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Fronteras en crisis:
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la desintegración de las misiones
en el extremo norte de México y en la Nueva Granada, 1821-1849*
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JANE M. RAUSCH
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Universidad de Massachusetts, Amherst
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Traducción: Clara Isabel Botero
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Trabajo fotográfico: Alberto Sierra
Restrepo
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Cristianismo, grabado en madera, dibujado por
Felipe Guaman Poma de Ayala, Perú (Tomado de: Nueva crónica y buen gobierno,
Institut dŽEthnologie, París, 1936).
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LA DECADENCIA DE LAS MISIONES en el
extremo norte de México durante la época de Santa Anna ha atraído la atención de
muchos investigadores. Hace poco, David Weber, en The Mexican Frontier, 1821-1846,
ha identificado múltiples y complejos factores nacionales y regionales que contribuyeron
a su desaparición, al afirmar que, en los casos de California y Texas, la política de
secularización del gobierno desempeñó un papel decisivo, mientras que las reducciones
-pueblos de indígenas convertidos al cristianismo- en Arizona "se desintegraron por
omisión" y en Nuevo México fueron abandonadas de manera silenciosa por el clero(l). (El término secularización significa el
reemplazo de misioneros sostenidos por el Estado provenientes de órdenes religiosas
[clero regular] por sacerdotes sostenidos por la parroquia, que obedecen a la jerarquía
eclesiástica [clero secular]). Muchas de estas fuerzas destructivas se presentaron en la
Nueva Granada (actual Colombia), donde las misiones que fueron prósperas en otra época
en la frontera de los Llanos Orientales prácticamente desaparecieron a mediados del siglo
XIX. Sin embargo, a diferencia de los gobiernos mexicanos, los de la Nueva Granada
tuvieron la determinación de revitalizar las misiones.
Una revisión de sus esfuerzos
infructuosos, cuando se les compara con el proceso en el extremo norte de México, ofrece
un análisis plausible sobre la viabilidad de la misión como institución de frontera en
la América hispánica durante el período nacional inicial(2).
Mucho se ha escrito sobre el
establecimiento de las misiones en México, sobre su papel vital en la ampliación de la
frontera norte y su desintegración posterior a las guerras de independencia. Para los
propósitos del presente ensayo es importante señalar que la expulsión de los jesuitas
en 1767 dejó a los franciscanos con el monopolio de las misiones en Nuevo México, Texas
y Arizona, y que la rápida expansión de las reducciones en California, después de esa
fecha, se debió al trabajo de los fernandinos o franciscanos del Colegio de San Fernando
en la ciudad de México(3) En el momento de la
independencia, la naturaleza de estos establecimientos fue afectada por cambios
considerables. En las misiones de Pimería Alta de Arizona y en las de los alrededores de
San Antonio, los franciscanos lucharon por mantener la lealtad de los pocos indígenas
convertidos que aún permanecían allí y para resistir la secularización. Las
reducciones de indios pueblos en Nuevo México eran más estables, a pesar de que su
población había descendido de más de 12.000 en 1759 a menos de 10.000 en 1800(4). Por otra parte, a lo largo de la costa de California
existían veinte misiones fernandinas que oscilaban entre 500 y 2.000 neófitos y eran
complejos económicos estructurados. Los indígenas cultivaban jardines, campos de
cereales, huertos y viñedos. Bajo supervisión del clero, "construían
edificaciones, aprendían carpintería y talabartería, operaban molinos harineros,
criaban ganado vacuno y ovejas, teñían cueros, hilaban textiles y fabricaban vino,
zapatos, jabones y velas"(5). La riqueza generada por
estas misiones incitó la envidia de los habitantes españoles y ahondó la resolución de
los fernandinos de oponerse a la secularización.
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También en zonas apartadas tuvo lugar la evangelización
de las misiones (Visita a la choza de los mitouas,
dibujo de Riou, grabado de Armand Kohl. Tomado de: Voyages dans lŽAmerique du
Sud, París, 1883).
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Con la excepción de algunas
acciones dispersas en Texas, la guerra de independencia produjo poca violencia en los
territorios del extremo norte, pero las misiones sintieron su impacto de manera indirecta.
Distraído por asuntos más inmediatos, el gobierno en la ciudad de México dejó de
enviar a los sacerdotes sus sínodos anuales (estipendios) y dinero para provisiones; los
presidios de la frontera se apropiaban de alimentos producidos por las misiones, y para
los franciscanos fue muy difícil atraer nuevos aspirantes para su orden. Cuando la
escasez se tornó crítica, algunas misiones de California se vieron forzadas a vender
cueros a comerciantes marítimos ingleses y norteamericanos, y con ello lograron
sobrevivir(6). Cuando terminó la guerra, los fernandinos
regresaron a fundar su vigésima primera y última misión en Sonora, para llegar a un
total de 21.000 el número de indígenas bautizados en California. Las misiones de San
Antonio y Goliad estaban prácticamente inactivas en Texas, pero todavía existían ocho
pueblos en Pimería Alta, con 1.127 papagos en Arizona, y veintitrés franciscanos estaban
todavía a cargo de 10.000 indios pueblos en Nuevo México(7).
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Habitaciones
de salvajes civilizados en Cuemby, dibujo de Riou, grabado de E. Meunier (Tomado de:
Voyages dans lŽAmérique du Sud, París, 1883).
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Así mismo, la guerra dejó dos
legados como secuela, que fueron devastadores para las misiones durante los primeros
decenios de la independencia mexicana. Primero, la victoria patriótica reforzó el
concepto liberal surgido de la Ilustración que afirmaba que los indígenas eran iguales a
los europeos y que no debían ser considerados como menores bajo la tutela de la Iglesia,
idea que la Constitución de 1824 sancionó al proclamar la igualdad de todos los
mexicanos. Segundo, en el transcurso de la guerra, el 13 de septiembre de 1813 las Cortes
españolas expidieron una orden mediante la cual requerían la conversión inmediata de
todas las misiones con diez años de existencia o más en parroquias y la distribución de
sus tierras a los indígenas. Fernando VII anuló este decreto en 1814, pero el último
virrey español en México, Juan Ruiz de Apodaca, lo restableció en 1821, y Agustín de
Iturbide lo dejó vigente cuando declaró la independencia en ese mismo año(8). Filosófica y legalmente, la República Mexicana estaba
encaminada a eliminar las misiones.
La controversia sobre la secularización
formó parte de un debate cargado de emocionalidad sobre las relaciones entre la Iglesia y
el Estado que caracterizó la era republicana inicial y culminó con la amarga guerra de
la Reforma (1858-1861). La Constitución de 1824 estableció que la Iglesia católica era
la Iglesia del estado y, por lo tanto, fue atacada debido a los privilegios exclusivos de
que gozaba en materias puramente religiosas y porque, a pesar de las pérdidas materiales
que sufrió durante el decenio de la guerra de independencia, continuaba siendo la
corporación más rica del país, cuyos "prelados controlaban una vasta organización
que se extendía hasta todos los confines de la tierra y cuya influencia era sentida en
todas las esferas"(9). Las misiones eran vulnerables
porque los anticlericales las consideraban como instituciones anticuadas que oprimían a
los indígenas, se entrometían en asuntos seculares y amasaban inmensas fortunas.
Sostenían los anticlericales que la secularización debilitaría la influencia política
de la Iglesia, permitiría que hubiese capital disponible para inversión y haría que
grandes extensiones de tierra regresaran al dominio público. El sector eclesiástico y
aquellos miembros de los partidos conservadores que lo apoyaban refutaron de manera
enérgica estas afirmaciones, mientras que los franciscanos, en las misiones, rehusaron
abandonar su dominio sobre los indígenas. A pesar de esto, los gobiernos, entre 1824 y
1846, tuvieron un enfoque inexorable hacia la transferencia de las misiones al clero
secular.
La secularización avanzó de manera
gradual en Texas, Nuevo México y Arizona, impulsada por la expulsión de los españoles
por parte del gobierno en 1827 y 1829, medida que retiró a muchos franciscanos del campo
y que más tarde afectó los esfuerzos de las órdenes por encontrar reemplazos. En 1823,
todas las misiones de Texas eran seculares, y los franciscanos acataron esta disposición
en 1830. En Nuevo México cinco misiones franciscanas fueron transferidas a sacerdotes
seculares en 1826, y las restantes fueron abandonadas en 1840. En Arizona, el gobierno
puso las propiedades de las misiones bajo la administración de mayorales seculares
después de la expulsión de Pimería Alta de los sacerdotes nacidos en España, pero la
supuesta corrupción entre los nuevos encargados y los ataques de los hostiles apaches
dejaron a estas haciendas en una situación de deterioro irreparable. Muy tarde ya, el
gobierno ordenó que las propiedades fueran devueltas a los franciscanos, pero el colegio
de Querétaro no tenía personal suficiente para encargarse de nuevo de las misiones.
