Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 41. Volumen XXXIII. 1996. editado en 1997
 

Una gran duda acerca de la calidad del cuento en Colombia


Variaciones
Adalberto Agudelo Duque
Tercer Mundo Editores, Santafé de Bogotá, 1995, 93 pág.


Con el libro Variaciones, Adalberto Agudelo Duque (Manizales, 1943) obtuvo el premio nacional de cuento concedido por Colcultura en 1994, siendo jurados Luis Fayad, Marco Tulio Aguilera Garramuño y Nicolás Suescún.

El título del libro no dice casi nada, hasta tanto no hayan sido leídas sus ochenta y seis páginas. En ocho capítulos transcurre una sola historia. Ocho variaciones en torno al tema de una huelga estudiantil en una ciudad de provincia del país. El autor prescinde de cualquier identificación en tal sentido y, así, no encontramos el nombre de la ciudad, ni del país, ni siquiera de los varios personajes allí relacionados.

En un nivel parejo y sostenido, los capítulos sortean distintos argumentos narrativos, guiados todo el tiempo por una narrador omnisciente, excepto el primero, en el cual el protagonista nos introduce ya en el tema, teniendo por interlocutor a su "llavecita", al que suponemos otro estudiante, pero que no aparece sino por dicha alusión.

Allí se intercalan el diálogo, el monólogo, la narración desde afuera, y hasta el guión de una película entra a formar parte del entramado, por la extraña coincidencia con la situación de los personajes, víctima y victimario.

Aunque tampoco se habla de fechas, esta historia puede situarse en los años setenta, decenio en el cual se presentaron en el país muchas huelgas, paros, manifestaciones y hechos políticos como el que nos narra el autor de Variaciones.

Un activo estudiante pelirrojo desempeña un papel protagónico en las protestas por el cierre caprichoso a que quieran someter la universidad quienes ostentan el poder. Él dirige, arenga y es gran tirador de piedra no sólo contra los soldados antimotines, sino también contra vidrieras de almacenes y bancos. Las protestas habían tomado gran arraigo en las gentes del pueblo y esto hace que la administración redoble el ejército represor. De allí aparece un oscuro personaje, un policía con mando, quien rápidamente identifica al pelirrojo como uno de los líderes y comienza a tramar un fatal desenlace: la justa —piensa— requiere un héroe sacrificado, un mártir, un chivo expiatorio. Selectivo, elige su víctima.

Tiempo atrás, este personaje sufrió una grave experiencia a expensas de un gato que le marcó la cara para siempre surcándole allí una gran cicatriz. Él había querido jugar un poco con algunos amigos y había encostalado e incendiado al animal para vengarse de él y "dejar escarnio" a los demás gatos del barrio, porque éste era un ladrón de su casa, acostumbrado a llevarse, siempre, su porción de carne. Herido de muerte en su rodante llamarada, el gato, como conducido por el diablo, pudo atacar a su malévolo agresor en el momento final, saltándole al rostro.

Era, pues, un hombre duro y frío, sin sentimientos.

El muchacho, hijo pobre de una casa pobre, había sido marcado por la vida para la rebeldía. Su padre guardó siempre la tristeza de su propia frustración, a pesar de haber sido un incansable carpintero ebanista. Siendo aún niño, a su hijo le tocó sufrir la definitiva humillación de ir a cobrarle a un hombre rico, quien se negó desafiante a pagar un hermoso comedor que recientemente el padre le había entregado.

Estos dos aspectos, que sin duda nos revelan la verosimilitud de los personajes, son entregados por el autor sin evidenciar en ello un marcado interés y, más bien, aparecen como parte del desarrollo y evolución de la historia.

El hilo conductor (las manifestaciones estudiantiles) nos conduce hasta el momento final y presentido por el lector que, además, había sido anunciado desde el principio: la ejecución del muchacho a manos del policía. Pero allí no terminó la historia. A ese capítulo le seguirán aún dos más: la agobiada personalidad del padre y el funeral de su hijo asesinado.

Se cierra el ciclo de esta parte de la historia, pero "la lucha continúa", no cesan las protestas, a pesar del toque de queda decretado, y al lector le resta la imaginación (o la realidad) para presumir la continuidad sugerida por el autor.

En estos dos capítulos existe la mayor recursividad en el lenguaje, dándoles un tono poético (la conversación con su padre del alma del muchacho muerto), de gran desolación, que, desafortunadamente, se ve menoscabado por una inclemente reiteración, al borde de la lástima, de la desgraciada condición de los dos personajes, cruzados por la pobreza y el oprobio.

Deliberadamente he hablado de "capítulo", dado que, en su continuidad, este libro puede leerse como una novela, aunque cada título, cada cuento, guarda autonomía y puede verse independientemente. Quizá en ello radique uno de sus mayores méritos.

Es un libro logrado en su aspecto narrativo, ya que mantiene alta la tensión del lector, atrapándolo y comprometiéndolo en una trama envolvente. Me quedan, sin embargo, varias inquietudes que me surgen al cabo de una relectura:

1. Me parece artificial e intrascendente, en el primer capítulo, el uso reiterado de una prolongación en las palabras a manera de eco ("Así empezaron a demolernos molernos lernos", etc.), queriendo quizá producir un tono juguetón pero que nada aporta y más bien molesta, justo en el primer capítulo. La mala literatura de los años setenta abunda en esos juegos verbales que se miran en equívocos espejos cortazarianos, por ejemplo.

2. Para remitir a ese antecedente ("Le dejó razón [el ingeniero] que puede venir con cien policías y no pagará el trabajo. Que le diga a su papá que se lo va a robar, que no joda más".) que marcaría la vida del muchacho como un rebelde, ¿no es exagerado (irreal) hacer que el hombre rico, caprichosamente, no le pague al padre un fino comedor que éste le había fabricado? Divide la historia en la improbable categoría moral de personajes buenos y malos, pero, además, con ingenua evidencia.

3. Este libro, siendo a secas un buen libro, ¿marca una pauta de lo que en Colombia se escribe hoy en terrenos del cuento?

Tiene que ser el mejor libro del concurso, puesto que el jurado es de gran idoneidad. Creo que deja una gran duda en cuanto a la calidad del cuento en Colombia, tomando como tamiz el concurso más apetecido y hacia donde apuntan los mejores creadores en todo el territorio nacional.

LUIS GERMÁN SIERRA J.