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Nicolás Gómez
Dávila: la pasión del anacronismo
ÓSCAR
TORRES DUQUE
Trabajo
fotográfico: Ernesto Monsalve
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Nicolás Gómez Dávila
durante su estadía en París (ca. 1930)
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NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA
(1913-1994) es el único pensador colombiano cuya obra constituye una sola
variación en torno al tema del reaccionarismo y que, por otra parte, es,
en efecto, reaccionaria. Variación que se redondea estéticamente en la
forma literaria denominada escolio y que carece de cuerpo de doctrina
sistemático distinto de un diálogo, recordado a solas, con el pensamiento
y la literatura occidentales. Puesto que es el paradigma del reaccionario
en Colombia, veamos dos versiones igualmente autoritarias de ese
paradigma; la primera es el párrafo inicial del Ensayo sobre el
pensamiento reaccionario, de E. M. Cioran, en cuyo caso bastaría cambiar
el nombre de Joseph de Maistre por el de este cartujo sabanero, y la
verdad no se modificaría un ápice:
Entre los pensadores que, como Nietzsche o san Pablo, poseyeron la pasión
y el genio de la provocación, Joseph de Maistre ocupa un lugar importante.
Elevando el menor problema a la altura de la paradoja y a la dignidad del
escándalo, manejando el anatema con una crueldad teñida de fervor, creó
una obra llena de enormidades, un sistema que continúa seduciéndonos y
exasperándonos. La magnitud y la elocuencia de sus cóleras, la vehemencia
con que se entregó al servicio de causas insostenibles, su obstinación en
legitimar más de una injusticia, su predilección por la expresión
mortífera, definen a este pensador inmoderado que, no rebajándose a
persuadir al enemigo, lo aniquila de entrada mediante el adjetivo. Sus
convicciones poseen una apariencia de gran firmeza: a la tentación del
escepticismo supo responder con la arrogancia de sus prejuicios, con la
violencia dogmática de sus desprecios
1
.
Por su
parte, tal vez antes o quizá poco después de lo escrito por el filósofo
rumano (el Ensayo es de 1957), el colombiano Hernando Téllez, amigo personal
de Gómez Dávila, escribió en uno de sus tantos e hiperlúdicos ensayos:
El
reaccionario es un animal humano a quien los progresistas consideran como
una especie de bestia prehistórica, cuya sola existencia los incomoda y
escandaliza. Ningún otro tipo de pensamiento consigue exasperarlos más
eficaz y coléricamente. No conciben la posibilidad de que alguien, capaz de
profesar un conjunto de ideas que niegan la totalidad del sistema en sus dos
fases, la comunista y la capitalista, pueda existir como tal, como criatura
humana. Les parece que esa existencia constituye no sólo un anacronismo
intelectual sino sencillamente una infracción, una equivocación, un error
imperdonable de la biología.
2
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Textos libro publicado por
Editorial Voluntad, Bogotá, 1959.
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En
ambos casos,
la introducción al reaccionarismo
resulta una declarada mala imagen que pretende ahuyentar a las buenas
conciencias y solidarizar a las que no se hallan. Un pensamiento tan
descaradamente despectivo de todo lo que signifique modernidad o, con más
veras, contemporaneidad, no puede en nuestro tiempo sino ser tachado de
inútil o resentido, o como la obra admirable de un condenado a cadena
perpetua, en las cárceles de la historia pero sin vista a la historia.
Sobre todo sobre este último aspecto quieren llamar la atención Cioran y
Téllez, el primero con asco de la historia y el segundo con el placer que
siempre le reportaron las inutilidades estéticas (Téllez nunca se declaró
reaccionario, quizá sólo porque también era un hombre político; pero en su
obra vive el mismo espíritu de Gómez Dávila). Y a decir verdad, en los
últimos treinta años de su vida, la cárcel o celda monástica de este
antiguo hombre de sociedad que frecuentaba los cocteles y jugaba polo (le
haremos más honor si decimos "hombre de clase", en el mejor sentido
evolutivo-etimológico de la palabra) era su biblioteca, que llenaba
inmensos recintos de su propia casa, ubicada en una afluida esquina
bogotana, en medio del tráfico y del fragor callejero, como un monumento
prehistórico que la rutina parece condenar al olvido a pesar de su insular
belleza.