Finalmente, las misiones se acabaron por omisión. Desde 1843 no hubo más franciscanos en
Pimería Alta(11).
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Capilla del
Humilladero (tomado de: Los dominicos y el arte en la evangelización del Nuevo Reino
de Granada, de Orlando Rueda, Santafé de Bogotá, 1993).
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Santo Domingo, patrono de los dominicos (Escultura de la
Iglesia de Santo Domingo en Tunja)
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Sin embargo, en California los
fernandinos no cedieron de manera tan fácil. Se opusieron a la secularización basándose
en que los indígenas no estaban listos para cumplir las funciones de ciudadanos y que
serían explotados por los blancos si los misioneros no estaban allí para protegerlos.
Por su parte, los colonos y los funcionarios locales consideraban las misiones como
obstáculos para el desarrollo económico, al impedir la inmigración y retardar el
crecimiento de ranchos (hatos) y fincas privadas. Reconociendo que una secularización
abrupta podría trastornar la economía y que posiblemente provocaría una revuelta
indígena, adoptaron una política gradual. El 25 de julio de 1826, el primer gobernador
mexicano de California expidió una proclamación de emancipación que liberó a las
misiones de aquellos indígenas que los fernandinos certificaban que eran capaces de
mantenerse a sí mismos. Aun en 1833, cuando el Congreso mexicano secularizó todas las
misiones en Baja y Alta California, el gobernador demoró la aplicación de la ley por un
año. Finalmente, en 1834, expidió su propio decreto, afirmando que los fernandinos
debían abandonar todo control secular sobre los neófitos pero que debían continuar
llevando a cabo sus tareas religiosas hasta que fueran reemplazados por sacerdotes de
parroquia. El decreto ordenaba que las misiones se convirtieran en pueblos y que la tierra
fuera distribuida entre los neófitos. El gobierno se reservó el derecho a forzar a estos
indígenas a trabajar en viñedos, huertos y campos que no habían sido distribuidos(l2).
Las misiones de California fueron
secularizadas en 1836, pero la esperanza de que los indígenas fueran convertidos en
agricultores al estilo español fue efímera. La mayoría de los antiguos neófitos no
tenían ningún interés en adquirir las tierras de las misiones o en tener algo que ver
con el sistema. Se negaron a trabajar para los nuevos mayorales civiles, quienes
procedieron a vender el ganado, el grano y la tierra que le correspondían por derecho a
los indígenas. Los indígenas buscaron empleo en los ranchos mexicanos. Vagaban por los
pueblos para trabajar de manera temporal, beber y jugar, o emigraron al interior para
formar parte de sociedades indígenas independientes. En 1840 las misiones estaban en
ruinas. Tal como un fernandino escribió, "todo es destrucción, todo es miseria,
humillación y desesperación"(13).
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Grabado
de la portada donde se fundó el convento dominico en 1550, hoy parque de Santander
(tomado de: El Convento de Santo Domingo de Santa Fe de Bogotá, de Fr. Alberto
Ariza, O.P., Editorial Kelly, Bogotá, 1976).
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Así pues, las misiones en el
extremo norte de México, que habían sido la institución de frontera esencial bajo el
dominio español, sobrevivieron hasta el siglo XIX -afectadas de alguna manera por las
reformas auspiciadas por la Ilustración y la crisis planteada por la guerra de
independencia- fueron víctimas de la política inexorable de secularización a partir de
la república. En la década de 1840, las que habían sido prósperas misiones eh los
Llanos Orientales, las llanuras tropicales de la Nueva Granada, habían sido también
prácticamente abandonadas, pero el proceso que se presentó allí tiene algunas
diferencias considerables con el caso mexicano.
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San Francisco de Asís, patrono de los franciscanos (San
Francisco en oración, ca. 1640, de Francisco de Zurbarán, Colección Convento de
San Francisco).
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Menos estudiada que la frontera del
extremo norte de México, la frontera oriental de Colombia abarca las vastas selvas
amazónicas, situadas al sur del río Guaviare, y las llanuras tropicales, los Llanos
Orientales, hasta el norte de éstos. Situados a más de cinco mil metros por debajo de
los picos más altos de los Andes, los Llanos tienen una extensión al oriente, hacia
Venezuela de 253.000 kilómetros cuadrados y abarcan los actuales departamentos del Meta,
Casanare, Arauca y Vichada, más de una quinta parte del territorio colombiano. Son
tierras de sequía e inundación alternadas, atravesadas por los ríos Meta, Casanare y
otros que desembocan en el Orinoco. Las orillas de los ríos son bosques de galería, pero
la vegetación predominante está constituida por altos pastizales tropicales que
mantienen manadas de ganado y caballos salvajes descendientes de animales introducidos por
los españoles. Antes de la llegada de los conquistadores, unos indígenas, como los
achaguas, cultivaban yuca, maíz y plátanos en las zonas fértiles de las vertientes
andinas y a lo largo de los ríos, mientras que los guahíbos, nómadas, pescaban, cazaban
y recolectaban plantas comestibles en la llanura abierta (14).
Los Llanos no ofrecían recursos
materiales para tentar a los colonos españoles, y a partir de 1650 la misión se
convirtió por omisión en la institución dominante en la frontera. Los franciscanos
trabajaban en los llanos de San Martín, al sur del río Meta; los agustinos y recoletos,
en el Casanare occidental; los jesuitas, a lo largo de los ríos Casanare y Meta. En 1767,
las cuatro órdenes controlaban a 14.838 indígenas repartidos en treinta y una misiones
-cifra impresionante, si se piensa que no había más de 2.000 blancos y mestizos en la
región por la misma época (l5). La expulsión de los
jesuitas en 1767 trastornó durante un tiempo este equilibrio, pero las demás órdenes
muy pronto tomaron el control de las misiones abandonadas. En el momento de la
Independencia, los franciscanos controlaban todavía a 1.542 indígenas en diez misiones;
los dominicos manejaban 5.425 en cinco misiones; los recoletos, a 642 en las cuatro
misiones cuilotos localizadas en Arauca, a otros 8.070 en nueve misiones a lo largo del
río Meta y a un número indeterminado en tres misiones en Casanare, para un total de por
lo menos 15.679 indígenas en treinta y una misiones (16).
La mayoría de estas reducciones eran
modestas en tamaño y se parecían más a las de Arizona y Texas que a los complejos
asentamientos de California. El pueblo típico franciscano consistía en unas chozas
indígenas agrupadas alrededor de una iglesia con techo de paja y la casa del sacerdote.
Su población fluctuaba diariamente, ya que los neófitos salían a trabajar en los
terrenos aledaños o retornaban a su antigua vida en la selva. Con frecuencia, se
trasladaban pueblos enteros a nuevos sitios, de conformidad con los instintos nómadas de
los indígenas. Por otra parte, los recoletos, adoptando la práctica jesuita, mantenían
hatos de ganado para sostener sus misiones en el Meta y habían creado en 1810 un hato
combinado de 104.411 cabezas de ganado vacuno y 9.025 caballos. Algunos de sus pueblos
eran importantes; por ejemplo, Macuco tenía 1.800 residentes; en Surimena vivían 2.068
indígenas y mantenían 20.000 cabezas de ganado vacuno y 1.500 caballos en su hato
(rancho) adyacente (17). A pesar de que las misiones de los
recoletos del Meta eran mucho menos impresionantes que el imperio fernandino en
California, las misiones recoletas del Meta eran sin lugar a dudas la empresa económica
más grande en la frontera de los Llanos.
La rebelión contra España que se
inició en Bogotá el 20 de julio de 1810 se convirtió en una guerra mortal en los
Llanos, que devastó las misiones. Respondiendo al llamado patriota, los habitantes de
Casanare defendieron la frontera de Arauca de los ataques de los realistas venezolanos y,
en 1814, se unieron a José Antonio Páez y sus llaneros venezolanos, que luchaban en una
guerra de guerrillas en Apure, Guárico y Barinas. Durante la reconquista española
(1816-1819), los rebeldes criollos que habían sido derrotados en las tierras altas se
refugiaron en Casanare. Atacaron las misiones para conseguir reclutas, saquearon las
iglesias y sacrificaron el ganado de los hatos para obtener alimento. Muchos de los
sacerdotes huyeron a las tierras altas, mientras que otros se unieron a los rebeldes, como
el dominico fray Ignacio Mariño, quien fue jefe de guerrilla. Aquellos que permanecieron
en sus puestos no recibieron ni protección militar ni subsidio del gobierno provincial de
Casanare entre 1812 y 1817, ni del que estableció Francisco de Paula Santander el año
siguiente. Mientras tanto, los guahíbos atacaban las reducciones impunemente, lo que hizo
que los residentes que todavía permanecían allí huyeran. Cuando se restableció la paz,
en 1821, los dominicos todavía manejaban en teoría las misiones de Casanare; los
franciscanos, las misiones de San Martín, y los recoletos, las misiones de Cuiloto y del
Meta, pero de hecho solamente cuatro de las reducciones que existían antes de la guerra
todavía permanecían: Casimena, Macuco, Surimena y Guanapalo, que formaban parte de las
misiones del Meta y que habían sobrevivido con sus hatos de ganado intactos (18).
