Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 39 . Volúmen XXXII. Editado en 1996
 
Bajo el son de la campana

Diario de viaje. Entre los indios y negros de la provincia de Cartagena en el Nuevo Reino de Granada. 1787-1788
(segunda edición)
P. Joseph Palacios de la Vega
Ediciones Gobernación del Atlántico, Barranquilla, 1994, 141 págs.

En 1955, Gerardo Reichel-Dolmatoff editó el Diario de viaje del padre Joseph Palacios de la Vega 1, misionero español que dejó una serie de informes sobre su actividad colonizadora y evangelizadora en la provincia de Cartagena, más exactamente en las riberas de la cuenca del río Cauca, tarea que cumplió aproximándose el último decenio del siglo XVIII. En 1994, casi cuarenta años después de la primera publicación, la gobernación del Atlántico reedita la obra dentro de la colección “Historia”, conservando el mismo texto contenido en 170 notas y, también, la introducción del desaparecido antropólogo austriaco. El manuscrito original se encuentra en el Archivo General de Indias y aparece bajo la referencia de Audiencia de Santafé, legajo 1171.

El libro es un registro de hechos, anécdotas y situaciones que permiten hacerse la imagen de una de las formas como se colonizó al indígena. El evangelizador de esta historia se presenta como “Cura Reducttor del Nuebo Pueblo de Sn. Cipriano” (pág. 27), lugar de donde debe partir con órdenes precisas de reunir toda la feligresía que estaba dispersa por el río Cauca y otros diversos sitios, con el fin de poder ejercer sobre ellos un control más directo; así, los ranchos que se encontraban en la orilla del río y los pequeños caseríos eran arrasados y sus habitantes conducidos a los nuevos poblados gobernados por la corona; le correspondió al sacerdote Palacios de la Vega ejercer su misión en lo que podríamos denominar sectores rurales de la Provincia Real de Cartagena (Mompós, Ciénaga de Ayapel, Caño de Varro -donde desagua el Cauca-, etc.), que distaban mucho de asemejarse a las opulentas ciudades y puertos desde donde se han documentado, en su mayoría, las investigaciones sobre el proceso colonizador de la costa atlántica 2. El padre Joseph cumplió una impresionante labor evangelizadora y colonizadora, bautizando rancherías enteras y construyendo poblados para que todos viviesen bajo el son de la campana, que era, en otras palabras, “rudimentar a los indios en la doctrina cristiana” (pág. 29); todos los que no se sometían como infelices, eran perseguidos como bandidos.

En su función de informar, el cura dejó un valioso panorama de nuestra cultura indígena, negra y mestiza, las condiciones en que vivían y su forma de relacionarse con los españoles. Las notas iniciales se refieren a la despedida que le brindaron sus vasallos del pueblo de San Cipriano; esta primera narración de costumbres gira en torno al nombramiento de nuevos dignatarios que habrían de reemplazarlo, apreciándose en dichas celebraciones la fusión de dos culturas (notas 23 y sigs.): “Se empezó la Misa pero apenas enpezaron a cantar los libres quando enpezaron los Indios a tocar sus instrumtttos, las Indias sus tamborcittos. Fue tal el gozo q. se me llenó el alma, q. no podía ni articular ni menos seguir pero considerando era del agrado de Dios los dejé en su regozijo” (pág. 43). Así parece que nuestro bagaje cultural se vino a mezclar con la saliva europea, tal como las indias preparaban la chicha en sus bohíos, legándonos, entre otras cosas, un mundo religioso, mezcla de paganismo indígena con el más rancio fanatismo español.

La apreciación de hábitos con rasgos autóctonos permite dar una importante idea de los usos y creencias de nuestros antepasados indígenas; por ejemplo, se narra la forma de dar a luz las mujeres, paradas sobre el lecho de un río (nota 5), y en otro aparte, el rito funerario de dejar el cadáver a la deriva de los mismos, reflejando la convicción sagrada según la cual el río es dador de la vida y continuador de la misma así como en la mitología cogui: de la madre se venía y a la madre se iba; el mar era la madre.

