Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 39 . Volúmen XXXII. Editado en 1996
 

En Colombia es un mérito que un cuento sea legible


Cuentos colombianos. Antología
José Félix Fuenmayor, Hernando Téllez,
Álvaro Cepeda Samudio, Eduardo Caballero Calderón,
Manuel Mejía Vallejo, Roberto Burgos Cantor
Alfaguara, Santafé de Bogotá, 1995, 117 págs.

La historia del cuento colombiano, a pesar de las apariencias, es ya bastante larga. Sin necesidad de precipitarnos en el abismo poco confiable de los relatos míticos precolombinos, encontramos ejemplos muy refinados de cuentos -a la manera “occidental”- ya en el siglo XVII, en Rodríguez Freyle (Los relatos de Juana García o de Inés de Hinojosa son buenos ejemplos) o en El descenso de Pedro Porter a los infiernos, extraño y poco conocido texto inserto en El desierto prodigioso o Prodigio del desierto, de Pedro de Solís y Valenzuela, del que algunos historiadores sospechan, y con sobradas razones, que se trata de una historia ya conocida posiblemente desde el medievo, sin que hasta ahora nadie, que yo sepa, haya logrado precisar su fuente original. Pero esto no rebaja sus méritos, más aún si recordamos que las leyendas y las tradiciones locales constituyen una de las inagotables fuentes de la literatura fantástica. He encontrado una variante muy interesante del mismo relato del hombre que baja a los infiernos en busca de una información, crucial para él, que alguien se ha llevado a la tumba, en un relato de Walter Scott que se titula Willie el vagabundo (1824), trasunto a su vez de alguna leyenda escocesa. Dejo el dato a los investigadores y prosigo.

El cuento de Valenzuela prefigura con extraña anticipación el relato de Carrasquilla En la diestra de Dios Padre (1897), sobre todo en ese extraño regodeo nuestro por lo dantesco, violento y terrorífico y, en este caso en particular, por la descripción minuciosa de los suplicios infernales, que podemos encontrar también, en el fresco contemporáneo, aunque no menos horroroso, de la iglesia de la Compañía de Jesús en Quito.

Quiero decir que desde siempre el cuento colombiano ha sido violento, que desde siempre ha versado sobre el fenómeno de la Violencia. Lo anterior para hacer resaltar que esta nueva y muy breve antología no solamente no elude el tema sino que resulta especialmente pródiga en él.

En el prólogo, Conrado Zuluaga advierte que la pretensión de esta selección es, antes que nada, abrirle al lector las puertas al mundo de seis escritores, a los que califica como “autores representativos de nuestro quehacer literario y cultural”. Luego añade que ella ha sido concebida “como una iniciación, como un primer paso”.

Admitiendo la muy valedera intención de la recopilación, que por cierto explica exclusiones muy obvias, como la de García Márquez (żo la de Mutis?), aunque no explica el por qué todos los cuentos sean contemporáneos, el propósito de esta reseña es, antes que nada, suministrar al lector alguna información en caso de que quiera dar ese probable segundo paso, si es que algún cuento le gustó, cosa que Alfaguara olvidó hacer, pues supongo que el lector que se acerca a este libro será, en la mayoría de los casos, un neófito, un simple curioso que va en busca de aventura tras el prestigio de una editorial foránea, y que puede incluso ser un lector foráneo. Por desgracia, el libro no nos da un solo dato bibliográfico sobre los autores.

La obra de José Félix Fuenmayor se reduce a un solo libro de cuentos, La muerte en la calle, reeditada en 1993 con prólogo de García Márquez. Español de nacimiento, emigró a Barranquilla. “Navegaba en un remanso de sabiduría que le permitía ver el lado distinto de las cosas”, cuenta García Márquez. Como tantos otros autores de algún mérito, su obra permanecería en la clandestinidad si no fuera por la cercanía de su hijo Alfonso con el premio Nobel colombiano. La atmósfera de estos cuentos es “como abrir al azar un álbum de retratos de niños, con pantalones cortos y lazos de primera comunión”. La historia de la génesis del mejor de sus cuentos nos recuerda mucho la de Casa tomada de Cortázar, sólo que en aquella ocasión el mecenas fue Borges. Cuenta el Nobel colombiano:

“El primer cuento suyo que leí fue el primero que acabo de releer: La muerte en la calle. José Félix llevó el original al café para que lo publicáramos en un semanario aventurado que dirigía su hijo Alfonso, y del cual yo era jefe de redacción. Estaba narrado en primera persona por un protagonista que sin duda iba a morir al final, y desde el título fue evidente que tenía una falla estructural insalvable: el narrador no pudo tener bastante tiempo para escribir el cuento que estaba contando. Se lo hice notar a José Félix, con la pedantería propia de un principiante intoxicado por la teoría, y él se encogió de hombros y me dio una lección feliz:

'Lo escribió después de muerto' ”.

Muerte en la calle tiene una rara virtud. El narrador es un mendigo, un hombre colocado a una gran distancia social e intelectual del escritor. Hay algo evidente en este cuento: Fuenmayor sabía narrar. En esto, es válida la comparación que hace García Márquez con Rulfo. No obstante, y a pesar de los esfuerzos que hace Gabito por mostrarlo como una joya de nuestras letras, el cuento, siendo bueno, no es tampoco una obra maestra. Por lo demás, el resto de cuentos del mismo libro no guarda la misma calidad del primero.