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Dedicatoria de Nicolás Gómez a
Enrique Uribe White en un ejemplar del libro Textos.
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En
efecto, todo era prehistórico en la vida y obra de Nicolás Gómez Dávila.
Su aspecto podría ser el de un anciano tembloroso y desvalido, si su
estatura y la prótesis ortopédica que lo acompañó por muchos años, desde
que un infortunado accidente en el juego de polo le echó a perder las
caderas, no le dieran un aire monolítico, imponente, casi aterrador.
Históricamente, se había detenido en algún momento crucial de la evolución
cultural de Occidente que, en la medida en que para él seguía contando
valorativamente, era también una prehistoria. Él mismo se definió como
"católico, reaccionario y retardatario", y lo hacía vehementemente, con la
secreta esperanza de ahuyentar al joven incauto y admirado que lo visitaba
en su museo. Se negaba a opinar sobre "la situación", le importaba un
bledo qué destino tuvieran sus escritos o declaraciones, eludía cualquier
publicidad, rechazaba la cámara fotográfica. De sus escasas palabras de
interlocutor de salón, solamente eran enunciaciones vigorosas los
testimonios de sus odios, muchísimos, y de sus previsiblemente menores
admiraciones. Pero este boceto al desgaire no pretende tampoco crear mala
imagen, la de la fiera prehistórica. El amigo podrá decir -y Gómez Dávila
los tuvo fidelísimos- que Nicolás era un ser humano cálido. Dejemos al
monstruo -como para él son Homero, Dante y Shakespeare- vivir en sus
obras.
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Su esposa
Emilia Nieto de Gómez (ca.1933)
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Las
"obras" de Nicolás Gómez Dávila pueden conformarse con uno o dos títulos,
según si se tiene a mano -lo cual no es nada fácil- el publicado como
edición particular en 1959 en los talleres de Editorial Voluntad: Textos.
Es un libro, es verdad, pero quizá había dejado de existir para su autor,
cuya memoria, con ser memoria milenaria, comenzaba a carecer de recuerdos en
sus últimos años. Poco tiempo después de la publicación de Textos, la
revista Mito, esa cazadora de "textos de ruptura", según palabras de Jorge
Gaitán Duran, publicó unas "Notas" del reaccionario. Pero sólo en 1977, la
obra -que es una sola, en verdad- toma cuerpo con la aparición de
Escolios a un texto implícito, en dos volúmenes, editados por el
Instituto Colombiano de Cultura en la colección Autores Nacionales, gracias
a los buenos oficios de un joven y admirable rescatador de osamentas. Los
Escolios han tenido dos nuevas ediciones, aumentadas, con la mediación
siempre de los mismos y escasos admiradores de su obra.
Una mirada reflexiva sobre los títulos de su "historia editorial" nos
presenta una curiosa constatación: la del asistematismo. "Textos" puede ser
cualquier cosa y, si se da como título a un volumen, uno no puede tener la
mínima idea del contenido del libro antes de abrirlo. En realidad, podía ser
cualquier cosa; Gómez Dávila reflexionaba sobre todo, en general, pero más
que eso hilvanaba palabras y construía hermosos períodos musicales con las
frases. "Notas" también podía ser cualquier cosa; ni siquiera un criterio
editorial, de Gaitán Duran o Valencia Goelkel, se permitió alterar el título
para hacerlo más llamativo a sus lectores -de la revista-; las "Notas" ya
eran los escolios, pero, tras la experiencia de Textos,
indiscutiblemente un libro poético, Gómez Dávila se sentía más modesto y tal
vez más escueto para presentar su pensamiento. Igual, las notas eran...