De la misma manera, hay referencias al modo en que los indios aplicaban justicia entre ellos, formas que se oponían a la legalidad que traían los colonizadores; a la forma de preparar sus alimentos y bebidas, celebrar sus fiestas, etc. El padre Joseph se impresiona con lo que ve, pues “la maravilla de América es tan grande que todavía hoy nos deslumbra a través de los escritores que llamamos cronistas de Indias” 3; es un colonizador que a punta de engaños y aguardiente socializa a los indios compenetrándose con ellos, pero lo hace divertido y sin aparente maldad, movido más bien por su fervor religioso y su lealtad a la corona. Es bondadoso y, a pesar de todo, “profundamente humano, sincero y valiente” (pág. 25).

No deja de fantasear en sus informes el simpático curita. Cuenta que Dios lo defendió contra el ataque de doscientas nativas que lo atacaron con lanzas, machetes y palos, mientras los indios le disparaban innumerables flechas. Sólo una lanza arrojada por una “concubina” llevaba dirección de muerte, pero uno de los propios enemigos del cura, por designio divino, interpuso la “coz de su escopetta” en el trayecto del arma asesina, convenciendo así del carácter divino de su presencia; “aviéndole tirado más de doscienttos valazos las balas no le enttraban, ni las lanzas, ni las flechas...” (pág. 75). Imponía así su capacidad de persuasión e intimidación.

Transcurre la narración de aventuras y experiencias durante el viaje, arrasando con los vestigios indígenas que encuentra a su paso en su afán por acabar con las pecaminosas formas de asociación en que se organizaban los indios. A medida que avanza va hallando rancherías más organizadas, ricas en cultivos y animales y con indicios de haber sido ya colonizadas; sin embargo, en las notas finales pide auxilios para continuar con la demolición y destrucción de los palenques y guamales indígenas.

Quien quiera apreciar algo de las rudezas misionales del siglo XVIII y conocer sobre las costumbres aludidas en la presente reseña, puede acercarse a este libro, que, además -como mantiene “la ortografía y abreviaturas del escribiente, quien como sabemos acompañaba al padre Palacios de la Vega en sus viajes” (pág. 10), con la construcción del castellano de la época-, puede resultar de interés por ser muy escasas las publicaciones actuales de textos antiguos que conservan su escritura original.

Concebido en la nota del nuevo editor como un homenaje póstumo a la memoria del profesor Gerardo Reichel-Dolmatoff, conserva la introducción publicada en la primera edición por este antropólogo, quien nos dejó valiosos aportes acerca del estudio de nuestra cultura milenaria; este proemio se constituye en una completa noticia de la actividad realizada por el franciscano en su comisión por las Indias y en un registro historiográfico del material documental relacionado con esta obra, todo lo cual complementa su valor, sumando además el apéndice de abreviaturas frecuentes y un glosario que considero muy breve, aunque no por ello carente de utilidad conceptual.

Una cosa me llamó la atención a lo largo de la lectura de este texto, aspecto que puede carecer de importancia pero que me voy a permitir utilizar para ilustrar mi conclusión: en el libro se aprecia el excesivo rigor de la burocracia española, reflejado en la expresión notarial con que finalizan las notas, fenómeno que ha dado hasta nuestra época, y entre nosotros, una importancia singular al documento rubricado. Así, para que esta reseña “constte, lo anotto y firmo de que certifico”.

HERNÁN ADOLFO GALÁN CASANOVA

  1. Joseph Palacios de la Vega, Diario de viaje, Bogotá, A, B, C, 1955. (Editado por Gerardo Reichel-Dolmatoff).
  2. Gustavo Bell Lemus, Cartagena de Indias: De la Colonia a la República (Apéndice: “La universal relajación y corrupción de costumbres de los fieles. Informe del Obispo de Cartagena sobre el estado de la religión y la Iglesia en los pueblos de la Costa, 1781”), Santafé de Bogotá, Simón y Lola Guberek, 1991.
  3. Carmen Bravo-Villasante, La maravilla de América. Los cronistas de Indias, Madrid (España), Instituto de Cooperación Iberoamericana, Ediciones Cultura Hispánica, 1985.