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Función
social de las vísceras
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Las úlceras de Adán
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Héctor Rojas Herazo
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Editorial Norma, Colección Poesía,
Santafé de Bogotá, 1995, 80 págs.
Si existen los acontecimientos
poéticos, estamos ante uno de ellos: la publicación, después de 34 años, de un nuevo
libro de poesía de Héctor Rojas Herazo (Tolú [Sucre], 1921). Ya en 1976, Colcultura
había publicado un volumen -que podríamos calificar de "esencial"- titulado Señales
y garabatos del habitante, colección de ensayos, reseñas, registros y poemas del
escritor costeño, donde se dibujaban de manera explícita, casi que ideológica, los
rasgos fragmentarios pero básicos que definían una visión del mundo bien particular, la
que empezó a cuajarse -y cuajó- desde el primer libro de poemas de Rojas Herazo, Rostro
en la soledad, de 1951. En la última sección de Señales y garabatos del
habitante, se incluía una muestra antológica de los cuatro libros de poemas
publicados por Rojas y se añadían trece poemas nuevos: Segunda resurrección
de
Agustín Lara y otros doce textos que formarían parte de un próximo libro titulado Infidencia
terrestre. El tal Infidencia terrestre nunca apareció, pero esos trece poemas
vinieron a incrustarse, acompañados de otros veinte nuevos, en este reciente Las
úlceras de Adán, título de uno de los poemas de Infidencia terrestre. El
libro que publica ahora Editorial Norma es, pues, sustancialmente un nuevo libro y
también la continuación sin tropiezos de una obra poética de gran sello personal.
¿Qué va de Infidencia terrestre
a Las úlceras de Adán? A lo sumo, un tránsito que ha de sugerir que el hombre,
que es pura tierra, es un "habitante" del paraíso terrenal y, como tal, un
eterno expulsado. Quien asume la terrenalidad -postula Rojas Herazo- gana un señorío de
carne y tierra, alianza que termina por llagarlo y descomponerlo. Pero ese tránsito de un
título al otro es casi imperceptible. Todo esto que digo de Las
úlceras de
Adán puede decirse también de sus cuatro primeros libros de poemas, publicados entre
1951 y 1961, desde Rostro en la soledad hasta Agresión de las formas contra el
ángel.
Cada libro de poemas, supongo, posee una
especificidad dentro de la obra de un mismo autor. Sin embargo, y a la vista de esos
cuatro primeros e inconseguibles libros, nunca reeditados, la obra toda de Rojas Herazo es
de una solidez tan aplastante, de una redondez tan meridiana y coherente, que todo
comentario de libro, y aun de poema, remite o debe remitir al contexto de la obra. Y no me
refiero únicamente a la obra poética (aunque, claro, todo es obra poética en Rojas
Herazo): el tolueño jamás se ha callado o ha manifestado en un presunto silencio una de
esas que los biógrafos suelen llamar "crisis de conciencia" o "crisis
estéticas". En realidad, "34 años después" no es una referencia temporal
válida en la obra del autor de Respirando el verano. Si Las úlceras de Adán es
un acontecimiento poético, lo es porque no todos los días aparecen libros de tal calidad
o, sencillamente, porque cada libro de Rojas Herazo trae consigo un montón de buena
literatura. Y aquí es necesario recordar que el poeta hace un paréntesis en la
publicación de poemarios (dudo mucho que lo hubiera hecho en la escritura de poemas), se
concentra entonces en la novela (la primera, Respirando el verano, fue publicada en
1962) y se dedica también a pintar. Nada, hay que decirlo, que no estuviera prefigurado
en esos cuatro excelentes libros de poesía: la presión malsana de un sol tan alumbrador
como disolvente; el influjo material de los objetos sobre el ánimo casi animal del
"objeto humano"; las ruinas de un pueblo; los vahos de un charco o de una mal
cuidada úlcera; esa especie de solidaridad lenta que crea el sudor entre los hombres; sus
necesidades fisiológicas, ante las cuales cobra todo sentido la costumbre o el ritual
vacío de ir a cumplir con los deberes cívicos... Mundo de carne y hueso y sin embargo
siempre metafísico, siempre en pos del sentido...: en la poesía, en la novela, en el
ensayo, en la pintura. El arte de Rojas Herazo es, decía, redondo, rotundo, y repite sus
únicas máximas, cíclicamente, en cualquiera de sus manifestaciones; expresiones de
madurez y de talento lingüístico y plástico; expresiones de enconada humanidad.
Es por eso que Las úlceras de Adán no
nos sorprende como libro, aunque nos siga asombrando cada uno de sus poemas, cada uno de
sus versos, elaborados justamente con la materia del asombro o la extrañeza ante lo más
nuestro: nuestras vísceras, nuestros humores, nuestros huesos, nuestros excrementos,
nuestros movimientos irregulares y a veces torpemente acelerados. Como en la visión que
nos ofrecen las antiguas Kenningar de los poetas nórdicos del primer medievo, el
mundo cotidiano se presenta en su calidad más rara: la de la existencia, la del reclamo
de ser, la de parecer tener forma... El mundo cotidiano... Lo habitual, lo nuestro. Dice
Borges refiriéndose a una de esas Kenningar escandinavas, la que bautizó al brazo
con la expresión "pierna del omóplato", que tal expresión es rara pero no
menos rara que el brazo del hombre, ese apéndice que "se deshilacha en cinco dedos
de penosa largura".
La poesía de Rojas Herazo -digamos Las
úlceras de Adán- también atisban la rareza fundamental del mundo. Y es por
eso que ella tiene una implicación social enriquecedora (implicación que -he querido
decir- encuentro enfatizada en varios de los poemas nuevos de este libro, énfasis que
-ahora sí- tal vez corresponda a la especificidad del poemario, si bien ya antes Rojas
Herazo había incurrido en eso que fácilmente se llama la "poesía social"):
estamos hechos (he pasado al "nosotros" que el poeta me propone; él habla -y
sólo habla- del hombre) de comportamientos y actitudes sociales, de ganas por llegar a
otros, de "amores" por otros, de odios hacia otros; pero todo ello se diluye y
se autodesprecia en la conciencia de saber que esos otros nos son extraños,
inalcanzables.
ÓSCAR TORRES DUQUE
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