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Sellos de
algunas provincias hispanoamericanas entre los cuales se encuentra el de Santafé, Nuevo
Reino de Granada (Tomado de: Los franciscanos en Colombia, de Luis Carlos
Mantilla, O.F.M., Editorial Kelly, Bogotá, 1984).
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Como consecuencia de la guerra, las
elites de la Nueva Granada, al igual que las mexicanas, discutían sobre la función que
la Iglesia debía cumplir en la nueva república. Sin llegar a un acuerdo, los delegados
del Congreso de Cúcuta omitieron cualquier mención a la religión en la Constitución de
1821, pero las Constituciones de 1833 y 1843 produjeron confusión al establecer al
catolicismo romano como la religión de la nación y la no tolerancia del culto público
de otras religiones (19). En este sentido, se trazaron las
líneas de batalla. La jerarquía católica y quienes la apoyaban lucharon por mantener
los privilegios de que había gozado bajo el dominio español, mientras que los
anticlericales deseaban terminar con el estatus legal especial del clero, su papel
dominante en la educación y sus fuentes de riqueza (20).
A pesar de que el antagonismo sobre estos
asuntos era con frecuencia violento, y de que fuera el detonante, en 1839, de una guerra
civil que casi acabó con la república, los presidentes de la Nueva Granada entre 1821 y
1849 siguieron un curso de acción significativamente coherente en las relaciones entre la
Iglesia y el Estado. Establecieron un patronato real riguroso (autoridad secular sobre
asuntos eclesiásticos), limitaron los privilegios eclesiásticos especiales o fueros,
restringieron las fuentes de ingresos del clero y disminuyeron el número de miembros en
las órdenes religiosas. Probaron a nombrar administradores civiles en el manejo de los
hatos de las misiones del Meta (denominados generalmente haciendas del Meta) pero, a
diferencia de sus homólogos mexicanos, no hicieron ningún esfuerzo por secularizar las
misiones. Por el contrario, cada presidente insistió en que las misiones eran cruciales
para el desarrollo de los Llanos y exhortaron a las comunidades religiosas a redoblar sus
esfuerzos para convertir a los indígenas del Casanare y San Martín.
La estrategia dual de debilitar las
órdenes regulares y estimularlas simultáneamente mediante tareas más importantes, tomó
fuerza en la época de la Gran Colombia (1819-1830), decenio durante el cual los
anticlericales ejercieron gran influencia. En 1821, el Congreso de Cúcuta abolió la
Inquisición. Cerró todos los conventos que tuvieran menos de ocho miembros (conocidos
como conventos menores), afirmando que la vida monástica era obsoleta y parasitaria. Una
ley aprobada en 1826 determinó que todos los novicios debían tener por lo menos 25 años
de edad antes de hacer los votos religiosos. El gobierno, presidido por el vicepresidente
Santander en ausencia del presidente Simón Bolívar, les otorgó a los indígenas una
exención de pago de los derechos de parroquia y afirmó que el tesoro público no podría
seguir pagando los salarios que los sacerdotes habían recibido durante el dominio
español. En 1824, en medio de fuertes objeciones de la jerarquía católica, el gobierno
adoptó la ley de patronato, reservándose la autoridad para nombrar a los principales
dignatarios eclesiásticos de la nación (21).
En ese mismo año, el Congreso fue
agitado por un informe del secretario de Estado, José Manuel Restrepo, en el cual decía
que había por lo menos 200.000 indígenas viviendo en las regiones inexploradas de la
Gran Colombia, algunas tan remotas que ni siquiera se conocían sus nombres tribales (22). Para manejar esta situación, los legisladores aprobaron
la ley del 30 de junio de 1824, "Métodos para civilizar a los Indios Salvajes",
que otorgó tierra y herramientas a cualquier tribu que accediera a asentarse y, además,
prometió el envío de sacerdotes. La dificultad para encontrar misioneros era real. En
1823, el vicepresidente Santander había urgido a los superiores de los franciscanos,
dominicos y recoletos de Bogotá a llenar las plazas abandonadas en los Llanos. Su
negligencia en responder rápidamente hizo que Santander se quejara ante el presidente de
la Cámara de Representantes, respecto a que los monjes no estaban dispuestos a dejar sus
confortables conventos en la ciudad para trabajar en las misiones en que no se podían
volver ricos (23).
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Frontispicio de
la obra que recogió las primeras noticias franciscanas en el Nuevo Reino de Granada
(Tomado de: Los franciscanos en Colombia, de Luis Carlos Mantilla, O.F.M.,
Editorial Kelly, Bogotá, 1984).
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El gusto de los monjes por la buena
vida en Bogotá era, ciertamente, un factor que pesaba en su renuncia a retornar a sus
misiones de antes de la guerra. Ya a fines del siglo XVIII, la proliferación de los
ideales políticos y sociales liberales y la controversia sin fin sobre el jansenismo
habían debilitado la moral de la Iglesia en Europa (24).
Las vocaciones disminuyeron de manera significativa en España y la frecuente censura a
las órdenes religiosas por parte de los virreyes borbónicos, influyó en el relajamiento
de la disciplina en la Nueva Granada (25). La guerra de
independencia creó un nuevo cisma, pues el clero nacido en España apoyaba a la corona,
mientras que los criollos abrazaban la causa patriota. A pesar de que no habían sido
enviados al exilio después de la guerra, como en el caso de México, muchos de los
sacerdotes peninsulares se fueron de la Nueva Granada de manera voluntaria, mermando aún
más el personal de la Iglesia. Las leyes que suprimieron los conventos menores y que
limitaron la profesión de votos a los menores de 25 años restringieron la capacidad de
las órdenes para atraer a nuevos miembros. Un golpe final, en particular para los
recoletos, fue la decisión tomada por Santander en 1820, al ordenar que las haciendas de
las misiones fueran manejadas por mayordomos civiles, asunto que se convirtió en fuente
de irritación constante. Como consecuencia de estos hechos, en 1824, los recoletos fueron
reducidos a un solo monasterio en Bogotá. Cinco años más tarde, su superior notificó
al arzobispo que, debido a la falta de ganado en los Llanos, un misionero había muerto de
hambre en el río Meta y otros estaban abandonando sus puestos (26).
Los franciscanos no pudieron volver a poner en funcionamiento ninguna de las misiones de
San Martín, y los dominicos describieron sus misiones en Casanare como
"absolutamente abandonadas, rodeadas por todas partes por la miseria y careciendo aun
de recursos elementales para la subsistencia" (27).
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Mapa
donde se ubicaron las misiones franciscanas en Colombia (Tomado de: Las misiones
franciscanas en Colombia, de Fr. Gregorio Arcila R., O.F.M., Imprenta Nacional,
Bogotá, 1950).
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Simón Bolívar fue compasivo ante
estas quejas y, después de asumir poderes dictatoriales en 1828, derogó la ley que
suprimía los conventos menores y la prohibición de profesar los votos a los menores de
25 años de edad (28). Sin embargo, esto tuvo breve
vigencia: escasamente durante los dos años siguientes, pues Bolívar renunció a su
cargo, para marchar al exilio. Después de la desintegración de la Gran Colombia,
Santander restableció ambas medidas. Como presidente de la República de la Nueva Granada
( 1832-1837), reafirmó el poder del Estado sobre la Iglesia, al darle vigencia rigurosa a
la ley de patronato de 1824. Las hábiles gestiones diplomáticas del ministro
plenipotenciario Ignacio Tejada en Roma lograron que la Santa Sede reconociera a la Nueva
Granada en 1835, acto que trajo consigo la restauración completa de la jerarquía
nacional de la Iglesia (29).
En 1832 y 1833, el gobernador de
Casanare, M. Arenas, urgió a Santander a revivir las misiones, que consideraba como
"indispensables" para el progreso de la región (30).
Al saber que los miembros del clero regular continuaban desconociendo, sus órdenes de
desplazarse a los Llanos, el presidente resolvió poner en práctica un programa de
revitalización, en tres etapas. Primera, el 3 de mayo de 1833 creó un obispado auxiliar
de la sede metropolitana de Bogotá responsable del cuidado, dirección e instrucción de
todos los sacerdotes y misiones del Casanare (31). Segunda,
el 15 de mayo el Congreso aprobó una ley mediante la cual se reorganizaban las misiones
de Casanare. Asignó las misiones del Meta a los recoletos, y las de Casanare y Cuiloto a
los dominicos. Cada misionero recibiría un estipendio anual de 200 pesos y una
asignación de gastos de viaje con recursos del tesoro público. La ley devolvió las
haciendas del Meta a los recoletos, quienes debían utilizar las ganancias de las
haciendas en los gastos de las reducciones. Tercera, el Congreso aprobó una ley, el 6 de
octubre de 1835, que establecía las directrices para la administración de las haciendas (32). La ley ordenaba que el obispo auxiliar inspeccionara
todas las misiones y haciendas cada año y que el gobernador del Casanare informara
anualmente sobre el progreso de ellas (33).
