Boletín Cultural y Bibliográfico . Número 40. Volúmen XXXII. Editado en 1997
 

Un puente entre lo cotidiano y el País de la Felicidad


La rana sin dientes
Luis Fernando Macías
Ecoe Ediciones, Santafé de Bogotá, 1995, 80 págs.

B403.jpg (18479 bytes)Un títere, un avioncito de papel y un libro de cuentos pueden llevarnos a otros mundos o, mejor, pueden fundir y confundir los estrechos linderos de nuestro entorno rutinario con el infinito territorio del País de la Felicidad.

Para esto sólo se necesita un niño, dos sabias abuelitas y un padre fabulador. En efecto, a David, el protagonista de este relato, el mundo se le tornó en prodigio desde su inusitado encuentro con la rana sin dientes:

David abrió los ojos y se puso atento. No creyó que la rana estuviera viva y le hablara con la voz delgada, parecida a la voz de papá.
-Ranita... -le dijo.
-¿Qué?
-¿Usted habla?
-Sí, yo hablo.
-¿Sí habla la rana? -preguntó David a papá.
-Sí la rana sí habla.
David oyó la voz de papá, y vio que era distinta de la voz delgada de la rana.
[págs. 10-11]

Ella (la rana sin dientes) le contó la historia que sus amigos, Juan Diego y Federico, tuvieron en el hormiguero que hay en el jardín del conjunto residencial. Desde entonces, David conduce un avión de papel con el que puede viajar a través de las hojas de un libro de cuentos. Desde entonces, la abuelita Nelly ha tenido que liberarlo de la trompa de un pececito espada, y la abuelita Mercedes le ha enseñado un conjuro para ingresar al morro Pandeazúcar, donde habita el maestro Ernesto, guardián de la paila del conocimiento:

Cáscara de papa,
palo de la yuca.
Cómo se destapa
el morro Pandeazúcar.
[pág. 51]

El escritor antioqueño Luis Fernando Macías es el autor de esta singular historia -bellamente editada por Ecoe Ediciones-; singular porque Macías ha sorteado con éxito la principal dificultad que debe encarar un autor de cuentos infantiles: deshacerse de aquel viejo prejuicio que considera a los niños como seres ingenuos, casi tontos, y a los que se puede cautivar con cualquier historia fantasiosa y disparatada.

Macías, por el contrario, ha apelado a recursos propios de la narrativa contemporánea: aquella que, siguiendo el camino abierto por Cervantes y ensanchado en este siglo por autores como Kafka, Borges y Rulfo, desembocó en esa fusión extraordinaria de los niveles de realidad y ficción lograda por García Márquez en su principal obra.

Son raras las historias para niños en las que se mezclan los niveles de realidad y ficción, pues habitualmente los autores optan por construir mundos maravillosos, pero claramente distanciados del mundo que llamamos "verdadero o real". Así, sin más ni más, los autores dan por sentado que el niño ha de aceptar la convención de que en dichas historias todo puede ocurrir, agrandando la distancia entre niños y adultos, ya que así, precisamente así, es como los mayores separan a los niños de su mundo. Por ello es interesante La rana sin dientes: porque logra integrar los límites de lo ficticio y lo real y establece, de este modo, un territorio de intersección entre el rutinario mundo de los adultos y el prodigioso universo de los niños.

Así, tomando, como ya se dijo, esos elementos del mundo real que son un títere (la rana sin dientes), un avioncito de papel y un libro de cuentos, el padre inicia a David en los mundos alternos intuidos por la literatura, mundos que son fácilmente accesibles durante la infancia, pero a los que, ya en la adultez, sólo accedemos en esporádicos y brevísimos estados sublimes tales como el amor, el placer o el descubrimiento de un saber oculto entre las millares de palabras de los libros o en esa "maraña de símbolos" llamada naturaleza (Baudelaire). Al fin y al cabo, la literatura no es otra cosa que un juego, una forma lúdica de reconocer, aunque sea con ojos "de espanto" (Aurelio Arturo), esos otros mundos que todos intuimos y que los horizontes nos vedan.

Por lo demás, La rana sin dientes está construida con palabras llanas, y -a pesar de las maravillas que encierra- no encontramos en ella enfatizaciones caprichosas ni las ostentaciones de lenguaje que suelen aparecer en los textos de literatura infantil.

Al leer una historia como ésta, reconfirmamos una convicción: la literatura es una sola: la literatura -sea infantil, juvenil o como la llamemos- debe resistir la mirada de lectores de todas las edades, gustos y conocimiento.

 

ANTONIO SILVERA ARENAS