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La importancia de Leibniz
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La reforma de la filosofía primera y
otros ensayos
(introducción y estudio de Carlos Másmela A.; traducciones de Carlos Másmela A. y
Alberto Betancur A.)
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Gottfried Wilhelm Leibniz
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Cooperativa de Profesores de la
Universidad de Antioquia, Medellín, 1995, 105 págs.
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Tal vez la imagen más popularizada del
pensamiento de Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) sea la que caricaturizara Voltaire en
su novela Cándido. En esta novela, un personaje al que le pasan toda clase de
cosas bastante inconvenientes repite permanentemente -contra todo sentido común- que este
mundo es el mejor de los mundos posibles. Cándido es de 1759. Cuatro años antes
había ocurrido un terremoto en Lisboa que trajo consigo destrucción y muerte. La
catástrofe conmovió a Voltaire que, a partir de ese momento, puso en cuestión la
visión optimista del mundo y de la naturaleza que había defendido hasta entonces y que
caracteriza gran parte del pensamiento humanista de la Ilustración.
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Quien había cimentado filosóficamente
esa visión optimista del mundo había sido Leibniz, cuya visión armónica del universo
intentaba superar el pesimismo característico del barroco cristiano. Para el barroco, el
mundo era ante todo engaño, desorden, laberinto. Para Leibniz, en cambio, "el mundo
está lleno de orden", de manera que satisface "en plenitud a quien se acerca
con el fin de entenderlo" (pág. 95). Para el barroco el mundo está lleno de
vanidad. Para Leibniz, en cambio, nada es banal sino que todo lo que existe tiene su
razón de ser y no hay nada banal ni superfluo. Mientras que para el barroco el mundo era
imperfección y sólo en Dios podía buscarse lo perfecto, para Leibniz la perfección
estaba inscrita por Dios en la naturaleza y, además, el entendimiento humano estaba en
capacidad de comprender esa perfección del universo.
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Al comienzo, esa inversión -que implicaba
en cierta manera una secularización de la teología- pareció no molestar a las mentes
ortodoxas. Así, en una reseña de la primera edición de la Teodicea publicada en
el órgano de difusión de los jesuitas -Journal de Trévoux- en 1710, la obra es bien
recibida, pues se ve en ella una especie de antídoto contra el negativismo que en algunos
casos se había convertido, según el reseñista, en una moda que consistía en hablar mal
de la Providencia. Sin embargo, en 1734 ya a los jesuitas no les molestaba la moda de
criticar a la Providencia sino la moda de aplaudirla, que había introducido Leibniz. Esto
se ve en una reseña que -también en el Journal de Trévoux- hace Louis Bertrand Castell
de la segunda edición de la Teodicea. Allí Castell se rebelaba contra la idea de
un mundo óptimo, tal como la planteaba Leibniz, y se apresuraba a aclarar que
sólo Dios era óptimo para intentar ponerle coto al optimismo mundano de la
Ilustración.
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En esta polémica de Castell contra
Leibniz, está simbolizada toda la lucha entre el nuevo pensamiento ilustrado y la visión
católico-barroca del mundo. Más tarde, el optimismo también recibiría críticas del
lado ilustrado -Hume, por ejemplo- pero es con Leibniz con quien comenzaría el
desplazamiento de determinados conceptos del ámbito teológico al ámbito de la
naturaleza, lo que llevó a Emil Ermatinger a definir a Leibniz como el más importante
fundador de una nueva concepción del mundo.
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"La novedad filosófica de Leibniz
-escribe Másmela (pág. 4)- consiste en atribuirle una fuerza activa a la naturaleza de
la sustancia". Alrededor de esta afirmación gira gran parte de la introducción y se
nos advierte que los textos traducidos "buscan precisamente poner de relieve esta
idea directriz e inexplorada de su pensamiento" (pág. 3). El no filósofo que lea
las dos afirmaciones anteriores tenderá probablemente a abandonar el libro y dedicarse a
una ocupación menos abstrusa. Y me temo que a más de un estudiante de filosofía pueda
pasarle lo mismo. Y es que si no se explican las consecuencias que tiene el atribuirle una
fuerza activa a la naturaleza de la sustancia -y si no se explica que eso de sustancia no
es nada que se encuentre en la sopa- resulta imposible comprender cuál es el significado,
en la Época, de semejante novedad.
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El mismo Leibniz, en el primer texto que
nos ofrecen Másmela y Betancur -"La reforma de la filosofía primera y de la noción
de sustancia" (págs. 37-40)-, empieza por explicar que la fecundidad de su noción
de sustancia consiste en que "de ella surgen las verdades primarias y originarias
referentes a Dios, a las almas y a la naturaleza de los cuerpos" (pág. 37). Esta
indicación invitaría a preguntarse de qué manera cambian las verdades primarias
referente a Dios, etc., con el cambio en la noción de sustancia introducido por Leibniz.
Para simplificar las cosas puede decirse, para comenzar, que la introducción de la idea
de fuerza activa lleva a un cambio en la noción del movimiento. Si antes el movimiento se
explicaba siempre por un impulso exterior, Leibniz sugiere la existencia de un ímpetu que
"no tiene necesidad de apoyo, sino solamente de supresión del impedimento"
(pág. 39). Sugerir esto implica pasar luego a la afirmación de que el movimiento, y los
demás fenómenos físicos, se rigen por leyes intrínsecas a ellos mismos.
