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Un
puente entre lo cotidiano y el País de la Felicidad
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La rana sin dientes
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Luis Fernando Macías
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Ecoe Ediciones, Santafé de Bogotá, 1995,
80 págs.
Un títere, un avioncito de papel y
un libro de cuentos pueden llevarnos a otros mundos o, mejor, pueden fundir y confundir
los estrechos linderos de nuestro entorno rutinario con el infinito territorio del País
de la Felicidad.
Para esto sólo se necesita un niño, dos
sabias abuelitas y un padre fabulador. En efecto, a David, el protagonista de
este
relato, el mundo se le tornó en prodigio desde su inusitado encuentro con la rana sin
dientes:
David abrió los ojos y se puso
atento. No creyó que la rana estuviera viva y le hablara con la voz delgada, parecida a
la voz de papá.
-Ranita... -le dijo.
-¿Qué?
-¿Usted habla?
-Sí, yo hablo.
-¿Sí habla la rana? -preguntó David a papá.
-Sí la rana sí habla.
David oyó la voz de papá, y vio que era distinta de la voz delgada de la rana. [págs.
10-11]
Ella (la rana sin dientes) le contó la
historia que sus amigos, Juan Diego y Federico, tuvieron en el hormiguero que hay en el
jardín del conjunto residencial. Desde entonces, David conduce un avión de papel con el
que puede viajar a través de las hojas de un libro de cuentos. Desde entonces, la
abuelita Nelly ha tenido que liberarlo de la trompa de un pececito espada, y la abuelita
Mercedes le ha enseñado un conjuro para ingresar al morro Pandeazúcar, donde habita el
maestro Ernesto, guardián de la paila del conocimiento:
Cáscara de papa,
palo de la yuca.
Cómo se destapa
el morro Pandeazúcar. [pág. 51]
El escritor antioqueño Luis Fernando
Macías es el autor de esta singular historia -bellamente editada por Ecoe Ediciones-;
singular porque Macías ha sorteado con éxito la principal dificultad que debe encarar un
autor de cuentos infantiles: deshacerse de aquel viejo prejuicio que considera a los
niños como seres ingenuos, casi tontos, y a los que se puede cautivar con cualquier
historia fantasiosa y disparatada.
Macías, por el contrario, ha apelado a
recursos propios de la narrativa contemporánea: aquella que, siguiendo el camino abierto
por Cervantes y ensanchado en este siglo por autores como Kafka, Borges y Rulfo,
desembocó en esa fusión extraordinaria de los niveles de realidad y ficción lograda por
García Márquez en su principal obra.
Son raras las historias para niños en
las que se mezclan los niveles de realidad y ficción, pues habitualmente los autores
optan por construir mundos maravillosos, pero claramente distanciados del mundo que
llamamos "verdadero o real". Así, sin más ni más, los autores dan por sentado
que el niño ha de aceptar la convención de que en dichas historias todo puede ocurrir,
agrandando la distancia entre niños y adultos, ya que así, precisamente así, es como
los mayores separan a los niños de su mundo. Por ello es interesante La rana sin
dientes: porque logra integrar los límites de lo ficticio y lo real y establece, de
este modo, un territorio de intersección entre el rutinario mundo de los adultos y el
prodigioso universo de los niños.
Así, tomando, como ya se dijo, esos
elementos del mundo real que son un títere (la rana sin dientes), un avioncito de papel y
un libro de cuentos, el padre inicia a David en los mundos alternos intuidos por la
literatura, mundos que son fácilmente accesibles durante la infancia, pero a los que, ya
en la adultez, sólo accedemos en esporádicos y brevísimos estados sublimes tales como
el amor, el placer o el descubrimiento de un saber oculto entre las millares de palabras
de los libros o en esa "maraña de símbolos" llamada naturaleza (Baudelaire).
Al fin y al cabo, la literatura no es otra cosa que un juego, una forma lúdica de
reconocer, aunque sea con ojos "de espanto" (Aurelio Arturo), esos otros mundos
que todos intuimos y que los horizontes nos vedan.
Por lo demás, La rana sin dientes
está construida con palabras llanas, y -a pesar de las maravillas que encierra- no
encontramos en ella enfatizaciones caprichosas ni las ostentaciones de lenguaje que suelen
aparecer en los textos de literatura infantil.
Al leer una historia como ésta,
reconfirmamos una convicción: la literatura es una sola: la literatura -sea infantil,
juvenil o como la llamemos- debe resistir la mirada de lectores de todas las edades,
gustos y conocimiento.
ANTONIO SILVERA ARENAS
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