El programa de Santander creó la
esperanza de la regeneración de las misiones, pero hasta 1840 se había logrado muy poco.
De acuerdo con las crónicas de los misioneros y las cifras de los censos de 1835, había
doce reducciones en Casanare con 2.580 neófitos, lo que representaba un descenso del 80%
de las 31 misiones con 15.679 indígenas que existían en 1800 (34).
Una de las razones del fracaso de la reforma fue la conducta deslucida de la persona
escogida para ser el obispo de Casanare. Fray Antonio José Chaves, un franciscano
confirmado por el papa como obispo en 1834, estaba física y temperamentalmente enfermo
para esta tarea. Retardó su salida de Sogamoso durante diez meses, razón por la cual no
llegó a Pore hasta enero de 1835, y muy pronto se sintió enfermo, debido al clima
malsano. En octubre de 1836 buscó asistencia médica en Bogotá y nunca regresó a los
Llanos (35). Sin ninguna experiencia, hizo poco por cuidar
de las misiones o de las haciendas durante el breve tiempo que desempeñó el cargo, y su
salida de los Llanos forzó la reorganización de las haciendas. Estas fueron puestas en
1839 bajo la responsabilidad de un director especial que debería ser nombrado por el
presidente, por recomendación del gobernador, y en 1840 la responsabilidad recayó
directamente sobre el gobernador (36). En ese año una
enfermedad llamada renguera mató a los últimos caballos de las haciendas, y el
gobernador unió en un solo hato las pocas cabezas de ganado que quedaban (37).
Otro problema fue la falta de entusiasmo
del clero regular. Impulsados por el gobierno, los recoletos fundaron a Cafifi en la
orilla de un tributario del río Pauto, y los dominicos reconstruyeron a Arauquita, pero
muchos de los misioneros asignados para ir a los Llanos no llegaron a ocupar sus cargos,
mientras que otros permanecieron allí sólo durante un breve lapso. Las autoridades
civiles y religiosas no se ponían de acuerdo sobre quién debería recaer la culpa por la
negligencia. En 1834, el secretario de gobierno, Rafael Pombo, solicitó al Senado aprobar
una ley que obligara a los religiosos a ir a las misiones. Dicha medida era necesaria,
afirmaba Pombo, puesto que todos los demás esfuerzos habían fracasado. Aun después que
el tesoro otorgó estipendios y gastos de viaje para los potenciales misioneros, éstos
encontraban excusas para no ir. Algunos explicaban que su negativa era un acto
patriótico, aduciendo que se les estaba enviando al exilio al Casanare debido a sus
creencias religiosas o a su activismo político. Uno se excusó en razón a que era muy
anciano, otro a que era muy joven y un tercero que tenía que mantener a su empobrecida
familia. Todos consideraban el clima de Casanare como letal y, tal como Pombo lo señaló,
ninguno tenía el fervor evangélico para enfrentar este desafío (38).
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Las misiones estuvieron en
Caquetá y Putumayo (Una vista en el Caquetá, Puerto del Descanso, Dibujo y
grabado de J. Flórez. Tomado del: Papel Periódico Ilustrado, Bogotá, núm. 81,
1884).
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Fray Pedro Achurín, el superior
recoleto, refutó de manera enérgica estas acusaciones. Al urgir a los senadores para que
derrotaran el proyecto de Pombo, adujo que en ninguna parte de las Sagradas Escrituras se
estipulaba que los monjes convirtieran indígenas. Señaló que los recoletos habían
estado trabajando en el Casanare durante 114 años, y que hasta 1810 la orden tenía seis
conventos, tres noviciados y más de cien religiosos. En 1834, la comunidad se había
reducido a treinta monjes. Seis de ellos habían dejado el convento para convertirse en
seculares, mientras que otros dos eran demasiado viejos o estaban muy enfermos para
trabajar en las misiones. La ley que establecía que los novicios tuvieran un mínimo de
25 años de edad hacía que fuera imposible reclutar nuevos miembros, ya que hombres de
esa edad, con su personalidad ya curtida, no podían ser transformados en misioneros.
Finalmente, Achurín argumentaba que el proyecto de Pombo era inconstitucional. Los
miembros del clero regular, al igual que los demás ciudadanos, tenían el derecho a
ejercer libremente la profesión deseada. El gobierno no los podía sacar del convento y
forzarlos a ir a "las llanuras candentes a lo largo del río Meta [...] una tumba
fatal que se ha llevado ya las vidas de más de cien víctimas" (39).
Los priores dominicos ofrecieron excusas
similares. Informaron que el gobierno había suprimido los monasterios de la orden en
Chiquinquirá, Tunja y Bogotá. Si los dominicos iban a ser enviados a los Llanos, se
tendrían que cerrar otras casas, a causa de la insuficiencia de miembros. En 1836, el
número de sacerdotes dominicos y de legos había disminuido a sesenta y ocho (40). Tres años más tarde, el presidente José Ignacio de
Márquez (1837-1840) reconoció que los recoletos y dominicos tenían razones para
protestar. En su mensaje anual, afirmó que las órdenes regulares habían sufrido
pérdidas lastimosas de personal y que muchos de los monjes que todavía quedaban estaban
demasiado viejos y enfermos para ir a las misiones. Si esta tendencia continuaba,
advertía, "todos los conventos podrían desaparecer debido a que las reglas
monásticas fueron la creación de otra época y actualmente éstos no han sido
fortalecidos por la opinión pública o favorecidos por las ideas dominantes" (41).
A pesar de que la mayoría de los
miembros del clero regular eran indolentes en la década de los 30, algunos trabajaron
afanosamente en los Llanos con un espíritu reminiscente del siglo anterior. Francisco
Monroy y Benito Martínez, con otros dos recoletos, acompañaron al obispo Chaves en su
viaje a Pore en 1835 para hacerse cargo de las misiones del Meta. En 1840 informaron que
tres de las misiones originales -Macuco, Surimena y Casimena- y dos ciudades recién
fundadas -Maquivor y Cafifi- estaban funcionando, si bien con gran dificultad. El jefe
político (funcionario administrativo en jefe) de la región dio muy poco apoyo a los
sacerdotes y de manera equivocada forzó a los indígenas a trabajar durante semanas
enteras en obras públicas. Los mayordomos de las haciendas se negaron a darles a
los misioneros sus raciones mensuales de chocolate y azúcar. Los neófitos se quejaban de
hambre constantemente, de manera tal que los indígenas no cristianizados que visitaban
las reducciones veían las dificultades y no se quedaban (42).
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Indígenas
de Caquetá (Tomado de: Relaciones interesantes y datos históricos sobre las misiones
católicas del Caquetá y Putumayo..., de Fr. Benigno Canet del Mar, Imprenta
Nacional, Bogotá, 1924).
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En 1838, fray Francisco Granados,
cura de Tame, hizo un recuento detallado de las misiones dominicas en el Casanare, para
hacer que el gobernador tomara las medidas necesarias para mejorar su situación. Granados
informó que había cuatro pueblos, el más grande de los cuales era Tame, con 634
indígenas y 176 blancos. Todos los pueblos estaban organizados de acuerdo con las líneas
clásicas, con la iglesia, la capilla, el cabildo, la cárcel y la casa cural en
el centro, y las chozas de paja de los indígenas alineadas a lo largo de las calles que
interceptaban en ángulos rectos. Los neófitos cultivaban plátanos, yuca y maíz y
pescaban en los ríos. Tejían sombreros y cestos con palma y algodón, pero los rebaños
de ganado vacuno, abundantes en una época, habían disminuido a unos cientos de cabezas
que no se reproducían. Todos los indígenas reducidos profesaban la religión católica,
pero persistían en ellos sus creencias anteriores y continuaban practicando la brujería.
Huían con frecuencia de las misiones para retornar a una vida fuera de la ley en la
selva. Granados, de manera vívida, retrató la soledad y pobreza de los dominicos en
Casanare. Admitió que bajo el dominio español los miembros del clero regular no habían
sufrido dichas privaciones, y añadió que en esas épocas las misiones eran sostenidas
por haciendas bien manejadas y los sacerdotes tenían la autoridad de la corona española
para gobernar como déspotas, esclavizando virtualmente a los indígenas. En 1838, los
dominicos no podían forzar a los indígenas a trabajar si éstos no querían hacerlo. Las
reducciones sufrían de falta de herramientas y comida; y los caminos eran tan malos que
resultaba casi imposible obtener abastecimientos de fuera de los Llanos. Durante los
últimos meses, el misionero no tuvo más compañía que la de los salvajes, quienes
venían a pedirle cosas. A pesar de esas condiciones, escribía Granados, él había
servido durante cuatro años y tres meses sin descanso, y un colega suyo, fray Gabriel
Rodríguez, ahora deseoso de retirarse, había estado en el Casanare durante doce años,
lapso sorprendente. Granados terminó su informe solicitando de manera urgente al
gobernador la aprobación de leyes que exigieran que los indígenas trabajaran, y que se
tomaran medidas para revivir las haciendas, proveer de productos a las reducciones e
incrementar los estipendios de los sacerdotes (43).