¿sobre qué? Sobre cualquier cosa también, pero escritas no por cualquier
pensador.
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Nuevos
escolios a un texto implícito. Procultura publicó este libro (2 volúmenes)
en 1986.
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Es decir,
existía ya un pensamiento -no pensamientos- detrás de ese afán de construir
aseveraciones verbales, relativamente barrocas. Tal vez Gómez Dávila pensara
entonces que ese pensamiento no era suyo, esto es, una creación suya, como
el pensamiento de un filósofo sistemático, pero era su diálogo con múltiples
pensamientos, sistemas y asistemas que existían en textos, en auténticos
textos originales, que Gómez Dávila había leído. Para una misma obra y un
mismo pensamiento encuentra el reaccionario entonces su cauce, su
denominación, su tradición y, por tanto, su importancia: Escolios a un
texto implícito. Los escolios son "textos" o "notas" pero
suficientemente concisos y especializados desde el punto de vista del oficio
de su autor -el escoliasta- como para, esta vez si, ser algo: una brevísima
síntesis de toda una tradición del pensamiento Occidental: el pensamiento
reaccionario. Cada escolio, que debe entenderse como comentario a un texto
(sólo que en este caso la fuente no se da, y ello explica la segunda parte
del título: el texto está implícito), es ese resumen, esa síntesis, de un
pensamiento maravillosamente integral, el más integral de todos, pues
compromete en su autor no solamente la razón, sino toda una vida, por
absurda que esta pueda resultar poniendo en juego los valores que ha
inteligido. Por eso el escolio es una totalidad, como un poema, y no es más
que poéticamente como podemos leerlo. Que el comunismo o la burguesía sean
desechos de una evolución decadente es algo que se puede discutir, pero no
que sean imágenes reales de la decadencia de un mundo imaginario donde
efectivamente lo son. El mundo imaginario es real -porque está poblado de
imágenes, que son objetos- pero no histórico, y es aquí donde puede estar el
desfase del lector fastidiado por los ascos del reaccionario. Ahora bien:
que el reaccionario crea que está hablando de la historia es otra cosa.
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Hacienda Canoas Gómez, propiedad de la familia Gómez Dávila. Soacha,
Cundinamarca.
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Textos
ya era, acaso sin las cóleras sagradas de los Escolios, la literatura
de un
reaccionario, aunque sin un pensamiento muy
definido. La ilusión tipográfica no era seguramente la ilusión de Gómez
Dávila: lo que parecía un texto íntegro o, a duras penas, dividido en unas
pocas partes y con cerca de doscientas páginas, estaba desmentido por el
título: eran varios textos, metidos en párrafos de relativa extensión. Más
acorde con la realidad del libro hubiera sido titularlo "Frases", pues el
autor iba zurciendo oraciones rotundas, a veces con evidentes muestras de
subordinación gramatical en el desarrollo de sentencias, y a veces no. Una
segunda frase no siempre era ampliación del contenido de la primera, pues la
característica de cada oración era la autonomía y la expresión fulgurante de
un pensamiento. Pero lo que quizá haya querido olvidar Gómez Dávila es que
ese pensamiento aún no se libraba (o, afirmativamente hablando, aún se
libraba) al yugo de la metáfora y de la analogía poética. El pensador se
veía un tanto relegado por el poeta, aunque, a decir verdad, Gómez no
aceptaría tal dicotomía. Pero la dicotomía se impuso allí, pues el tono,
lírico y todo, era el de un meditador que quería -como siempre quiso y en
sus Escolios logró- ser espontáneo sin conseguirlo; de la simple máxima,
casi tópica, del meditador moralista, los textos iban gradualmente a la
intrincada especulación del filósofo. Pero el paso gradual no se daba como
