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Escenas
de caza
En la raíz del grito
Mauricio Contreras
Cooperativa Editorial Magisterio, Santafé de Bogotá, 1995, 87 pág.
En la raíz del grito, tal como se
titula el segundo libro de poemas de Mauricio Contreras, están y desde allí son dictadas
sus palabras. En el centro de la ansiedad, en el filo del riesgo, en los nervios de la
desolación, reside lo que desde su primer poemario, Geografías una buena
muestra de él hay en este libro, ha delineado su voz. Todo lo que nombra está
erizado por ello. Un grito más angustioso aún, pues, antes que exaltado, emitido ante un
paisaje abiertamente tranquilo, refiere al sobresaltado, al que se suelta, una y otra vez,
sólo cuando se está atrapado para decirlo desde la atmósfera de estos
textos en el ampuloso y sonoro vacío de una cisterna. De hecho, la palabra de
Contreras no descubre sino "la campana rota del miedo, el rasgado eco de lo punzante,
de lo que hiere. Sus ojos no insisten en sondear lo insondable; miran y revisten de
deleite la crudeza de las visiones más reales. Las escenas que componen los escritos de
Contreras suceden de verdad, no contienen ficción, ni artificios, excepto allí donde al
poeta lo obliga el proceso de construcción del poema. Proceso que, en fin de cuentas, se
desenvuelve en función de mitigar y limar las asperezas de la realidad. De hecho, el
libro está cargado de recursos en este sentido. Recursos que buscan con las palabras dar
forma a lo informe, y no podría ser distinto si consideramos que la poesía no hace cosa
diferente de ennoblecer aquello que por naturaleza es innoble, a cubrir de anhelo a lo
que...o a quien no lo posea. Por ello, y sin embargo, la poesía así no los da a
entender Mauricio Contreras, en uno de sus más reflexivos poemas, en La poesía tiene
el nombre
de nuestra divinidad (pág. 52) , ...la poesía...
"recupera un olor de infancia que en su despliegue y entre los desechos, borra la
temporalidad sucesiva y causal de lo cotidiano, lo atormenta y descompone restituyéndolo
otro en el drama, ceremonia, juego, baile de máscaras, en esa incesante operación que, a
pesar nuestro, nos moldea y proporciona la anhelada imagen en la cual nos
reconocemos". La signografía de ese olor (rastro dejado por lo que fue, o por lo que
no se ve) En la raíz del grito esboza los espacios que nos negamos a reconocer aun
en la conciencia de que los moramos. Espacios en los cuales los personajes que los habitan
(en buena medida nosotros mismos) se movilizan sin la menor seguridad esencial. En efecto,
no hay un único lugar en los textos de Contreras en que no haya la urgente necesidad de
franquear el miedo, de mantener alerta los cinco sentidos: abrir los ojos para esquivar
las arquitecturas destrozadas; agudizar los oídos para que un sordo rumor no anegue
nuestra alma; el tacto para presentir en la caricia del amante la mano del asesino; el
olfato para huirle a los aromas del incendaja o al olor a miedo; el gusto para no paladear
cenizas. Y no esperaríamos menos al concluir que esa dura película se está rodando
permanentemente en cuanto sitio se concentra el hombre Bogotá en la experiencia de
Mauricio Contreras. En ella se cuela desapercibido y relata justamente la faz
indigente, la que subyace bajo los puentes, la del mendigo como la del maleante. Su
fisonomía la describe en poemas como el titulado Ceremonias (pág. 31). Es su
intemperie la de Bajo los puentes (pág. 50). Y sus linderos son los que encierran
el campo reservado de caza en Escenas de ca(S)a (pág. 41).
En la raíz del grito está
compuesto por tres raicillas, que en verdad, desde el punto de vista temático
aparte lo antes explicado guardan poca unidad. En "Sílabas de
escarnio" (primera parte del libro) la preocupación primaria es la dilucidación de
lo que corresponde a la poética y de lo que pertenece al poeta. En "Bajo los
puentes" (segunda parte del libro) la constituye el hombre en su condición más
desafortunada. Y en "Geografías" (tercera parte y, a mi parecer, la mejor
lograda del libro) el asombro inevitable de los enigmáticos escenarios de la Conquista.
Se debe hacer resaltar la fe que Mauricio
Contreras pone en las palabras, en su uso y en el del lenguaje; quizá por ello olvide la
importancia del cuerpo del poema, de su plasticidad. La poesía, como Dios, está en todas
partes, pero aceptemos que a ella, en cuanto utensilio de espiritualidad, no la
encontramos sino en el poema. No interesa la forma concreta que al ordenarla en versos
tenga, pero sí la que visualizamos en la medida en que la vamos leyendo. Esta habilidad
de modelador le cuesta a Contreras. Sus poemas (no sus versos ni su poesía) vacilan como
estructuras. Al leerlos, nos agota cierta monotonía rítmica, la música típica de las
enumeraciones. Con todo, nos deja su lectura la satisfacción de un viaje a lo largo y
ancho de un mapa abierto a nuestra curiosidad, aunque abundante en runas sangrientas y
donde confundimos los signos de la partida con los del regreso. Lugares... todo lo
que sigue forma parte de La poesía tiene el
nombre de nuestra divinidad
(pág. 52)... "iluminados por el relámpago de nuestra propia desnudez que nos
dejan impávidos. Visión de golondrinas muertas anunciando sequías y tormenta, mientras
el afán creciente nos cerca.
"Tribulaciones que no conducen a
parte alguna, que no alteran el progreso, que se escurren entre más tentativas de darles
explicación o respuesta. Voces, imágenes, fantasmas agitando lo que ya se presagiaba
como un mar muerto".
GUILLERMO LINERO
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