Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 39 . Volúmen XXXII. Editado en 1996
 
El patetismo como biografía

Biografía de una angustia
Gustavo Páez Escobar
Instituto Caro y Cuervo, Santafé de Bogotá, 1994, 265 págs.

No quisiera exagerar -resultar demasiado patético- al decir que, en cierto sentido, esta biografía del poeta colombiano Germán Pardo García ha sido escrita por Germán Pardo García. Hay hombres hiperconscientes, hipervigilantes, para quienes, curiosamente, el pasado casi no existe, el análisis de la propia obra es irrelevante (porque ya su sentido es muy claro) y el presente es la afrontación, humanamente angustiosa, de la muerte. ¿Una autobiografía por la pluma de otro? El género no sería nada nuevo si recordamos algunas “biografías intelectuales" en que el biografiado ha escogido previamente a su biógrafo, a quien -piensa aquél- debiera más bien llamar su amanuense. Tal vez el género lo inauguren Alice Toklass y Gertrude Stein, o viceversa, pero más cerca de nosotros tenemos esa biografía rebelde de Sartre que elaboró Pierre Gerassi, en principio más ahijado que discípulo del ambiguo existencialista. Autobiografías o no, ellas ostentan un diálogo en el interior de vida y obra, lo cual supone, o bien un distanciamiento de los presuntos protagonistas, o bien un desdoblamiento bien entendido, suficientemente claro, del biografiado. En todo caso, no son un monólogo...

Monólogo parece esta biografía del señor Pardo García, o del señor Angustia o del señor Mayor Poeta Hispanoamericano de los Últimos Tiempos o... El biógrafo ha caído en una trampa, en la telaraña de un espécimen humano que quizá no necesita de biografía: un poeta que desde sus primeros versos no paró de hablar de sí mismo, y ello a través de cerca de una cincuentena de títulos, aparecidos en 60 años de historia editorial.

El poeta de la angustia. No hay que dudarlo. No quiero seguir exagerando, pero abusando del “es propiedad" (que en los tradicionales y hermosos libros de la colección La Granada Entreabierta, del Caro y Cuervo, reemplaza el copyright) voy a transcribir una buena parrafada que corresponde al relato que hace el propio poeta del episodio de su intento de suicidio (o de uno de sus varios suicidios):

En efecto: el 29 de septiembre, día domingo, a las 5 de la mañana, en un trance de pavura, destrozado materialmente por la imagen de una mujer a la que sigo amando, sin recursos económicos suficientes para salir a la medianoche a desalojar mi angustia por medio del juego -he sido tahúr desde los 18 años-, me sobrevino una crisis salvaje, quizá como la de Silva, y me abrí las venas. Mi sangre quedó espantosamente regada por mi humilde apartamento, se regó de la vasija en que yo la veía acumularse, salió a la calle; un amigo vio aquel drama, derribó la puerta y me arrastró moribundo hacia la Cruz Roja. Allá médicos eminentes enviados por la primera autoridad de la República me volvieron a la vida cuando ya mi corazón apenas tenía 25 pulsaciones. Me alojaron en un sanatorio, después fui a convalecer a la casa de una prima hermana mía, y al mes me levanté del sepulcro, como Lázaro, aterrado de vivir y de morir, me cambió la mirada, se me volvió honda y desolada, y toda mi estructura física y moral quedó modificada por completo. Por contraste, comencé a cantar como jamás lo había hecho, y Tempestad, la obra salida como una fiera hambrienta desde el fondo de mi padecer y de mi derrota, fue mi libro supremo, mi lenguaje adquirió una densidad desconocida y es el libro que no ha escrito aún ningún poeta. Se lo digo con humildad pero con soberbia, porque un gran poeta sin soberbia es como un águila sin alas.

En cierta forma, en esta declaración, parte de una entrevista que el autor le hizo al poeta en 1986 y que ha sido incluida en esta biografía, está contenida toda la vida de Germán Pardo García. Y también todo el libro de Gustavo Páez Escobar, quien vivió su propia epifanía poética al entrar en contacto con la voz del bardo: sus poemas, su correspondencia y su hospitalidad en la casa de Río Támesis, en México, donde murió y vivió por tantos años.

