El Caribe
colombiano en la república andina:
identidad y
autonomía política en el siglo XIX
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ALFONSO MÚNERA
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Universidad de Cartagena de Indias
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Trabajo fotográfico: Alberto Sierra
Restrepo
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Acta de independencia de
Cartagena, 1811.
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En medio del humo de los cañones
de las últimas batallas por la independencia, la historia nacional de la actual
República de Colombia empezó a ser escrita. En 1827 José Manuel Restrepo publicó en
París la primera parte, en seis volúmenes, de su soberbio trabajo sobre las luchas por
la independencia de los estados de Venezuela, Ecuador y Colombia. Restrepo reconstruyó,
detalle por detalle, una monumental cronología de todos aquellos eventos considerados por
él como significativos en la guerra contra España 1.
Propietario de documentos originales y un observador excepcional, en su calidad de miembro
de la elite política criolla, el historiador Restrepo no se limitó a una simple
descripción de los hechos. Por el contrario, en su Historia de la revolución de la
República de Colombia creó los mitos 2 fundacionales de
la nación. Siglo y medio después, los más importantes de ellos continúan vigentes.
Tres mitos en particular han sido
repetidos por generaciones de historiadores a tal extremo, que hoy son aceptados como
verdades esenciales sobre los orígenes de la nación colombiana. El primero de estos
mitos sostiene que la Nueva Granada o la actual Colombia era ya en el siglo XVIII colonial
una unidad política, cuya autoridad central gobernaba desde Santafé de Bogotá el
extenso territorio bajo su dominio. El segundo está contenido en la imagen de una elite
criolla andina que se declara en rebelión contra el gobierno de España el 20 de julio de
1810, motivada por los ideales de creación de una nación independiente, y su posterior
fracaso ocasionado por el espíritu divisionista de las elites del Caribe colombiano. El
tercero reside en la idea de que la independencia de Colombia fue el trabajo exclusivo de
los criollos. Los indios, los negros, los mulatos y los mestizos se aliaron con el
gobierno español o desempeñaron un papel pasivo bajo el comando de las elites criollas.
Es sorprendente, pero no existe hasta el
día de hoy una sola versión de la historia colombiana que contradiga las ficciones
creadas por Restrepo hace ya más de 160 años 3. En las
páginas que siguen, me propongo mostrar en primer lugar que la Nueva Granada no existió
nunca como una entidad política unificada sino como un fragmentado conjunto de regiones
autónomas en conflicto. En segundo lugar, que en el momento de construir la república no
existía, por lo tanto, una elite criolla dotada de una visión nacional sino, por el
contrario, un conjunto de elites regionales con proyectos e identidades diferentes.
Tercero, que la independencia de España en el interior de Colombia produjo un resultado
mayor: la derrota del proyecto de autonomía política del Caribe colombiano, la creación
de un Estado andino y la consolidación de un discurso nacional que tenía como uno de sus
ejes una imagen negativa de lo caribe. Finalmente que, como mostraría Florencia Mallon
sobre México y Perú en su último libro 4, el proceso de
imaginarse la nación en Colombia es múltiple, extendido en el tiempo y el resultado de
intensos conflictos en los que los grupos subordinados han participado con sus propios
discursos, pequeñas victorias y grandes fracasos.
¿QUIÉN
MANDABA AQUÍ?
Durante los años finales de la colonia,
la organización política y administrativa del Virreinato de la Nueva Granada constituyó
un caso extremo de debilidad de la autoridad central y de fragmentación regional. Cuando
la crisis final del imperio español estalló en 1808, el virreinato era una entidad
política que apenas intentaba consolidarse en medio de una gran incapacidad para superar
los graves obstáculos que se oponían a su existencia. Para entender cabalmente el
carácter de las luchas por la autonomía de la región Caribe en el contexto de la
formación de la nueva república en los años iniciales del siglo XIX, el estudio de este
aspecto clave de la historia de la Nueva Granada es esencial.
Desde mediados del siglo XVI hasta 1739,
el vasto territorio que constituiría el nuevo Virreinato de la Nueva Granada estuvo bajo
la jurisdicción del Virreinato de Lima. Para imponer su autoridad una autoridad
severamente limitada a causa de las largas distancias y del estado deplorable de las
comunicaciones la corona estableció un sistema complicado de gobierno en este
enorme territorio del norte de Suramérica. Tenía como ejes centrales las Reales
Audiencias de Nueva Granada, Quito y Panamá, sujetas al virrey en Lima; y los capitanes
generales en las provincias más importantes, quienes dependían formalmente de dichas
Audiencias Reales 5.
Tales Audiencias ejercieron sus
funciones, para efectos prácticos, con independencia de los virreyes del Perú y en
directa comunicación con el rey y los organismos centrales de la corona. Algo similar
pasó en el interior de ellas, pero en menor proporción: los capitanes generales de las
provincias asumieron una autonomía en el manejo de sus asuntos que frecuentemente pasaba
por encima de la autoridad de los oidores asignados a esta región de Hispanoamérica. Los
capitanes-gobernadores tendieron a resolver sus problemas directamente con el rey.
Naturalmente, en la vida diaria de estas colonias, era imposible mantener un verdadero
control sobre los funcionarios coloniales desde Madrid.
Este complicado sistema pareció reflejar
mejor que ningún otro las realidades del dominio colonial español sobre sus territorios.
El logro de una estabilidad política quedó simbolizado por la sumisión de unas colonias
que en su interior se organizaban mediante la coexistencia de espacios autónomos e
identidades regionales construidas por el influjo de una geografía en extremo fragmentada
y del precario estado de las comunicaciones. La corona también promovió deliberadamente
una cultura política que tenía como uno de sus trazos dominantes el conflicto permanente
entre los diferentes agentes administrativos y una relativa anarquía en la toma de
decisiones. La aceptación de la autoridad del rey estuvo mediada por un complejo y
ambiguo sistema de jurisdicciones y tradiciones políticas que hicieron del funcionario
local un mandatario que podía negar cualquier otra autoridad sobre él en territorio
americano 6.
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Plano
corógrafico de una porción del Nueva Reino de Granada que corresponde al curso del río
Magdalena, 1819 (Colección Servicio Histórico Militar, Madrid, España).
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En 1734, el intendente general
Bartolomé de la Tienda captó mejor que nadie la esencia de la política interna de la
Nueva Granada. "Cada gobernador en su distrito, dice, sea o no su
jurisdicción grande, con el carácter de Capitán General, es absoluto y no conoce
superioridad en otro para corregir sus yerros" 7.
Probablemente en ninguna otra parte de Latinoamérica esta autonomía regional exhibió
manifestaciones más extremas que en lo que es ahora el territorio de Colombia o la vieja
Nueva Granada.
Francisco Silvestre, fiscal de la Real
Audiencia, refiriéndose a la ausencia de una autoridad central en la Nueva Granada,
decía: "Cada gobernador era un Capitán General de su provincia, que se creía
independiente [...] y como no había correspondencia frecuente ni comercio de unos
[gobernadores] a otras [reales audiencias] y aquellos tenían la fuerza, obedecían o no
sus providencias [de las audiencias] [...] cursaban mal ejemplo, y todo andaba
trastornado, triunfando el que más podía, aunque cada cual en el nombre de la autoridad
del Rey"8.
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Plano de Cartagena y sus
contornos, s.f. (Colección Servicio Histórico Militar, Madrid, España).
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En 1717, España intentó resolver
por primera vez el problema de la dispersión de las provincias de la actual Colombia y de
la ausencia de un poder central por medio de la creación del Virreinato de la Nueva
Granada. En ese entonces, Santafé de Bogotá y Cartagena de Indias se disputaron la sede
virreinal, el privilegio de ser la más alta autoridad del reino. Los hombres del poder en
Cartagena usaron la posición geográfica de la ciudad como su principal argumento para
sus ambiciones virreinales. Destacaron la importancia económica y militar de la región
caribe para España y la necesidad de fortalecer la autoridad imperial en las dispersas
sociedades caribeñas. La elite de Santafé de Bogotá, por el contrario, basó su propia
posición sobre la construcción de una imagen negativa de Cartagena. Santafé habló
sobre el clima pestilente del Caribe, su falta de luces, su escasa población, su
geografía marginal (porque el reino era ante todo andino) y su falta de tradición
burocrática 9.
