Ficha bibliográfica
Titulo:
Entre silencios de semicorchea y bemoles
Edición original: 2005-06-10
Edición en la biblioteca virtual: 2005-06-10
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: G. Dimitrov
Notas: Reseña de G. Dimitrov sobre los libros: Tres piezas para percusión, arpa, celesta y piano de Johann Hasler y Guácharo de Luis Pulido.


 


Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 39 . Volúmen XXXII. Editado en 1996
 
Entre silencios de semicorchea y bemoles

Tres piezas para percusión, arpa, celesta y piano
Johann Hasler
Premios Nacionales de Colcultura, Música, Composición,
Tercer Mundo Editores, Santafé de Bogotá, 1995, xvi, 32 págs.

Guácharo
Luis Pulido
Premios Nacionales de Colcultura,
Música, Composición,
Tercer Mundo Editores, Santafé de Bogotá, 1995, 72 págs.


Aunque no le corresponde a nadie aquejado por el diletantismo ócuando se descubre en el término, por contexto o por intención, aquel no muy oculto rostro execrable -alejarse de sus territorios, no existen dificultades al momento de vencer cualquier resistencia-siempre nominal-. Así, luego de la audición del 22 de octubre de 1995 en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, en que se estrenaron las obras Guácharo, de Luis Pulido y Tres piezas para percusión, arpa, celesta y piano de Johann Hasler, me atrevo a hacer algunas apreciaciones limitadas, puesto que resultan tras escucharlas una sola vez -no fueron grabadas y las partituras, en estos casos de música contemporánea, no resultan dicientes para el aficionado-. Guácharo, escrita para una combinación de cámara que no recuerdo en obra diferente, presenta una interesante exploración tímbrica con medios tradicionales, con algo que califico como hasta ahora inéditos unísonos y un desarrollo muy contemporáneo a partir de pequeños elementos -rítmicos y de intervalos-. Para aventurar un despropósito, existe algo del compositor artífice -como Ravel, por qué no como Stravinsky- y para remediarlo, aparecen ciertos ecos de Franco Donatoni -quien fue maestro de Luis Pulido-. La obra se inicia con carácter dramático. La segunda sección, que comienza sin contar con los vientos, de nuevo se basa en figuras rítmicas repetidas, pero en este caso, con saltos caprichosos. El contrabajo, protagonista en toda la obra, tiene en la tercera parte un hermoso solo. El final es antífona, juego y cierto espíritu de jazz. Las Tres piezas de Johann Hasler resultaron acaso demasiado especulativas pero quizá allí radique su principal interés, pues el compositor cuya obra se había desarrollado en una estética neoclásica -como después pude saberlo- trae a ella una visión de la melodía de timbres con instrumentos tradicionales tratados de forma inusual -para nuestro medio- que resulta en sonoridades desconocidas y además ayuda a renovar ideas sobre los instrumentos de percusión.

En cuanto a los libros, a manera de comentario general, los Premios Nacionales de Colcultura 1994 muestran un innegable avance en cuanto a cubiertas, las cuales se caracterizaron, en las ediciones de 1992 y 1993, por un diseño que, tal vez, era apenas un bosquejo. Bastan para confirmar esta aseveración el búho símbolo del Instituto Colombiano de Cultura, que parecía aquejado por una enfermedad degenerativa en etapa avanzada (1992), los problemas de impresión cuando se aplicaba el diseño a formatos de tamaño carta hacia arriba y las letras P y N, mímicas de dudosa factura de ciertas fuentes "script" clásicas. Aunque la apariencia "pixelada" (cuadriculada) no figure dentro de mis preferencias, las nuevas carátulas, vistas desde cierta distancia, resultan agradables y sugerentes, más cuando renuncian al plastificado. La impresión presenta ciertos defectos en el registro, que se hacen notorios en elementos pequeños como el búho -de nuevo damnificado, pero ahora con mejor salud-, el texto de las contraportadas y las líneas blancas, quizá porque el material cede en la impresión. El papel interno es de grata apariencia, pero resulta algo traslúcido.