argumentación, con lo cual estaríamos ante una obra filosófica, sino por
enlaces de sugerencias poéticas, por síncopas yacísticas más que por
narración sinfónica. Veamos algunos ejemplos de esta poesía meditativa y
protofilosófica que presagiaba la poesía escolástica: "No es el huésped
angélico caído en medio de una pululación de larvas. Ni la bestia enceldada
en la concreción de su carne. Ni el espejo de una fantasmagoría de masas
obedientes a sus solas trayectorias materiales. El hombre no es el mero
sujeto, el espectador inmaculado, la pupila solitaria dilatada en el centro
del espacio universal"
3
; "Aferrado a
su propósito prescrito, el animal se cumple si asegura su tránsito: vivir es
su única victoria, y morir su único fracaso. Sólo riesgos vitales lo acechan
en el turbio espacio"
4
; o bien:
Toda
teoría que presuma evadirse del tiempo es obra de un anhelo que el tiempo
engendra, en materiales que el tiempo labra. El artificio más abstracto
radica en la impura confusión de la historia, y de allí convoca su
incorrupta florescencia. Nada, quizás, limite la ascensión de las cimas,
pero el viento perdura en la inclinación de las ramas, y la sierpe de raíces
ata el tronco inmóvil a los jugos de entrañas sombrías
5
.
Pero
también hemos dicho que no hay aquí un pensamiento definido. El
reaccionarismo es apenas una pura voluntad estética, un no proyectar la idea
hacia ninguna parte sino afirmarla en su rotunda belleza. Faltan el diálogo
y la conciencia culturales de Occidente que caracterizarán sus Escolios.
¿Cómo es posible que el autor de los Escolios sea el mismo que escribió: "La
aprensión reaccionaria, que provoca cada episodio democrático, inventa la
teoría de los derechos del hombre y el constitucionalismo político para
alinderar y contener las intemperancias de la soberanía popular"
6
? Tal vez
aquí el conservatismo político, que luego despreciaría olímpicamente, le
haya inspirado la expresión "aprensión reaccionaria" como una postura
comprometida socialmente.
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Nicolás
Gómez en la Hacienda Canoas Gómez.
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En la
tradición del género de los escolios es posible que cuenten las obras del
moralismo francés de los siglos XVII y XVIII (La Bruyére, La Rochefoucauld,
Rivarol), incluso, más atrás, el propio y para nada moralista Montaigne, por
su fragmentariedad, y el mismo Pascal. Pero es indudable que la conciencia
de género de que hace gala el pensador sabanero, y aunque le pese, es mucho
más moderna. A lo sumo, yendo hacia atrás, y en la misma línea de un
reaccionarismo monarquista y ultracatólico -y en lengua española- podemos
hallar el nombre y la singular figura de uno de los apóstoles de la reacción
española posborbónica: Juan Donoso Cortés (1809-1853). Sus Pensamientos,
aunque no son escolios en el sentido de glosa con una fuente, poseen la
misma eficacia descalificadora, la misma fuerza del dogmatismo: "El género
humano había instituido la nobleza de la virtud; la revolución dejó
instituida la del crimen"
7
; "El hombre no puede mantener en equilibrio las
cosas sino manteniéndolas en su ser, ni mantenerlas en su ser sino
absteniéndose de poner en ellas su mano"
8. Con lo cual, y bastando tres
nombres, queda demostrado que es recurrente la pasión del anacronismo: De Maistre, Donoso Cortés, Gómez Dávila.
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En su
biblioteca Gómez Dávila pasó la mayor parte de su vida.
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Más cerca
todavía que el propio Donoso, una moderna tradición aforística avala el
proyecto literario de nuestro autor: partiendo -aunque le pese- del mismo
Nietzsche, pasando por Juan Ramón Jiménez, Cioran, Wallace Stevens y Antonio
Porchia. Y entre nosotros, el difuso Fernando González e incluso
-especialmente con sus "márgenes"- el propio Hernando Téllez.