Asustado por el desorden del Caribe, el
Consejo de Indias decidió que la capital del virreinato estaría más segura en la ciudad
de Santafé de Bogotá, escondida en las alturas de los impenetrables Andes. Desde allí
el virrey podría reinar como la única autoridad sobre un territorio de casi imposible
tránsito. A pesar de sus buenas intenciones y de todos sus esfuerzos, el virrey
Villalonga fue incapaz de gobernar. En menos de cinco años la corona presenció el
descalabro de un gobernante que no fue obedecido por nadie más allá de los Andes
orientales y de un virreinato que no era capaz de reunir siquiera los dineros que
requería para pagar a sus funcionarios. En 1723 España decidió disolver el virreinato.
Según el intendente Tienda de Cuervo los gobernadores de las provincias marítimas del
Caribe, especialmente el de Cartagena, nunca aceptaron la autoridad del nuevo virrey, y
con sus acciones dirigieron su gobierno al fracaso 10.
El segundo intento de imponer una
autoridad central en Nueva Granada tuvo lugar en 1739, mediante el definitivo
establecimiento de la sede del virreinato en Santafé. La necesidad de un gobierno que
concentrara el poder se había vuelto un asunto de mucha urgencia. Enfrentada a la
perspectiva de una inminente guerra con Inglaterra, España sabía que los ingleses
estaban planeando atacar sus puertos caribeños. Las autoridades españolas temían que la
costa caribeña de Nueva Granada, poblada y dominada por los contrabandistas, se
convirtiera en un punto muy vulnerable. Sobre todo Madrid temía por la seguridad del
puerto de Cartagena, quizá su más grande fortificación en tierras americanas. El virrey
Sebastián Eslava llegó a Cartagena en abril de 1740. Absorbido por los deberes de la
guerra contra los ingleses y por la batalla contra el contrabando, Eslava no dejaría esta
ciudad. Durante sus nueve años de gobierno no iría a Santafé ni una sola vez. Gobernar
los puertos caribeños de la Nueva Granada desde los Andes se sabía ya una tarea
imposible 11.
Otros virreyes imitaron en buena parte a
Sebastián Eslava. El virrey arzobispo Caballero y Góngora, por ejemplo, gobernó durante
seis años, de los cuales permaneció más de cuatro en Cartagena y sus alrededores.
Durante su gobierno mantuvo una política de tolerancia hacia las tendencias autonómicas
de Cartagena. La llegada del virrey Francisco Gil Lemos a Santafé en el año de 1789
significó, por el contrario, el comienzo de un viraje decisivo de la vieja y complaciente
actitud virreinal. Gil Lemos intentó imponer su autoridad sobre las provincias
marítimas. Su principal objetivo era el de promover la agricultura andina y cortar el
contrabando por el Caribe de productos agrícolas, tales como las harinas. En tal empeño
fracasó, tal como lo harían los virreyes José de Ezpeleta, Pedro Mendinueta y Antonio
Amar y Borbón. Después del gobierno de Gil Lemos, el contrabando de harinas, de otros
productos alimenticios y de ropas en las costas del caribe colombiano, se volvió más
grande que nunca y dominó la vida económica del virreinato. Los virreyes nada pudieron
hacer para controlar a Cartagena en medio de la profunda crisis del imperio.
En los años finales de la colonia,
durante el gobierno de los tres últimos virreyes, no fueron sólo los burócratas
españoles quienes se esforzaron por imponer la autoridad de Santafé sobre el Caribe
colombiano. La elite criolla santafereña también participó de manera decisiva. La
burocracia virreinal compuesta principalmente de criollos de las familias más
poderosas de la capital intentó forzar sobre Cartagena una economía que servía
los intereses de los hacendados y comerciantes de Santafé. El esfuerzo por controlar a
Cartagena terminó una vez más en el fracaso.
¿CUÁL NACIÓN: CARIBE O ANDINA?
Los años finales del siglo XVIII y
principios del XIX presenciaron el fortalecimiento de las elites regionales criollas, y
con ello la estructuración de proyectos de desarrollo diametralmente opuestos. La
creciente americanización de las elites urbanas y en particular el sentimiento de crisis
que predispuso a los ilustrados cartageneros a buscar soluciones radicales y a desafiar el
poder virreinal sirvieron de marco a la agudización de los conflictos regionales en la
Nueva Granada a partir de 1795, año de fundación del Consulado de Comercio de Cartagena
de Indias 12.
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Mapa general del antiguo canal llamado
El Dique, situado en la provincia de Cartagena de Indias, A. de Arévalo, 1794 (Colección
Servicio Histórico Militar, Madrid, España).
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El forcejeo por el predominio
económico y político entre la elite caribeña del puerto de Cartagena y la andina de
Santafé, evidente desde principios del siglo XVIII, adquiere su mayor intensidad en el
decenio de 1790 en la confrontación entre dos proyectos de desarrollo económico y
político diferentes. Una nueva clase de comerciantes y hacendados criollos ilustrados
había tomado forma en el Caribe colombiano alrededor del Consulado de Comercio. Desde
este organismo estructuraron una visión del progreso de las provincias marítimas del
Caribe colombiano íntimamente ligado a la expansión general del Caribe insular y a las
posibilidades de un comercio intenso con los puertos americanos anglosajones.
Cartagena había sido en el pasado el
centro de uno de los tráficos más importantes de la América española y del Caribe en
general. Sus barrios amurallados sirvieron de sede a la más grande factoría de esclavos
provenientes de África con destino a sitios tan disímiles como el interior de la Nueva
Granada, Perú y Cuba. La harina anglosajona había igualmente hecho su tránsito hacía
el interior del reino a través de Cartagena. Sin embargo, el siglo XVIII había sido de
profunda decadencia para la ciudad, hasta el punto de que a finales de esta centuria, los
pocos intentos por crear plantaciones azucareras esclavistas se encontraban en la ruina.
El contrabando de harinas, ropas y en general de toda clase de productos básicos se
había vuelto la principal actividad económica no sólo del puerto sino de todo el Caribe
colombiano 13. A pesar de su evidente estancamiento, Cartagena
seguía siendo, en los años finales de la colonia el centro militar y comercial más
importante de la Nueva Granada.
Miembros de la elite cartagenera, como el
ilustrado José Ignacio de Pombo, prior del Consulado de Comercio, aspiraron a hacer de la
ciudad otra vez el centro de un gran comercio marítimo. Se trataba de volcar el puerto
hacía el Caribe para allí comprar en grandes cantidades y libremente las harinas, las
azúcares y las ropas, mediante el llamado comercio de neutrales, sin los graves
obstáculos y problemas que suponía hacer lo mismo clandestinamente. Comprar significaba
también vender los productos de la tierra que tan difícil salida tenían para España.
Los palos, los cueros, el ganado, el algodón y el cacao podían ser fácilmente
comerciados en el Caribe. Desde 1795 hasta el año de 1809, en el que se rebela
abiertamente contra la voluntad del virrey, el Consulado de Comercio de Cartagena no hizo
otra cosa que abogar por este programa de expansión hacia el Caribe 14. El enfrentamiento con los grandes comerciantes, hacendados y
burócratas asentados en Santafé de Bogotá no se hizo esperar.
Santafé de Bogotá, la capital del
virreinato, estaba situada a 1.154 kilómetros del puerto de Cartagena y a 2.600 metros de
altura sobre el nivel del mar. El viaje de subida de Cartagena a Santafé duraba, en el
mejor de los casos, algo más de 40 días y en el peor cerca de tres meses. No obstante su
evidente encerramiento, al abrigo de su aparente preeminencia, se había formado en la
sede virreinal un extendido y poderoso grupo de burócratas, comerciantes y hacendados
criollos unidos además por lazos de parentesco. Centro económico de una intensa
actividad agrícola, en particular de producción de harinas, sus dirigentes, incluidos
los virreyes que la habitaron, concibieron el progreso de la Nueva Granada basado en el
crecimiento y prosperidad de esta agricultura, la que en definitiva alimentaba al mayor
número de pobladores, en su mayoría indios y mestizos 15.
