Boletín Cultural y Bibliográfico . Número 40. Volúmen XXXII. Editado en 1997
 

Función social de las vísceras


Las úlceras de Adán
Héctor Rojas Herazo
Editorial Norma, Colección Poesía, Santafé de Bogotá, 1995, 80 págs.

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Si existen los acontecimientos poéticos, estamos ante uno de ellos: la publicación, después de 34 años, de un nuevo libro de poesía de Héctor Rojas Herazo (Tolú [Sucre], 1921). Ya en 1976, Colcultura había publicado un volumen -que podríamos calificar de "esencial"- titulado Señales y garabatos del habitante, colección de ensayos, reseñas, registros y poemas del escritor costeño, donde se dibujaban de manera explícita, casi que ideológica, los rasgos fragmentarios pero básicos que definían una visión del mundo bien particular, la que empezó a cuajarse -y cuajó- desde el primer libro de poemas de Rojas Herazo, Rostro en la soledad, de 1951. En la última sección de Señales y garabatos del habitante, se incluía una muestra antológica de los cuatro libros de poemas publicados por Rojas y se añadían trece poemas nuevos: Segunda resurrección de Agustín Lara y otros doce textos que formarían parte de un próximo libro titulado Infidencia terrestre. El tal Infidencia terrestre nunca apareció, pero esos trece poemas vinieron a incrustarse, acompañados de otros veinte nuevos, en este reciente Las úlceras de Adán, título de uno de los poemas de Infidencia terrestre. El libro que publica ahora Editorial Norma es, pues, sustancialmente un nuevo libro y también la continuación sin tropiezos de una obra poética de gran sello personal.

¿Qué va de Infidencia terrestre a Las úlceras de Adán? A lo sumo, un tránsito que ha de sugerir que el hombre, que es pura tierra, es un "habitante" del paraíso terrenal y, como tal, un eterno expulsado. Quien asume la terrenalidad -postula Rojas Herazo- gana un señorío de carne y tierra, alianza que termina por llagarlo y descomponerlo. Pero ese tránsito de un título al otro es casi imperceptible. Todo esto que digo de Las úlceras de Adán puede decirse también de sus cuatro primeros libros de poemas, publicados entre 1951 y 1961, desde Rostro en la soledad hasta Agresión de las formas contra el ángel.

Cada libro de poemas, supongo, posee una especificidad dentro de la obra de un mismo autor. Sin embargo, y a la vista de esos cuatro primeros e inconseguibles libros, nunca reeditados, la obra toda de Rojas Herazo es de una solidez tan aplastante, de una redondez tan meridiana y coherente, que todo comentario de libro, y aun de poema, remite o debe remitir al contexto de la obra. Y no me refiero únicamente a la obra poética (aunque, claro, todo es obra poética en Rojas Herazo): el tolueño jamás se ha callado o ha manifestado en un presunto silencio una de esas que los biógrafos suelen llamar "crisis de conciencia" o "crisis estéticas". En realidad, "34 años después" no es una referencia temporal válida en la obra del autor de Respirando el verano. Si Las úlceras de Adán es un acontecimiento poético, lo es porque no todos los días aparecen libros de tal calidad o, sencillamente, porque cada libro de Rojas Herazo trae consigo un montón de buena literatura. Y aquí es necesario recordar que el poeta hace un paréntesis en la publicación de poemarios (dudo mucho que lo hubiera hecho en la escritura de poemas), se concentra entonces en la novela (la primera, Respirando el verano, fue publicada en 1962) y se dedica también a pintar. Nada, hay que decirlo, que no estuviera prefigurado en esos cuatro excelentes libros de poesía: la presión malsana de un sol tan alumbrador como disolvente; el influjo material de los objetos sobre el ánimo casi animal del "objeto humano"; las ruinas de un pueblo; los vahos de un charco o de una mal cuidada úlcera; esa especie de solidaridad lenta que crea el sudor entre los hombres; sus necesidades fisiológicas, ante las cuales cobra todo sentido la costumbre o el ritual vacío de ir a cumplir con los deberes cívicos... Mundo de carne y hueso y sin embargo siempre metafísico, siempre en pos del sentido...: en la poesía, en la novela, en el ensayo, en la pintura. El arte de Rojas Herazo es, decía, redondo, rotundo, y repite sus únicas máximas, cíclicamente, en cualquiera de sus manifestaciones; expresiones de madurez y de talento lingüístico y plástico; expresiones de enconada humanidad.

Es por eso que Las úlceras de Adán no nos sorprende como libro, aunque nos siga asombrando cada uno de sus poemas, cada uno de sus versos, elaborados justamente con la materia del asombro o la extrañeza ante lo más nuestro: nuestras vísceras, nuestros humores, nuestros huesos, nuestros excrementos, nuestros movimientos irregulares y a veces torpemente acelerados. Como en la visión que nos ofrecen las antiguas Kenningar de los poetas nórdicos del primer medievo, el mundo cotidiano se presenta en su calidad más rara: la de la existencia, la del reclamo de ser, la de parecer tener forma... El mundo cotidiano... Lo habitual, lo nuestro. Dice Borges refiriéndose a una de esas Kenningar escandinavas, la que bautizó al brazo con la expresión "pierna del omóplato", que tal expresión es rara pero no menos rara que el brazo del hombre, ese apéndice que "se deshilacha en cinco dedos de penosa largura".

La poesía de Rojas Herazo -digamos Las úlceras de Adán- también atisban la rareza fundamental del mundo. Y es por eso que ella tiene una implicación social enriquecedora (implicación que -he querido decir- encuentro enfatizada en varios de los poemas nuevos de este libro, énfasis que -ahora sí- tal vez corresponda a la especificidad del poemario, si bien ya antes Rojas Herazo había incurrido en eso que fácilmente se llama la "poesía social"): estamos hechos (he pasado al "nosotros" que el poeta me propone; él habla -y sólo habla- del hombre) de comportamientos y actitudes sociales, de ganas por llegar a otros, de "amores" por otros, de odios hacia otros; pero todo ello se diluye y se autodesprecia en la conciencia de saber que esos otros nos son extraños, inalcanzables.

 

ÓSCAR TORRES DUQUE