Si los
"textos" o las "notas" podían versar sobre cualquier cosa, los Escolios,
aparte de ser poesía, esto es, siguiendo de cerca lo dicho justamente en uno
de ellos, de no versar sobre un tema sino ser registros de la impresión de
un objeto concreto, desarrollan sin academicismo ni orden predeterminado
unos hilos arguméntales básicos que se entrecruzan y se repiten
cíclicamente: historia (o su contrarrealidad, la "historia de la cultura"),
tradición, aristocracia, catolicismo, arte y literatura ("crítica" e
"historia", contrarrealidades) y cultura. Son todos "temas" pero sabemos que
son registros espontáneos-, tópicos del pensamiento reaccionario: la
historia porque lo ofende (es, para él, el origen de su reacción); la
tradición y la cultura porque son la esencia de dicho pensamiento (y en
tanto esencia son la misma cosa); la aristocracia, porque es el escenario de
su refugio ahistórico; el catolicismo en la medida en que es vivencia
sagrada del orden mundano; y el arte y la literatura, porque para él son las
instancias donde, de manera mas habitual, se expresa la reacción contra la
mancilla del tiempo histórico, o mejor, de toda modernidad o
contemporaneidad. Veamos ahora un pequeño muestrario “registrado” de los
Escolios.
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Diseño
para el volumen publicado por Colcultura, en 1977, del libro Escolios a
un texto implícito I.
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Diseño
para el volumen publicado por Colcultura, en 1977, del libro Escolios a
un texto implícito II.
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En general, la historia en la obra de Gómez Dávila tiene una triple
implicación, entendida como pura sincronía y por ello mismo fundamentalmente
anacrónica: la historia del pensamiento occidental, leída críticamente, pero
con evidente placer de saqueador: “Nominalismo y realismo no son corrientes
filosóficas paralelas o sucesivas, sino períodos históricos. //En ciertas
épocas la realidad se pulveriza en individuos. En otros tiempos los
universales son los protagonistas de la historia"
9
; o bien: "Con sus manos
democráticas Lamennais estranguló el alma de Sainte-Beuve.// El primer
trofeo del catolicismo progresista fue la incredulidad del hombre más
inteligente de su siglo"
10
(el escolio registra una admiración y un odio,
pero no los interpreta históricamente: Lamennais es un soberbio escritor -lo
está leyendo- pero su incredulidad es injustificable -el católico no puede
ser incrédulo-). Una segunda implicación de la historia como asunto de los
Escolios es la de una historia universal que se detuvo en algún punto
crítico de la evolución cultural de Occidente (y por eso ya no tenemos más
historia): "Al enterrar en la tumba de Leibniz la idea de Sacro Imperio, el
Occidente selló su destino"
11
; "Sólo Roma supo mandar sin pretextos
ideológicos"
12
. Y finalmente está la implicación de la crítica a la
modernidad o a la contemporaneidad (la una, actitud transgresora respecto
del presente; la otra, vida actual), que nosotros podemos interpretar como
crítica de la historia, o sea -para Gómez Dávila-, de ese apéndice
desastroso e inhumano de la verdadera historia, que ya pasó; es en esta
implicación donde la capacidad de Gómez de ser injurioso con sentido
estético llega a su máxima expresión: "No esperemos que la civilización
renazca, mientras el hombre no vuelva a sentirse humillado de consagrarse a
tareas económicas"
13
; o bien: "Sólo puede ser optimista la inteligencia que
ya husmea en la civilización moderna un tufillo mortecino"
14
; o la anatematización de un fenómeno esencialmente contemporáneo: "Todo tema que
circule por los periódicos sale envilecido"
15
.
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Gómez
Dávila en la sala
(ca. 1981).
