Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 39 . Volúmen XXXII. Editado en 1996

 

Un Macondo con balas.


La Mojana. Poblamiento, producción y conflicto social
Bernardo Ramírez del Valle y Édgar Rey Sinning
Costa Norte, Editores Colombia Ltda., Cartagena, 1994, 198 págs., ilus.

Generalmente, cuando se escuchan o leen noticias sobre La Mojana, nos informan de unas “fuertes inundaciones, ante el incremento del invierno en la región”, o de una que otra incursión guerrillera, o de la imposibilidad de llevarse a cabo las elecciones en alguno de los municipios que la integran, por el accionar de esas mismas fuerzas. Sin embargo, se ignora el proceso histórico de construcción social, económico, político y cultural de esa zona enclavada en la llanura caribe y que, por su característica de territorio, de frontera abierta, no parecería pertenecer a la región costeña.

Describir ese proceso histórico de construcción social de La Mojana es la tarea que se proponen los autores de La Mojana. Poblamiento, producción y conflicto social. Se identifica con la preocupación investigativa inicial surgida en los seminarios preparatorios del proyecto regional Mapa Cultural Corpes Costa Atlántica. La investigación de Ramírez y Sinning escoge un espacio corto en un tiempo largo. Presentación, prólogo, introducción y anexos acompañan tres capítulos: “La tierra del Mohán”, “La tierra fértil” y “La tierra de nadie”. La presentación, realizada por el rector de la Universidad de Cartagena, Manuel Sierra Navarro, revela su origen.

En el año 1990 se realizaron una serie de investigaciones históricas y sociológicas sobre el origen del conflicto armado en algunas zonas de la costa atlántica, con el auspicio de la Presidencia de la República, el Plan Nacional de Rehabilitación y Colcultura, en la Universidad de Cartagena, las que fueron el punto de partida para el trabajo en el terruño con los pobladores en la “necesidad de devolverle su historia como un aporte más a los esfuerzos por normalizarlos y reinsertarlos a la vida económica y social”.

Este evento definió la selección de los autores, en ese momento catedráticos universitarios, para realizar, bajo la dirección de Orlando Fals Borda, la investigación sobre historia local de La Mojana, una de las subregiones de la depresión momposina, “que no obstante su gran potencial agropecuario y piscícola se encuentra afectada por la presencia de la guerrilla y el narcotráfico” (pág. 10).

Establecidas las anteriores premisas el texto intenta determinar las características más importantes del poblamiento de la zona, igualmente de su sistema productivo y de la conflictividad que la caracteriza. Cuatro municipios -Achí, Majagual, Sucre y Guaranda-, con sus respectivos corregimientos, constituyen los núcleos poblacionales de La Mojana.

El primer capítulo presenta el poblamiento indígena e hispánico. Después de describir la geografía de la región y examinar el primer patrón de asentamiento zenú-malibú, los autores señalan cómo “el factor agua permitió a las primitivas culturas de la Costa Atlántica desarrollar un medio de locomoción y articulación social muy eficaz que se manifestó a través de diferentes expresiones de su economía, el transporte y la cultura en general” (pág. 13). Inmediatamente, pasan a revisar las características del proceso de ocupación española. Con el poblamiento hispánico, el espacio zenú se disloca, ocurre el reparto del territorio panzenú entre los conquistadores-colonizadores españoles, la adjudicación de las primeras encomiendas por el adelantado y gobernador de la provincia de Cartagena, Pedro de Heredia, desde Mompox, el 14 de junio de 1541, y el funesto impacto de esta política que conduce al despoblamiento indígena.

En el mismo capítulo se consideran los tres ejes del poblamiento español resultantes. Uno, el surgido alrededor del río San Jorge, “por la comunicación que mantenían los encomenderos de Ayapel, Tacasuán, Jegua y Santacoa con Mompox” (pág. 46). Otro, el que aparece con la fundación de Zaragoza por el permanente y dinámico comercio de esta población con Mompox y por el intenso tráfico de negros esclavos que fluía hacia las minas del nordeste de la provincia de Antioquia. Este eje consolidado durante el siglo XVII, origina el surgimiento de centros urbanos intermedios entre esos dos puertos, que servirían como postas de relevo a los champanes que transitaban los ríos Cauca y San Jorge. Tal sería el origen de Magangué como “sitio de vecinos libres” y, en el siglo XVIII, de importantes poblaciones de La Mojana, como Ojo Largo, Majagual y Sucre. El tercer eje fue el que se estableció entre Mompox y Ayapel, por medio del intercambio comercial y que tuvo en las poblaciones de San Benito Abad (Tacasuán) y San Marcos los centros de importancia urbana y comercial.

Así, en los siglos XVII y XVIII, la región de La Mojana será una de esas fronteras abiertas que comenzó a ser ocupada por colonos, en su mayoría blancos pobres, mestizos, indios indómitos e “inzimarronados” y negros rebeldes, como los encontrados por el clérigo Joseph Palacios de la Vega durante su viaje “Entre los indios y negros de la Provincia de Cartagena de Indias en el Nuevo Reino de Granada en los años 1787-1788”.

Estos colonos generarán sus propios códigos culturales en un espacio vacío-ausencia del Estado español, complementado con la presencia de autoridades corrompidas, clérigos indiferentes y contrabandistas que vivían “sin Dios ni ley”, en concepto de Palacios de la Vega.