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San Agustín, patrono de la Orden Agustina (San
Agustín, óleo sobre tela, anónimo, siglo XVI. Colección agustina).
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En los llanos de San Martín, donde
los franciscanos habían estado convirtiendo indígenas desde 1650, la decadencia era aún
mayor. El programa de renovación de las misiones de Santander no tuvo aplicación en los
llanos al sur del río Meta, que formaba una inmensa zona dentro de la provincia de
Bogotá. El funcionario administrativo en jefe era el jefe político, a quien
nombraba el gobernador de la provincia. En 1834, después que este funcionario informó
que ninguna de las misiones anteriores a la guerra existía en la zona, la legislatura
provincial aprobó el restablecimiento de misiones en Jiramena y San Antonio. El
gobernador Rufino Cuervo envió la resolución al gobierno nacional para su aprobación,
señalando que la solicitud estaba de acuerdo con la ley del 15 de mayo de 1833 respecto
al Casanare, y prediciendo que la evangelización sería mucho más rápida al sur del
Meta, debido a que los indígenas de allí eran más dóciles que los guahíbos y en
razón a que el jefe político ayudaría a los misioneros a fundar pueblos (44).
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Mapa de la
provincia de Casanare, zona encomendada a la misión de agustinos recoletos en 1767
(Tomado de Monografía de las misiones vivas de agustinos recoletos (Candelarios) en
Colombia siglos XVII-XX, del R.P.Fr. Marcelino Ganuza, Imprenta de San Bernardo,
Bogotá, 1921).
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Los franciscanos no pudieron
conseguir personal que fuera de nuevo al campo. En 1837, su provincial no había
contestado aún la solicitud del gobierno para reactivar a Jiramena y San Antonio. El
jefe político escribió que en todas las parroquias hacían falta sacerdotes y que,
a causa de un sarampión epidémico mortal, no había nadie que administrara los últimos
sacramentos (45). En 1840 las misiones todavía no tenían
sacerdotes. El gobernador Eladio Urisari escribió que era aterrador ver despoblada esa
comarca inmensa, bella y fértil. Urgió al gobierno nacional para que mejorara la
carretera entre Bogotá y San Martín y transportar a prisioneros de las tierras altas a
los Llanos para poblar la frontera (46).
El resultado de la guerra de los
Supremos, en 1839, pospuso las acciones relativas a estas propuestas. La restauración de
la paz en 1842 tuvo como resultado que un grupo de conservadores conocidos como los ministeriales
llegaran al poder en Bogotá. Durante los gobiernos de Pedro Alcántara Herrán
(1841-1845) y Tomás Cipriano de Mosquera (1845-1849) se plantearon nuevas iniciativas
para restablecer las misiones en los Llanos.
La persona que guiaba al gobierno de
Herrán era su ministro del interior, Mariano Ospina Rodríguez, abogado, educador y
periodista, quien fundó el partido conservador en 1848. Como ministro del interior,
Ospina reestructuró la educación superior, reforzó la disciplina, elevó los niveles
académicos y excluyó los libros de texto liberales. Recomendó que los jesuitas fueran
invitados a retornar a la Nueva Granada para tomar a su cargo la educación religiosa y
secular, porque consideraba que, con su capacitación y compromiso superior, sería
factible contrarrestar la popularidad de los escritos del radicalismo inglés y del
liberalismo de la Restauración francesa que asolaban al país (47).
Ospina también creía que los jesuitas
solos podían renovar las misiones. En 1842 el Congreso había derogado las leyes de 1826
y 1832 para reducir la edad de la profesión de votos religiosos de 25 a 22 años para las
personas que planeaban entrar a las órdenes misioneras, pero Ospina consideró que esta
medida, que se esperaba rejuveneciera a los dominicos, recoletos y franciscanos que ya
estaban en la Nueva Granada era insuficiente (48). La
experiencia había demostrado que los sacerdotes del altiplano eran incapaces de adaptarse
a las condiciones tropicales de los Llanos. Lo que se necesitaba eran colegios especiales
manejados por jesuitas que capacitaran misioneros específicamente para la ardua tarea. A
los graduados se les obligaría a servir por lo menos ocho años en las misiones y,
habiendo escogido esta vocación de manera voluntaria, irían al Casanare con entusiasmo.
Una vez que los jesuitas hubieran capacitado suficientes personas, podrían encargarse de
todas las misiones de la república, permitiendo así que las demás órdenes religiosas
se concentraran en tareas más apropiadas para sus condiciones educacionales y
temperamentales (49).
La solicitud de Ospina sobre el regreso
de los jesuitas estaba mediatizada políticamente. Concitó la oposición implacable de la
mayoría del clero secular y regular, probablemente por los celos frente al prestigio
jesuita y por las rivalidades monásticas tradicionales, y de los liberales y
anticlericales, debido a que el voto de los jesuitas de lealtad al papa amenazaba la
soberanía nacional y ponía las libertades públicas en peligro. Estos grupos temían
también que la Compañía de Jesús se convirtiera en un brazo no oficial del partido
conservador -un presentimiento que los hechos posteriores justificaron- (50). Sin embargo, apoyado por el arzobispo Manuel José
Mosquera y por el presidente Herrán, Ospina convenció al Congreso de que aprobara el
decreto del 3 de mayo de 1842, que autorizaba al poder ejecutivo para establecer uno o
más colegios con el propósito de capacitar misioneros para el Casanare, San Martín,
Andaquí, Mocoa, la Guajira y Veraguas, y para invitar a órdenes religiosas europeas a
hacerse cargo de éstas. El vicepresidente Domingo Caicedo puso en ejecución el decreto
ese mismo día, al solicitarles a los jesuitas volver a la Nueva Granada (51). El 18 de junio de 1844, trece jesuitas llegaron a
Bogotá, dando fin a setenta y cinco años de exilio.
Los jesuitas fundaron un colegio de
misiones en Bogotá, y nueve estudiantes ingresaron en el término de un año. A
continuación abrieron un segundo colegio en Popayán y, por solicitud del arzobispo
Mosquera, se hicieron cargo del colegio de San Bartolomé, en la capital, y de otros
colegios en Medellín y Pasto. A instancias del presidente T. C. de Mosquera, el jesuita
español José Segundo Laínez y dos novicios neogranadinos salieron en 1846 a explorar el
Caquetá, región remota y selvática que abarca la cabecera del alto Amazonas y situada
al sur de los Llanos y del río Guaviare. Laínez regresó a Popayán exaltando el
potencial de la región para el desarrollo y llevó con él algunos indígenas
recientemente convertidos. Infortunadamente, durante su regreso al Caquetá enfermó por
la fatiga, la mala alimentación y el clima tropical. Laínez murió el 27 de junio de
1848, y con él murió el impulso misional (52). Cuando el
gobernador del Casanare, Camilo Tavera, solicitó a Mosquera enviar jesuitas a los Llanos,
el entonces ministro del interior, Alejandro Osorio, simplemente archivó la solicitud (53).
Tres factores contribuyeron al fracaso de
los jesuitas en revivir las misiones. En primer lugar, la Sociedad no tenía más de
veinticuatro miembros en la Nueva Granada. La mayoría estaban dedicados a la educación;
de manera que había muy pocos disponibles para ir a la frontera. En segundo lugar, los
jesuitas se ocuparon en una inmensa cantidad de actividades religiosas y educacionales en
Bogotá, confirmando así la predicción de la oposición de que podrían convertirse en
"las tropas de asalto del partido conservador". Para obtener apoyo popular,
organizaron una congregación especial para artesanos y publicaron un periódico, La Tarde
de los Agricultores y Artesanos, dirigido a la clase obrera. Finalmente, los jesuitas, al
regresar a la Nueva Granada habían llegado a un nido de enemigos mucho más hostiles que
en el pasado. En 1847 y 1848 el Congreso se negó a aprobar recursos para sus actividades
y, con la elección del candidato del partido liberal, general José Hilario López, como
presidente en 1849, la mera existencia de la orden estaba en peligro. En junio de 1850,
después de seis años de residencia en la Nueva Granada, los jesuitas fueron expulsados
de nuevo (54).