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La
tradición en Gómez Dávila siempre se identifica con un pasado -lo cual no es
norma reaccionaria, salvo en el carácter, además, retardatario-; aunque él
considere que ese pasado es histórico y está resumido en un momento de
esplendor que es el monumento en que se lee una tradición (porque la
tradición nunca es abstracta), sabemos que más bien es un pasado
prehistórico o mitológico, en la medida en que el mismo autor se ha
encargado de negar la historia y de asumirla como cultura, es decir, como
instantes cuajados en obras que no transcurren más, a las que no les pasa el
tiempo, producidas por artistas geniales (esta posibilidad ideal de una
historia detenida es lo que hemos llamado "prehistoria"). Ejemplos: "Para
innovar sin romper una tradición debemos liberarnos de nuestros predecesores
inmediatos vinculándonos a nuestros remotos predecesores"
16
; "No pertenezco
a un mundo que perece. //Prolongo y transmito una verdad que no muere"
17
.
Hagamos aquí una paráfrasis del universo aristocrático que late en la obra
de Gómez Dávila. El reaccionario es necesariamente un aristócrata, pertenece
a la
clase (por eso siempre es clásico), concepto que nada tiene que
ver con el promovido por Marx y sus secuaces, sencillamente porque el
elegido (el excepcional) no lo es por oposición a los que no lo son, porque
son inferiores, ya que no hay comparación entre clases, pues el concepto
griego de clase (orden) es excluyente. En una comunidad jerarquizada,
la clase establece la gradación de los grupos inferiores; pero éstos no son
otras clases, sino emanación sagrada de la primera; por eso el campesino,
sin aspiración de riqueza, poder o consideración, es también un ser sagrado
en la jerarquía (mientras se mantenga en ella). La clase no es social. Como
diría Cayetano Betancur, otro pensador de corte reaccionario, toda sociedad
es simulada; la clase, en cambio, es auténtica (la soporta un origen
mitológico), es decir, original; nunca será un grupo social sino un grupo
espiritual.
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El
abuelo y sus nietos (ca. 1981).
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Los dos
nietos más pequeños y su abuelo (ca. 1981)
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En Gómez
Dávila también el hombre de clase aparece por comparación con sus iguales,
salvo cuando sirve de contraste con el mundo actual, en el cual
sencillamente es único. La clase es un gobierno (una
cracia)
en la medida en que el aristócrata posee un modelo o
autoridad y ese modelo impone un cauce o límite a su vida: es su ley, sin
que este concepto implique idea alguna de coerción (me gobierno y gobierno
mi circunstancia porque hay autoridad en mi vida). Toda aristocracia se
sostiene en el principio del valor, llámese éste arete, kalokagathia,
nobleza, honor, belleza, jerarquía. Se trata siempre de un principio
heroico, sagrado. Veamos: "El gesto aristocrático es el que ninguna
necesidad engendra y que un auténtico valor suscita"
18
; "Las aristocracias
son orgullosas, pero la insolencia es fenómeno plutocrático. //El plutócrata
cree que todo se vende; el aristócrata sabe que la lealtad no se compra"
19
;
"El 'elitismo' (como hoy dicen los imbéciles) es el requisito básico tanto
de las instituciones como de las bibliotecas"
20
.
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En
1992 el Instituto Caro y Cuervo publica
Sucesivos escolios a un
texto implícito.
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El rasgo
distintivo del catolicismo es para Gómez Dávila la tragedia. En este punto
habría que matizar lo que entiende el reaccionario por ese concepto, pues
nosotros no encontramos el espíritu de la tragedia en ningún escolio, y
seguramente la acepción nada tiene que ver con el espíritu báquico,
convertido en drama humano en la Grecia apenas unos lustros anterior al
siglo de Pericles. Por una parte, esa tragedia se basa en la historicidad de
la religión cristiana: Dios es inalcanzable y el hombre apenas un insolente
productor de quimeras que acaso si lo vislumbran. Sin embargo, no es el
esencial abandono del hombre a su condición terrena y peregrinante lo que
determina ese carácter trágico, sino una sacralidad ante todo pagana, en la
medida en que remite todo culto a una veneración estética, la que preside la
expresión de su religiosidad. Mal que bien, la tragedia no es más que el
reconocimiento de un límite antinatural, tal vez de una pequeñez indigna,
pero ese reconocimiento permite al espíritu su liberación de vanos
sacrificios y la asunción de su terrenalidad como una dignidad sagrada; no
importa que haya escrito: "El cristiano sabe que el cristianismo cojeará
hasta el fin del mundo"
21
. No el drama de la fe, que evidentemente es un
drama, sino el regodeo en la certeza de un destino, es lo que se impone.