El libro de Johann Hasler padece de algunas inconsistencias. Las páginas de texto, once fuera de la(s) portadilla(s), no numeradas, son el punto débil de la edición. El folio identificado con el título GLOSARIO DE SIMBOLOS E INDICACIONES (sic), con mayúsculas sin acentos, pese a que el libro, desde la portada, hace de ello una premisa, presenta en pocas palabras multitud de errores: [...]linea, pagina[...], espacios dobles entre palabras, espacio coma espacio... y la letra, a diferencia del resto de la sección está en un tamaño mucho más pequeño y con alineación diferente. Dentro de las indicaciones consignadas, adelante aparecen cuatro posibilidades de lo que llamaré "ondas caprichosas" que en la partitura se tornan en "ondas simétricas". Los títulos de las secciones y de las piezas no son uniformes. Remitido a la primera página de texto, encuentro mayúsculas centradas subrayadas con una línea de alrededor de un punto, más bien distanciada, que se extiende uno o dos milímetros a ambos lados del texto; se puede decir que se trata de una sección aparte. Los siguientes cuatro títulos, que me atrevo a agrupar, en negrillas, mayúsculas y minúsculas, están subrayados con parámetros distintos: sólo el primero y el cuarto de ellos guardan relación entre sí. En las piezas, descontada la segunda, que se identifica con caracteres hebreos, Nebulosas está escrita en altas y bajas, mientras Antífona escogió las mayúsculas, en este caso acentuadas. Los guiones que sirven a manera de paréntesis son siempre pequeños, de corte de palabras; quizá la correcta versión tipográfica sea desconocida para quienes realizaron el libro. Para terminar con el premio al joven compositor, la contraportada indica a Johann Hasler como autor de la obra Guácharo, en uno de esos curiosos errores que, aunque inverosímiles, acostumbran a aparecer con alguna frecuencia en todo material impreso.

En Guácharo prácticamente no hay texto pero de nuevo aparece la pugna entre mayúsculas acentuadas y no acentuadas, ahora junto a las cifras de año con separador en los miles. La partitura, de apariencia tradicional, tiene problemas en el espaciado horizontal de las figuras rítmicas y las alteraciones, hecho que se puede notar desde el segundo compás en los pentagramas de los violines, entre silencios de semicorchea y bemoles o becuadros; luego es fácil encontrar superposiciones entre las cabezas de las notas y las alteraciones, entre corchetes y silencios y entre alteraciones, corchetes, silencios y notas que desembocarán en excesos en definitiva intolerables en las páginas 35, 37 y 39. En cuanto a la disposición vertical, los trémolos, con frecuencia, impiden conocer a primera vista el valor rítmico de las notas. Las partes instrumentales, no numeradas, que comienzan luego de la página 40, aunque no están libres de los defectos mencionados, los atenúan gracias a la independencia vertical. Frente a las preferencias de los ejecutantes, el tamaño de los elementos de la partitura podría haber sido mayor y quizá también habría evitado las páginas blancas intercaladas. Luego de consultar con el compositor acerca de las trasposiciones, me enteré que la parte del clarinete exigía este proceso adicional, puesto que el clarinete en do resulta un instrumento muy exótico.

La publicación de las obras representa una parte más sustancial del premio en el área de música que en las restantes categorías; quizá por ello, y a pesar de reconocer algunas omisiones -que encontraron más en su propia labor, en el proceso de corrección-, los compositores se mostraron satisfechos con la edición. Sin embargo, Luis Pulido sugiere un formato mayor y más tiempo para las correcciones.

Dentro de los propósitos de Colcultura, la sección de Composición de los Premios Nacionales es uno de aquellos necesariamente loables, pero es un pequeño campo que se abre algo tarde para nuestros músicos. Mientras tanto, las obras de Guillermo Uribe Holguín, de Antonio María Valencia, de algunos otros, aguardan ediciones ordenadas, dignas y prontas antes que desaparezcan en el polvo y en el moho o en archivos asépticos que parecen quererlas para sí mismos; tarea que sobrepasa con desmesura la generalizada dispersión de criterios, que ocasiona frecuentes malabarismos presupuestales, de aquello que tarde o temprano ostentará el nombre de Ministerio de Cultura.

G. DIMITROV