Boletín Cultural y Bibliográfico . Número 40. Volúmen XXXII. Editado en 1997
 

De los ejércitos electorales al ejército nacional


El ejército y las elecciones.
Ensayo histórico
Patricia Pinzón de Lewin
Cerec, Santafé de Bogotá, 1994,
205 págs.

B409.jpg (19299 bytes)En 1933, el ministro de Guerra recibió el siguiente mensaje: "Evitar sangriento conflicto siempre deplorable pero más estos momentos peligro nacional, rogámosle enviar ejército municipio Bolívar, próximas elecciones". No era ni la primera ni la última vez que desde alguno de los tantos municipios colombianos se pedía la colaboración del ejército para garantizar el orden público durante las contiendas electorales. Dos años antes, cerca de 150 municipios habían solicitado la colaboración de la fuerza pública con similares objetivos. Para estos municipios era claro que la presencia de los soldados servía para contener los conflictos que amenazaban con desbordarse.

En este ensayo, novedoso y bien documentado, Patricia Pinzón de Lewin ha trazado la historia del papel del ejército en las elecciones colombianas, desde los orígenes de la república hasta el advenimiento de la dictadura en 1953. Pinzón de Lewin describe cómo de un ejército de partido, "aún de facción", los colombianos pasamos a contar con un ejército que, en la medida en que se profesionalizaba, se fue convirtiendo en árbitro de las disputas electorales y, como tal, en guardián del orden constitucional. Visto desde otra perspectiva, este libro es la historia de cómo se fue formando la tradición civilista en el ejército colombiano.

El de Patricia Pinzón de Lewin es un trabajo doblemente novedoso. En primer lugar, viene a enriquecer el abandonado campo de la historia electoral en Colombia. En segundo lugar, al estudiar las relaciones entre las elecciones y el ejército, este ensayo arroja luces sobre un tema de enorme interés para la historia política del país, igualmente poco estudiado: la violencia electoral. En ambos casos, su análisis desafía viejos estereotipos y lugares comunes. Su narrativa y sus argumentos vienen acompañados del uso sistemático de diversas fuentes, entre las que se destacan las memorias de los ministros de Guerra, los relatos de los protagonistas y los documentos consulares. Debido al enfoque cronológico, el trabajo se vuelve a ratos repetitivo, aunque sirve al propósito de mostrar la evolución de las funciones del ejército al vaivén de nuestra historia política.

La participación del ejército en la vida electoral del país ha estado llena de matices. Durante el siglo XIX, su presencia en las urnas, si bien significativa, estuvo lejos de ser un factor determinante en los resultados. Ante todo, sus números no sumaban. Patricia Pinzón de Lewin ha identificado con claridad las cifras: 500 en 1857, 450 en 1859, 800 en 1864. Diez años más tarde, el ministro británico en Bogotá observaba que, con escasos 1.500 soldados, el ejército colombiano prácticamente no existía. Es cierto que la tropa se incrementó a partir de 1880 bajo la fórmula regeneradora de Rafael Núñez. Se necesitaba del ejército para imponer orden. Pero su influencia en las elecciones siguió siendo limitada.

Siempre existió la tentación de utilizar a los soldados como electores. Tal era con frecuencia uno de los argumentos de quienes eran derrotados en las urnas para ilegitimar los resultados electorales. Sin embargo, frente a las elecciones, los miembros del ejército a menudo se dividían, como lo hacían casi todos los colombianos. Así sucedió en 1875, uno de los ejemplos más claros de la ineficacia electoral de un ejército políticamente dividido. Durante la segunda década de este siglo, por lo menos en la costa, los conservadores no podían confiar en unas guarniciones donde la mayoría de sus reclutas eran liberales. Y ya para entonces el ejército se había decidido informalmente por una política de abstencionismo, impulsada inicialmente por la Unión Republicana. Cuando finalmente a comienzos de la década de 1930 se prohibió el voto para los militares en servicio activo, muchos oficiales no se sintieron afectados por la ley, pues, como lo recordaría más tarde el general Bayona Posada, "nunca habíamos votado".

La intervención del ejército no debe buscarse, pues, en las urnas. Su papel histórico en las elecciones, sobre todo después de 1909, fue con frecuencia el de servir de árbitro de conflictos. A petición casi siempre, hay que advertirlo, de las mismas autoridades civiles. Y, también hay que advertir, muchas veces el ejército cumplía este papel a regañadientes. Así lo comprueba la respuesta del ministro de Guerra a la solicitud de intervenir en los conflictos del Tolima en 1916: "Este despacho considera que el servicio de guardar elecciones no corresponde al ejército". A largo plazo, el ejército surgiría como garante del orden constitucional, apegado a una tradición civilista que le debe mucho al movimiento Republicano de Carlos E. Restrepo, a la generación del Centenario y, en particular, a las enseñanzas de don Tomás Rueda Vargas.

Recordaba el historiador español Carlos Dardé cómo, a falta de elecciones durante la dictadura franquista, los académicos en su país se dedicaron a estudiar la historia del sufragio. Algo similar ocurrió recientemente en la Argentina, donde la transición hacia la democracia ha estimulado los estudios electorales. En ambos países, la historiografía electoral ha visto avances significativos. La experiencia de Colombia parece ser todo lo contrario: frente a unas elecciones recurrentes, los historiadores han preferido pasarlas por alto. Por supuesto que ha habido excepciones. Y hay indicios de un creciente interés. En su último libro -Entre la legitimidad y la violencia, 1875-1992 (Santafé de Bogotá, Editorial Norma, 1995) -, Marco Palacios dedica notable atención a nuestra historia electoral. Y en un ensayo reciente, aparecido en el Anuario de historia social de la cultura, Medófilo Medina analiza la participación del clero en las elecciones de 1930. El libro de Patricia Pinzón de Lewin es de todas maneras una contribución extraordinaria en un terreno aún inexplorado. Es de esperar que con él se anime el interés por el estudio de unas tradiciones electorales que se confunden con la misma historia nacional.

EDUARDO POSADA CARBÓ