Mariano Ospina patrocinó otro proyecto
que parecía apropiado para reforzar las misiones en los Llanos. Como parte de su esquema
de trazar nuevamente las divisiones políticas internas de la República, al crear
cuarenta y cuatro provincias y seis territorios especiales a partir de las veinte
provincias existentes, propuso que las regiones de San Martín y Macuco fueran retiradas
de la Jurisdicción de Bogotá y Casanare y que se las designara como el Territorio
Especial del Meta. Bajo esta nueva ordenación, "el Meta" recibiría recursos
directamente del gobierno nacional y sería administrada por un prefecto con todas las
atribuciones, que se haría cargo de civilizar a los indígenas y supervisar a los
misioneros (55). El Congreso debatió el plan de Ospina y
lo rechazó en marzo de 1844, al considerarlo como un plan mal simulado para despojar de
su influencia nacional a las provincias tradicionalmente dominantes (56). Los legisladores, sin embargo, fueron receptivos a la
idea de denominar las zonas selváticas como territorios especiales. Ya le habían
otorgado en 1843 este estatus a Bocas del Toro, en Panamá. Siguiendo la indicación de
Ospina, crearon el Territorio Especial del Caquetá en 1845 y los de la Guajira, Darién y
San Martín en 1846, a pesar de que, en el último caso, el territorio consistió
solamente en el antiguo cantón de San Martín, y Macuco continuó formando parte del
Casanare (57).
El ministro del interior de Mosquera,
Alejandro Osorio, compartía la creencia de Ospina de que el desarrollo de las misiones
era esencial para el éxito del nuevo territorio de San Martín. Sin embargo, en 1848 ya
no había franciscanos en los Llanos. El prefecto Silverio Medina estimó que de cerca de
80.000 paganos que había en el territorio, menos de 500 habían sido reducidos. Predijo
que San Martín progresaría solamente después que llegaran los misioneros, cuando se
construyeran colegios y carreteras. Pero el estatus territorial de los Llanos, abolido por
los liberales en 1850, tuvo una duración muy breve como para poder ver materializadas
estas esperanzas (58).
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La misión de los agustinos
recoletos tuvo sede en Boyacá (grabado Convento del desierto de la Candelaria.
Tomado de: Los padres candelarios en Colombia, de Fr. Santiago Matute, Bogotá, 1897).
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En el Casanare la situación no era
mejor. El arzobispo Mosquera informó el 7 de diciembre de 1848 que había tres dominicos
trabajando en las misiones de Casanare pero que, excepto unas pocas casas en Cafifi, las
misiones del Meta habían desaparecido. La tasa de mortalidad de los clérigos era
extremadamente alta, hecho que apoyó la creencia popular de que el clima se había vuelto
más mortal que en el siglo anterior, cuando los grandes hatos de ganado habían
mantenido la selva bajo control de atmósferas infestadas por enfermedades infecciosas.
Anotaba, además, que los indígenas eran mucho más guerreros que en el siglo XVIII, y
que los misioneros ya no trataban con salvajes simples y rudos sino con "hordas de
hombres perversos determinados al robo y al pillaje" (59).
Finalmente, Mosquera señalaba que, con el deterioro de la disciplina, las órdenes
regulares ya no producían sacerdotes con espíritu de sacrificio suficientemente fuerte
para poder sobrellevar estos desafíos. A menos que el gobierno nacional hiciera más para
ayudarlos; no tenía sentido continuar enviando misioneros al Casanare. Recomendó que,
por lo menos, el gobierno creara una fuerza armada basada en la provincia, que hiciera que
los indígenas respetaran la ley y el orden, y que se incrementaran los salarios de los
sacerdotes, para que éstos pudieran fortalecerse contra el clima y pudieran comprar
regalos para atraer neófitos (60).
El ministro Osorio estaba de acuerdo con
el arzobispo. Su informe anual de 1848 incluye un obituario para las misiones en la
frontera de los Llanos. Recordando que en 1810 sólo los recoletos estaban manejando a
8.137 indígenas en sus misiones del Meta y 104.200 cabezas de ganado y 9.125 caballos en
las haciendas adyacentes, Osorio confirmó que ni una sola de estas misiones o haciendas
existían ya, a pesar de que todos los gobiernos desde 1821 habían apropiado recursos
para su sostenimiento y habían concedido privilegios especiales a los misioneros.
Concluía que la experiencia había demostrado que los sacerdotes por sí mismos, por
mucha dedicación que tuvieran, no podían ya reducir indígenas, a menos que formaran
parte de un programa más amplio que les otorgara el apoyo material vital que necesitaban (61).
Esta revisión de la historia de las
misiones en los Llanos entre 1821 y 1849 ha mostrado que las condiciones que contribuyeron
a su desaparición en México se presentaron también en la Nueva Granada. El caos
producido por la guerra de independencia, el fracaso de las órdenes religiosas en la
atracción de nuevos miembros, el impacto de la Ilustración, las medidas gubernamentales
erráticas, la resistencia indígena y la actitud de los funcionarios locales incidieron
en la parálisis de su regeneración. En la Nueva Granada no existía un intento
concertado de secularizar las reducciones, pero la insistencia esporádica sobre la
desaparición de los conventos menores y la edad mínima de veinticinco años para los
novicios ciertamente debilitó a las órdenes. El debilitamiento de las misiones en el
Casanare fue similar al abandono lento de las misiones de Pimería Alta en Arizona y en
menor grado a la decadencia de los pueblos franciscanos en Nuevo México.
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Cuadro de la
virgen. Tomado de: Los padres candelarios en Colombia, de Fr. Santiago
Matute, Bogotá, 1897).
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Por otra parte, es evidente que los
funcionarios nacionales y provinciales de la Nueva Granada, así como los colonos,
reiteraban la importancia de las misiones como fundamentales para la vida de frontera e
hicieron lo posible para perpetuarlas, a pesar de los fracasos repetidos. Su actitud
similar a la de sus homólogos mexicanos, ilustra una diferencia fundamental en la
naturaleza de las fronteras. A1 tomar a California como el caso más extremo de
comparación, hemos visto que las veintiuna misiones manejadas por los fernandinos
sobrevivieron a la guerra de independencia sin ser afectadas. Con 21.000 neófitos y el
monopolio sobre la mejor tierra, ganado e industria del territorio, esta empresa
floreciente era símbolo del poder de un clero sin restricciones en México, y constituía
una fuente de irritación para los funcionarios y para los colonos. Por el contrario, en
los Llanos, al igual que en Arizona, Nuevo México y hasta cierto punto Texas, no había
ningún imperio misional próspero después de la guerra y existían muy pocos colonos
celosos que compitieran por tierra y trabajo. De acuerdo con cifras de censos, la
población del Casanare disminuyó en un 28%, de 22.137 en 1825 a 15.948 en 1835, y a
pesar de que se incrementó hasta 18.498 en 1845, la tasa de crecimiento de la provincia
era considerablemente menor que la del resto del país (62).
La gente de los pueblos y los finqueros aislados temían a los guahíbos por buenas
razones, y al igual que sus antepasados coloniales, creían que solamente los misioneros
podrían persuadir a los "salvajes" para que se asentaran. Más aún: al igual
que los funcionarios borbónicos, los dirigentes bogotanos consideraban que la población
de las tierras altas era muy poca para generar ondas migratorias que se asentaran en la
frontera oriental. Si los Llanos iban a ser poblados y las fronteras defendidas de
usurpaciones venezolanas o brasileñas, tendría que ser con indígenas, pero con
indígenas cristianizados, convertidos por misioneros y transformados en ciudadanos de la
Nueva Granada.
Si la secularización fue señalada como
la causa principal del colapso de las misiones en California, en la Nueva Granada la
responsabilidad recayó sobre el decaimiento interno de las órdenes religiosas. A
diferencia de los fernandinos, que habían puesto en práctica una defensa espiritual de
su trabajo, los franciscanos, dominicos y recoletos de la Nueva Granada aceptaron
calmadamente la pérdida de sus misiones y no mostraron ningún interés en renovarlas. Su
número disminuyó cada vez más, y se produjeron quejas continuas sobre su disciplina
relajada. En la década de 1820, Santander los acusó de preferir los lujos de Bogotá a
los rigores de la conversión de indígenas de la frontera. En 1842, el encargado de
negocios de los Estados Unidos, William Mann Blackford, escribió que los miembros del
clero regular eran, "sin excepción, la clase más depravada, licenciosa y bestial de
la sociedad. No hacen nada y no tienen nada que hacer. Su patrimonio es muy grande y se
abandonan al lujo y a todo tipo de excesos" (63). La
posición de Blackford estaba influenciada por sus prejuicios protestantes, pero aun el
arzobispo Mosquera reprochó a las órdenes por su laxitud. La cantidad de excusas
ofrecidas por los superiores para evitar enviar hombres a los Llanos hace que sea
irrefutable la conclusión que los monasterios no estaban produciendo evangelistas con el
fervor ni la estatura de figuras del siglo XVIII, como Juan Rivero o Joseph Gumilla (64).
