Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 41. Volumen XXXIII. 1996. editado en 1997
 

Lecturas atragantadas


La no simultaneidad de lo simultáneo
Carlos Rincón
Editorial Universidad Nacional, Santafé de Bogotá, 1995, 245 pág.


La palabra posmodernidad está de moda en ciertos ambientes. En otros, la moda ha pasado pero, sin embargo, la palabra sigue siendo útil. ¿Quiere usted escribir sobre Carlos Fuentes? Diga que la ciudad que aparece en Cristóbal Nonato es posmoderna y, así no diga nada más, habrá quienes afinen el oído. ¿Sobre García Márquez? Pues hágase resaltar la posmodernidad de El amor en los tiempos del cólera, para satisfacción del público. Ni Borges, ni las Torres del Parque de Rogelio Salmona ni Carpentier se salvan de que los clasifiquen de posmodernos. Y si alguien se atreve a preguntar qué es eso de posmoderno, la cosa tiene sus ventajas, porque entonces puede usted señalar la inestabilidad semántica del término, que es precisamente lo que les permite a algunos calificar de posmoderno todo lo que se encuentra por el camino.

A Carlos Rincón la inestabilidad semántica del término —él se complace en hablar de ductilidad— le da para treinta y seis páginas. En las treinta y seis páginas cita más de cuarenta autores de la más variada procedencia. Todo eso para decir, en primer lugar, que la definición de lo que es posmodernidad no es fácil y para intentar bosquejar una noción de lo que, a pesar de todas las dificultades, se puede entender en términos generales por posmodernidad. El lector que se aproxime al libro buscando claridad se verá decepcionado. Claridad no hay. Por el contrario. La lectura de este libro implica sentarse con papel y lápiz a tratar de descifrar párrafo por párrafo y al final terminar preguntándose si la vida no será demasiado corta para desperdiciarla en ocupación tan poco grata.

Rincón señala que la posmodernidad tiene que ver con la poshistoria, y habla de Fukuyama, con los límites del crecimiento, y habla del Club de Roma y con la idea de la sociedad posindustrial, y cita al sociólogo norteamericano Daniel Bell. Después, en alguna otra parte, cita a Lyotard y lo hace decir que lo fundamental de la posmodernidad es la crisis de la idea de totalidad que se ve en la quiebra de los esquemas finalistas de la ilustración, la teleología hegeliana y la hermenéutica. La razón por la cual la hermenéutica es considerada como esquema finalista no se explica en ninguna parte, como pasa con muchas otras cosas que Rincón va dejando sueltas por el camino. Y en lo referente a la literatura propiamente dicha, cita a John Barth para decir que la narrativa posmoderna se diferencia de la moderna en la medida en que acaba con las oposiciones entre tradición y vanguardia y entre alta cultura y cultura de masas y así aceptan las mezclas y las yuxtaposiciones, va haciendo del pastiche y de palimpsesto formas literarias típicamente posmodernas. En todo ello ya no hay nostalgia de la totalidad sino instinto lúdico. El cuestionamiento del lenguaje por parte, por ejemplo, de Joyce, es relativizada en la medida en que la búsqueda de un lenguaje que pueda expresar el referente que se quiere expresar ya no tiene mayor sentido cuando ya no se cree en el referente. Todo eso se va diciendo sin orden ni concierto y sin que el lector alcance a adivinar muy bien para qué se dice. Al final advierte que Latinoamérica llegó tarde al debate sobre la posmodernidad pero que, sin embargo, ficciones como las de Borges y García Márquez fueron consideradas desde los años sesenta como fundacionales de la literatura posmoderna.

El amor en los tiempos del cólera le parece a Rincón un caso paradigmático por su dimensión intertextual. Y la obsesión por buscar intertextos lo lleva a sugerir, en serio, que la presencia del río Magdalena en la novela es una alusión a la Magdalena proustiana (pág. 50). A la mitad del análisis de García Márquez, lleno de alusiones a los más diversos intertextos del estilo del que se acaba de señalar, sugiere que un intelectual no es "quien piensa el mundo sino quien tiene poder de comunicar lo que piensa sobre el mundo" (pág. 51). Si se fuera consecuente con esa idea, entonces habría que suponer que la intelectualidad colombiana no la forman Rafael Humberto Moreno Durán, María Mercedes Carranza, Rubén Sierra Mejía y Rafael Gutiérrez Girardot, para nombrar algunos, sino René Higuita, Pacheco, Yamid Amat y Edgar Perea, que sin duda tienen más ranking que los anteriores. Ante eso no cabe más remedio que recurrir una vez más al adjetivo posmoderno lo mismo que ante la idea de Rincón de convertir a Leandro Díaz en Dante. Y también es posmoderno el dato —tal vez fundamental para entender El amor en los tiempos del cólera— de que Rincón leyó la novela en un vuelo de Berlín a Nueva York. Y si no es fundamental para entender la novela, al menos sí lo es para entender el libro de Rincón, ya que la única explicación de algunos pasajes es que hayan sido escritos en medio de la confusión propia del jetlag.