Es conmovedor el afán de los virreyes y
demás burócratas del centro andino por fortalecer las harinas del reino, por imponerlas
en la plaza fuerte de Cartagena, su principal mercado. De ahí la continua prohibición
del comercio de harinas de Cartagena con el Caribe. El deseo de promover la agricultura
del interior no se limitó a proteger los cultivos de trigo. Los últimos virreyes, con
ingenua perseverancia, llegaron al extremo de concebir proyectos tan disparatados como
traer azúcar del interior andino a los puertos para exportarlo a sitios como Panamá 16.
Naturalmente, el resultado final tuvo las
características de un verdadero desastre. Ni las harinas ni las azúcares traídas de las
faldas y llanuras de los Andes orientales podían competir con las que llegaban, más
frescas y más baratas, de cualquier punto del Caribe. La travesía de descenso de los
productos de las regiones de Tunja y Santafé a Cartagena duraba alrededor de un mes en un
viaje de pesadilla por las montañas y por el río Magdalena 17.
El contrabando, por lo tanto, a pesar de las grandes cantidades de dinero que se
invertían en su control, en vez de disminuir creció hasta dominarlo todo.
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Joanna,
representa la bellleza y feminidad de la mujer negra del Caribe (Tomado de: Slave
women in
Caribbean Society, 1650-1838, Barbara Bush, Heinemann
Publishers, Indiana University Press, James Currey, Kingston, Indianapolis, London ,
1990).
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En 1809 catorce años después de
fundado el Consulado de Comercio de Cartagena, las relaciones entre las elites de las dos
ciudades más importantes de la Nueva Granada había llegado a su punto más álgido. En
medio de una grave carestía de alimentos, comerciantes, hacendados, altos militares y
burócratas cartageneros empezaron a exigir el derecho a comerciar libremente con las
excolonias anglosajonas del norte y las islas del Caribe 18.
La crisis política y militar de España no hacía sino agravar las cosas. A lo largo del
primer decenio del siglo XIX se podían contar con los dedos de las manos los barcos
españoles que habían transportado mercancías al Caribe colombiano. De modo que en
agosto de 1809 los comerciantes y hacendados del puerto de Cartagena se declararon en
abierta rebeldía contra el gobierno de Santafé, proclamaron su autonomía en el manejo
de sus asuntos internos y abrieron finalmente el puerto al comercio libre con las islas
amigas del Caribe y con los Estados Unidos 19.
La reunión del cabildo de Cartagena del
día 19 de agosto de 1809 mostró la nueva dirección que tomarían las relaciones con
Santafé de Bogotá. Integrado en su gran mayoría por comerciantes e hijos de
comerciantes, criollos y españoles, el cabildo iría más allá de la simple apertura del
puerto al comercio libre. Pondría como centro de sus preocupaciones el derecho político
a la igualdad con las otras ciudades españolas, lo cual en otras palabras, significaba no
reconocer otra autoridad sobre sus cabezas diferente de la del rey.
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Europa
sostenida por África y América, dibujo de Blake Sculp (Tomado de: Slave women in
Caribbean society, 1650-1838, Barbara Bush, Heinemann Publishers, Indiana University
Press, James Currey, Kingston, Indianapolis, London, 1990).
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De modo que es de la mayor
importancia insistir en que, a diferencia de lo que la historia tradicional ha contado, el
proyecto político inicial de las elites criollas y españolas del puerto de Cartagena no
tenía nada que ver con el propósito de formar una nación de la antigua Nueva Granada,
mediante la separación de España. En realidad, era todo lo contrario; a lo que aspiraban
los comerciantes y los hacendados de Cartagena era a separarse de la Nueva Granada y en
especial de su centro, Santafé de Bogotá, para gozar por primera vez de una autonomía
que les permitiera redefinir sus destinos como parte integral del Caribe. En el logro de
esa autonomía estaban dispuestos a negociar con Cádiz y a permanecer bajo el imperio de
España. No fue así, porque el gobierno transitorio de las Cortes españolas no lo
permitió y condujo finalmente a Pombo, García de Toledo, Narváez y demás dirigentes de
la elite cartagenera a la declaración de una independencia que no querían, en medio de
unas circunstancias políticas que tampoco les era ya dable controlar 20.
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Planos particulares y
perfiles detallados que
manifiestan el estado de defensa en que se ha
puesto la plaza de Cartagena de Indias,
A. de Arévalo, 1780
(Colección Servicio Histórico Militar, Madrid, España).
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El año 1810, crucial para el
nacimiento de la república, presenció la expulsión del gobernador español de
Cartagena, del virrey de la Real Audiencia. Las elites criollas de Santafé y Cartagena
empezaron a concentrar en sus manos el poder político en las dos ciudades más
importantes del virreinato. Convertidos de la noche a la mañana en entusiastas
republicanos, los criollos de Santafé intentaron una vez más lo que bajo el gobierno de
los virreyes Borbones no habían obtenido: forzar al Caribe colombiano a obedecer la
autoridad central de los Andes. Empero, el fracaso era inevitable. Aunque Cartagena
dependía para su supervivencia del dinero procedente de las provincias andinas, se negó
a aceptar la autoridad de Santafé.
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Castillo de San Felipe de
Barajas, Baterías de San Sebastián y de San Joseph con sus perfiles correspondientes, A.
de Arévalo, 1778 (Colección Servicio Histórico Militar, Madrid, España).
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Durante el período de la primera
independencia (de 1810 a 1815) el conflicto entre Cartagena y Santafé vivió su fase
republicana. Construir una nación centrada en los Andes fue imposible mientras Cartagena
tuvo fuerza suficiente para resistir. La historiografía tradicional ha convenido en
llamar este período colombiano como el de "la patria boba", argumentando que la
inexperiencia o inmadurez o ambos a la vez de los colombianos los llevó a
enfrentarse entre ellos mismos por motivaciones ideólogicas inútiles; circunstancia
ésta última que aprovecharon los españoles para reconquistar la Nueva Granada. Según
esta interpretación, muy en boga todavía, las divisiones en el bando republicano
surgieron súbitamente y como consecuencia de las mismas luchas de independencia 21.
Una nueva lectura de la llamada
"patria boba", que tuviera en su centro la etiología de los conflictos
regionales, nos permitiría observar una evidente continuidad en las tensiones entre
Cartagena, como centro del Caribe colombiano, y Santafé de Bogotá, capital de los Andes.
Una historia que, en sustancia, no cambia de la colonia a la república. El viejo
conflicto entre las elites regionales que toma cuerpo a finales del siglo XVIII, hasta el
punto de empezar a expresarse como el choque de proyectos geoeconómicos diferentes,
adquiere una nueva dinámica una vez que desaparecen de la escena el rey y su irritante
burocracia colonial. El célebre manifiesto de Cartagena del 21 de septiembre de 1810,
mediante el cual se niega a pertenecer a una república cuyo gobierno central resida en
Santafé de Bogotá, puso de presente la tajante decisión de Cartagena de proteger su
autonomía 22. El historiador Restrepo lo consideraría
producto de la envidia; y el prócer Antonio Nariño, gesto arrogante contra las luces 23.
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Plano del
puerto de Sabanilla y río Grande de la Magdalena, Anguiano, 1806 (Colección Servicio
Histórico Militar, Madrid, España).
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A partir del manifiesto de
Cartagena, la posibilidad de integrar pacíficamente estas dos regiones en una nación
desaparece. Al no contar con el poder militar de Cartagena, los esfuerzos de Santafé por
reagrupar a la vieja Nueva Granada son inútiles. Cada provincia sigue su propia voluntad
y la anarquía reina en los territorios de Colombia bajo la forma de guerras civiles
sucesivas. La provincia de Cartagena se organiza como república independiente, y así
existe hasta principios de 1816, fecha en la cual el reconquistador español Pablo Morillo
se la toma después de un sitio de cuatro meses que la destroza a fondo. Más del 50 por
ciento de su población muere en el sitio de Morillo y el estado de ruina en el que queda
la ciudad no se vuelve a superar hasta pasado un siglo. A partir de 1816, Cartagena deja
de ser el centro del poder regional caribeño.
