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Así
es Colombia
Los viudos (y otros cuentos)
Andrés Hoyos
Tercer Mundo Editores, Santafé de Bogotá, 1994, 306 pág.
Los nueve relatos y el díptico que
componen este volumen son de varia invención y corresponden al relieve dispar de
la cultura colombiana (diplomáticos, periodistas, académicos, deportistas, gramáticos,
poetas grises, fotonovelistas, cineastas, psicópatas). Los viudos, que sirve de
guía (¿prólogo?) en la lectura de las dos partes del díptico El cáncer
pelirrojo... ¿aún vive? y El corazón vacío de los rectángulos, presenta el
tema de la viudez desde una perspectiva más amplia que la simple condición de haber
perdido al cónyuge y no haberse casado nuevamente. La viudez para Andrés Hoyos es
también deterioro intelectual, orfandad cultural, producto del rechazo soterrado de la
influencia cultural realmente moderna, e impotencia, hija del silencio y la soledad,
frente al presente violento que "se corre con apremio cada día más cobarde hacia
adelante" (pág. 85). Hoy somos viudos y mañana iremos por "el mundo un poco
sin voz, un poco condenados al purgatorio de lo anónimo, o a la búsqueda imposible
de..." (pág. 86) una tranquilidad que nunca llegará o que llegará y nuevamente se
irá o, simplemente, la dejaremos escapar.
Zavadil (pág. 7-29) es un
"ángel extraviado" , cuya vida, unida al peligro, sólo tiene sentido con la
muerte. Nadie sabe por qué él, empleado de la embajada de Checoslovaquia en Nueva York,
desciende todas las noches hasta el barrio de Harlem impecablemente vestido ("con un
traje de lino totalmente blanco") y con un ramo de flores (siempre distintas). Nunca
atiende las advertencias de la policía. Su muerte, más que anunciada, no delata una
búsqueda fallida, sino la mirada enfermiza de quienes, como el narrador (un colega de la
embajada colombiana), asisten al desarrollo de los acontecimientos, es decir, de quienes
no hacen nada para impedir su muerte.
Tres periodistas son los personajes de Vicisitudes
del as de corazones (pág. 31-59), Foto de la bestia (pág. 61-84) y Kaos
(pág. 183-207). El primero, Juan Antonio Rangel, "cronista, caricaturista,
humorista, ciclista dominguero" (pág. 32), lleva una vida de simulación
intelectual, impresa en sus columnas de variedades; el segundo, Jorge Oligastri,
"vivía de preguntar por los muertos", como todo buen colaborador de un diario
amarillista. Su oficio se limita a comunicar, a contar (sumar) muertos, y deja a un lado
el compromiso social. No advierte a la opinión publica las causas de la violencia, ni las
denuncia; busca atrapar a sus lectores con fotos y noticias macabras sobre asesinatos.
Antes que ser un periodista, Oligastri es un promotor de la violencia, porque para él el
periodismo "Es un oficio industrial, sumercé, cuerpos que se cuentan por gruesas,
muertitos como si fueran palmitos en conserva" (pág. 66). Su última misión es
obtener un retrato de la bestia asesina (la muerte). Alcanza a verla, graba su imagen en
la memoria, pero cuando está a punto de disparar su cámara, las balas de un marine
colombiano, "adiestrado durante la guerra de Vietnam en ciertas aberraciones del american
way of death"
(pág. 84), penetran su cuerpo y escriben otra nota
necrológica, que lleva como nombre no el N.N. habitual, sino el visceral Jorge Oligastri
(Mejor estómago). El tercero, Crisanto Abelardo Elías, Eduardo Ponciano Ramos, cronista
del deporte de las narices chatas, desempeña una labor ingrata entrenar y formar
promesas del boxeo en un país cuyos deportistas parecen menos que gladiadores del
circo romano: cuando ganan el público los iguala a los dioses, cuando pierden terminan en
la cárcel o son asesinados. Celestino Estévez, Kid Ligero, el jovencito que con
el estímulo de Ponciano llegó a ser World Champion de los pesos welter, no
pudo conocer la gloria y su vida no cambió, sólo empeoró; dejó de ser un lustrabotas
para convertirse en un presidiario de una isla en el Pacífico. Las páginas de Entre
sogas y las "luces de la gloria y la publicidad enfocadas sobre su cara, primero
lo ciegan, pero acto seguido van perdiendo su resplandor paulatinamente" (pág. 196).