Son nueve páginas de excursiones intertextuales y especulaciones de diversa índole, en las que al terrorismo bibliográfico, que había empezado con los más de cuarenta autores citados en las primeras treinta y seis páginas, agrega el terrorismo terminológico. La novela, por ejemplo, es una "metaficción conscientemente textualizada" (pág. 63). Después de ellas se plantea la tesis de que lo que buscó García Márquez con El amor en los tiempos del cólera fue "reescribir la novela que nunca pudieron escribir los escritores burgueses de su país —y de buena parte de Latinoamérica— hasta llegada la mitad del siglo XX" (pág. 29) con cierta distancia irónica. Después, sin que se sepa muy bien por qué, se dice que el tema central de la novela es la "posibilidad de acción política por parte del individuo [...] que en nuestro medio parece estar coartada" y que, advierte Rincón, en García Márquez no se trata de un actitud hegeliana sino mucho más radical. Con esa frase se mezclan el terrorismo terminológico y el bibliográfico y se llega quizá al momento culminante del libro.

Quien quiera saber algo de Carlos Fuentes, de Borges o del brasileño Augusto de Campos no tiene para qué acercarse a este libro. No se va a enterar de nada. Digo esto así porque, por más que busco una actitud objetiva y reposada para escribir sobre Rincón, no lo consigo. El libro se me cae de las manos y tengo la sensación de que cualquier frase medianamente inteligente que pueda escribir sobre él termina mejorándolo. Un libro lleno de tesis absurdas se puede discutir. Pero encontrar tesis en el libro de Rincón, así sean absurdas, es ya ser demasiado benévolo con el mismo.

Creo que era Karl Kraus quien decía que los estudiantes comían lo que los maestros digieren. Frente a Rincón la cosa es todavía más grave, porque Rincón no ha digerido lo mucho que ha mordisqueado, sino que todo se le ha atragantado y lo ha tenido que escupir sobre las páginas de este libro. No hay una sola idea que se piense hasta el final ni un solo autor sobre el que las páginas de Rincón despierten curiosidad. En una primera lectura es imposible saber de qué está hablando Rincón. Una segunda tampoco ayuda mucho. Se habla, se sospecha, de posmodernidad, pero no se llega a saber qué entiende Rincón con la palabrita. Cada vez que al autor le falta una idea, entonces cita tres autores. Al final del libro el número de autores citados pasa con creces de los doscientos. Las ideas que contiene el libro, en cambio, no llegan a ser un puñado. Que García Márquez reescribe una novela que no está escrita. Que Borges es el fundador de la literatura posmoderna. Idea muy fructífera, sobre todo si se piensa que no se ha llegado a saber lo que es ser posmoderno. Y así podría seguirse.

En medio de esa riqueza bibliográfica y de esa pobreza de ideas no es raro encontrarse con simplificaciones. Si se leyera con atención, casi se podría encontrar una por página. Discutirlas todas sería imposible. Tal vez Rincón lo sabe y entonces, en lugar de llevar una simplificación hasta las últimas consecuencias, abunda en ellas para evitar toda discusión y presentarse ante el público con un lamentable barniz de erudición que a veces le ha reportado éxito. El libro, hay que decirlo en voz alta, carece de seriedad académica. La manera como va echando mano de autores —decir que echa mano de textos sería exagerado— no sigue ni siquiera un orden cronológico, no cuenta la historia de una discusión sino que va señalando sin ton ni son puntos que de pronto tienen que ver con una temática que a lo largo de las doscientas y tantas páginas del libro no logra ser definida. La palabra pastiche se repite a lo largo del libro. El libro, sin embargo, más que un pastiche parece un refrito indigesto.

Hasta aquí he señalado algunos puntos tocados por Rincón en la primera mitad del libro, procurando darles cierta inteligibilidad. Se podría seguir haciendo lo mismo, no sin esfuerzo, con la segunda mitad. Sin embargo, mostrar los contenidos del trabajo de Rincón como contenidos inteligibles es de alguna manera falsificar la sensación esencial que se tiene frente al mismo, porque esa sensación es ante todo la de no entender absolutamente nada y tener además la sospecha de que lo que se está diciendo no tiene la menor importancia.

La publicación de un libro así por parte de una editorial universitaria no puede provocar menos que indignación. La discusión sobre el término posmodernismo o posmodernidad no se aclara con el mismo, y en ese sentido puede decirse que como aporte teórico es un fracaso. Tal vez hubiera bastado, si de lo que se trataba era de construir un marco teórico para el análisis de una serie de textos, con que Rincón expusiera lo que él entiende por posmodernidad y que tratará de mostrar, no tanto frente a quienes han utilizado el término, que son legión, sino frente a algunos de quienes lo han cuestionado, la legitimidad del mismo. No lo hace.

En el abordaje de temas concretos el libro también resulta fallido, como se puede ver, a modo de ejemplo, en la relación que establece entre el río Magdalena y la Magdalena proustiana que termina por convertir a Carlos Rincón en una caricatura de sí mismo. Pero, a pesar de todo eso, la Universidad Nacional de Colombia ha publicado este libro, que muy probablemente hubiera sido devuelto si un estudiante lo hubiera querido presentar como trabajo de grado.

RODRIGO ZULETA