Boletín Cultural y Bibliográfico . Número 40. Volúmen XXXII. Editado en 1997
 

En Antioquia, las únicas letras que se encuentran son las letras de cambio, decía Caro


El profesor de literatura
Abel García Valencia
Colección autores antioqueños, vol. 98, Medellín, 1995, 192 págs.

B402.jpg (27763 bytes)

Lo primero que me ha sorprendido tras esta lectura es no encontrar en las páginas de este recordado profesor universitario de la vieja Antioquia las características marcadas de lo que podríamos llamar "lo antioqueño". En segundo lugar, me sentí invitado a una breve reflexión, pues allí encontraba un síntoma cuando menos alarmante de lo que quizá se tratara de un prejuicio o de una obsesión mía. Es que al mirar hacia las letras antioqueñas siempre estoy esperando (żo temiendo?) la aparición de ese inequívoco, a veces odioso, dejo "paisa".

Entendámonos un poco. Pertenezco a una familia antioqueña por todos los costados; fui educado dentro de las más rancias tradiciones "paisas". Creo conocerlas al dedillo. Pero soy bogotano y toda mi vida ha transcurrido entre gentes de ambas estirpes. De ese modo, creo estar capacitado para mirar lo antioqueño por lo menos desde cierta perspectiva. Para poner un ejemplo, creo descubrir en el bogotano de más rancia estirpe una ineludible vocación de burla de sí mismo. Encuentro también en él un humor fino que, si queremos, podríamos llamarlo de estirpe inglesa. El antioqueño desconoce por completo la burla de sí mismo (si no como individuo, sí por lo menos como miembro de un cuerpo nacional). Se ofende si se le habla mal de Higuita o del Bolillo Gómez y, por lo demás, cree que es imposible que exista antioqueño malo. Sin entrar a disputar sobre la calidad intrínseca del humor "paisa", sí cabe decir que es de una veta mucho menos fina que la del humor cachaco. Las más de las veces, el chiste reside en la palabrota o en un doble sentido ramplón.

Pero tampoco nos vayamos tan lejos. No estoy tratando de atacar a los antioqueños ni de defender a los bogotanos. Bogotá desconoce por completo el civismo (hay que ver, para comenzar, lo que es el metro de Medellín). El antioqueño trabaja en bien de una comunidad, conoce el aspecto grupal, es capaz de organizarse, de imponerse metas y de realizarlas. No sé si sea bueno o malo, pero encuentro que el bogotano tiene una conciencia mucho más clara de las diferencias sociales mientras que el "paisa" es mucho más democrático. Ahora bien: algo debe contar en ello la ausencia de raza chibcha, el predominio del blanco, el origen en una España septentrional poco arábiga: las montañas de Asturias y de León (con esa pila de Restrepos y Jaramillos), el país vasco de mis ancestros (esa pila de Echeverris, Aguirres, etc.), que no en vano arriban a las Américas sólo en el siglo XVIII, en calidad de pobres trabajadores mineros que vienen de pasarla mal en su país a pasarla peor en tierras desconocidas. Pero creo estarme yendo muy adentro, como el muy poco "antioqueño" profesor López de Mesa, en esta indagación sociológica.

Lo dicho podría traducirse, en el campo de las letras y en general en el del arte, con patrones estéticos más marcados en el bogotano, quien identifica lo democrático como algo de baja laya, en cuanto sólo una especie de "nobleza", acaso rezago colonial, puede producir arte y literatura verdaderos. Sería difícil afirmar que el bogotano tiene "gusto" y el antioqueño no. Para el caso, siempre me he preguntado cómo consigue Barba-Jacob escapar del mal gusto, con todos sus ripios espantosos y su vulgaridad modernista de bolero mexicano.

Creo que aquí puedo empezar ya a hablar de una impresión, que puede ser muy subjetiva. Se trata, a mi modo de ver, de una especie de estilo o de género marcadamente "antioqueño", que rara vez es advertido por sus propios practicantes. Antioquia puede producir a un Fernando Botero, a un León de Greiff, a un Sanín Cano, a un Fernando González, a un Barba-Jacob, a un Cayetano Betancur, tal vez a un Arenas Betancur, a una serie de personajes "universales" cuyo lenguaje no me parece en absoluto "antioqueño", así utilicen la expresión regional. Pero también puede producir a un Gregorio Gutiérrez González ("Yo no hablo español sino antioqueño"), a un Indio Uribe, a un Ñito Restrepo, a un Jorge Robledo Ortiz; puede dejarnos parte de la obra de un Carlos Castro Saavedra o parte de la obra de un Mejía Vallejo, en las cuales encuentro el compendio de ese "antioqueñismo", bueno o malo, que el paisa casi nunca logra distinguir y que un bogotano podría captar al vuelo. Es el mundo del "país paisa", que está muy bien como expresión del folclor popular y de una idiosincrasia, y que no deja de ser muy divertido, pero que aplicado al campo del arte creo que no da más que caricaturas de un valor dudosísimo.