El cuento de Hernando Téllez (1908-1966), Espuma y nada más, proviene de Cenizas para el viento y otras historias (1950), escrito desde lo más profundo de la “primera violencia” colombiana. El lector interesado encontrará un lúcido prólogo de Marta Traba en la edición chilena de 1969 y una iluminadora reseña del recordado Germán Vargas en el número 5 de este mismo Boletín Cultural y Bibliográfico (1985), en el cual sostiene que en Téllez hubo más un gran ensayista que un aceptable cuentista. También puede consultarse la hermosa página, para mí la mejor que se ha escrito sobre Téllez, del prólogo de Cobo Borda (Textos no recogidos en libro, Colcultura, 1979), que por cierto omite toda referencia a sus cuentos. Frustrado autor de ficción, Téllez pensó toda su vida escribir una gran novela acerca de tres o cuatro generaciones de una familia antioqueña, como nos cuenta Alberto Lleras. Creo que lo hizo más por un pudor a la manera de Juan Rulfo que por falta de capacidades; recordemos que en alguna ocasión Téllez le dijo a Próspero Morales Pradilla: “O se escribe como Dostoievski o no se escribe”, frase tras la cual nos privamos casi por completo de dos buenos prosistas.

No obstante, los cuentos de Téllez suelen ser huéspedes de la mayor parte de las antologías, desde la de Andrés Holguín hasta la de Pachón Padilla y, si bien nadie parece aceptarlos en conjunto, no deja de ser curioso que para Andrés Holguín sea ejemplar el caso de Sangre en los jazmines, que parece más apropiado para una antología del horror que para una de cuentos colombianos, o que para Germán Vargas Genoveva me espera siempre sea “uno de los más hermosos que registra la cuentística nacional”, o que Conrado Zuluaga, a quien, salvo aclaración en contra, se debe la presente antología, haya escogido para este volumen Espuma y nada más, acaso el mejor de la serie. Una lectura atenta muestra que los tres cuentos mencionados tienen sus méritos propios y se desarrollan en medio de una atmósfera de suspenso y del profundo terror del monte, tanto desde el punto de vista del guerrillero como del soldado. Por lo demás están muy bien escritos. Este cuento de Téllez nos recuerda casi de inmediato a Un día de estos, el breve relato del dolor de muelas del alcalde en Los funerales de la Mamá Grande, que por cierto es doce años posterior al de Téllez. En éste, el héroe es un barbero infiltrado que tiene que afeitar al capitán y vacila a la hora de asesinarlo con la navaja barbera.

Si bien la obra cuentística de Álvaro Cepeda Samudio, aquel costeño de risa francota y hablar desenfadado a quien alcanzó la muerte en la flor de la edad, responde -como la de García Márquez- a la misma influencia del Hemingway de Los asesinos, tiene cuentos mucho mejores que el aquí incluido, Todos estábamos a la espera (1954), en el volumen Los cuentos de Juana.

La obra múltiple de Eduardo Caballero Calderón alcanza, a mi modo de ver, sus dos más grandes cimas en esa pequeña obra maestra sobre la violencia que es El cristo de espaldas (1952), y en El buen salvaje (1966), preludio parisino de la historia de una desintegración física y moral que sería llevada a la magnificencia por su hijo Antonio Caballero en Sin remedio (1984). Como cuentista, Caballero Calderón brilló en un género bastante raro en Colombia: el del cuento histórico infantil. Recuerdo en especial la historia de El niño soldado y uno sobre la infancia de Teresa de Ávila. La presente antología nos regala żPor qué mató el zapatero?, una buena muestra de sus cuentos para adultos.

Sabemos que Conrado Zuluaga posee en alto grado un sentido estético, pero los dos últimos cuentos de esta serie resultan notablemente pobres al lado de los demás. Se trata de Al pie de la ciudad (1955) de Manuel Mejía Vallejo, ambientado, como el de Fuenmayor, entre la hez de la sociedad, los pescadores de desperdicios. Parece incluido en este volumen como para hacer resaltar el contraste con el primero de la serie. En mi opinión, es indudable que Mejía Vallejo tiene muchos cuentos superiores a éste, aunque después de una cima temprana con otra obra maestra sobre la violencia, El día señalado (1964), por momentos la de Manuel Mejía Vallejo parece ser una carrera en sostenido pero firme descenso.

Lo único interesante del cuento del cartagenero Roberto Burgos Cantor (n. en 1948) parece ser el título, Estas frases de amor que se repiten tanto, del volumen Lo amador (1980). Entiendo que Burgos cantor ha sido aclamado como uno de los buenos valores de las últimas generaciones. A juzgar por este cuento, no solamente queda en deuda, sino que tendrá que hacer muchos esfuerzos para descontar el tiempo que perdió frente al lote puntero.

La reiteración de que José Raquel (żel protagonista?) es negro nos hace sospechar que el cuento tiene algo que ver con el asesinato, en los años setenta, del líder sindical José Raquel Mercado, por parte del M-19.

Este cuento es una muestra más de que en Colombia es ya un mérito que un cuento sea legible.

LUIS H. ARISTIZÁBAL