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UNA
REPÚBLICA PARA MULATOS
La historiografía convencional sobre la
independencia de las repúblicas latinoamericanas ha creado una especie de modelos de
contraste entre el caso venezolano y el colombiano. Según dicha visión, en Venezuela una
alta dosis de tensión étnico-social le imprimió un contenido a las luchas
independentistas mientras que en el caso colombiano este tipo de tensiones fueron
prácticamente inexistentes, o en todo caso, muy tenues 24.
Una mirada más detenida sobre los acontecimientos de Cartagena, sin embargo, pareciera
llevarnos en una dirección opuesta. Es decir, lo que los documentos parecen revelar es
que, al mismo tiempo que comerciantes y hacendados luchaban por conquistar un espacio
autónomo y más íntimamente integrado a la expansión del Caribe, dentro de la ciudad se
desataba un conflicto étnico-social determinante del rumbo de los planes autonómicos e
independentistas.
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Plano de nivelación que
corresponde a las cercanías de la plaza de Cartagena de Indias, 1801 (Colección Servicio
Histórico Militar, Madrid, España).
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Para el año de 1810 la población
total de Cartagena, según cálculos conservadores, debía de haber alcanzado los 20.000
habitantes, una buena mayoría de ellos distinguida con el nombre de "libres de todos
los colores"; es decir, de negros, mulatos y zambos en el goce de su libertad. Para
ese entonces, se había formado ya en la ciudad una clase de artesanos mulatos muy
próspera y respetable. Joaquín Posada Gutiérrez, general de los ejércitos patriotas e
íntimo amigo de Bolívar, nos ha dejado en sus memorias un vivo retrato de estos hombres
y de sus afanes por diferenciarse de los de inferior condición 25.
Sastres, carpinteros y, en particular, especialistas de los astilleros se contaban entre
el mayor número de artesanos acomodados de la ciudad portuaria 26.
Cuando se agudizó la crisis del imperio, este grupo de hombres empezó a participar de
una manera decisiva en la vida política de Cartagena. Se puede afirmar sin temor a
equivocarse que la radicalización hacia una independencia absoluta de lo que se inició
como un movimiento por la autonomía liderado por los grandes comerciantes y hacendados,
es consecuencia de la participación consciente de estos artesanos mulatos, de gran
influjo sobre la mayoría de la población. La lucha política en Cartagena se radicalizó
en una dirección no querida por la elite moderada criolla 27.
El carácter social de la contienda se hizo cada vez más relevante. El señor Benito
Azar, espía enviado a Cartagena por el recién nombrado virrey Benito Pérez, le escribe
a éste último contándole que "supe por la gente que de las tres partes de los
vecinos de Cartagena las dos deseaban destruir la junta y restablecer el gobierno antiguo,
pues que con aquella ninguno se hallaba seguro en su casa por el atrevimiento de los
sambos, negros y mulatos vagos a quienes la junta no trataba de contener..."28. Ocho meses después la declaración de independencia absoluta
de España, el 11 de noviembre de 1811, es literalmente impuesta a la junta de gobierno,
conformada por miembros de la aristocracia criolla, por la fuerza de los mulatos y negros
armados 29.
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Postal impresa de
fotografías por rotograbado, J.V. Mogollón, editor, 1911.
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Conquistada la independencia y
establecida la República de Cartagena de Indias, mediante la Constitución de 1812, los
hechos que siguen son percibidos por los criollos liberales como producto del caos y de la
anarquía del pueblo bajo. Al 11 de noviembre de 1811, García de Toledo, máximo líder
de la fracción criolla moderada, lo llama "día el más funesto que podrá ver la
patria [...] día de llanto y escándalo no sólo para esta plaza y su provincia, sino
para todo el reino". La razón de juicio tan drástico no estuvo en la simple
declaración de la independencia, que por lo demás era ya inevitable, sino en "haber
enseñado al pueblo a voltear la artillería contra la plaza" 30.
Lo que en el fondo lamenta García de Toledo es el acto de fuerza que puso las armas en
manos de los subordinados, destruyendo la poca autoridad de la elite criolla en el poder.
A partir del 11 de noviembre, y durante
los cuatro años que duraría esta primera independencia, la escena política estuvo
dominada en gran medida por la actividad de los mulatos y negros armados. Según Restrepo,
"como desde el principio fue llamada la plebe a tomar parte en los movimientos a fin
de echar por tierra al partido real, ella se insolentó; y la gente de color, que era
numerosa en la plaza, adquirió una preponderancia que con el tiempo vino a ser funesta a
la tranquilidad pública" 31. El historiador Jiménez
Molinares reproduce con mucha más exactitud el sentimiento de la elite criolla ante la
pérdida de todo control sobre el pueblo, la profunda amargura de los Toledo, Ayos,
Granados, Narváez, por lo que ellos veían como el desorden y la anarquía de los
mulatos. Extrañado por el hecho de que la constituyente de enero de 1812 se iniciara
nombrando un presidente con facultades dictatoriales, dice Jiménez Molinares: "Ello
obedeció al estado de incurable anarquía en que vivía la ciudad bajo el azote del
populacho organizado en batallones armados, situación que se sufría desde el 11 de
noviembre anterior y se prolongó hasta el 6 de diciembre de 1815 [...] La coacción de la
plebe armada sobre los organismos del gobierno redujo la autoridad a una sombra; el motín
era el expediente con que se solucionaban todas las cuestiones" 32.
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Reina y su corte
en la escalera del Teatro Heredia, los primeros juegos florales, ca. 1911.
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Este cuadro de tonos dramáticos
está muy lejos, sin embargo, de reflejar toda la realidad. No hay duda de que los mulatos
y negros armados hicieron uso de su poder cada vez que lo consideraron necesario, pero no
hasta el extremo de reducir la autoridad a una sombra o de solucionarlo todo a través del
motín. La situación no llegó a los extremos de Haití. Los artesanos mulatos eran
probablemente los menos interesados en llevarla hasta ese punto. Dirigentes como García
de Toledo, Ayos, Del Real y Granados siguieron ocupando posiciones importantes y la
presidencia del Estado estuvo casi siempre en manos de miembros distinguidos de la elite
criolla. Es probable que, por el contrario, los dirigentes mulatos hayan desempeñado un
papel decisivo en evitar una insurrección más violenta por parte del pueblo bajo, en
especial de los esclavos. Casos como el del teniente de los patriotas pardos, Manuel
Trinidad Noriega, que usó su vida para salvar la de los comerciantes españoles de la
furia de las gentes más desposeídas, debieron de ser frecuentes 33.
Uno de los dirigentes con mayor
ascendencia sobre el pueblo cartagenero, al menos hasta la asamblea constituyente de 1812,
fue Pedro Romero. Romero perteneció a esa clase de respetables artesanos mulatos que,
desde finales del siglo XVIII, se había propuesto acortar las distancias que la separaban
de los criollos. Nacido en Matanzas (Cuba), desde muy temprano se estableció en
Cartagena. En 1778, a la edad de 24 años, vivía en el barrio de Santa Catalina de esta
ciudad y se encontraba ejerciendo el oficio de herrero. Es probable que Romero haya sido
uno de los artesanos que el ingeniero Arévalo se trajo de Cuba para los trabajos de
fortificación. En las vísperas de la revolución, el matancero, como se le llamaba por
ser de Matanzas, debió de ser un hombre de posición respetable, hasta el punto de tener
una gran influencia sobre los habitantes de su barrio. Sabemos que en 1810 imploró al rey
que le dispensara a su hijo mayor Mauricio la condición de mulato, para que pudiera
estudiar leyes. Su hija María Teodora estaba casada con Ignacio Múnoz, un joven abogado
de provincia, establecido en Cartagena. Múnoz se convertiría en uno de los líderes de
la revolución. Muchos de estos artesanos mulatos eran dueños de esclavos. No sabemos si
Pedro Romero lo era, pero su hija y su yerno, el abogado Múñoz, poseían al menos una
esclava en 1835. En 1810 Romero se desempeñaba como herrajero del arsenal de la ciudad 34. En el mismo lugar trabajaba Pedro Medrano, el otro artesano
que al final de la lucha llegaría a tener muchísimo poder sobre las filas del pueblo 35.