Claro está que estoy hablando de impresiones completamente subjetivas, acaso arbitrarias, en todo caso discutibles, y sólo se trata de encontrar tal vez un eco en quien quizá se sienta identificado con el comentario.

Todo lo anterior viene a propósito del ensayo que dedica el autor -en estilo poco antioqueño- a Carrasquilla y a la literatura antioqueña. żExiste, pues, una literatura antioqueña? Según el autor, sí. Para él no existe una literatura nacional que sea reflejo de Colombia, como sí existe la literatura típica de Antioquia.

Don Miguel Antonio Caro solía decir que en Antioquia las únicas letras que se encontraban eran letras de cambio, en alusión al carácter de comerciantes que se les endilgó desde siempre a los antioqueños. La acusación, por entonces, no carecía del todo de fundamento. Recordemos que Carrasquilla apenas despuntaba. Todo lo antioqueño está ya en Carrasquilla. Pero ese "antioqueñismo" del que venimos hablando es en él tan recargado, que se vuelve una parodia de sí mismo y se desborda en una especie de culteranismo que debe no poco a España y que lo aleja de lo que estoy llamando el "antioqueñismo" que vamos a encontrar fundamentalmente en autores del siglo XX.

Para seguir con Caro, éste se jactaba de no haber salido nunca de la sabana de Bogotá, y decía con gracia peyorativa que más allá del Puente del Común "todo es Boyacá". Caro fue mucho más duro cuando, invitado por un amigo a viajar a Medellín ante la pujanza y progreso de la ciudad, se limitó a preguntarle:

-Ala, pero contáme, żesa vaina no estará llena de antioqueños?

Los "paisas" nunca dejaron de resentirse por la acusación de advenedizos. Ya en la gesta de la independencia, mucho antes de Álvaro Mutis, es claro que una parte de la clase alta bogotana se alió -como era apenas natural- con los realistas. Buena parte de los antioqueños (curiosamente la gesta está llena de apellidos vascos, empezando por el de Bolívar) se repliegan hacia los independentistas. Basta leer a don Ricardo Silva, el padre de José Asunción, para advertir cómo ellos, la elevada estirpe de "rolos" con mucho mejores blasones que los comerciantes (żjudíos?) venían siendo desplazados inmisericordemente por gentes sin escrúpulos que llegan de lejanas tierras. Recuerdo al arzobispo bogotanísimo que, en el siglo pasado, llevó a su sobrino a Monserrate y le mostró con el dedo: "Mijo, esto que ves aquí abajo, es la civilización. El resto... es tierra caliente".

Hacia 1900 vemos, en una novela como Pax de Lorenzo Marroquín y J. M. Rivas Groot, cómo ya por entonces Pepe Sierra y una estirpe de arrieros "sin blasones" compran las casas de los bogotanos venidos a menos "con escudo y todo", historia que se va a repetir a todo lo largo del siglo XX.

En suma, creo que sí existe una literatura antioqueña, pero creo al mismo tiempo que si Antioquia puede jactarse de algunos escritores, difícilmente podría jactarse de una literatura antioqueña.

Abel García Valencia se llamó a sí mismo "modesto escritor adventicio". Fue bastante más que eso. No hizo aspavientos, nadie los hizo por él. Y eso, en nuestro medio, ya es un mérito.

Creo que el profesor García Valencia apenas si puede ser comparado con ese polígrafo nariñense que fue Ignacio Rodríguez Guerrero. Ambos descansan en un anonimato sano. Sabía comparar, buscar símiles inteligentes, era capaz de encontrar relaciones extrañas entre el Anarkos de Valencia y Los doce, del poeta ruso Alexandr Blok, aunque llegó a afirmar que Valencia era el verdadero poeta de la revolución rusa. Estudió la presencia de Goethe en las letras colombianas. Dejó inconclusa una historia de las letras antioqueñas. Estudió el influjo del romanticismo en Colombia (venido de Francia y de Inglaterra mas no de España). El romanticismo nace en América, a su entender, no con Echavarría, en el cono sur, sino con tres granadinos: el payanés José María Gruesso (1779-1835), el rionegrino José María Salazar (1785-1828) y un cartagenero, José Fernández Madrid (1789-1830).

Sus descripciones son muy interesantes; daré una, para ilustración del lector: la de Julio Arboleda, con "su brava y señera fisonomía de condotiero renacentista y de scholar inglés", a quien sólo cabría comparar con lord Byron.

Desde su oscuro rincón, García Valencia representó no solamente a Antioquia, sino a las letras en lengua hispana. Lo hizo con modestia y pulcritud y me parece bien que su nombre sea recordado con esta especie de libro-homenaje.

LUIS H. ARISTIZÁBAL