Nunca es Gómez un posible apóstata: "Sólo el católico próximo a apostatar se
irrita con las somnolencias providenciales de la Iglesia"
22
; siempre, una
criatura consciente de que "la cristiandad es posibilidad humana, el reino
de Dios es posibilidad puramente divina"
23
. El Dios de la angustia, el unamuniano, no es en Gómez, como otro de sus escolios lo recuerda, más que
un Dios teológico; pero los Escolios no son la obra de un teólogo, ni
de nadie que haya tentado o se haya perdido en esos caminos metafísicos. La
afirmación: "El ladrón que se santigua antes de robar indigna al puritano.
Yo reconozco a un hermano"
24
, es tanto más gozosamente medieval cuanto nos
parece absolutamente sincera. Si admitimos que Francois Villon no era un
poeta angustiado sino un poeta ante la muerte, un pecador arrepentido pero
vital, entonces podemos, a través de la analogía, pensar en la religiosidad
católica de Gómez Dávila no como una tragedia sino como una exultante
marginalidad.
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Nicolás Gómez Dávila, 1990.
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Los
Escolios a un texto implícito son también una historia (implícita) del
arte y la literatura; una crítica de arte y literaria. En cualquiera de los
dos casos podemos emplear las comillas, pues su historia literaria, por
ejemplo, se sujeta al puro gusto de los hitos estéticos o, a lo sumo,
eruditos, y cubre un lapso que va de Homero a Marcel Proust. En Proust
termina esta "historia literaria" (¿o acaso no se le salió alguna vez un
comentario sobre Borges?). La "crítica", a su vez, tendría un doble aspecto:
el juicio de valor proferido sobre los grandes modelos, y la sátira
despiadada de todo arte o literatura pretendidamente modernos. Sólo es
crítico quien valora -y escoge-, no el que hace disección, parece decirnos
Gómez Dávila. Y estética no significa estilística ni retórica: "La obra de
arte no es un artefacto preparado para ejercitar nuestra facultad de
análisis, sino aparato para incitarnos a disparar juicios de valor"
25
. Este
escolio puede estar presidido por uno de los "textos" del 59: "El valor
estético es la evidencia de un ser-así irrefutable. El valor estético es
verdad de una naturaleza, límpida adhesión a una esencia. Verdad no es
aprehensión de objetos, ni contemplación de ideas, ni coherencia entre
principios, sino posesión de un universal concreto"
26
... Ya hemos aprendido
a identificar este tipo de crítica entre algunos de nuestros escritores,
para quienes el gusto lo es todo, una educación y un espíritu. Ahora bien:
tanto la obra de arte como de literatura están fuera de la historia; son,
como decíamos, hitos, imágenes, puras idealidades concretas: "A Homero,
poeta de la aristocracia jónica, y a Dante, poeta del ordo medieval, hay que
agregar a Shakespeare, 'poeta del feudalismo' según Morley).//La reacción no
anda mal de poetas"
27
. Por el contrario, no sólo la literatura moderna, sino
la contemporánea de cualquier época (también efecto de visual retardataria;
no está implícita en los escolios la pregunta de si Dante o Shakespeare no
fueron "poetas de su tiempo"), es una imposibilidad: "Una antología de
poesía contemporánea, en cualquier época, resulta pronto un camposanto de
abortos"
28
.
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Nicolás Gómez Dávila y su esposa, 1990.
