|
Los
últimos cuentos de Moreno-Durán
Cartas en el asunto
R. H. Moreno-Durán
Seix Barral/Biblioteca Breve, Santafé de Bogotá, 1995, 132 págs.
Cuando a Joyce le preguntaron sobre
alguno de los avatares públicos de su país, pudo responder así: "No me moleste con
política; a mí sólo me interesa el estilo". El estado presente y desamparado de
nuestras letras -pletórico de Darío Ángel, de Rafael Chaparro, de Adelaida Nieto-
haría pensar que la política fascina como nunca a los creadores; las páginas de los
nuevos prosistas albergan tantas cacofonías que se precisa valentía y sordera para
recorrerlas, y empujan al lector a los territorios menos extraños de otras generaciones.
Por eso, es curioso que el último libro de ficciones de Moreno-Durán haya sido recibido
en relativo silencio por la crítica. Montserrat Ordónez ejerció una proverbial miopía
en el Magazín Dominical (núm.
616, pág. 11); poca cosa se ha encontrado en otras
publicaciones.
Seis relatos construidos con cuidado
forman el libro. Para el efecto singular que logran se valen de una arquitectura aceptable
y de una prosa límpida, que, como la de Durrell, nos sorprende menos por novedades
tipográficas o arbitrariedades sintácticas que por su precisión milimétrica y su
manejo generoso del idioma. Los precede un prólogo que creo, salvo el párrafo que lo
cierra, innecesario: funciona a la manera de las oberturas, entregando misivas de
información que los relatos desarrollan posteriormente. Es, por parte de Moreno-Durán,
una invitación paternalista y demasiado pródiga al explicar sus intenciones; es,
desgraciadamente, un instrumento necesario que los textos de calidad deben entregar (nos
hemos acostumbrado a ello) al perezoso lector colombiano. Porque lo que sigue a la
obertura es maravillosamente ambiguo, porque la respuesta está apenas sugerida en algunos
casos y en los demás negada de plano: Moreno-Durán se enfrenta al lector y lo enfrenta
al reto de la participación y de la propia búsqueda; no quiere enfermarse de obviedad;
evita, lo decía Baudrillard, la explosión de la información junto con la implosión del
significado; escribe con la esperanza de que el lector sea más inteligente que el autor,
de que conozca aquello que éste apenas parece intuir, y bien logra lo que pretende,
particularmente en dos relatos: Epístola final sobre los cuáqueros y El azar
en la manga del tahúr;
éste último, superior a todos y que se llamó en
alguna oportunidad Los pronombres de la luna, navega sin equivocarse por las tres
personas narrativas del singular y entrega al cabo un cuadro completo y cerrado. El
extraño caso de Sofía Parkinson, primero de los relatos, cesa en una apertura
todavía incómoda; los demás son tan concretos como El azar...;
uno es
más feliz que el siguiente, pero todos presentan esas dos satisfacciones: la ambiguedad
reticente y el estilo trabajado. Entre ellos, Nuestra señora de Lourdes ha sido
incluido en una reciente antología del cuento colombiano. La publicación es de la
Universidad Autónoma de México.
En Cartas en el asunto he leído a
un narrador seguro, perspicaz y amoral (como conviene a la literatura), de aquéllos que
llegan a confundirse con su obra: sus textos están siempre atravesados, pues, por las
mismas obsesiones: la sátira implacable, el humor y la ironía, la situación irredenta
de personajes que son, como el hombre que describió Gerald Heard, constantemente sexuales
y perpetuamente promiscuos. En lo sexual son víctimas de la perversión; en su
promiscuidad, del tedio. Moreno-Durán los pone a hablar con la crueldad de Virgilio
Piñera, sin respeto por ellos pero con simpatía, y poco hace para evitar que desemboquen
en el mismo objeto de casi todas sus metáforas, que acaso sea el objeto de todas las
metáforas: el cuerpo femenino.
Pero estos temas, aunque inagotables, son
ya conocidos. Hablar de ellos es un riesgo de la tautología y del lugar común. En
cambio, creo encontrar en esta colección un sutil y menospreciado aporte técnico que
pasó desapercibido a Ordónez. En la nota a su comentario, se propone "averiguar por
qué los títulos de los relatos de Cartas en el asunto sólo aparecen en el
índice y no se repiten al comienzo de cada texto, lo que dificulta la lectura, y crea
expectativas de una continuidad que no se cumple a cabalidad". Ignoro qué tipo de
continuidad es la que busca la reseñista: los relatos de Moreno-Durán son -tenían que
serlo- organismos cerrados y acabados en sí mismos. Sin embargo, existe una línea
subyacente y común a todos que, más que pretender unidad temática en la colección
(como sucede, por ejemplo, con los Dubliners de Joyce), quiere proponer una
realidad total, un cuadro más grande que contiene los relatos sin absorberlos. Por eso
los personajes andan con asombrosa libertad entre los textos: por eso Ximena Ibáñez,
protagonista del segundo, es evocada en el primero; Lorena Camargo, mencionada en el
cuarto, es desarrollada en el último; y el narrador del tercero es conocido por casi
todos los demás. (Existe inclusive, en el quinto relato, una referencia a Los felinos
del canciller). Por eso, en fin, los relatos carecen de título dentro del cuerpo de
la obra: son las cartas que Moreno-Durán le pide al lector barajar y cortar como quiera:
son los capítulos de una historia mayor, legibles en cualquiera y en todos los sentidos.
Me gusta pensar que Asumir la muerte contraria (sexto relato) contenga fortísimos
llamados a los personajes y la situación de El extraño caso de Sofía Parkinson (primer
relato), entregando al lector nuevos elementos para elegir alguna respuesta. Me gusta
pensar en la redondez final que eso otorgaría al libro. Cada lector encuentra siempre
fórmulas en las que el autor ni siquiera había reparado.
La agradable edición de Seix Barral
acentúa erróneamente algunas palabras (dále, dés, díme) y
omite la
acentuación en algunos pronombres que la requieren (tengo presente aquella, pág.
128). En cambio, escapa al doble espacio después de punto y aparte, nociva costumbre de
Editorial Planeta que hace que una página de mucho diálogo parezca un soneto mal
impreso. Al cabo de ello, resulta que Cartas en el asunto es un libro arriesgado,
de virtudes técnicas y estilísticas y de grata lectura. En él Moreno-Durán permanece
fiel a sus convicciones cosmopolitas -la Bogotá que visitamos es esta ciudad y es otras,
la Barcelona y el París de Metropolitanas-, a su apego al humor -su manejo
satírico de los nombres recuerda a Gutiérrez Girardot- y a su afición simple, su eterno
gusto por el oficio viejo de contar un cuento.
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ
|