Boletín Cultural y Bibliográfico . Número 40. Volúmen XXXII. Editado en 1997
 

Setenta y cinco por ciento sabían firmar


La expedición de Gonzalo Jiménez de Quesada al Mar del Sur y la creación del Nuevo Reino de Granada
José Ignacio Avellaneda Navas
Colección Bibliográfica, Banco de la República, Santafé de Bogotá, 1995, 370 págs.


B407.jpg (18241 bytes)Con paciencia benedictina, José Ignacio Avellaneda ha venido elaborando, tallando, esculpiendo las biografías de los primeros conquistadores y colonizadores del Nuevo Reino de Granada que vinieron con las expediciones de Nicolás de Federman, Sebastián de Belalcázar, Alonso Luis de Lugo y Jerónimo Lebrón, dedicando un libro a cada una de ellas. Faltaba el relato de la principal de todas: la de Gonzalo Jiménez de Quesada, no sólo la primera por su antiguedad, sino por la importancia de las gentes que la conformaron. Con Quesada llegaron, en efecto, hombres que después se destacarían en el Nuevo Reino de Granada como conquistadores, funcionarios, políticos o simplemente encomenderos. Otros volverían a España con sus riquezas. Esas condiciones de liderazgo fueron percibidas por el gobernador Pedro Fernández de Lugo, el organizador de la hueste, quien nombró capitanes a algunos de ellos. Otros sobresalieron por su riqueza, que les permitió comprar un arcabuz o un caballo, lo cual les daba una incuestionable ventaja. Copiamos una lista que no comprende, como es obvio, todos los 13 arcabuceros ni todos los 33 caballeros que llegaron vivos a Bogotá

Juan de Albarracín, capitán de bergantín.
Juan de Céspedes, capitán.
Gómez del Corral, capitán de bergantín.
Antonio Díaz Cardozo, capitán de bergantín.
Pedro Fernández de Valenzuela, capitán.
Lázaro Fonte, capitán.
Martín Galeano, soldado de a caballo.
Juan del Junco, capitán.
Antonio de Lebrija, tesorero y capitán.
Antón de Olalla, alférez.
Hernán Pérez de Quesada, alguacil mayor.
Juan de San Martín, contador y capitán.
Gonzalo Suárez Rendón, capitán.
Juan Tafur, soldado de a caballo.
Hernán Venegas, soldado de a caballo.

Albarracín viajó con Quesada, Belalcázar y Federman a España en 1539. Parece que nunca volvió. Juan de Céspedes fue alcalde, regidor, teniente general y justicia mayor. Gómez del Corral retornó a España en 1540 y jamás regresó. Antonio Díaz Cardozo fue, con Albarracín, uno de los que encontraron la entrada por el río Opón que formaba parte del "camino de la sal". Pedro Fernández de Valenzuela fue encomendero y murió, siendo sacerdote, en España. Lázaro Fonte opaca su liderazgo con las crueldades y violaciones de niñas que cometió. Martín Galeano fundó a Vélez. Juan del Junco fue militar en Hungría e Italia. Iba con su hueste para Cartagena, pero la audiencia de Santo Domingo lo desvió a Santa Marta. Regresó en 1541 a esta ciudad y se residenció en Santo Domingo. Antonio de Lebrija dio su nombre al río Lebrija. Regresó a España en 1539. Antón de Olalla peleó en Italia y fue alférez de Quesada, regidor, alférez mayor, capitán y alcalde de Santafé. Hernán Pérez de Quesada sucedió a su hermano en el gobierno de Nueva Granada, comandó la expedición a Eldorado y fue cruel con los indios. Tenía en su casa veinte y tantos negros esclavos. Juan de San Martín descubrió el río San Jorge antes de ir a Bogotá. Volvió a España en 1539. Gonzalo Suárez Rendón peleó en Alemania, Italia y Hungría, fundó a Tunja, en donde se destacó como encomendero y líder político. Se salvó milagrosamente de morir en el Cabo de la Vela a causa de un rayo que mató a Hernán Pérez de Quesada y a otro hermano de Jiménez de Quesada cuando estaban embarcados. Juan Tafur se abstuvo de pasar la raya que trazó Francisco Pizarro sobre la arena de la isla del Gallo y por eso no estuvo entre "los trece de la fama". Se fue a Panamá y de allí pasó a Santa Marta. En 1576 fue contador del Nuevo Reino y llegó hasta los 80 años. Hernán Venegas fundó a Tocaima en 1544 y después recibió el título de mariscal. Murió de 70 años.

Antes de presentar las 173 biografías de los que llegaron con vida a la sabana de Bogotá, Avellaneda subraya, con razón, que el destino de la expedición de Quesada era descubrir un camino al Mar del Sur para desde allí pasar al Perú. Pero cuando aparecieron los panes de sal y se tuvo noticia de los indios muiscas, la hueste se desvió y cambió de propósito.

Los 173 sobrevivientes que participaron en el reparto del oro y de las esmeraldas eran en su mayoría "rodeleros"; es decir, de bajo nivel social. Sólo figuraron, como ya dijimos, 13 arcabuceros y 33 caballeros que recibieron un porcentaje mayor del tesoro. Trece arcabuceros no llegan a ser el 10% de la tropa, lo que demuestra la escasa participación de las armas de fuego en esta y otras conquistas del siglo XVI en América.

Avellaneda hace, al final del libro, observaciones de conjunto que le dan gran interés y utilidad al relato. Es notable la longevidad de los conquistadores que se quedaron en el Nuevo Reino, lo que demuestra las bondades de su clima. De setenta de cuya muerte se tiene noticia, cuatro sobrepasaron los 80 años y veintitrés, sí, veintitrés, pasaron los 70 años; es decir, en total, Ħel cuarenta por ciento! Regionalmente, hay un predominio de andaluces (31), de castellanos (21) y de extremeños (12), con lo que se sigue la tendencia general. Once eran portugueses. Setenta y cinco por ciento sabían firmar, lo que no quiere decir que todos ellos supieran leer y escribir, pero en todo caso es una alta proporción que quizá le imprimiera carácter a Bogotá y a Tunja, ciudades cultas por excelencia durante la colonia y la república. El 47% de los expedicionarios tuvieron hijos con indias, lo que indica la temprana aparición del mestizaje entre nosotros. Ninguno se casó con ellas.

Ésta es, sin duda, la más acabada de las obras del erudito investigador José Ignacio Avellaneda. Las biografías de los 173 compañeros de Quesada no son monótonas, pues están presentadas en forma novedosa y variada. Además vienen antecedidas y seguidas por interesantes estudios y cuadros de conjunto. Debido a una larga permanencia en los Estados Unidos, el profesor Avellaneda comete, aunque escasas veces, errores de sintaxis, morfología y ortografía que son perfectamente excusables dentro de un trabajo de tanta importancia.

NICOLÁS DEL CASTILLO MATHIEU