No existe el pudor en estas palabras transcritas, pero el autor de Tempestad nunca lo tuvo: su razón de poeta fue siempre la exteriorización ansiosa de su propio interior, el afán desinhibido de hallar unos límites a sus profundidades, traumáticas desde la más tierna infancia. Pero el biógrafo también se niega a la distancia, al análisis crítico, al pudor. Su biografía es sólo el testimonio exaltado de su admiración, y la constancia de que esa admiración ha sido satisfecha -nunca defraudada- en el poema, la carta y el diálogo personal con el héroe carlyleano. Constancia que, por supuesto, implica un dejar hablar al poeta, dejarlo ser, dejarlo ver desangrándose.

Pero ello no tiene por qué hacerle honor necesariamente. Y tampoco lo hace conocer más. Si bien es cierto que los lectores asiduos de poesía colombiana barruntamos no pocos misterios detrás de nuestras lecturas del poeta de Ibagué (de quien a veces se ha escrito ser de Choachí, y es claro el porqué), no lo es menos que otros tantos misterios se realzan y vaporizan más en esta biografía. Es una lástima que Pardo se haya ido a la tumba sin que nadie lo enfrentara (valga el verbo) en cuanto a la coherencia poética de sus desbordes cientificistas, en el hondo significado de su presunta estética griega, en el secreto de su prolífico quehacer métrico y sonoro; esto es, en el sentido real de su ingente obra poética. Porque -¿sobrará enfatizarlo?- no se escribiría una biografía de Pardo García si éste no fuese poeta (¿un gran poeta?); de nada sirve conocer la “enorme soledad" del eremita de Río Támesis, si no sabemos por qué debemos exaltarla o cómo la hizo grande el propio solitario.

Es claro que Páez aborda todos estos temas, pero siempre en el mismo lenguaje de Pardo García y no precisamente bajo la pregunta coyuntural por el sentido. Entonces, el amor a la ciencia y la devoción a Einstein son síntoma del genio; las altisonantes evocaciones griegas delatan al gran hombre; todas las estrofas son creaciones perfectas... Todo ello carece del vigor de lo afirmativo y más bien adolece de la ineptitud de lo prejuzgado. Del triste espectáculo, entre ridículo y lastimero (sería trágico si no fuese espectáculo), de la extinción de un hombre solo, al parecer negado a todo comercio con el mundo, pero en cambio inverosímilmente consagrado a publicar libros de poemas. Una vida griegamente organizada dentro de unos límites modestos y una poesía -sabría el propio grecófilo poeta- exacerbadamente patológica, salida de todo límite.

Creo que el patetismo y la contradicción son los argumentos que aducen hoy no pocos detractores (aunque más bien son “ignoradores") de Pardo García, en otro tiempo candidato de parroquia al premio Nobel. Personalmente no adhiero a tales criterios y, confiado al principio de que “buen poeta es el que escribe buenos poemas", considero que Pardo lo es, así haya escrito unos cinco buenos poemas (creo que hay más) entre uno o dos millares. Ningún hombre pierde el tiempo y menos cuando se dedica a oficios inútiles. Por eso demando estudios serios, críticas pertinentes a una obra e interpretaciones que dejen los cadáveres en su sitio y valoren lo que puede seguir siendo vida.

Es de apuntar, finalmente, que la presente Biografía de la angustia arranca en su primera mitad hablando de un poeta vivo; en el 91, año de la muerte de Pardo García, el libro hacía la correspondiente eterna cola para ser convertido al sagrado lenguaje de los tipos de plomo; el suceso no modificó el enfoque sino que motivó un complemento final, repetición fastidiosa de todo lo dicho en la primera parte original. También es de destacar que Páez Escobar se ha propuesto desde hace un decenio rescatar el nombre y el prestigio del poeta entre sus coterráneos el propósito parecía tener fines prácticos hasta el 91. Hoy no ayudaría siquiera a que un mejor viento expandiese sus cenizas.

ÓSCAR TORRES DUQUE