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Un
capítulo más para la iconoclastia
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Bolívar y Santander, vidas paralelas
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Germán Arciniegas
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Planeta, Memoria de la Historia, Santafé
de Bogotá, 1995, 301 págs.
No hace mucho tiempo discutíamos con un
amigo acerca de los méritos literarios del Libertador. Una de las conclusiones era que,
sin ser brillantes en demasía, eran demasiado altos como para provenir de un soldado, y
más aún de un político. Recordábamos cómo es posible pasar por las ochocientas
páginas de algunos de los libros editados por el Congreso (no todos, por supuesto), sin
encontrar en ellas una sola idea. Apoyados en Germán Arciniegas, recordábamos que en
Bolívar no pasan dos párrafos sin que salga a relucir alguna idea interesante,
inteligente. Por lo demás, Bolívar resulta abundante, prolijo. Es casi imposible
concebir que desde los campos de batalla se puedan escribir veinte cartas, diez notas de
instrucciones, tres proclamas y dos discursos en un solo día, en estilos y con ideas
bastante disímiles. Recordábamos también de qué manera la iconoclastia de Arciniegas
"o el decir simplemente lo que se piensa" lo llevó a que se le prohibiera la
entrada en Venezuela y a casi a quedarse sin patria en la propia Colombia por haber dicho
en Caracas, en 1968, que Simón Bolívar fue el primer indocumentado que pasó la frontera
entre Colombia y Venezuela. Luego, en Bolívar y la revolución (1984), expresó
que "Bolívar no fue más que un guerrero, el Libertador" y que "el resto
es un mito de papel que se inventaron los manipuladores de la historia". Y, para
completar, escribió que al Libertador no se le podía pedir consistencia, porque "se
contradecía con un entusiasmo raro".
Creo que hay que ser ciego, o no saber
leer, o tener el patriotismo por las nubes, para negar lo que con toda evidencia sostiene
Arciniegas.
Pues bien: un par de días después de
esta charla, mi amigo, que es uno de esos escritores superiores que no merecen ser
editados entre nosotros, se apareció con un cuento, cuya lectura me impactó
profundamente. El narrador era un tal Soto. Soto es una especie de lugarteniente, un
amanuense del Libertador. Su función, y por ello se le paga y se le otorgan prebendas, es
la de servir de "cerebro" del héroe. Mientras el uno guerrea, manda y recibe
honores, el otro redacta cartas, proclamas, discursos, Constituciones, que el otro
firmará. Soto está sentado en el pináculo de una colina que domina el panorama del
Puente de Boyacá. Sabe que tiene que convertir en Termópilas la simple emboscada
guerrillera que está contemplando, y que a cambio le espera una generosa retribución.
Apartado de la batalla como un Homero omnipotente, sabe que su vida es acaso más
importante que la de su propio jefe. Sabe que tiene un dominio sobre aquél, y que de
algún modo lo tiene entre sus manos. Entre divertido, irónico y amargado, reflexiona
acerca de la condición del escritor, del intelectual que descansa detrás del Poder. Como
una especie de Cyrano de Bergerac criollo, tiene que apartarse cuando el Libertador se
acerca al lecho de las amantes, que, en igualdad de condiciones, lo hubieran preferido a
él. Un Bergerac más trágico aún, puesto que es apuesto y cede al otro únicamente en
el manejo del Poder, esa entelequia que, no lo niega, descansa en la imagen del "héroe",
la cual requiere unas condiciones, una energía, un carisma al que ninguna inteligencia
podrá jamás suplir.
¡Admirable relato! Por fortuna para mi
amigo, este capítulo de la iconoclastia permanece inédito.
Ahora bien, cuentan los chismes que hacia
finales de la década del cincuenta el Banco de la República editó la correspondencia
completa de Santander. No bien la leyeron algunos furiosos santanderistas, se ordenó
recoger y, presumiblemente destruir, la edición completa, no fuera el país a enterarse
de algunos detalles de la vida del "héroe". Según la misma fuente de alta
fidelidad, esas cartas permanecen inéditas y habrían sido minuciosamente evitadas por
los autores de los cincuenta recientes tomos que editó la Presidencia de la República e
incluso por doña Pilar Moreno en su magnífico libro sobre el Hombre de las Leyes. No lo
sé, y no me consta, pero si es así, pienso que valdría la pena afrontar el reto de
publicarlas, y, si es el caso, de pasarlas por el cedazo de la crítica histórica.
