Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 39 . Volúmen XXXII. Editado en 1996
 
Un bogotanizado temeroso de las culebras,   cucarachas, alacranes y  bichos de tierra caliente

Viaje de O Drasil (segunda edición)
Anónimo
Ediciones Gobernación del Atlántico, Barranquilla, 1994, 102 págs.

Un viaje, como la escuela, sirve para unir corazones 1

Pertenece esta obra a la rica y amena literatura de viajes que para otros no es cosa distinta de geografía de la más pura calidad, y ha sido siempre leída y apreciada con especial deleite. Textos de viajero, como éste, se conservan como relatos imperecederos que nos permiten conocer la forma como vivieron los hombres en diferentes momentos del tiempo. El propio libro que ahora nos ocupa da unos lineamientos muy bien trazados de lo que constituye este tipo de narraciones:

Líneas serias, pensamientos profundos, chistes delicados; renglones ilegibles, ideas con muchas palabras y demasiadas palabras sin ideas; necedades, epigramas grotescos y noticias sin interés recuerdos de almas, nombres de hombres notables y formas de gente anónima, todo se halla allí cosido en orden continuo como colcha de retazos, pero esa misma variedad hace del libro un muestrario interesante digno de la publicidad. [pág. 32]

De acuerdo con esto, la gobernación del Atlántico consideró importante editar esta obra que nos deja tener una visión de la sociedad barranquillera y de gran parte del litoral caribe a fines del siglo XIX, ya sea para acercarse un poco a su historia o para establecer un real balance del progreso cultural y material de esta tropical región.

Aparentemente no se tiene certeza del autor; así lo anota Gustavo Bell Lemus en su breve introducción: “Del autor no conocemos sino los pocos datos que nos hace saber en algunas alusiones autobiográficas: que era costeño, que le llamaban Pepe,... etc.” (pág. 7); de igual manera, la primera edición se publicó anónima 2. Yo afirmo que quien escribió este relato fue un viejo poeta y hombre de letras nacido en el municipio de Juan de Acosta (Atlántico); se trata del doctor Juan V. Padilla, de quien hace una breve semblanza don Miguel Goenaga en sus Lecturas locales. Crónicas de la vieja Barranquilla. Impresiones y recuerdos 3; en el capítulo XXI se habla del prestigio que en su época tuvo el doctor Juan V. Padilla, “poeta de elevada inspiración, orador elocuente y escritor político de alto vuelo”, afectado por una permanente modestia que atajó sus “pasos hacia una mayor culminación”; era su costumbre no firmar los artículos que escribía después de tener “reacciones luminosas”. Esta atrevida y honrosa adjudicación de autoría intelectual la hago al encontrar contundentes coincidencias en los textos del Diario de O Drasil y las impresiones que este viajero, costeño “pero no barranquillero”, publicó en un folleto cuya fecha corresponde a la primera edición del libro, año 1893. Es remoto pensar que Pepe, en caso de no haber sido él el doctor Padilla, hubiera hecho una transcripción casi textual del libro en un artículo referido a las fiestas del Centenario de Colón publicado en El Comercio, periódico en el que colaboraba habitualmente este viajero. Luego Pepe sería Juan V. Padilla y la enunciada crónica una parte del Diario de O Drasil. El doctor Padilla falleció el 30 de mayo de 1920. Respetamos su voluntad al dejar, en el encabezamiento, anónima su obra, pero aquí, entre líneas, le hacemos un sencillo reconocimiento.

El carácter personal de los textos permite conocer a un autor sensible, descriptivo y ameno, dueño de un sarcasmo fino que genera simpatía y sonrisas en el lector. En lo suelto y relajado del relato familiar se captan: elegancia natural del lenguaje, expresión fácil y una elocuencia espontánea y abundante, lo que no le resta mérito como escritor discreto, correcto, pulcro, elegante y conceptuoso; en ocasiones, dice cosas hermosas que adornan sus descripciones y sus conversaciones llanas, sencillas, sobriamente nutridas, apacibles y desinteresadas. Doy excusas si me excedo en la calificación de este cronista social, pero es lo menos que pude notar en estas “cláusulas arrebatadoras soltadas en Juan de Acosta por Juan V. Padilla”, de las que afirmaban sus lectores “que es imposible superarlas en ninguna parte ni en ningún idioma” 4.