En 1812 Pedro Romero es elegido a la
convención que elaboró la constitución del Estado. El dato es significativo, porque en
sí mismo mostraba el poder que habían adquirido los mulatos. Con su elección, Romero
destruía una tradición centenaria de exclusión de los hombres de color de posiciones
importantes del gobierno. Sin embargo, más significativo es que en dicha convención se
adoptase una constitución que en uno de sus apartes prohibía por primera vez en suelo
colombiano el comercio de esclavos y creaba un fondo de manumisión para liberarlos 36. O sea que es claro que sí hubo una posición contraria a la
esclavitud por parte de dichos artesanos. Ante la presencia de hacendados esclavistas
poderosos, como García de Toledo, Eusebio Canabal y Santiago González, aquéllos se
decidieron por una fórmula de compromiso que buscaba eliminar la esclavitud gradualmente.
En cambio, el gran logro de los mulatos
en la convención fue plasmar en la Constitución lo que las Cortes de Cádiz en 1811 les
habían negado: la igualdad de derechos de todos los hombres libres, al margen del color
de la piel y del grado de su educación 37. Todo parece
indicar que, al menos durante los años que duró la primera república, los mulatos
hicieron uso de este derecho. En 1813 el exobispo de Cartagena escribió desde La Habana
al rey un informe detallado sobre la situación en el puerto insurgente. En uno de sus
apartes decía: "En cuanto al sistema de gobierno establecido en Cartagena de Indias
[...] se hallaba entonces compuesto de un presidente del Estado, de una cámara de
representantes, un senado, con un tribunal superior de justicia, en cuyos cuerpos todos se
hallan mezclados, los blancos con los pardos, para alucinar con esta medida significativa
de igualdad, una parte del pueblo" 38. No sabemos de
mulatos que hubiesen pertenecido al Tribunal de Justicia, pero sí sabemos que no fue
Romero el único en ocupar puestos importantes. Cecilio Rojas y Remigio Márquez firmaron,
junto con Romero, la Constitución de 1812, como miembros del cuerpo constituyente 39. Pedro Medrano era miembro de la asamblea constituyente que
reformó la constitución en 1814
40. Mauricio Romero,
hijo de Pedro, fue elegido miembro de la comisión de seguridad pública en 1812 41.
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Habitantes de
Cartagena (s.f)
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Parece poco probable que con estos
logros los dirigentes de los mulatos hayan tenido mucho interés en mantener un ambiente
de permanente anarquía. Pedro Romero, por ejemplo, en 1815 había roto con los Piñeres,
quienes encabezaban el ala más radical y democrática de la elite criolla, y gozaba otra
vez de la confianza del sector más moderado y aristocrático. En marzo de 1815, al mismo
tiempo que los Piñeres y sus más cercanos copartidarios eran expulsados de la ciudad,
Romero formaba parte del Estado Mayor de Guerra, que se opuso drásticamente a entregarle
las armas a Bolívar 42. En octubre del mismo año era miembro
de la cámara de representantes de la provincia y uno de los jefes militares destacados de
la ciudad 43.
Dos meses antes, el 20 de agosto de 1815,
y después de someter a Venezuela, había iniciado el general Pablo Morillo, al mando de
las fuerzas de reconquista españolas, el sitio contra la plaza fuerte de Cartagena. La
mayoría de los pueblos de la provincia proclamaron de nuevo al rey Fernando VII sin
oponer la más mínima resistencia 44. Cartagena quedó, como
nunca, sola contra el más formidable ejército de ocupación español. Cuando Morillo
entró en Cartagena el día 6 de diciembre, después de casi cuatro meses de cerco
permanente, más de 2.000 hombres, mujeres y niños habían emigrado la noche anterior, en
acto final de desesperación, con destino a las islas del Caribe, a bordo de embarcaciones
corsarias. Muchos morirían en el intento, y otros regresarían presos a Cartagena a morir
a manos de los españoles. Dentro de su recinto habían muerto ya de hambre y diezmadas
por la peste más de 6.000 personas. El general Morillo describió al ministro de Guerra
la trágica visión que ofrecía la plaza fuerte el 6 de diciembre de 1815: "La
ciudad presentaba dice el espectáculo más horroroso a nuestra vista. Las
calles estaban llenas de cadáveres que infestaban al aire, y la mayor parte de los
habitantes se encontraban moribundos por resultado del hambre" 45. Sin embargo, no todo fue heroísmo. Pascual Enrile, segundo
de Morillo, le escribía al ministro de Marina: "No es posible que pueda expresar a
usted el estado horroroso en que se ha encontrado la ciudad. Los malvados que mandaban
conservaban los víveres; daban cuero cocido de ración al soldado y nada a los
desgraciados habitantes" 46. El dirigente criollo Antonio
José Ayos declaraba, como si se tratara de la cosa más natural, en el juicio seguido por
los españoles contra él, que "aunque a costa de haberme deshecho de la última
alhaja de mi uso, de que hacía más aprecio, tenía suficientes mantenimientos para
muchos días y los esperaba sucesivamente de Jamaica, como probablemente creo que vinieron
en los varios buques que llegaron después de la entrada de las tropas en la plaza" 47.
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Plaza de Cartagena (s.f.)
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Así había acabado la
primera experiencia de gobierno republicano en Cartagena de Indias, después de cuatro
años en los cuales el pueblo de mulatos y negros, y no sólo las elites de criollos,
participó decisivamente en la vida política, con sus propios representantes y sus
propios proyectos de igualdad social. La república del Caribe colombiano había sido
derrotada y aniquilada. La gravedad de sus propios conflictos y tensiones sociales, que la
pusieron varias veces al borde de una guerra interna entre criollos y mulatos, desempeñó
un papel determinante en ese aniquilamiento. Además, le tocó librar la lucha contra el
poder español sin la mínima colaboración de las provincias andinas. Restrepo, a pesar
de su antipatía hacia Cartagena, no deja de reconocer lo siguiente: "En los
gobiernos provinciales había muchos enemigos de Cartagena, que la consideraban como el
sepulcro de la población y de las riquezas del interior [...] por estas razones y por las
miras interesadas que se atribuían a su gobierno, compuesto en lo general de
comerciantes, pocas provincias querían auxiliarlo" 48. Y
en 1835 Juan José Nieto, uno de los caudillos políticos más importantes del siglo XIX
en Cartagena, decía en carta al general Santander, para entonces presidente de la
república: "Ninguno podrá negar la oposición de intereses que hay entre las
provincias de la Costa y el Centro [...] Es voz general de todos nuestros patriarcas de la
independencia, que cuando los españoles sitiaban esta plaza, que se pidieron auxilios a
esta capital, se lo negaron al comisionado que los fue a solicitar, señor doctor Juan
Marimón [...] diciendo que dejasen tomar a Cartagena para tener el gusto de venir de
allá a recuperarla, prefiriendo la rivalidad al patriotismo, rivalidad que según el
testimonio de los de aquella época, causó mil males a la república y espantosos
desastres a nuestra tierra" 49. Hasta ese punto llegó la
influencia del conflicto entre el Caribe y los Andes en el fracaso de la primera
independencia. ¿Cómo hablar de una nación formada por estas dos regiones?
Los líderes de la aristocracia criolla
que sobrevivieron a la inmigración y cayeron en las manos de Morillo, como García
Toledo, Ayos, Manuel Castillo y Rada y Pantaleón Ribón, fueron fusilados poco después
de ser apresados. En el juicio que se les siguió por traición al rey, adoptaron la
posición más indigna, proclamando su lealtad a la corona y llegando incluso a denunciar
con nombres propios a muchos independentistas, con tal de salvar sus vidas 50. Celedonio y Gabriel Piñeres, dirigentes del criollismo
radical democrático, se unieron a Bolívar en la expedición de los Cayos. En la masacre
de la Casa Fuerte de Barcelona, en Venezuela, fueron degollados. Junto con ellos, la
esposa de Celedonio y dos de sus hijos 51. Los líderes
mulatos no corrieron mejor suerte. Pedro Romero murió de hambre en Haití. De Pedro
Medrano y Cecilio Rojas nunca más se supo nada. Antes de fusilar a los criollos,
conocidos como los mártires de la patria, Morillo había fusilado ya un número de 35
personas de origen humilde. De ellas no sabemos nada 52. En el
sitio de Morillo no sólo desapareció la clase empresarial cartagenera. También, y esto
no ha sido escrito ni una sola vez, lo mejor de sus hombres y mujeres mulatos y negros.
