|
Los
de más acá contra los de más allá
-
Fin de siglo. Decadencia y modernidad.
-
Ensayos sobre la modernidad en
Colombia
-
David Jiménez Panesso
-
Instituto Colombiano de
Cultura-Universidad Nacional de Colombia, Santafé de Bogotá, 1994, 243 págs.
Es muy factible que el problema de
la valoración estética de la producción literaria de un país determinado, o de un
continente que comparte una misma lengua, esté directamente relacionado con el
conocimiento de la misma, en el sentido de que, llegado el caso, se sobrevalore una obra y
se subestime otra, solamente porque la primera -bajo condiciones ajenas a lo literario- ha
sido más ampliamente leída, divulgada y comentada. Sería erróneo seguir aportando
trabajos -y páginas- en los que se insista sobre ciertos "mitos" de nuestra
literatura, demostrando con esto la incapacidad investigativa o a la ingenuidad
metodológica.
El libro de David Jiménez Panesso, Fin
de siglo. Decadencia y modernidad. Ensayos sobre la modernidad en Colombia, que acaban
de publicar Colcultura y la Universidad Nacional de Colombia, no solamente puede
considerarse una nueva invitación a retomar "los estudios histórico-literarios en
Colombia", sino que también es un interesante ejemplo de cómo revisar e interpretar
un material empírico determinado, viéndolo a los ojos de uno de los momentos más
importantes dentro del proceso de modernización de nuestra literatura: el modernismo. La
visión que se da del período en cuestión en el texto de David Jiménez Panesso no parte
de la gran cantidad de lugares comunes que pueblan la historia literaria, sino más bien
de conclusiones a las que se llega analizando las fuentes primarias.
La manera como se presenta el resultado
de este trabajo de desempolvamiento es bien interesante. El lector queda con la impresión
de que ha asistido a la escenificación (en el sentido dramático del término) de una
batalla llevada a cabo entre el bando de los que pertenecen al "acá de la
tradición" y el de los que pertenecen al "allá de la vida moderna"
(págs. 9-10), o en otras palabras, entre los que mantienen una sociedad tradicional y por
ende una literatura clásica, y los que querían "producir una literatura moderna, o
al menos intentarlo, en condiciones sociales todavía premodernas" (pág. 10). Es en
medio de esta pugna donde se redefinirán no solamente una serie de discusiones estéticas
e ideológicas que circulan por entonces en los escritos literarios y críticos, sino
también una lista de protagonistas que vienen a cumplir un papel específico en la
representación.
Desde la introducción del libro,
titulada "Los modernos", David Jiménez Panesso comienza por definir las
posiciones de cada uno de los actores, haciéndoles responder a la pregunta general de
"¿cómo ser modernos?" (pág. 17), angustiosamente hecha tanto por Darío como
por Silva. Baldomero Sanín Cano plantea, por ejemplo, que "el genuino espíritu de
la modernidad implicaba [...] una furiosa ruptura con el pasado" y, por lo tanto,
"ser moderno significaba, quizá, insertarse en otra tradición". (pág. 17).
Por su parte, Tomás Carrasquilla "estaba convencido de que sólo se puede ser
moderno escribiendo sobre el presente, sobre el presente propio, aunque éste no fuera
moderno. Bastaba con que la perspectiva del escritor lo fuese" (pág. 17). Este
contrapunteo entre las diferentes actitudes adoptadas ante el problema de la modernidad
evita que el abundante material que sustenta el trabajo de David Jiménez Panesso se
convierta en un peso que dificulte la lectura, logrando, por el contrario, agilizar la
exposición de tal manera que aquella se haga más agradable e interesante.
La Primera Parte del libro está
compuesta por cuatro capítulos en los que se matiza la oposición fundamental propuesta
inicialmente por el autor, y en los que se observa un interés específico por plantear
las condiciones históricas en que la esfera de lo artístico -más específicamente, de
lo literario- comenzó a autonomizarse frente a las otras esferas sociales (religiosa,
política, económica). Se define allí, en primer lugar, lo que hacia el final del siglo
pasado y comienzos del presente se entendió por "decadentismo", y con ello se
desarrolla lo fundamental de la discusión sobre el modernismo: "Los poetas clásicos
cantaban lo que sentían los pueblos. El poeta moderno canta lo que siente el individuo
aislado [...] En este aislamiento radica, sin duda, lo esencial del debate. Cuando se
aflojan los nexos sociales y comienzan a destruirse los lazos que atan a los hombres entre
sí para formar una familia, una patria, una humanidad, el poeta pierde toda garantía de
expresar un sentimiento solidario y general. Aquí está la base histórica de lo que se
llamó decadentismo, tal vez la palabra más utilizada a finales de siglo para
referirse al arte moderno" (pág. 42). Relacionados con este asunto, David Jiménez
Panesso presenta otros puntos del debate, como son: la oposición
"aristocracia-democracia" (pág. 51); la "oposición entre poesía moderna
y solidaridad social" (pág. 57), la discusión sobre "el arte por el arte"
-a la cual el autor le dedica un capítulo- (pág. 62), la enemistad entre lo útil y lo
bello (pág. 85), etc.