En cuanto al libro en sí, y al mismo tiempo el viaje, tenemos que el autor, para presentar su trabajo sin pretender la resonancia de otros del mismo tipo, hace una modesta referencia a la obra de E. André Viaje a la América Equinoccial 5 y a la conocida Peregrinación de Alpha 6, famoso registro de viaje relativo a nuestras antiguas Provincias del Norte, escrito por don Manuel Ancízar. Esta diferenciación es cierta en cuanto a que el Diario de O Drasil no guarda la rigurosidad literaria del de Ancízar y en cuanto a que Pepe tampoco fue el descubridor de gentes primitivas y recónditos poblados, ni se detiene en el estudio de la flora, la fauna o las riquezas minerales, como sí lo hace E. André apenas sí menciona a los caimanes para ilustrar sus anécdotas (págs. 92, 97).

Y del viaje en sí, recordemos que, bien adelantada la segunda mitad del siglo XIX, la ruta más corriente -por no decir la única- para salir de la capital buscando los puertos costeros del Atlántico era traspasando por trocha la sabana de Bogotá hasta encontrar en Honda al río Magdalena y, de ahí, en vapor para llegar a Barranquilla. Es muy difícil determinar la época desde la cual el Magdalena fue (porque lamentablemente ya no lo es) vía imprescindible para recorrer nuestra patria a lo largo de su extensión ahora, turbias son las aguas que caminan por su lecho. Es breve el relato del viaje fluvial a bordo del espléndido vapor Francisco Montoya. En cambio, es un poco más detenido luego de la salida de la capital para atravesar la Sabana; son sus compañeros de viaje Casanova, Escárraga y Ulises Bueno, este último un cachaco extravagante que, poco a poco, con sus finos modales, se fue ganando el aprecio de los demás es precisamente en la descripción de su excéntrico vestir donde podemos apreciar el espíritu observador y la capacidad descriptiva del viajero (pág. 15); permítanme insistir en esta aguda visión del autor y en su talento descriptivo, cuando al referirse a la Sabana dice:

Yo me siento sin aptitudes para agregar una sola palabra, siquiera, a las que ya se han dicho, y me dejo sepultadas en mi pecho todas las gratas y sublimes impresiones que han llegado a mi alma, al admirar esta exuberancia con que la madre tierra ofrece al hombre selvas vírgenes coronadas de frescura y de verdor; montañas feraces, dóciles a la mano amiga que las cultiva; aquí la hermosura de todo lo que es grande, allá lo espléndido de todo lo que es poético, y por todas partes bosques, llanuras, aguas cristalinas, canto de aves, sensaciones de vida, sol siempre alegre y perfumes delicados como de cabellos de la mujer que amamos... [pág. 28]

Es notable la variedad de contenido del libro. Hay anécdotas que convierte, en ocasiones, en crítica política y social:

[...] Yo había entrado al carro frente al almacén de Don Tomás Magri, pero cerca de la iglesia de San Nicolás, es decir, a una cuadra escasa el matalote renunció absolutamente a seguir con su carga, a semejanza de muchos mimados por el sufragio popular. Los pasajeros tuvimos que bajarnos, no sólo por aligerar el peso, sino por ayudar al postillón a empujar el carruaje, servicio fraternal y gratuito que prestamos gustosos para demostrar que sí hay en Colombia mucha fuerza animal para hacer andar un tranvía, aunque traten de probar lo contrario los empresarios que sólo buscan escuálidos rocinantes. [pág. 47]

Encontramos también diálogos muy sazonados, como cuando le ofrecen una mula: “...esta mula es muy güena, segura y fuerte; cuando por lo aguantadora la llaman la colombiana” (pág. 18). También hay versos, descripciones, elucubraciones, refranes, etc.

Por otra parte, es sorprendente la actualidad que cobran algunas de sus apreciaciones, si tenemos en cuenta que este relato tiene ya un siglo. Como se mencionó, este personaje fue colaborador de El Comercio, de Barranquilla, un periódico liberal de combate; allí escribió una nota que nos da la razón sobre la vigencia de sus ideas:

En esto se presentó un primo mío y dijo que ya la autoridad se había apoderado del agresor y exigiéndole fianza. Tan fausta nueva me calmó mucho, pero no dejé de pensar en la suerte precaria de los periodistas en Colombia, que tienen encima el decreto prensario y, además, enfrente, a los matasietes que discuten con revólveres y cachiporras las grandes cuestiones de interés público. [pág. 49]

Pero al referirse a Barranquilla, materia principal de su relato, es cuando acabamos de confirmar que el tiempo parece haberse detenido, entre otras cosas, para el progreso de esta ciudad; sólo crecen allí la miseria y la corrupción ya ni el carnaval guarda las fastuosas proporciones que hacen caracterizar su fiesta: “Mas en aquel torbellino en que todos giran y se arremolinan, y se encuentran y se separan, y se levantan a lo alto y vuelven a su sitio, jamás ocurre un solo caso que turbe el clásico concierto de los que festejan las carnestolendas” (pág. 69). Es triste anotar que hace unos años, en pleno carnaval, se descubrió uno de los casos más espeluznantes de genocidio, ocurrido dentro de una universidad.