Una mujer sin escrúpulos le rompe el corazón, el amante de ésta lo deja en la ruina y
la ira y el instinto lo llevan a una celda que, cuando sube la marea, se inunda. "El
mundo [le confiesa Ponciano al viejo Cele] del que fuiste campeón no es ningún mundo;
mejor dicho, no es ni siquiera una cuerda de fanáticos de la calle Real. Cele, cuando se
enteran de que ya no puedes ganar, los de la fanaticada bajan el pulgar y te sueltan al
león para que se zampe su ratoncita de negro, que es un horror dejarlo pasar hambre al
animalito. Ese mundo apenas si es una colección de cristianos sedientos de sangre"
(pág. 198). Historias de enviudamiento son El cáncer pelirrojo... ¿aún vive?
(pág. 87-106), El corazón vacío de los rectángulos (pág. 107-138) y Cosas
del cilantrillo japonés (pág. 139-155). Las dos primeras giran en torno a la vida
trágica de dos poetas anglosajones (Dylan Thomas Tom Wales y Silvia Plath).
Lynda, viuda de Tom Wales, se refugia en una isla para olvidar a su esposo, pero las
fotografías de él y las alusiones a su obra son permanentes en las revistas. Al parecer,
Hoyos quiere darnos una lista de informaciones que explican la muerte de Wales, pues el
matrimonio con Lynda es simplemente inaguantable. Tom Forest, profesor de literatura,
viudo de Silvia y difusor de su obra, llega a la misma isla en donde vive Lynda con sus
hijas a dar una conferencia sobre la autora de Morir/ es un arte. Llama la
atención que mientras el conferenciante trata de probar que el suicidio fue una
preocupación constante de su esposa, el público, en su mayoría femenino, se empeñe en
buscar causas matrimoniales. Matrimonio inaguantable pero soportado durante veintidós
años es el de don Miguel Samorano y de Camila Seymour, quien después del abandono de su
esposo decide enclaustrarse hasta la muerte. La temática y el ambiente de este relato, lo
emparientan con Una rosa para Emily de Faulkner y con el pasaje de Cien años de
soledad en el que muere Rebeca Montiel. Sin embargo, Andrés Hoyos sabe romper la
solemnidad del hecho con una digestiva causa de muerte: "dont
worry,
its digestion" (tal como reza la nota de la difunta, pág. 153).
Guión para una fotonovela es "Amor
por pedazos" (pág. 209-224), perteneciente a la colección Vuelos de amor
inocente y firmados con el seudónimo de Valentín Perilla. Su autor real es Cándido
Morales, ahora recluido en un "asilo de zafados" (pág. 223). Con el apelativo
"holliwoodesca" se puede calificar la narración Altagracia, desde el último
encuentro en que nos vimos... (pág. 225-274). Tiene por escenario hoteles cinco
estrellas (sobre todo las cercanías de la piscina del Hotel Sheraton), aviones,
autopistas, interior de carros lujosos y de jeeps, haciendas; por protagonistas a
un cineasta (Sebastián Moreno), desde todo punto de vista atractivo (casado, apuesto y
con dinero), una joven reportera de revista femenina (Penélope, "por los muchos
pretendientes", pág. 231) y una eterna pero esquiva enamorada (Altagracia). La
situación es sencilla: Sebastián ve en Penélope a la Altagracia, que veinte años
atrás le confiara su cuerpo, y detiene la entrevista para ir a buscarla, aunque se
encuentra a miles de kilómetros. Altagracia, que también estaba pensando en su amado de
toda la vida, sorpresivamente lo llama para decirle dónde vive. Se reencuentran, vuelve a
vivir su pasión juvenil y finalmente cada uno toma su camino. De regreso al Sheraton,
"Sebastián pensó en llamar de larga distancia a Estefanía [su esposa] y decirle
algo por el estilo de Vida mía, aquí cambian tan poco las cosas; tengo algo
extraño que contarte... pero concluyó que no valía la pena" (pág. 273).
