Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 41. Volumen XXXIII. 1996. editado en 1997
 

La memoria pública


Un ramo de nomeolvides:
García Márquez en El Universal
Gustavo Arango
El Universal, Cartagena, 1995, 363 pág.

Entre esos mitos tan caros a los que quieren pasar por eruditos, o cuando menos sentirse dueños de una idea original, está el olvido en que ha echado García Márquez los años que pasó en El Universal. Sus compañeros de entonces se resienten un poco de que, a la hora de las memorias, el grupo de Barranquilla se lleve todos los honores, y el maestro Zabala, el hombre que juzgan responsable de que García Márquez leyera a Faulkner y a Dos Passos y a Virginia Woolf (y de paso definiera su vocación novelística), caiga en la sombra, que siempre es injusta. Apología del oficio, crónica del tiempo de la violencia, galería de curiosidades y textos rescatables y reclamos de sombras injustas, nostalgias en fila, novedades que es imposible que broten todavía en la biografía ajetreada y nunca escrita del autor más leído sobre la tierra, todo eso es la materia prima de este conjunto de testimonios; que admite, por supuesto, las siguientes precisiones, y acaso muchas otras.

Cuanto menos hable quien escribe, si escribe sobre otro, tanto más afortunado será el libro. La política de Gustavo Arango es confusa cuando se llega a ese punto: apartes, capítulos enteros en los que su voz se reduce hasta extinguirse en la prudencia contrastan con sus intervenciones forzadas —como sin excepción son las intervenciones, cuando de literatura se trata—, llenas de cursilerías irredimibles y adjetivos cansados. No sucede esto con demasiada frecuencia (pero sí con suficiente): por lo general el libro, un catálogo de anécdotas deliciosas sobre los años que García Márquez pasó en El Universal de Cartagena, logra interesar. Una introducción y una coda acaso sean útiles a un texto de esta naturaleza, quizá a veces necesarias; pero, en Un ramo de nomeolvides, su tono seudopoético, protagonista y afectado las hace molestas al lector, y notoriamente prescindibles. Por lo demás, creo que tanto el neófito a toda prueba como el experto en García Márquez encontrarán alguna página que justifique la extensa y esforzada investigación periodística de Arango, su rigor profesional y su amable seriedad.

Retóricos, pues, y más allá de lo que precisa el libro, resultan los pasajes en que Arango toma la palabra, y que recuerdan, hasta rozar sin miedo la parodia, ese chisme libresco que es La llama y el hielo; pero cuando habla Rojas Herazo, cuando habla Ibarra Merlano o Ramiro de la Espriella, las anécdotas vagas cobran un carisma gratificante. Hay episodios hermosísimos, entre los que cuentan quienes conocieron a García Márquez; entre quienes lo conocieron bien, hay además juicios e ideas que interesarían a cualquiera. (La entrevista con Guerra Valdés, ese escritor nicaragüense que inventaron García Márquez y Rojas Herazo, es un pasaje para golosos: los novelistas empiezan a jugar con los conceptos de lo americano y a indagar sobre ellos). A las conversaciones con estos personajes añade Arango la recopilación sin miramientos de los artículos que redactó o pudo haber redactado García Márquez para el periódico. No dudo que para algunos será excesiva esta documentación pero a mí me parece uno de los mayores aciertos del juicio del autor: a través de ellos se acerca el lector al ambiente de mitad de siglo, se acerca —no muy a menudo tendrá la oportunidad— a la lucha de García Márquez con las palabras en el marco de un periódico que luchaba contra la censura. Los efectismos inútiles, la grandilocuencia, a veces la franca torpeza de un escritor que empieza, son simples conjeturas para críticos o biógrafos. Con estos documentos pueden confirmar, de primera mano, que no era mentira lo que decía Vargas Llosa que decía Sartre, y que le gustaba decir: que el novelista no nace, sino que se hace; que la inspiración no existe; que una novela es el fruto de un largo y tenaz duelo a muerte con el idioma. García Márquez luchó y, por lo que se ve ahora, debió haber ganado. Pero en un tiempo no era ello tan evidente, y constatarlo no deja de ser saludable.

Cuento, entre las sorpresas felices que encuentra el lector de este trabajo, la carta que Cervantes escribió en 1590, solicitando a las autoridades españolas un oficio como contador en Cartagena; el primer título que al parecer tuvo La hojarasca; el que Macondo haya sido un juego de azar prohibido en Sucre en 1948; el que García Márquez haya anotado, en una copia del Orlando que pertenecía a Cepeda Samudio, y alrededor de 1951, el siguiente reparo a la escritura de la Woolf: "Imita mucho a Gabriel García Márquez".

Es sabido que los vicios persiguen a los reseñistas. El libro de Arango agrada por las sorpresas que brinda, pero desagrada por el postizo tono del autor cuando interviene, cosa que parece haberse vuelto recurrente en publicaciones actuales: cree que es humilde si adopta la primera persona del plural para referir sus apariciones, y resulta más hipócrita que otra cosa. "Ignoramos si recuerda o no recuerda la cita que teníamos —dice el entrevistador, que es uno únicamente—, "sólo sabemos que se siente tranquilo porque no somos alguien a quien lleva ya muchos años esperando". Creo que es de lamentar que desconozca, además, ciertas convenciones tipográficas que evitarían confusiones iniciales o por lo menos harían una lectura más cómoda: las comillas se abren y se cierran con cada párrafo y, como el autor es amigo irrevocable del punto aparte, hay páginas que parecen diálogos anglosajones y no relatos de un entrevistado.

No se sabrá nunca qué hace que un libro justifique su lectura ante un lector. Por lo pronto, esta investigación loable merece al menos el primer intento.

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