando Reverón (Venezuela), David Alfaro Siqueiros
(México), Joaquín Torres García (Uruguay), Rogelio Polesello (Argentina), Julio Alpuy
(Uruguay), Jesús Rafael Soto (Venezuela), Vicente Rojo (México), Francisco Matto
(Uruguay), Jacobo Borges (Venezuela) o Manuel Felguérez (México), se erigen en
compañeros de viaje de nuestros artistas.
Visitar, pues, esta Colección es una
cita obligada para quienes somos amantes del arte y una invitación a sentir orgullo por
Colombia. Quien lo haga, comprenderá por qué, después de treinta y un años, sigo
siendo un asiduo visitante de las exposiciones que programa la Biblioteca Luis Ángel
Arango. Y puedo repetir, sin lugar a equivocaciones, aquellas palabras que escribiera en
un suplemento literario por aquellos años de mis inicios: Pocas veces en
Latinoamérica ha existido un centro de cultura cuya constante preocupación haya sido
mantener al público en contacto con las manifestaciones artísticas y literarias como la
Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República. La parte literaria y
humanística por su biblioteca en sí, sus salas de lectura, sus recitales, sus
conferencias. La parte artística por sus dos bellísimas salas, en cuanto a la plástica,
y su sala de conciertos, en cuanto a la música. (Semanario Dominical, 13 de
septiembre de 1970, pág. 6)
BENHUR SÁNCHEZ SUÁREZ
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