En este orden de cosas, la situación parece no sufrir mayores modificaciones durante el siglo XIX sino, todo lo contrario, reaparecer en los últimos decenios del presente siglo y, que los autores ilustran en el tercer capítulo con el elocuente subtítulo “La tierra de nadie”. Elementos persistentes de esa ausencia estatal en lo que va transcurrido del siglo XX son el gamonalismo, la politiquería, la violencia política de los años cuarenta y cincuenta, y la guerrilla y el narcotráfico de los sesenta, ochenta y noventa, es decir, “un nuevo evangelio” y “un nuevo orden económico”.

En efecto, la guerrilla terminó reemplazando al Estado colombiano, que abandonó la región “a su suerte”. Este “otro Estado” entró a controlar la vida económica, social y cultural de los mojaneros, imponiéndoles valores e incrementando la violencia que al final “han hecho que la gente le haya ido perdiendo el respeto y la confianza” (pág. 179).

Y luego, en simultánea, entra el narcotráfico, “el cual aparece en el decenio de los años 70 con la siembra de la marihuana y luego con el cultivo de la coca” (pág. 182). De esta manera son impuestos otros valores y un nuevo orden económico, con el consiguiente incremento de la violencia.

Estos cultivos se entronizan por los efectos de la crisis arrocera. Muchos dueños de fincas dedicados antes al cultivo de arroz y otros productos de pancoger ingresan al negocio y comienzan con los cultivos ilegales; por cierto, muy familiares a la región.

Desde finales del siglo XVIII, cuando el padre Palacios de la Vega visitó la región, los cultivos de tabaco y cacao evadían el pago de las alcabalas, y en dichas actividades fraudulentas participaban tenientes, capitanes a guerra de Magangué y Majagual, con recaudadores de alcabalas y estanco real. (Véase: Joseph Palacios de la Vega, Diario de viaje, Barranquilla, Ediciones Gobernación del Atlántico, 1994, págs. 80-92). Asunto que también ocurría, con menor intensidad, con el maíz, el arroz, etc., que “abattecian todos los sitios y pueblos q. conttenia Cauca”.

Empero, el “florecimiento” de algunos cultivos le imprimió cierta dinámica económica a la zona y fue factor de auge de un centro urbano y portuario. Consolidada la Independencia, el municipio de Sucre comenzó a despegar debido a la intensificación de los cultivos de la caña de azúcar, el auge de la industria panelera y mielera y el surgimiento de la hacienda ganadera. La aparición de la unidad económica hacendil era el resultado de que la victoria alcanzada por los colonos sobre los territorios de frontera, era ganancia para la gran propiedad.

A partir del decenio de 1850, Achí comienza a perfilarse como un importante centro de operaciones de aquel mercado regional al convertirse en puerto intermedio entre Mompox, Magangué y la región minera antioqueña (pág. 83). Elementos demostrativos de esa dinámica económica fueron: las ferias comerciales, primero la de Tacasuán (San Benito Abad), y luego la de Magangué; la fundación, a comienzos del siglo XX, por negociantes barranquilleros, del Ingenio Central Bolívar, constituido a través de una sociedad mercantil denominada Compañía Industrial Azucarera, cuyos socios iniciales fueron el general Diógenes A. Reyes, entonces administrador de la aduana de Barranquilla, y el ingeniero mecánico cubano Joaquín Ruiseco, quien era empleado del Ingenio Central Colombia de Sincerín.

Inmigrantes extranjeros establecerían una nueva pauta de poblamiento en La Mojana entre los siglos XIX y XX. Algunos de esos foráneos tenían casas comerciales en Barranquilla y decidieron expandir sus negocios a la región aprovechando un incipiente mercado comarcano. Llegaron a Magangué, Sucre y Achí. Entonces ocurre un viraje en la producción agrícola: el cultivo del arroz reemplaza, lentamente, el decadente negocio panelero. “Con el montaje de la primera piladora de arroz en la región, en el año de 1914, Guaranda comenzó a figurar como puerto intermedio entre el comercio de Nechí, Achí y Magangué, hasta convertirse, para los años cincuenta, en un centro comercial de considerable movimiento” (pág. 109). La sociedad que instaló en Guaranda la piladora estaba conformada por Miguel del Gallego, un negociante barranquillero, y Juan de Dios Navarro. Con este hecho, la industria molinera en Guaranda no sólo será básica sino que también se constituye, a partir de los años sesenta y setenta, en el aglutinante de la producción arrocera en La Mojana.

Pero este proceso de sucesión de cultivos y desarrollo del mercado regional, al que aparece vinculada la economía barranquillera, en sus decenios de esplendor, no fue nada idílico. Los molineros tuvieron que combatir contra un medio geográfico, en parte hostil, para adecuar la infraestructura portuaria y carreteable que le permitiera articularse con el resto de la región. En esta parte, el Estado colombiano estuvo ausente, y el poco desarrollo que La Mojana conoció “lo introdujo el capital privado” (pág. 161).

Los ciclos económicos de relativa bonanza que ha manifestado la región, y que alcanzó un clímax de aparente prosperidad económica con el sector arrocero regional y el incremento de la ganadería con la presencia de los colonos antioqueños, sólo son la expresión de una “riqueza sin retorno social”. En esa ardua tarea por reconstruir todo el proceso histórico, los autores concluyen con lo que puede hacerse extensivo a todas las “extrañas bonanzas” (tabaco, banano, algodón, arroz, carbón), experimentadas en la región caribe: “Esa Mojana rica y llena que todos imaginamos no coincide con la realidad actual. Ni Achí, ni Sucre, ni Guaranda hoy son sombra de la prosperidad de otros tiempos”.

JORGE CONDE CALDERÓN
UNIATLÁNTICO