Más de 7.000 personas murieron, muchas víctimas de las enfermedades que asolaron la
ciudad en los días finales. A diario, dice Morillo, setenta morían, como consecuencia de
la peste 53.
Cartagena duraría ocupada por los
españoles hasta 1821. En efecto, fue la última de las ciudades importantes de la Nueva
Granada en liberarse del dominio ibérico. A pesar de que algunos delegados participaron
en su nombre en los congresos de Angostura y de Villa del Rosario de Cúcuta, la ciudad,
como tal, no tuvo ninguna influencia en la creación de la Gran Colombia. Cartagena no
contaba ya para nada. El conflicto en torno a la construcción de la nación se había
trasladado, como consecuencia de la expansión del movimiento de independencia, al
protagonizado entre los huestes militares venezolanas y el enjambre de abogados y
burócratas santafereños. De alguna manera, éste era otra vez un conflicto entre el
Caribe y los Andes, sólo que ahora el Caribe lo encarnaba no Cartagena sino Caracas. La
Gran Colombia estaba condenada al fracaso, como lo habían estado los intentos por crear
una nación con las provincias de la Nueva Granada. Ahora con más razón, porque a los
venezolanos y a los santafereños no los unía nada, ni siquiera un pasado administrativo
común. La Gran Colombia era un simple instrumento de guerra y no más, desaparecida la
guerra, desaparecería con ella.
En marzo de 1832, destruida la Gran
Colombia, Cartagena pasaría a pertenecer a una república andina, gobernada enteramente
desde Santafé, como nunca lo estuvo en los viejos tiempos del virreinato. Se había
creado un nuevo Estado, pero el sentido de nación estaba lejos de existir. Sólo el uso
de la fuerza, controlada ahora desde los Andes, y la debilidad mendicante de Cartagena
impondrían a sus habitantes la pertenencia a la ahora llamada República de la Nueva
Granada. Cuatro meses después de fundada, en julio de 1832, un grupo de cartageneros,
denominado Veteranos de la Libertad, hizo público un proyecto separatista que pretendía
hacer de la costa caribe un Estado autónomo. Todavía dos años más tarde, dice
Restrepo, ciertos hijos de Cartagena promovían proyectos descabellados contra el gobierno
de Santander, al que acusaban de odiar a los habitantes de aquella provincia 54. Un siglo de guerras civiles costó mantener un Estado cuyo
origen había sido no el producto de "una comunidad imaginada", sino lisa y
llanamente un acto de fuerza.
En 1835 decía Nieto: "En fin, mi
amigo, los diputados de esta Provincia que han ido al Congreso nos han acabado de
desengañar. De la boca de ellos sabemos que en la legislatura donde hay una mayoría
excesiva sobre la diputación de esta parte, es imposible poder conseguir nada en su
favor, porque se encuentra un espíritu de oposición que degenera hasta el insulto y que
allí encalla cuanto proyecto se proponga en utilidad de la Costa [caribe], con tal que se
presuma siquiera que toque en algo los intereses del centro, aunque sea indirectamente,
mientras para allá se consigue todo" 55.
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LA
CONSTRUCCIÓN DE UNA IMAGEN
Al estallar la crisis política del
imperio y producirse las primeras manifestaciones de rebeldía, las provincias del Caribe
colombiano ya eran percibidas como un mundo cultural y social diferente del establecido en
los Andes. En efecto, se podría argumentar que el proceso de hacer de la costa caribe y
su gente la imagen del "otro" fue parte de la construcción de la identidad
andina como el "ser" que mejor representaba una imaginada nación
"colombiana" 56. En ese sentido habría que hacer
una nueva lectura de los escritos de los ilustrados que pensaron la "nación" en
el período de las revoluciones de independencia. Los ensayos de Francisco José de Caldas
y Pedro Fermín de Vargas, dos de los más importantes intelectuales de la elite andina de
los años finales de la colonia, describen la costa caribe como un lugar distante, no
sólo física sino culturalmente también. En los trabajos de Caldas, por ejemplo, las
provincias de la costa, con sus llanuras ardientes y sus "salvajes" e
"indisciplinados" negros y mulatos, representan la imagen más exacta no sólo
de la ausencia de progreso, sino de la imposibilidad de obtenerlo 57.
Los Andes, por el contrario, han sido idealmente creados para producir un individuo moral
e intelectualmente superior. En 1796, en su disputa con el Consulado de Comercio de
Cartagena, los comerciantes y hacendados de Santafé no dudaron en referirse a las tierras
de la costa como situadas en las márgenes o frontera del reino 58.
Así, el centro andino creó la imagen
del Caribe como frontera y como un espacio donde había una ausencia de orden social 59. Tal elaboración de un discurso hegemónico fue fiel trasunto
de una característica clave de la sociedad caribeña en vísperas de la independencia: la
extrema debilidad del control de las elites sobre los grupos subordinados. Esta debilidad
se mostraba en dos niveles: primero, en los fallidos intentos de la elite santafereña por
imponer una autoridad central sobre las provincias marítimas; y segundo, en la
incapacidad de las elites caribeñas de controlar a la mayoría de los habitantes de la
costa.
José Ignacio de Pombo, el más brillante
de los ilustrados cartageneros de la independencia, expresó mejor que nadie la
ambigüedad del pensamiento de la elite del Caribe, en un período en el cual todavía se
siente fuerte y capaz de objetar el discurso hegemónico de los Andes. Pombo discute las
teorías racistas de Caldas, en particular las opiniones de este aficionado a las ciencias
sobre la inferioridad natural de los nativos costeños por ser originarios de los climas
ardientes; y va más lejos aún, proclamando al americano de las tierras del Caribe
colombiano como un ser excepcionalmente dotado al que sólo le hace falta una mejor
educación para alcanzar la perfección. Pombo, sin embargo, expresa un profundo prejuicio
cuando en carta al sabio Mutis le expresa su desconsuelo por vivir en medio de la barbarie
pudiéndolo hacer en la civilización. Además, el americano que elogia es un tipo ideal
de mestizo, que ha sido perfeccionado por la influencia de la sangre europea. Pombo
expresó con mucha claridad su terror por la presencia del negro en tierras del Caribe, y
a pesar de que hizo pública también su aversión a la esclavitud, por inhumana, una de
las reformas que más deseó impulsar fue la de abrir el país a una masiva inmigración
de europeos del norte, para con su influjo borrar del Caribe colombiano la presencia
amenazante de negros y mulatos 60.
Destruida Cartagena en 1816 y consolidado
el centro andino en 1831, la intelectualidad caribeña prácticamente renunció a la
elaboración de un discurso propio, hasta el punto que el más renombrado de sus
pensadores y políticos del siglo XIX, el expresidente Rafael Núñez, impuso, en alianza
con la más aristocrática de las elites santafereñas, la más férrea centralización
andina del poder en Colombia. Además, fue Núñez uno de los entusiastas predicadores de
las supuestas bondades de una inmigración masiva de europeos en la constitución de la
población colombiana.
El sentido de pertenencia a un mundo
caribe no encuentra ya ninguna expresión, en medio de los afanes de finales del siglo
XIX, de una elite intelectual costera que aspire a reconstruir sus viejos lazos con
Europa, haciendo las paces con su herencia hispánica, y a ser parte de una nueva nación,
cuyo centro indiscutible, físico y cultural, está situado en los Andes. De ahí el hecho
fascinante de que la palabra Caribe desaparece incluso de nuestra geografía 61. En los mapas escolares del siglo XX, Cartagena, y en general
todo el litoral norte de Colombia, aparece situada en, quién lo diría, el océano
Atlántico 62. Lo caribe se incorpora a los textos de
enseñanza como término peyorativo cuyo único uso es el de designar a una raza de indios
salvajes y caníbales.