Con el debido respeto al gobernador del Atlántico, Gustavo Bell Lemus, dedicado promotor cultural de su región y quien hace la introducción de esta edición, entiendo que considera esta obra como una pintura del lado amable de la “Puerta de Oro de Colombia” a finales del siglo XIX y, por ello, recomienda la lectura de “la novela titulada A fuego lento, del escritor cubano Emilio Bobadilla -Fray Candil- porque representa en la misma época la otra cara de la moneda de Barranquilla” (pág. 10). Yo discrepo con esta apreciación, pues considero más numerosas las referencias negativas que las positivas que se hacen de la ciudad. Así, por ejemplo, encontramos una crítica plausible del sistema educativo (pág. 78) y se reniega sin cansancio sobre la aún perenne deficiencia en los servicios públicos que aqueja a la metrópoli del concepto que tenía el autor de Barranquilla, es diciente el título del capítulo en el cual se refiere a él don Miguel Goenaga: “La mentalidad del doctor Juan V. Padilla y su desdén a la ciudad, pero pensando en ella” 7.

Sería injusto no destacar que hay comentarios favorables de la ciudad, como los que se aprecian en la descripción de sus calles, de sus lugares, como el teatro provisional, el mercado y, por supuesto, en la referencia a los habitantes de la sociedad barranquillera, de quienes destaca su carácter trabajador y alegre. Igualmente, es positiva la manera como enfoca el folclor y las costumbres. Cabe agregar que en el libro hay un capítulo dedicado a la industria; el optimismo con el que analiza este aspecto es entendible, pues la economía se estaba asentando y las vías de comunicación en apertura permitían tener una visión favorable del futuro de la patria; el lento palpitar de la ciudad se sentía aumentar con el ritmo del crecimiento y del desarrollo de su dinámica todo indicaba un porvenir brillante. A la hora de apreciar lo que hemos recorrido durante un siglo por los caminos del progreso, me atrevo a sentenciar que el balance no es muy halagador.

Lástima que en las pocas reseñas que he escrito tenga que lamentar siempre la ausencia de un glosario; me quedé con la curiosidad de saber qué es suaza; después de buscar en fuentes diferentes del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, encontré que esta palabra es sinónimo de jipijapa, nombre inicial que llevó la población de Santa Librada (Huila), donde se fabrican los mejores de estos sombreros de paja 8.

Ya para concluir, quiero mencionar que considero al costeño autor de este relato un hombre de ciudad fría, un “bogotanizado” temeroso de las culebras, cucarachas, alacranes y bichos de tierra caliente, que sufrió una mutación cultural tras pasar ocho años en Bogotá, con su “clima tan suave, tan igual, tan agradable, por no decir tan delicioso” (pág. 44). Al final, Pepe emprende impaciente un feliz regreso a Bogotá, ciudad de sus afectos, celebrando su entrada “con pie derecho”.

HERNÁN ADOLFO GALÁN CASANOVA

1 Anónimo, Viaje de O Drasil, Barranquilla, Gobernación del Atlántico, 1994, 102 págs.

2 Anónimo, Viaje de O Drasil, Bogotá, 1893.

3 Miguel Goenaga, Lecturas locales. Crónicas de la vieja Barranquilla. Impresiones y recuerdos, Barranquilla, Imprenta Departamental, 1953, págs. 361-368 (capítulo XXI).

4 Ibíd.

5 Edouard André, Viaje a la América Equinoccial, en América pintoresca: Descripción de viajes al nuevo continente, vol. I, Barcelona, Montaner y Simón, 1884.

6 Manuel Ancízar, Peregrinación de Alpha, Bogotá, Echeverría Hermanos, 1853.

7 Goenaga, op. cit., pág. 361.

8 Enciclopedia universal ilustrada europeo-americana, t. LVII, Madrid, Espasa-Calpe, 1981, pág. 1437.