El debilitamiento de los miembros del
clero regular de la Nueva Granada es sintomático del eclipse universal de la Iglesia
católica romana institucionalizada entre 1750 y 1830, tendencia mucho más acentuada en
América Latina, región que había visto la más grandiosa expansión del cristianismo de
todos los tiempos durante los siglos XVI, XVII y principios del XVIII. Durante esos
trescientos años, las órdenes religiosas habían convertido a millones de indígenas
bajo el dominio español y portugués. En el nuevo mundo, la misión se convirtió en el
instrumento característico de expansión de fronteras, de hispanización de los
indígenas y de sujeción de éstos a la autoridad real. Los misioneros gozaron de la
protección de la corona, y la rivalidad entre las órdenes tendió a promover acciones
vigorosas e independientes. Aun así, tal como lo señala Kenneth S. Latourette, durante
esta época dorada, la Iglesia, al igual que el gobierno civil, estaba en una posición de
rígida subordinación. La cristiandad latinoamericana era fundamentalmente pasiva,
dirigida por el Estado, dependiente del rey en cuanto a apoyo financiero, y su liderazgo
provenía primordialmente de Europa (65).
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San
Ignacio de Loyola, patrono de la Compañía de Jesús (Cabeza de hombre, San Ignacio,
dibujo de lápiz y pastel sobre papel, s.f., de Santiago Páramo O., S.J., Colección
Biblioteca Luis Ángel Arango).
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La segunda mitad del siglo XVIII
trajo consigo una erosión del poder de la Iglesia en Europa y el colapso de sus misiones
en el extranjero. Con respecto a esto último, la desintegración de los jesuitas en 1773
fue un golpe casi mortal. La Iglesia francesa, que había reemplazado a la española como
fuente principal de personal de misiones, fue paralizada por las privaciones externas y
por las disidencias internas producidas por la Revolución Francesa (66). Napoleón asoló al papa Pío VI (1717-1799) hasta la
muerte y de manera alternada fascinó e irritó continuamente a su sucesor, Pío VII
(1740-1823). Parecía que el papado nunca se recobraría, y la debilidad en el centro de
la Iglesia se reflejaba en todas partes del planeta. Cuando Napoleón decidió
reconstituir tres órdenes misioneras religiosas en 1805, que habían sido disueltas al
igual que todas las demás, "los Padres del Espíritu Santo no eran más que diez, la
gran Sociedad Parisiense de Misiones Extranjeras tenía solamente treinta y nueve
sacerdotes a su servicio y los lazaristas tenían treinta y tres misioneros en el
extranjero" (67). En la década de 1820, los patriotas
latinoamericanos que habían derrotado a España y Portugal enfilaron ahora sus armas,
hablando figuradamente, hacia nuevos blancos tales como el clero regular. Después de
haber sobrevivido el traumatismo de la independencia, las comunidades religiosas
tambalearon casi hasta el punto de su extinción, y sus esfuerzos por convertir indígenas
llegaron a una situación de parálisis (68).
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Edificio donde funcionó el
noviciado de la Compañía de Jesús en Bogotá (Tomado de: La Compañía de Jesús en
Colombia y Centro América después de la restauración, del P Rafael Pérez, S.J:,
Valladolid, Luis N. de Gaviria,1896).
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Con la derrota de Napoleón y la
restauración de las monarquías en Europa, las misiones católicas en el extranjero
ganaron poco a poco terreno. Mucho había sido destruido, pero no todo estaba perdido.
Después de 1827, una serie de papas fuertes renovaron la Iglesia en Roma, en muchos
países surgieron nuevas corrientes de pensamiento y la nueva vida de la Iglesia encontró
salida en las actividades misionales. Uno de los primeros actos de Pío VII a su regreso
al Vaticano en 1814, fue la restauración de la orden jesuita. Las demás órdenes
gradualmente se reorganizaron, a pesar de que nunca más ejercieron el poder de que
habían gozado antes de la Revolución Francesa. El siglo XIX demostró ser más
enriquecedor que cualquier otro en la formación de nuevas órdenes, dedicadas al trabajo
misional, entre ellas las de los maristas (1817), salesianos de don Bosco ( 1859) y Padres
Scheut ( 1862) (69).
El renacimiento del fervor evangelizador
en Europa sucedió muy tarde para que tuviera un impacto en la frontera norte de México.
En la década de 1840, Antonio López de Santa Anna, quien había permitido el
desmantelamiento de las misiones en 1833-1834, solicitó el retorno de los jesuitas para
mantener la integridad de la frontera, pero la pérdida de Texas, California, Arizona y
Nuevo México ante los Estados Unidos impidió cualquier acción en su plan (70).
En la Nueva Granada, el acceso del
partido liberal al poder en 1849 condenó el renacimiento jesuita iniciado en 1844. Bajo
los gobiernos de los presidentes José Hilario López y José María Obando, los liberales
se embarcaron en una revolución sangrienta. Desmantelaron el estado jerárquico y
autoritario colonial perpetuado por los conservadores, aboliendo los monopolios
gubernamentales, fortaleciendo los poderes de las provincias y fomentando las libertades
individuales (7l). En una campaña avasalladora en contra
de la Iglesia, López expulsó a los jesuitas en 1850, legalizó el divorcio, anuló todos
los diezmos y extinguió el fuero eclesiástico, reformas que fueron fortalecidas
por la Constitución de 1853, que estableció la separación del Estado y la Iglesia y que
garantizó a todos los ciudadanos la libertad de religión (72).
Sin embargo, a pesar de que el gobierno
de López fue radicalmente anticlerical, abogó por la expansión de las misiones en la
frontera de los Llanos, proponiendo reconstituirlas, no con jesuitas extranjeros, cuya
lealtad era manifiestamente sospechosa, tal como el ministro del interior, Francisco
Zaldúa, señala claramente en 1850. sino con miembros del clero regular neogranadinos que
estuvieran profundamente comprometidos con la moral nacional y con el progreso material.
Zaldúa solicita al Congreso la reorganización de las misiones y la creación de nuevas
parroquias donde fuera necesario, concediendo poderes más amplios a los misioneros y
otorgando privilegios mayores a los indígenas que aceptaran el cristianismo (73). Exceptuando la prohibición de los sacerdotes
extranjeros, su programa era esencialmente el mismo que los propuestos por los gobiernos
anteriores y no tuvo ningún éxito. El restablecimiento de las misiones en la Nueva
Granada tuvo que esperar a la regeneración de la evangelización europea y al retorno de
los conservadores al poder, quienes en 1886 derogaron la mayor parte de la legislación
anticlerical anterior y firmaron un nuevo concordato con el Vaticano. A principios del
siglo XX, sacerdotes miembros del clero regular europeo y colombiano estaban de nuevo
trabajando en la venerada y evasiva búsqueda de convertir indígenas en la frontera
oriental de los Llanos (74).
* Una versión anterior
del presente ensayo fue leída en la VII conferencia de Historiadores Mexicanos y de los
Estados Unidos, Oaxaca, 2226 de octubre de 1985. Quiero agradecer a David Weber y David
Bushnell, quienes leyeron ese borrador e hicieron sugerencias muy valiosas. Agradezco
también los útiles comentarios de otros participantes en la conferencia y al lector
anónimo de Comparative Studies in Society and History.
1 David Weber, The
Mexican Frontier, 1821-1846: The American Southwest under Mexico,
Albuquerque, 1982, págs. 43-68.
2 A pesar de que la
misión ha sido una de las instituciones imperiales españolas más estudiadas, su destino
en el siglo XIX ha sido relativamente poco explorado. Tradicionalmente se ha afirmado que
la guerra de independencia trajo consigo el colapso del sistema, pero solamente en el caso
de las fronteras norteñas de México se ha podido documentar este desmantelamiento. El
artículo de John Francis Bannon "The Mission as a Frontier Institution: Sixty Years
of Interest and Research", en Western History Quarterly, núm. 10, julio de 1979,
págs. 302-322, no contiene ni una sola referencia a la misión durante el período
republicano inicial. Para obtener una bibliografía amplia sobre la desaparición de las
misiones de California, véase Weber, Mexican Frontier, págs. 391-393.
3 Charles Gibson, Spain
in America, Nueva York, 1966, pág. 189.
4 Weber, op. cit., pág.
57.
5 Gibson, op. cir., pág.
197.
6 G. H. Phillips,
"Indians and the Breakdown of the Spanish Mission System", en Ethnohistory,
núm. 21, Fall, 1974, pág. 265.
7 Weber, op. cit., pág.
60.
8 Ibíd., Pág.
47.
9 Michael P Costeloe, Church
Wealrh in Mexico, Cambridge, 1967, pág. 2; J. Lloyds Mecham, Church and State in
Latin America, edición revisada, Chapel Hill, N.C., 1966, pág. 344.
11 Ibíd.,
Págs. 53-60.
12 phillips, op. cit.,
págs. 265-267.