El redescubrimiento de una identidad
caribeña en los centros urbanos del litoral norte de Colombia es un fenómeno reciente,
que tiene mucho de invención popular y que, por primera vez en la historia de las
ciudades del Caribe colombiano, sitúa en el centro de su discurso la herencia africana.
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Notas
1 José Manuel Restrepo, Historia
de la revolución de Colombia, 8 vols. (reimpr., Bogotá, Talleres gráficos, 3a. ed.,
1942-1950).
2 Utilizo el término
siguiendo a Malinowski, en especial donde señala que "myths acts as a charter for
the present-day social order; it supplies a retrospective pattern of moral values,
sociological order, and magical belief, the function of which is to strengthen tradition
and endow it with a greater value and prestige by tracing it back to a higher, better,
more supernatural reality of initial events". Citado en Timothy Brennan, "The
national longing for form", en Homi K. Bhabha (ed.), Nation and Narration,
Londres, Routledge, 1994, pág. 45.
3 Durante las décadas de
1980 y 1990 los estudios sobre la independencia han recobrado su importancia. Sin embargo,
a pesar de la originalidad de muchos de sus temas, estos trabajos dejan intacta la
mitología nacional construida por Restrepo. Véase por ejemplo, Zamira Díaz de Zuluaga, Guerra
y economía en las haciendas, Popayán,
1780-1830, Bogotá, Talleres Gráficos
del Banco Popular, 1983; David Bushnell, "The independence of Spanish South
America", in Leslie Bethell (ed.), The Cambridge History of Latin America,
vol. III, Cambridge, Cambridge University Press, 1985; Germán Colmenares y otros, La
independencia: ensayos de historia social, Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura,
1986; Margarita Garrido, Reclamos y representaciones. Variaciones sobre la política en
el Nuevo Reino de Granada, 1770-1815, Bogotá, Banco de la República, 1993, págs.
365-370; Anthony McFarlane, Colombia before Independence, Cambridge, Cambridge
University Press, 1993, págs. 178-184, 324-346; Hans-Joachim König, En el camino
hacia la nación. Nacionalismo en el proceso de formación del Estado y de la nación de
la Nueva Granada, 1750-1856, Bogotá, Banco de la República, 1994. Particularmente
ilustrativos son: John Lynch, The Spanish American Revolutions, 1808-1826, Nueva
York, W.W. Norton and Company, 1973, págs. 227-265 y Richard Graham, Independence in
Latin America. A comparative Approach, Nueva York, McGraw-Hill, Inc., 2a. edición,
1994, pág. 94.
4 Florencia E. Mallon, Peasant
and Nation. The Making of Postcolonial Mexico and Peru, Berkeley, University of
California Press, 1995.
5 Los gobernadores de
Cartagena tuvieron hasta la creación del virreinato la condición de capitanes generales
de la provincia. Este segundo título significó que en el manejo de los asuntos militares
eran completamente autónomos y sólo respondían ante el rey, gozando así de un poder
casi absoluto en los territorios bajo su mando. Un detallado registro de la actividad de
las Reales Audiencias y de los gobernadores de la Nueva Granada antes de la creación del
virreinato se puede encontrar en Academia Colombiana de Historia, Historia extensa de
Colombia, vol. III, ts. 1-4, Bogotá, Ediciones Lerner, 1965-1967.
6 Para una mayor
discusión sobre este aspecto veáse John L. Phelan, "Authority and flexibility in
the Spanish Imperial Bureacracy", en Administrative Science Quarterly, V (junio de
1960), págs. 48-65; y Frank Jay Moreno, "The Spanish Colonial System: a functional
approach", en Western Political Quarterly, junio de 1967, págs. 308-320.
7 "Memorias del
Intendente Don Bartolomé Tienda de Cuervo sobre el estado de Nueva Granada y conveniencia
de restablecer el virreinato, 1734", en Jerónimo Becker y José María Rivas Groot,
El Nuevo Reino de Granada en el siglo XVIII, Madrid, 1921, pág. 208.
8 Francisco Silvestre,
"Apuntes reservados particulares y generales del estado actual del Virreinato de
Santafé de Bogotá, 1789", en Germán Colmenares, Relaciones e informes de los
gobernantes de la Nueva Granada, vol. II, Bogotá, Ediciones Banco Popular, 1989,
págs. 37-38.
9 "Carta del cabildo
de Cartagena al Rey", Cartagena, 24 de julio, 1720, y "Carta del Teniente de
Gobernador de Cartagena, Alejo Díaz Múñoz, al Rey", Cartagena, 25 de julio, 1720,
en AGI: Santafé, legajo 326.
10 Tienda de Cuervo,
págs. 203-230. Véase también María Teresa Garrido Conde, La primera creación del
Virreinato de la Nueva Granada, 1717-1723, Sevilla, Escuela de Estudios
Hispano-Americanos, 1965, págs. 95-102; Juan Marchena Fernández, La institución
militar en Cartagena de Indias en el siglo XVIII, Sevilla, 1982, págs. 216-220.
Francisco Silvestre, fiscal de la Real Audiencia en la segunda mitad del siglo XVIII,
consideró que el establecimiento de una autoridad central fue la razón más importante
para crear el Virreinato de la Nueva Granada. Véase Francisco Silvestre, "Apuntes
reservados", pág. 38. Además, la real cédula que creó el nuevo virreinato
abiertamente se refirió a la necesidad de una autoridad central para poner fin a los
conflictos regionales. Véase "Real Cédula de 1717", en Becker y Rivas Groot, op.
cit., págs. 200-201.
11 Colmenares, Relaciones
e informes, vols. I-III.
12 El proceso de
americanización de las elites del Caribe colombiano y la significación del Consulado de
Comercio de Cartagena están tratados con más detalle en Alfonso Múnera, "Failing
to Construct the Colombian Nation: Race and Class in the Andean-Caribbean Conflict,
1717-1816" (Ph. D. dissertation, University of Connecticut, 1995), capítulos III-IV.
13 Alfonso Múnera,
"Ilegalidad y frontera, 1700-1800", en Adolfo Meisel Roca (ed.), Historia
económica y social del Caribe colombiano, Barranquilla, Uninorte, 1994, págs.
130-141.
14 Múnera,
"Failing to Construct the Colombian Nation", págs. 136-173.
15 Véase Colmenares, Relaciones
e informes, vols. I-III.
16 Véase Gabriel
Giraldo Jaramillo (ed.), Relaciones de mando de los virreyes de la Nueva Granada.
Memorias económicas, Bogotá, 1954, págs. 175 y 215-216.
17 Los mejores relatos
del viaje Cartagena-Santafé-Cartagena se encuentran en los diarios de viajeros y
funcionarios que transitaron el río Magdalena y los caminos a la capital en las primeras
décadas del siglo XIX. Véase Joaquín Fidalgo, "Expedición Fidalgo", en
Antonio Cuervo, Colección de documentos inéditos sobre la geografía y la historia de
Colombia, vol. I, Bogotá, 1891, págs. 81-83; Augusto Lemoyne, Viajes y estancias
en América del Sur, la Nueva Granada, Santiago de Cuba, Jamaica y el Istmo de Panamá,
1828, Bogotá, 1945, págs. 43-112 y 349-355; G. Mollien, Viaje por la República
de Colombia en 1823, Bogotá, 1944, págs. 25-58.
18 "Expediente
sobre escasez de víveres, 1809", en AGI: Santafé, legajo 745.
19 Op. cit. Todos
los pronunciamientos que condujeron finalmente a la clase dirigente de la ciudad a
declararse en rebeldía contra España están contenidos en este expediente.
20 Para más detalles,
véase Múnera, "Failing to Construct the Colombian Nation", págs. 174-211.
21 El origen de esta
versión tradicional está en Restrepo, op. cit., vol. I, págs. 107, 116-118.
22 "Exposición que
la Junta de la Provincia de Cartagena hace a las demás de la Nueva Granada, relativa al
lugar en que convendría reunirse el Congreso general", en Manuel Ezequiel Corrales, Documentos
para la historia de la provincia de Cartagena de Indias, hoy Estado Soberano de Bolívar
en la Unión Colombiana, Bogotá, Imprenta de Medardo Rivas, 1883, vol. I, pág. 154.
