Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 41. Volumen XXXIII. 1996. editado en 1997
 

Escenas de caza


En la raíz del grito
Mauricio Contreras
Cooperativa Editorial Magisterio, Santafé de Bogotá, 1995, 87 pág.


En la raíz del grito, tal como se titula el segundo libro de poemas de Mauricio Contreras, están y desde allí son dictadas sus palabras. En el centro de la ansiedad, en el filo del riesgo, en los nervios de la desolación, reside lo que desde su primer poemario, Geografías —una buena muestra de él hay en este libro—, ha delineado su voz. Todo lo que nombra está erizado por ello. Un grito más angustioso aún, pues, antes que exaltado, emitido ante un paisaje abiertamente tranquilo, refiere al sobresaltado, al que se suelta, una y otra vez, sólo cuando se está atrapado —para decirlo desde la atmósfera de estos textos— en el ampuloso y sonoro vacío de una cisterna. De hecho, la palabra de Contreras no descubre sino "la campana rota del miedo, el rasgado eco de lo punzante, de lo que hiere. Sus ojos no insisten en sondear lo insondable; miran y revisten de deleite la crudeza de las visiones más reales. Las escenas que componen los escritos de Contreras suceden de verdad, no contienen ficción, ni artificios, excepto allí donde al poeta lo obliga el proceso de construcción del poema. Proceso que, en fin de cuentas, se desenvuelve en función de mitigar y limar las asperezas de la realidad. De hecho, el libro está cargado de recursos en este sentido. Recursos que buscan con las palabras dar forma a lo informe, y no podría ser distinto si consideramos que la poesía no hace cosa diferente de ennoblecer aquello que por naturaleza es innoble, a cubrir de anhelo a lo que...o a quien no lo posea. Por ello, y sin embargo, la poesía —así no los da a entender Mauricio Contreras, en uno de sus más reflexivos poemas, en La poesía tiene el nombre de nuestra divinidad (pág. 52) —, ...la poesía... "recupera un olor de infancia que en su despliegue y entre los desechos, borra la temporalidad sucesiva y causal de lo cotidiano, lo atormenta y descompone restituyéndolo otro en el drama, ceremonia, juego, baile de máscaras, en esa incesante operación que, a pesar nuestro, nos moldea y proporciona la anhelada imagen en la cual nos reconocemos". La signografía de ese olor (rastro dejado por lo que fue, o por lo que no se ve) En la raíz del grito esboza los espacios que nos negamos a reconocer aun en la conciencia de que los moramos. Espacios en los cuales los personajes que los habitan (en buena medida nosotros mismos) se movilizan sin la menor seguridad esencial. En efecto, no hay un único lugar en los textos de Contreras en que no haya la urgente necesidad de franquear el miedo, de mantener alerta los cinco sentidos: abrir los ojos para esquivar las arquitecturas destrozadas; agudizar los oídos para que un sordo rumor no anegue nuestra alma; el tacto para presentir en la caricia del amante la mano del asesino; el olfato para huirle a los aromas del incendaja o al olor a miedo; el gusto para no paladear cenizas. Y no esperaríamos menos al concluir que esa dura película se está rodando permanentemente en cuanto sitio se concentra el hombre —Bogotá en la experiencia de Mauricio Contreras—. En ella se cuela desapercibido y relata justamente la faz indigente, la que subyace bajo los puentes, la del mendigo como la del maleante. Su fisonomía la describe en poemas como el titulado Ceremonias (pág. 31). Es su intemperie la de Bajo los puentes (pág. 50). Y sus linderos son los que encierran el campo reservado de caza en Escenas de ca(S)a (pág. 41).

En la raíz del grito está compuesto por tres raicillas, que en verdad, desde el punto de vista temático —aparte lo antes explicado— guardan poca unidad. En "Sílabas de escarnio" (primera parte del libro) la preocupación primaria es la dilucidación de lo que corresponde a la poética y de lo que pertenece al poeta. En "Bajo los puentes" (segunda parte del libro) la constituye el hombre en su condición más desafortunada. Y en "Geografías" (tercera parte y, a mi parecer, la mejor lograda del libro) el asombro inevitable de los enigmáticos escenarios de la Conquista.

Se debe hacer resaltar la fe que Mauricio Contreras pone en las palabras, en su uso y en el del lenguaje; quizá por ello olvide la importancia del cuerpo del poema, de su plasticidad. La poesía, como Dios, está en todas partes, pero aceptemos que a ella, en cuanto utensilio de espiritualidad, no la encontramos sino en el poema. No interesa la forma concreta que al ordenarla en versos tenga, pero sí la que visualizamos en la medida en que la vamos leyendo. Esta habilidad de modelador le cuesta a Contreras. Sus poemas (no sus versos ni su poesía) vacilan como estructuras. Al leerlos, nos agota cierta monotonía rítmica, la música típica de las enumeraciones. Con todo, nos deja su lectura la satisfacción de un viaje a lo largo y ancho de un mapa abierto a nuestra curiosidad, aunque abundante en runas sangrientas y donde confundimos los signos de la partida con los del regreso. Lugares... —todo lo que sigue forma parte de La poesía tiene el nombre de nuestra divinidad (pág. 52)—... "iluminados por el relámpago de nuestra propia desnudez que nos dejan impávidos. Visión de golondrinas muertas anunciando sequías y tormenta, mientras el afán creciente nos cerca.

"Tribulaciones que no conducen a parte alguna, que no alteran el progreso, que se escurren entre más tentativas de darles explicación o respuesta. Voces, imágenes, fantasmas agitando lo que ya se presagiaba como un mar muerto".

GUILLERMO LINERO