Reconstrucción de la época modernista
es Anagramas de costumbrismo descarriado (págs. 275-306), centrado en la familia
de Miguel Antonio Oliveros, conocido en los círculos literarios internacionales como Armand
Gris y contemporáneo de Miguel Antonio Caro. La obra poética de este conocedor de
Baudelaire, Verlaine, Anatole France, Coleridge, Rubén Darío, se reduce a un juego
verbal prolífico y peripatético que, por razones del destino, se perdió para la
historia de la literatura colombiana en el naufragio del Titanic, barco en el que viajaba
el gris escritor en compañía de su esposa.
Jonás (págs. 157-182) es un
cuento magistral y se inscribe, por la precisión en el manejo de los elementos de la
historia y la riqueza expresiva, en la antología del género hispanoamericano al lado de Sur,
El guardagujas, Mister Taylor, Nos han dado la tierra, El ahogado más hermoso del mundo,
La noche de Mantequilla. Este cuento de Hoyos no solamente narra; entretiene, dialoga
con el lector, porque mantiene el efecto, la incógnita, de que hablara Cortázar, desde
el comienzo de la historia hasta el fin. Y esto, gracias a la construcción de un espacio
armonioso con la temática del cuento. La invención de Hoyos es milimétrica: el pueblo
se llama Agualinda, por estar frente al mar y servir de refugio a aquellos individuos al
margen de la ley. Está situado en el límite de la frontera de dos países caribeños. La
casa más importante es un bar casino llamado Así es la vida, propiedad de
Magdaleno Lecuona, a donde llegan cinco habituales jugadores: Lacordaire Alphonse, de
Martinica o de Guadalupe, "comerciante sin fronteras" (pág. 160); Nazario
Tabares, "de ancestro probablemente gitano", "vivía del comercio de
pieles" (pág. 160); Regino Maculet, del altiplano, "viejo mecánico de parque
de diversiones" (pág. 166); Carlos Bonitto, El Brasileño, socio de Tabares, y John
Salvisher, gringo, "un marrano fino, el de lazo de tafetán y chicharrón
tierno" (pág. 158). La noche de que nos habla la historia, llegó un forastero,
Jonás, a quien muchos atribuyeron la mala suerte. El narrador, identificable al parecer
con el forastero, nos informa reiteradamente que el gringo estaba apesadumbrado durante el
juego; y esto, sumado a la confianza de los experimentados opositores, nos da a entender
que esta noche también perderá una fuerte suma; pero la sorpresa acontece cuando el
gringo gana una de las más grandes apuestas que se habían hecho en muchos años, dejando
a sus contrincantes en la ruina. Recoge el dinero y se despide. Pasados unos meses nadie
vuelve a saber de él, hasta que llega la noticia esperada: se accidentó con su avioneta
en el mar, bajo los efectos de algún alucinógeno. Sólo entonces se comprende que
"el marrano fino" buscaba, antes de morir, en La noche de la reina
envenenada, como la bautizaron los perdedores, la revancha de su vida. No jugaba por
codicia, como Tabares y Bonitto, sino por satisfacción, la satisfacción de ser un
ganador, sabiendo que toda su vida había sido un perdedor.
Con Los viudos (y otros cuentos) Andrés
Hoyos demuestra ser ya una realidad en la narrativa colombiana, que ya no promete, sino
que enseña las dotes de una prosa trabajada, sin adocenamientos, y alimentada por la
expresión popular, que no se cierra en localismos o regionalismos y más bien se abre
metafóricamente a la comprensión de cualquier hispanohablante. El éxito de estos
relatos, sin duda, radica en la lectura certera de una realidad tan convulsionada como la
nuestra.
SELNICH VIVAS HURTADO
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