23 Restrepo, op. cit.,
pág. 117; Antonio Nariño, "Reflexiones al Manifiesto de la junta de Cartagena,
sobre el proyecto de establecer el congreso supremo en la Villa de Medellín, comunicado a
esta suprema provisional", septiembre de 1810, en Corrales, Documentos, vol.
I, pág. 171.
24 Esta tesis aparece
expuesta en John Lynch, The Spanish American
Revolutions, 1808-1826, Nueva
York, W. W. Norton and Company, 1973, págs. 227-265. Más claramente en Richard Graham, Independence
in Latin America. A Comparative Approach, Nueva York, McGraw-Hill, Inc., 2a edición,
1994, pág. 94, y David Bushnell, "The Independence of Spanish South America",
en Leslie Bethell (ed.), The Cambridge History of Latin America, vol. III,
Cambridge, Cambridge University Press, 1985.
25 Joaquín Posada
Gutiérrez, Memorias, III, Bogotá, Editorial Iqueima, 1951, págs. 81-100.
26 Véase Censo de
Cartagena de 1780, en Archivo Nacional de Colombia, sección Miscelánea.
27 Para un relato
detallado de la radicalización del movimiento y la participación de los artesanos,
véase Múnera, "Failing to Construct the Nation", págs. 216-260.
28 "Informe de don
Benito Azar al Virrey don Benito Pérez", Mérida de Yucatán, 26 de abril de 1811,
en AGI, Santafé, legajo 630.
29 Gabriel Jiménez
Molinares, Los mártires de Cartagena de 1816, Cartagena, Imprenta Departamental,
1947, págs. 244-264.
30 Corrales, Documentos,
I, pág. 390.
31 Restrepo, Historia
de la revolución, vol. I, pág. 167.
32 Jiménez Molinares, Los
mártires, I, pág. 287.
33 "Carta en que se
refieren muchos hechos relacionados y consiguientes a la sublevación del Regimiento fijo
de Cartagena", Cartagena, 10 de febrero de 1811, en Corrales, Efemérides y anales,
pág. 68.
34 Sobre Pedro Romero y
su familia, véase "Censo de artesanos del barrio de Santa Catalina, 1780", en
Archivo Nacional de Colombia, sección Miscelánea; Roberto Arrázola, Secretos de la
historia de Cartagena, Cartagena, 1969, págs. 67-69; Imparcial, Recuerdos
históricos relacionados con la vida política del doctor Ignacio Múnoz, Cartagena,
Tipografía de Donaldo R. Grau, 1880, pág. 6; Manuel Marcelino Núñez, Exposición de
los acontecimientos memorables relacionados con su vida política, que tuvieron lugar en
este país desde 1810 en adelante, Cartagena, 1864; Donaldo Bossa Herazo, La vida
novelesca e infortunada del doctor Ignacio Muñoz, paladín de la libertad, Cartagena,
Impresora Marina, 1961, págs. 6-10; Antonio del Real Torres, Biografía de Cartagena,
1533-1945, Cartagena, Imprenta Departamental, 1946, pág. 116; José P. Urueta y
Eduardo G. de Piñeres, Cartagena y sus cercanías, Cartagena, Tipografía de Vapor
Mogollón, 1912, pág. 534; Jiménez Molinares, Los mártires, págs. 244-248 y
285-288; Corrales, Documentos, I, págs. 65-66, 94-95, 411, 413-417, 423, 449.
35 Urueta y Piñeres,
Cartagena y sus cercanías, pág. 534.
36 Corrales, Documentos,
I, pág. 546.
37 "Constitución
del Estado de Cartagena de Indias", Cartagena, 15 de junio de 1812, en Manuel Antonio
Pombo y José Joaquín Guerra, Constituciones de Colombia, Bogotá, Talleres del
Banco Popular, 1986, pág. 161.
38 Roberto Arrázola, Documentos
para la historia de Cartagena, 1813-1820, Cartagena, Tipografía Hernández, 1963,
pág. 41.
39 Pombo y Guerra, Constituciones,
II, pág. 168.
40 "Extracto de las
sesiones del colegio electoral", Corrales, Efemérides y anales, II, págs.
156-169.
41 Corrales, Documentos,
I, pág. 449.
42 José Urueta, Los
mártires de Cartagena, Cartagena, pág. 105.
43 Jiménez Molinares,
Los mártires, II, págs. 120, 151.
44 Corrales, Documentos,
II, págs. 103-117.
45 Jiménez Molinares, Los
mártires, II, pág. 316.
46 Op. cit.,
pág. 316.
47 Roberto Arrázola, Los
mártires responden, Cartagena, Tipografía Hernández, 1973, págs. 168-169.
48 Restrepo, Historia
de la revolución, pág. 181.
49 Juan José Nieto, Selección
de textos políticos, geográficos e históricos, Bogotá, Editorial Presencia, 1993,
págs. 21-22.
50 Arrázola, Los
mártires responden.
51 Bossa Herazo, La
vida novelesca, pág. 14
52 Antonio Rodríguez
Villa, El Teniente General don Pablo Morillo. Primer Conde de Cartagena. Marqués de la
Puerta, Madrid, Tipografía de Fortanet, 1908, III, pág. 32.
53 Op. cit.,
pág. 5
54 José Manuel
Restrepo, Historia de la Nueva Granada, Bogotá, Editorial Minerva, págs. 48, 135.
55 Nieto, Selección
de textos, pág. 23.
56 A esta imagen
negativa que se crea de los pueblos de la costa, como lo otro que se rechaza, he llegado
inspirado por los trabajos de Edward Said, especialmente por su Orientalism, Nueva
York, Vintage, 1979.
57 Véase, sobre todo,
Francisco José Caldas, "Estado de la geografía del Virreinato de Santafé de
Bogotá, con relación al clima y el comercio" y "El influjo del clima sobre los
seres organizados", en Semanario del Nuevo Reino de Granada, Bogotá, 1942, vol. I,
págs. 15-54 y 136-196.
58 Expediente sobre la
formación del Consulado de Comercio de Santafé, 1796, en AGI: Santafé, legajo 957.
59 Para una mayor
discusión sobre el concepto de Frontera como objeto cultural, véase Robin
Well, "Frontiers Systems as a sociocultural Type", in Papers in Anthropology,
vol. 14, Oklahoma, Norman, 1973, págs. 6-15; Beverly Stoeltje, "Making the Frontier
Myth: Folklore Process in a Modern Nation", en Western Folklore, 46 (octubre, 1987),
págs. 235-253; Kerwin Klein, "Frontier Tales: The Narrative Construction of Cultural
Borders in Twentieth-Century California", Comparative Studies in Society and
History, vol. 34 (julio, 1992), págs. 469-490. Para una aproximación histórica,
véase Alistair Hennessy, The Frontier in Latin American History, Albuquerque,
University of New Mexico Press, 1978; y James Lockhart and Stuart B. Schwartz, Early
Latin America. A History of Colonial Spanish America and Brazil, Cambridge, Cambridge
University Press, 1983, págs. 252-304. Para una aplicación del concepto de
Frontera a la historia colombiana, véase Claudia Steiner, "Héroes y
banano en el golfo de Urabá: la construcción de una frontera conflictiva", en
Renán Silva (ed.), Territorios, regiones, sociedades, Bogotá, Editorial
Presencia, 1994, págs. 137-149.
60 Guillermo Hernández
de Alba (ed.), Archivo epistolar del sabio naturalista don José Celestino Mutis,
vol. IV, Bogotá, Editorial Kelly, 1975, pág. 134; Sergio Elías Ortiz, Escritos de
dos economistas coloniales: don Antonio Narváez de la Torre y don José Ignacio de
Pombo, Bogotá, 1965, págs. 239-240.
61 En 1858 José Manuel
Restrepo nombra el litoral Caribe colombiano como "costa atlántica", en Historia
de la Nueva Granada, pág. 48.
62 Todavía en 1980 uno
de los mejores libros de historia sobre la costa caribe colombiana publicaba en una de sus
primeras páginas un mapa en el cual el mar Caribe desaparecía para ser reemplazado por
el océano Atlántico. Véase Orlando Fals Borda, Mompox y Loba. Historia doble de la
costa, Bogotá, Carlos Valencia Editores, 1980.
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