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La
memoria pública
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Un ramo de nomeolvides:
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García Márquez en El Universal
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Gustavo Arango
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El Universal, Cartagena, 1995, 363 pág.
Entre esos mitos tan caros a los que
quieren pasar por eruditos, o cuando menos sentirse dueños de una idea original, está el
olvido en que ha echado García Márquez los años que pasó en El Universal. Sus
compañeros de entonces se resienten un poco de que, a la hora de las memorias, el grupo
de Barranquilla se lleve todos los honores, y el maestro Zabala, el hombre que juzgan
responsable de que García Márquez leyera a Faulkner y a Dos Passos y a Virginia Woolf (y
de paso definiera su vocación novelística), caiga en la sombra, que siempre es injusta.
Apología del oficio, crónica del tiempo de la violencia, galería de curiosidades y
textos rescatables y reclamos de sombras injustas, nostalgias en fila, novedades que es
imposible que broten todavía en la biografía ajetreada y nunca escrita del autor más
leído sobre la tierra, todo eso es la materia prima de este conjunto de testimonios; que
admite, por supuesto, las siguientes precisiones, y acaso muchas otras.
Cuanto menos hable quien escribe, si
escribe sobre otro, tanto más afortunado será el libro. La política de Gustavo Arango
es confusa cuando se llega a ese punto: apartes, capítulos enteros en los que su voz se
reduce hasta extinguirse en la prudencia contrastan con sus intervenciones forzadas
como sin excepción son las intervenciones, cuando de literatura se trata,
llenas de cursilerías irredimibles y adjetivos cansados. No sucede esto con demasiada
frecuencia (pero sí con suficiente): por lo general el libro, un catálogo de anécdotas
deliciosas sobre los años que García Márquez pasó en El Universal de Cartagena, logra
interesar. Una introducción y una coda acaso sean útiles a un texto de esta naturaleza,
quizá a veces necesarias; pero, en Un ramo de nomeolvides, su
tono
seudopoético, protagonista y afectado las hace molestas al lector, y notoriamente
prescindibles. Por lo demás, creo que tanto el neófito a toda prueba como el experto en
García Márquez encontrarán alguna página que justifique la extensa y esforzada
investigación periodística de Arango, su rigor profesional y su amable seriedad.
Retóricos, pues, y más allá de lo que
precisa el libro, resultan los pasajes en que Arango toma la palabra, y que recuerdan,
hasta rozar sin miedo la parodia, ese chisme libresco que es La
llama y el hielo;
pero cuando habla Rojas Herazo, cuando habla Ibarra Merlano o Ramiro de la Espriella,
las anécdotas vagas cobran un carisma gratificante. Hay episodios hermosísimos, entre
los que cuentan quienes conocieron a García Márquez; entre quienes lo conocieron bien,
hay además juicios e ideas que interesarían a cualquiera. (La entrevista con Guerra
Valdés, ese escritor nicaragüense que inventaron García Márquez y Rojas Herazo, es un
pasaje para golosos: los novelistas empiezan a jugar con los conceptos de lo americano y a
indagar sobre ellos). A las conversaciones con estos personajes añade Arango la
recopilación sin miramientos de los artículos que redactó o pudo haber redactado
García Márquez para el periódico. No dudo que para algunos será excesiva esta
documentación pero a mí me parece uno de los mayores aciertos del juicio del autor: a
través de ellos se acerca el lector al ambiente de mitad de siglo, se acerca no muy
a menudo tendrá la oportunidad a la lucha de García Márquez con las palabras en
el marco de un periódico que luchaba contra la censura. Los efectismos inútiles, la
grandilocuencia, a veces la franca torpeza de un escritor que empieza, son simples
conjeturas para críticos o biógrafos. Con estos documentos pueden confirmar, de primera
mano, que no era mentira lo que decía Vargas Llosa que decía Sartre, y que le gustaba
decir: que el novelista no nace, sino que se hace; que la inspiración no existe; que una
novela es el fruto de un largo y tenaz duelo a muerte con el idioma. García Márquez
luchó y, por lo que se ve ahora, debió haber ganado. Pero en un tiempo no era ello tan
evidente, y constatarlo no deja de ser saludable.
Cuento, entre las sorpresas felices que
encuentra el lector de este trabajo, la carta que Cervantes escribió en 1590, solicitando
a las autoridades españolas un oficio como contador en Cartagena; el primer título que
al parecer tuvo La hojarasca;
el que Macondo haya sido un juego de
azar prohibido en Sucre en 1948; el que García Márquez haya anotado, en una copia del Orlando
que pertenecía a Cepeda Samudio, y alrededor de 1951, el siguiente reparo a la
escritura de la Woolf: "Imita mucho a Gabriel García Márquez".
Es sabido que los vicios persiguen a los
reseñistas. El libro de Arango agrada por las sorpresas que brinda, pero desagrada por el
postizo tono del autor cuando interviene, cosa que parece haberse vuelto recurrente en
publicaciones actuales: cree que es humilde si adopta la primera persona del plural para
referir sus apariciones, y resulta más hipócrita que otra cosa. "Ignoramos si
recuerda o no recuerda la cita que teníamos dice el entrevistador, que es uno
únicamente, "sólo sabemos que se siente tranquilo porque no somos alguien a
quien lleva ya muchos años esperando". Creo que es de lamentar que desconozca,
además, ciertas convenciones tipográficas que evitarían confusiones iniciales o por lo
menos harían una lectura más cómoda: las comillas se abren y se cierran con cada
párrafo y, como el autor es amigo irrevocable del punto aparte, hay páginas que parecen
diálogos anglosajones y no relatos de un entrevistado.
No se sabrá nunca qué hace que un libro
justifique su lectura ante un lector. Por lo pronto, esta investigación loable merece al
menos el primer intento.
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ
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