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La obra
toda de los Escolios, que crece pero cerrándose, es un puro trabajo
de cultura. La idealidad que allí subyace y su anacronismo, su falta de
sentido histórico y por tanto su escandalosa positividad, no tendrían otra
justificación por fuera de esa órbita, es decir, la del mundo estético (el
mismo Gómez Dávila admitió que el reaccionarismo es más una postura estética
que ética, pues el mal no es sobre todo nocivo porque produzca obras
inmorales, sino porque las produce feas). En dicha postura sí existe un
compromiso vital, aunque ese compromiso, nuevamente, no sea histórico y
carezca, con toda la intención del caso, de proyección social. Su negación
del principio democrático es antes que nada una afirmación del principio
cultural, que, ya sabemos, no coincide ni con lo social ni con lo nacional:
"Una cultura muere cuando nadie sabe en qué consiste o cuando todos creen
saberlo"29. En la medida en que son un gusto y delatan una educación, y sólo
en esa medida, los Escolios a un texto implícito pueden leerse como
literatura y valorarse como tal. El pensamiento en ella, como es propio de
la realidad reaccionaria, está implícito (y en este caso no es sólo el
texto-fuente), pero leerlo como algo aislado tampoco debe aterrarnos, pues
hoy todavía el pensamiento de Platón puede hablarnos, no tal vez por su
sentido histórico, pero sí como una construcción coherente, en cuya armonía
el espíritu individual puede aún hallar verdades universales. Si ellas
carecen de utilidad, en cambio son portadoras de vida.
____________
1.
|
E. M. Cioran, Ensayo sobre el pensamiento reaccionario, Bogotá, Tercer
Mundo-Montesinos, 1991, pág. 9.
|
2.
|
Hernando Téllez, Confesión departe, Bogotá, Ediciones del Banco de la
República, 1967,
pág. 99.
|
|
3.
|
Nicolás Gómez Dávila, Textos, Bogotá, Voluntad, 1959, pág. 18.
|
|
4.
|
Ibíd., pág. 108.
|
|
5.
|
Ibíd.,pág. 140.
|
|
6.
|
Ibíd., pág. 77.
|
|
7.
|
Juan Donoso Cortés, Pensamientos, Madrid, Nueva Biblioteca Filosófica,
1934, pág. 186.
|
|
8.
|
Ibíd.,pág. 90.
|
|
9.
|
Gómez
Dávila, Escolios a un texto implícito, Bogotá, Colcultura, 1977, vol. II,
pág.7.
|
|
10.
|
Ibíd., pág. 192.
|
|
11.
|
Gómez
Dávila, Nuevos escolios a un texto implícito, Bogotá, Procultura, 1986,vol.II,pág.76.
|
|
12.
|
Ibíd, pág. 29.
|
|
13.
|
Gómez
Dávila, Escolios, op. cit., pág. 13.
|
|
14.
|
Ibíd., pág. 20.
|
|
15.
|
Gómez Dávila, Nuevos escolios, op. cit.,pág. 191.
|
|
16.
|
Gómez
Dávila, Escolios, op. cit., pág. 360
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17.
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Ibíd.,
pág. 500.
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18.
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Ibíd,
pág.24.
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19.
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Gómez
Dávila, Nuevos escolios, op. cit., pág. 169.
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20.
|
Ibíd, pág. 119.
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21.
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Ibíd.,
pág. 31.
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22.
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Gómez Dávila, Escolios, op. cit., pág. 50.
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23.
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Ibíd,
pág. 406.
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24.
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Gómez Dávila, Nuevos escolios, op. cit.,pág. 185.
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25.
|
Gómez Dávila, Escolios, op. cit., pág. 5.
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26.
|
Gómez
Dávila, Textos, op. cit.,pág. 125.
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27.
|
Gómez
Dávila, Escolios, op. cit., pág. 21.
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28.
|
Ibíd,
pág. 406
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