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Así, en el Specikum Dynamicum (pág.
53) Leibniz afirma: "Dios ha añadido permanentemente propiedades y determinaciones a
las cosas mismas, con base en las cuales pueden aclararse todos sus predicados" y,
por consiguiente, "no hay ninguna verdad natural en las cosas cuya explicación haya
que buscarla inmediatamente en la actividad o la voluntad de Dios". Quienes piensan
otra cosa le recuerdan a Leibniz a "aquellos que estaban completamente convencidos de
que los truenos y la nieve procedían de Júpiter mismo".
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Con ello se plantea la idea de una
legalidad inmanente a la naturaleza, lo cual puede verse como el primer paso en la
construcción de una visión optimista del mundo en la medida en que se afirma que la
naturaleza no es un caso sino un orden. El segundo paso consiste en dar por sentado que,
si bien es cierto que la verdad natural de las cosas no hay que buscarla inmediatamente en
la voluntad de Dios, no es menos cierto que "las leyes mecánicas mismas proceden en
su generalidad de principios más altos" (pág. 53). O sea que las leyes de la
naturaleza responden también, en última instancia, "a las leyes del bien o leyes
morales" y, de esta manera, Dios gobierna el universo y "conduce todo hacia su
gloria" (pág. 54).
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Pasar de ahí a la idea de que éste es el
mejor de los mundos posibles no requiere ya grandes saltos. Si, a través de las leyes de
la naturaleza, Dios va conduciendo todo hacia su gloria, entonces puede también decirse
-como lo dice Leibniz en la proposición 11- que "sólo existe lo perfectísimo"
(pág. 94) y que ante cosas que nos desagraden demos por sentado que "es por un
defecto de intelección" (pág. 95), ya que "los mismos males sirven al mayor
bien" (pág. 96) y, aunque "todo dolor contiene algo de desorden", esto
sólo es "con respecto a quien lo percibe, ya que en términos absolutos todas las
cosas son ordenadas" (pág. 95).
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El optimismo del pensamiento de Leibniz
-que, como se ve en las anotaciones anteriores, puede inferirse a partir de los textos que
nos proporcionan Betancur y Másmela- tiene varias consecuencias. En primer lugar, desde
el punto de vista de la teoría de la ciencia, implica afirmar que el universo es
conocible, ya que es un orden, y ese orden, como se sugiere en la Monadología,
tiene su correspondencia en el entendimiento humano. Desde el punto de vista
antropológico y ético, implica asumir una visión más positiva de la naturaleza humana
que la que se tuvo en el barroco. Y, si bien es cierto que Leibniz no prescindió en
ningún momento de la idea del pecado original, es innegable -como lo dice Heine en su
delicioso libro Sobre la
historia de la religión y la filosofía en Alemania-
que el optimismo de Leibniz era una ropa que le quedaba muy mal a la teología oficial y
que, bajo ella, la vergüenza del pecado original sobresalía como un absurdo sin que
hubiera hoja de parra que pudiera taparla. Para Leibniz, en todo caso, el hombre -hasta el
más malvado de los hombres- era perfectible, ya que el mundo estaba bien hecho.
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De esta idea de perfectibilidad podría
pasarse a otra faceta de la personalidad de Leibniz que no es tocada por Másmela: la del
reformador político y pedagógico. Baste aquí con decir que, por encargo del príncipe
Juan Felipe de Maguncia, Leibniz intentó hacer un código que pudiera ser una
legislación válida para toda la cristiandad.
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Tampoco otra faceta, como la del
matemático que se disputó con Newton el haber descubierto el cálculo infinitesimal, a
la del físico, cuyas reflexiones estaban íntimamente relacionadas con el concepto de
ímpetu, al cual Másmela dedica un estudio -"El concepto de ímpetu en Leibniz"
(págs. 17-34)- son abordadas en el libro. En principio, eso no es reprochable. El libro
se ocupa principalmente de algunos conceptos metafísicos, y sin duda las apreciaciones de
Másmela a este respecto son interesantes. Sin embargo, hubiera sido deseable que, además
del análisis minucioso de ciertos detalles del pensamiento de Leibniz que emprende
Másmela en la introducción y en el estudio, hubiera hecho una introducción general a su
pensamiento, ya que Leibniz es un pensador que en las facultades de filosofía en Colombia
ni siquiera está en el programa de los estudios obligatorios, y el análisis de los
detalles, por fructífero que pueda ser para el especialista, no puede dar por sí solo
una visión de la significación global del pensamiento de un filósofo, y más si se
trata de alguien que, como Leibniz, vivió una vida a caballo entre las más diversas
disciplinas -se dice incluso que se acercó a círculos alquimistas- y cuyas reflexiones
estaban marcadas por la ambición reformista típica de su tiempo que -tres años después
de su nacimiento- había salido de la pesadilla de la guerra de los Treinta Años.
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RODRIGO ZULETA
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