13 Citado por Weber, op.
cit., pág. 67. Véase también Manuel P Servin, "The Secularization of the
California Missions: A Reappraisal", en The Historical Society of Southern California
Quarterly, pág. 47, junio de 1965, págs. 133-149.
14 Robert C. West,
"The Geography of Colombia", en A. Curtis Wilgus (comp.), The Caribbean:
Contemporary Colombia, Gainesville, Florida, 1962, pág. 19; Eduardo Acevedo Latorre
(dir. ed.), Diccionario geográfico de Colombia, 2 vols., Bogotá, 1971.
15 Jane M. Rausch, A
Tropical Plains Frontier: The Llanos of Colombia, l53/-l831, Albuquerque,
1984, pág. 62.
16 El número de
indígenas reducidos o convertidos se incrementó realmente en un 5% entre 1767 y 1800, lo
cual constituye una prueba real de que las misiones de los Llanos no se vinieron abajo con
la expulsión de los jesuitas, como se afirma comúnmente, sino que, antes bien,
florecieron con vigor renovado. Para una investigación cuidadosa de este punto, véase
Jane M. Rausch, "The Expulsion of the Jesuits from the Llanos of Casanare: A
Reassessment", en Jeffrey A. Cole (comp.), The Church and Society in Latin
America, Nueva Orleáns, 1984, págs. 173-198.
17 Marcelino Ganuza, Monografía
de las misiones vivas de agustinos (candelarios en Colombia), 2 vols., Bogotá, 1921,
t. I, pág. 55.
18 Rausch, Tropical
Plains Frontier, págs. 206-207.
19 Mecham, op. cit.,
pág. 90; David Bushnell, The Santander Regime in Gran Colombia, Newark, Del.,
1954, pág. 231.
20 Fernando Díaz Díaz,
"Estado, iglesia y desamortización", en Jaime Jaramillo Uribe (comp.), Manual
de Historia de Colombia, 3 vols., Bogotá, 19781979, t. II, pág. 424.
21 Bushnell, op. cit.,
pág. 227.
22 Ibíd.,
pág. 179.
23 Santander al
presidente de la Cámara de Representantes, Bogotá, 11 de julio de 1823, en Archivo
Santander, 24 vols., Bogotá, 1913-1932, t. IV pág. 206.
24 Los jansenistas eran
católicos que creían que el hombre obtiene la salvación solamente si Dios lo
predestina, y el don de la gracia de Dios no tiene relación con las buenas obras que el
hombre pueda realizar. Véase Stephen Neill, History of Christian Missions,
Baltimore, 1964, pág. 207.
25 Rausch, Tropical
Plains Frontier, pág. 108.
26 Ganuza, op. cit.,
t. II, pág. 279.
27 lbíd., t.
II, pág. 253.
28 David Bushnell,
"The Last Dictatorship: Betrayal of Consumation?", en Hispanic American
Historical Review, num. 63, febrero de 1983, pág. 89.
29 Mecham, op. cit.,
pág. 118.
30 archivo Histórico
Nacional (de aquí en adelante citado como AHN), Gobernación de Casanare (de aquí en
adelante citado como GC), vol. 15, fols. 80, 879.
31 Gaceta de la Nueva
Granada, Bogotá, 5 de mayo de 1833; Codificación nacional de todas las leyes de
Colombia desde el año 1821 (de aquí en adelante citado como Cod. nac.), 32 vols.,
Bogotá, 1924, t. V pág. 8.
32 Cod. nac.,
t. V págs. 10-12.
33 Gaceta de la Nueva
Granada, 11 de octubre de 1835.
34 El misionero dominico
Francisco Granados informó que había 1.184 indígenas en las misiones de Casanare en
1838 (AHN, GC, vol. 16, fols. 792796). El censo de 1835 mostró que había 1.396 personas
viviendo en las misiones del Meta (Juan Medina R., Boyacá, vol. III, en Geografía
económica de Colombia, Bogotá, 1937, pág. 123. En 1839 el gobernador J. Beltrán
informó sobre I1 misiones en Casanare (omitiendo a Patute por razones desconocidas) pero
no hizo ninguna estimación de su población (AHN, GC, vol. 17, fol. 139).
35 AHN, Curas y Obispos
(citado de aquí en adelante como CyO), vol. 2, fol. 709; Gustavo Arboleda, Historia
contemporánea de Colombia, 2a. ed., 3 vols., Cali, 1933, t. ï, pág. 316.
36 Gaceta de la Nueva
Granada, 19 de noviembre de 1837, lo. de agosto de 1841; Cod nac., t. VII, págs. 621-622.
37 AHN, GC, vol. 16,
fol. 513.
38 Archivo del Congreso,
Bogotá, Cámara 1835, Proyectos pendientes, vol. 4, fol. 54.
39 Ibíd., vol.
4, fol. 55.
40 Andrés Mesanza, Apuntes
y documentos sobre la orden dominica en Colombia (de I á80 a I930) - Apuntes o
narración, Caracas, 1929, pág. 145
41 Gaceta de la Nueva
Granada, 3 de marzo de 1839.
42 Ganuza, op. cit.,
G ll. pag 293.
43 AHN, GC, fol. 16,
792-796.
44 AHN, Gobierno de
Bogotá (de aquí en adelante mencionado como GB), vol. 3, fol. 140.
45 El Constitucional de
Cundinamarca, Bogotá, 19 de febrero de 1837.
46 AHN, GB, vol. 9, fol.
229.
47 Álvaro Tirado
Mejía, "El estado y la política en el siglo XIX", en Jaramillo Uribe (comp.), Manual
de historia de Colombia, t. II, 359; Robert Louis Gilmore, "New Granada's
Socialist Mirage", en Hispanic American Historical Review, núm. 36, mayo de 1956,
pág. 192.
48 José María
Restrepo, Diario político y militar, 4 vols., Bogotá, 1954, t. III, pág. 311.
49 J. J. Borda, Historia
de la Compañía de Jesús, 2 vols., París, 1870, t. II, págs. 173-175.
50 J. León Helguera,
"The first Mosquera Administration in New Granada, 1845-1849", tesis de Ph. D.,
Universidad de Carolina del Norte, 1958, pág. 34.
51 Borda, op. Cit.,
t. II, págs. 176-179.
52 Daniel Restrepo, La
Compañía de Jesús en Colombia, Bogotá, 1940, págs. 400-402.
53 Helguera, op. cit.,
pág. 220.
54 lbid., pág.
225.
55 Gaceta de la Nueva
Granada, 17 de mayo de 1846.
56 José María
Restrepo, op. cit., t. III, pág. 374.
57 Gaceta Oficial,
Bogotá, 23 de junio de 1850.
58 lbid., 4 de
mayo de 1848.
59 Ganuza, op. cit.,
t. II, pág. 325.
60 Ibid.
61 Gaceta Oficial, 4 de
mayo de 1848.
62 Rausch, Tropical
Plains Frontier, pág. 198. La información de los censos para la Nueva Granada del
siglo XIX se encuentra en la obra de Miguel Urrutia y Mario Arrubla, Compendio de
estadísticas históricas de Colombia, Bogotá, 1970. Los censos del siglo XIX no
pueden ser considerados como confiables, pero de todas maneras sugieren las principales
tendencias.
63 Citado por Helguera, op.
cit., pág. 196.
64 Juan Rivero
(1681-1736) y Joseph Gumilla (1686-1760) fueron jesuitas que fundaron numerosas misiones
en el Casanare y a lo largo del río Orinoco. Cada uno escribió crónicas de sus
experiencias, que son fuentes importantes para la historia colonial de los Llanos.
65 Kenneth S.
Latourette, The Great Century, vol. V de su A History of the Expansion of
Christianity, 7 vols., Nueva York, 1943, pág. 69.
66 Stanley Payne, A
History of Spain and Portugal, 2 vols., Madison, Wisc., 1976, t. II, págs. 484-485.
67 Neill, op. cit.,
pág. 398.
68 Latourette, op.
cit., pág. 90.
69 Neill, op. cit.,
pág. 399.
70 Weber, op. cit.,
pág. 50.
71 Tirado Mejía, op.
cit., pág. 344.
72 Mecham, op. Cit.,
pág. 120. ~;
73 Gaceta Oficial, 5 de
abril de I 850.
74 En 1902 la Nueva
Granada (en ese momento, la República de Colombia) firmó un convenio con el Vaticano
para reorganizar las misiones. Un año más tarde, los padres de la Compañía de María
Monfortiana tomaron a su cargo las misiones de San Martín y Arauca, ayudadas en San
Martín por las Hijas de la Sabiduría. Las Hermanas de la Presentación ayudaron a los
recoletos, quienes continúan trabajando actualmente en el Casanare. Véase Jesús María
Henao y Gerardo Arrubla, Historia de Colombia, Sa. ed., Bogotá, 1929, págs.
743-744.
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