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De
los ejércitos electorales al ejército nacional
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El ejército y las elecciones.
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Ensayo histórico
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Patricia Pinzón de Lewin
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Cerec, Santafé de Bogotá, 1994,
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205 págs.
En 1933, el ministro de Guerra
recibió el siguiente mensaje: "Evitar sangriento conflicto siempre deplorable pero
más estos momentos peligro nacional, rogámosle enviar ejército municipio Bolívar,
próximas elecciones". No era ni la primera ni la última vez que desde alguno de los
tantos municipios colombianos se pedía la colaboración del ejército para garantizar el
orden público durante las contiendas electorales. Dos años antes, cerca de 150
municipios habían solicitado la colaboración de la fuerza pública con similares
objetivos. Para estos municipios era claro que la presencia de los soldados servía para
contener los conflictos que amenazaban con desbordarse.
En este ensayo, novedoso y bien
documentado, Patricia Pinzón de Lewin ha trazado la historia del papel del ejército en
las elecciones colombianas, desde los orígenes de la república hasta el advenimiento de
la dictadura en 1953. Pinzón de Lewin describe cómo de un ejército de partido,
"aún de facción", los colombianos pasamos a contar con un ejército que, en la
medida en que se profesionalizaba, se fue convirtiendo en árbitro de las disputas
electorales y, como tal, en guardián del orden constitucional. Visto desde otra
perspectiva, este libro es la historia de cómo se fue formando la tradición civilista en
el ejército colombiano.
El de Patricia Pinzón de Lewin es un
trabajo doblemente novedoso. En primer lugar, viene a enriquecer el abandonado campo de la
historia electoral en Colombia. En segundo lugar, al estudiar las relaciones entre las
elecciones y el ejército, este ensayo arroja luces sobre un tema de enorme interés para
la historia política del país, igualmente poco estudiado: la violencia electoral. En
ambos casos, su análisis desafía viejos estereotipos y lugares comunes. Su narrativa y
sus argumentos vienen acompañados del uso sistemático de diversas fuentes, entre las que
se destacan las memorias de los ministros de Guerra, los relatos de los protagonistas y
los documentos consulares. Debido al enfoque cronológico, el trabajo se vuelve a ratos
repetitivo, aunque sirve al propósito de mostrar la evolución de las funciones del
ejército al vaivén de nuestra historia política.
La participación del ejército en la
vida electoral del país ha estado llena de matices. Durante el siglo XIX, su presencia en
las urnas, si bien significativa, estuvo lejos de ser un factor determinante en los
resultados. Ante todo, sus números no sumaban. Patricia Pinzón de Lewin ha
identificado con claridad las cifras: 500 en 1857, 450 en 1859, 800 en 1864. Diez años
más tarde, el ministro británico en Bogotá observaba que, con escasos 1.500 soldados,
el ejército colombiano prácticamente no existía. Es cierto que la tropa se incrementó
a partir de 1880 bajo la fórmula regeneradora de Rafael Núñez. Se necesitaba del
ejército para imponer orden. Pero su influencia en las elecciones siguió siendo
limitada.
Siempre existió la tentación de
utilizar a los soldados como electores. Tal era con frecuencia uno de los argumentos de
quienes eran derrotados en las urnas para ilegitimar los resultados electorales. Sin
embargo, frente a las elecciones, los miembros del ejército a menudo se dividían, como
lo hacían casi todos los colombianos. Así sucedió en 1875, uno de los ejemplos más
claros de la ineficacia electoral de un ejército políticamente dividido. Durante la
segunda década de este siglo, por lo menos en la costa, los conservadores no podían
confiar en unas guarniciones donde la mayoría de sus reclutas eran liberales. Y ya para
entonces el ejército se había decidido informalmente por una política de
abstencionismo, impulsada inicialmente por la Unión Republicana. Cuando finalmente a
comienzos de la década de 1930 se prohibió el voto para los militares en servicio
activo, muchos oficiales no se sintieron afectados por la ley, pues, como lo recordaría
más tarde el general Bayona Posada, "nunca habíamos votado".
La intervención del ejército no debe
buscarse, pues, en las urnas. Su papel histórico en las elecciones, sobre todo después
de 1909, fue con frecuencia el de servir de árbitro de conflictos. A petición casi
siempre, hay que advertirlo, de las mismas autoridades civiles. Y, también hay que
advertir, muchas veces el ejército cumplía este papel a regañadientes. Así lo
comprueba la respuesta del ministro de Guerra a la solicitud de intervenir en los
conflictos del Tolima en 1916: "Este despacho considera que el servicio de guardar
elecciones no corresponde al ejército". A largo plazo, el ejército surgiría como
garante del orden constitucional, apegado a una tradición civilista que le debe mucho al
movimiento Republicano de Carlos E. Restrepo, a la generación del Centenario y, en
particular, a las enseñanzas de don Tomás Rueda Vargas.
Recordaba el historiador español Carlos
Dardé cómo, a falta de elecciones durante la dictadura franquista, los académicos en su
país se dedicaron a estudiar la historia del sufragio. Algo similar ocurrió
recientemente en la Argentina, donde la transición hacia la democracia ha estimulado los
estudios electorales. En ambos países, la historiografía electoral ha visto avances
significativos. La experiencia de Colombia parece ser todo lo contrario: frente a unas
elecciones recurrentes, los historiadores han preferido pasarlas por alto. Por supuesto
que ha habido excepciones. Y hay indicios de un creciente interés. En su último libro -Entre
la legitimidad y la
violencia, 1875-1992 (Santafé de Bogotá, Editorial Norma,
1995) -, Marco Palacios dedica notable atención a nuestra historia electoral. Y en un
ensayo reciente, aparecido en el Anuario de historia social de la cultura,
Medófilo Medina analiza la participación del clero en las elecciones de 1930. El libro
de Patricia Pinzón de Lewin es de todas maneras una contribución extraordinaria en un
terreno aún inexplorado. Es de esperar que con él se anime el interés por el estudio de
unas tradiciones electorales que se confunden con la misma historia nacional.
EDUARDO POSADA CARBÓ
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