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De
la BLAA
¿Cómo nos mira Débora Arango?
¿Cómo la miraban sus contemporáneos y
cómo la miramos hoy, nosotros, gente de final del siglo y del milenio??? Tal parece una
buena perspectiva para evaluar y dilucidar el sentido de su obra, hoy colgada en la Luis
Ángel Arango.
Inquietante en sus distintas
significaciones de imágenes, formas, colores, materiales, interpelaciones. Polifónica
por los caminos escogidos: el retrato, el desnudo, lo social, lo político. Figurativa y
expresionista por la semántica de los lenguajes pictóricos. Realista crítica y
testimonial por las tendencias conceptuales y de escuela en que se manifiesta su arte.
Débora Arango forma parte sustantiva de
la historia del arte colombiano, así no figure en algunas de sus historias, ni se
destaque su importancia. Paradójicamente, este hecho, la censura, el veto, le dan nuevas
y profundas valoraciones.
Hay que decir que es la pintura de una
artista-mujer o de una mujer-artista. Esto le da una significación distinta, peculiar por
la perspectiva de su trabajo, de su exploración visual, de su mirada. Es lo femenino
viendo lo femenino desnudo. El cuerpo y el alma en su desnudez presentados por Débora
Arango. Pues no es sólo que un desnudo lo pinte una mujer. Que la condición humana de
los miserables, humillados y ofendidos, de los infames, como dice Foucault, los pinte una
mujer. Que el 9 de abril, las violencias, la protesta estudiantil, la dictadura militar,
la crítica y caricatura de Alberto Lleras y Guillermo León Valencia los pinte una mujer.
Ni que una mujer satirice ácidamente a otra mujer, como en el caso de doña Berta. Porque
bien hubiese podido no suscitar reacción alguna.
Lo que produce una censura y reacción
tan enconada de Laureano Gómez como dueño de la moral, la tradición, el orden, los
valores y el partido conservador es que Débora Arango es una artista, con todas las de la
ley. Con los cánones de formación académica, estudios, disciplina y trabajo. Con obra
hecha y por hacer, en pleno proceso de madurez, de fortalecimiento espiritual, de
búsqueda e imaginación. Es la misma razón por la que curas y arzobispos la censuran y
la estulticia de exponentes de las clases altas se escandaliza ante su obra. Ahí está el
detalle. En esa combinación de ciertos temas, lenguajes, simbolismos, escuelas y quien lo
hace. Una mujer-artista.
La artista podrá expresar su estética:
"Un desnudo no es sino la naturaleza sin disfraces, tal como es, tal como debe verlas
el artista: un desnudo es un paisaje en carne humana". "Mis temas son duros,
acres, casi bárbaros, por eso desconciertan a las personas que quieran hacer de la vida y
de la naturaleza lo que en realidad son". "Mi especialidad es la figura,
naturalmente, y más que la figura la expresión", y este aforismo que Débora
inscribe como divisa y lo es de todo artista y todo arte genuinos: "Yo tengo la
convicción de que el arte como manifestación de la cultura, nada tiene que ver con los
códigos de la moral. El arte no es amoral, ni inmoral. Sencillamente su obra no
intercepta ningún postulado ético".
Débora Arango gozó del aprecio y
reconocimiento de otros. De Jorge Eliécer Gaitán, quien como ministro de Educación
promovió una exposición suya en el Teatro Colón de Bogotá, que tuvo que ser cerrada
ante la ruidosa oposición de Laureano Gómez. De los periodistas liberales y de
izquierda, los escritores, sus colegas, pintores y escultores. El arte de Débora Arango
polarizaba, provocaba, interpelaba. Rasgaba los velos de la hipocresía, los dogmas y la
mojigatería.
Una pintura de lo prohibido y de lo
escandaloso. Lo que se muestra es lo más nocturno, como la prostitución, y lo más
cotidiano de la existencia. Allí en esa pictórica hay una estética de lo social y de lo
popular, toda una violencia concentrada, también gestual, toda una ofensa, una
humillación que ninguna pintura o muy pocas y también pocas literaturas han podido
asumir. ¡Era lo que sentía esta artista y de qué forma!!! Ella penetra en la vida
oscura, el prostíbulo, la soledad del desnudo, el sexo expuesto y expósito. La
prostituta es el personaje de Débora, como mujer desnuda o puesta en escena, como en
Amanecer y en Amargada. Y ese cuadro de hombres viciosos y grotescos,
verdaderamente infames, que nos lleva a la presencia de las ausentes en el prostíbulo: Los
que entran y los que salen.
Darío Ruiz Gómez, en El icono de lo
Marginal, ha escrito: "Sirvientas, borrachos, prostitutas constituyen lo que es
asocial o antisocial en la media en que están fuera del código, normas,
principios, modelos de la sociedad establecida. El escándalo que acompaña a su
obra no se debe tanto a la fealdad de su temática, a sus deformaciones, sino a esta
violencia que está implícita en el color liberado, en la manera como llega a conferir
carácter de iconografía a ese mundo que la institución quiere olvidar".
El desnudo es maravilloso en todas las
épocas y circunstancias del arte. Es volver a la verdad de lo humano. El más
democrático de los motivos según escribe en El erotismo en el arte el crítico
Gilles Néret.
Hay que decir que la pintura política en
Débora Arango es otra cosa. Trae relación y está en el contexto de su inventario, de su
repaso de retratos, desnudos y mundo de la vida de las gentes humilladas y desesperadas.
Es distinta de la crítica social. La hay como testimonial alegórica en su abigarrado Gaitán.
Satírico a la manera del Burundún Burunda como en 13 de junio, La justicia,
Melgar; La huelga de los estudiantes y Junta militar. Drama y tragedia a la
manera de Viento seco, como en Tren de la muerte y El cementerio de la
chusma o mi cabeza.
Patricia Gómez, Alberto Sierra y Beatriz
González han elaborado las presentaciones de contexto, influencias y significados en el
catálogo de esta exposición retrospectiva. Jorge Orlando Melo ha escrito el mayor
elogio: "[...] la obra de la más importante y significativa artista colombiana del
siglo XX, y cuya vigencia depende tanto de sus innegables cualidades estéticas como de su
peculiar relación con los procesos culturales de su tiempo".
La clave de la actualidad de la pintura,
de la permanencia, es para mí, la expresión, la mirada de sus desnudos y personajes. La
clave me la dio volver a ver ¿Qué hay de nuevo?, de Gauguin.
RICARDO SÁNCHEZ
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