¿Cuál es, si no, la función del
historiador? me pregunto si en el fondo de los problemas de Colombia no habrá, entre
tantas cosas, el soporte de una cultura de falsos prestigios, de falsos héroes. Me
pregunto si todo el que alcanza un logro superior entre nosotros no lo debe a su propio
esfuerzo, "a pesar" y no "debido" al ambiente que lo rodea. Creo que
el país ya empieza a reconocer a sus falsos héroes actuales, pero, ávido de olvido, ha
desdeñado indagar en la historia. Creo que de algún modo valdría la pena poner en la
picota e indagar acerca de quiénes han sido los personajes nefastos con cuya invaluable
ayuda estamos como estamos.
No quiere esto decir que haya que
destruir ídolos como Bolívar y Santander, que ambos tienen méritos más que suficientes
para descansar como pilares de una nacionalidad. Pero sí hay que evitar que
sistemáticamente se glorifique al uno en desmedro del otro. Arciniegas no deja de
señalar las virtudes de ambos e incluso, y esto ya es más típico como aporte propio del
autor, una especie de amor mutuo y de incomprensión atizada por enemigos comunes, en fin,
una relación siempre arruinada por quienes los rodearon.
Me parece un error publicar una
antología temática de Arciniegas. Quizá para Cobo Borda haya sido agradable elaborarla,
con el atractivo de la búsqueda y la selección; mas no así para el lector, puesto que
se convierte en una antología de repeticiones. Esto hace que su lectura sea difícil y
muchas veces aburrida. Casi todo el libro insiste en que la desgracia para Bolívar, para
Colombia y para América, fue "no habernos arreglado con Santander". No
obstante, como en Borges, casi siempre aparece por ahí el dato inaudito, escueto, o el
comentario irreverente que no aparece en ningún otro escrito, y esto ya justifica algo el
libro. Y aunque es cierto que en los discursos oficiales Arciniegas contiene un poco la
lengua, en otros deja paso a esa iconoclastia crítica que por momentos resulta deliciosa,
como cuando Emil Ludwig anota que en París se conoce a Bolívar por una calle y una
estación de metro, a lo cual responde Arciniegas que el error de Ludwig consiste en decir
que en París se conoce a Bolívar. Porque "el hecho definitivo e indiscutible es el
de la ignorancia que reina en el mundo sobre las cosas de América, y aun sobre todas las
cosas".
Todo lo anterior para recalcar una vez
más uno de los aspectos sobre los cuales gira esta antología de Arciniegas. Las figuras
de los héroes están bien, pero deben ser sometidas a la crítica histórica, sin ocultar
los hechos, como ha sido tradición entre nosotros. Es por lo demás un abuso maniqueo el
apropiarse para sí mismo a los héroes. Esa falta de crítica explica que los
conservadores vayan con el uno, los liberales con el otro, los venezolanos con el uno, los
colombianos con el otro, los costeños con el uno, los cachacos con el otro, el M-19 con
el uno, el gobierno con el otro. ¿Por qué razón hay que aliarse con uno u otro
personaje? ¿No se puede ser, como Eduardo Santos, cultor de ambos a la vez? ¿O de
ninguno de ellos?
Un buen día, ojalá lejano, se armará
la furrusca con Venezuela. Tarde o temprano habrá de ser, pues el futuro es muy largo y
la ley de Murphy muy corta. Sólo estamos esperando que la situación social y económica
llegue a tales extremos en ambos países como para justificar una agresión armada cuyo
presumible final será que el Golfo de Venezuela revierta a su dueño legítimo y natural
(Estados Unidos), y el resto de árido desierto, en nombre de los derechos humanos, a su
dueño legítimo y natural (los guajiros), no sin antes dejar un buen número de humildes
viudas y huérfanos. No me cabe duda de que, cuando ello suceda, en Colombia tendremos una
oleada de antibolivarismo y en Venezuela una de antisantanderismo. Y lo siento mucho por
un puñado de colombianos y por un puñado de venezolanos que no juzgan las cosas por los
calores y colores del momento y que están más allá de los odios que, como buenos
hermanos, se profesan los dos países.
LUIS H. ARISTIZÁBAL
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