José Asunción Silva y José Fernández
(protagonista de De sobremesa)
son los actores principales del Segundo Acto
del libro. David Jiménez Panesso propone una interesante relación explicativa entre el
autor y su personaje. Escribir De sobremesa, dice, "fue, sin duda, una
necesidad de Silva, inhibido en la vida práctica para realizar tantos sueños
contradictorios. Al morir, el manuscrito reposaba al lado de su cadáver, como un
sustituto" (pág. 32). Sustituto, en el sentido de que la experiencia de la
modernidad, para este poeta, se basó en una contradicción que únicamente podía
resolverse en el plano de la ficción. Dicha contradicción no era otra que la
"disonancia" entre la poesía y la sociedad. "Silva puede, tal vez,
despreciar igualmente la realidad por mediocre y tacaña. Pero no puede prescindir de
ella, ignorarla, como sí puede hacerlo Fernández. Aunque desee aislarse olímpicamente
del mundo, la mano de la necesidad lo tiene firmemente agarrado y lo aprieta hasta
sofocarlo" (pág. 121).
Lógicamente, este conflicto vital que
acompañó a José Asunción Silva es el resultado de una nueva concepción estética
directamente heredera del "simbolismo francés y del esteticismo finisecular de
Inglaterra" (pág. 43). La nueva forma de ver el arte se sintetiza ejemplarmente en
el siguiente pasaje: "Silva había aprendido en el simbolismo francés que la poesía
moderna ya era otra cosa: el lugar de la universalidad de la idea lo ocupa ahora la
instantaneidad de la sensación; la función comunicativa de la forma, comprendida ésta
como algo anterior al poema y perteneciente a un acervo común de procedimiento, se cambia
por la búsqueda de una palabra huidiza y sugeridora, cuyo poder no consiste tanto en ser
el equivalente de un concepto general sino de abrir, mediante sus posibilidades musicales,
un espacio a la insinuación de lo desconocido" (pág. 137). El paso de una poesía
clásica y romántica a una poesía moderna de estas características genera una serie de
consecuencias en todo el ambiente literario del "fin de siglo", y vuelve a
plantear una división -esta vez en la corriente poética- entre los clásicos y los
modernos. Los últimos dos capítulos del libro se los dedica el autor a dos poetas
posteriores al modernismo, que de alguna manera representaron ambas corrientes: Guillermo
Valencia, perteneciente al "acá de la tradición", y Eduardo Castillo,
habitante del "allá de la vida moderna" (págs. 9-10).
A modo de apéndice aparece al final del
texto un "Pequeño diccionario de Fin de Siglo colombiano" bastante
interesante, en la medida en que retoma el tono de exposición, y reafirma la metodología
con las cuales se presentó y explotó el material investigado. El "Diccionario"
como tal ("Catálogo numeroso de noticias importantes de un mismo género, ordenado
alfabéticamente"), redefine la función que cumplió cada uno de los protagonistas
-directos o indirectos- de esta lucha, tomando no sólo aquello que es pertinente para el
tema de discusión, sino también pequeñas anécdotas que ambientan el escenario. En este
sentido interesa saber de Baudelaire que "un ejemplar de Las flores del mal, en
su primera edición, se encontraba entre los libros más apreciados de Silva" (pág.
231); o de Maurice Barrés, que "al morir, Silva tenía uno de sus libros, Trois
stations de psychotérapie, sobre su mesa de noche" (pág. 231); o de Gabriele
dAnnunzio, que -según un comentario de Rafael Pombo- "la muerte de Silva"
fue causa "entre otras razones, de la lectura de El triunfo de la muerte de
DAnnunzio y otros malos libros" (pág. 234).
LEONARDO ESPITIA ORTIZ
|